sábado, 23 de noviembre de 2013

Mi Tía Concha


Siempre he sido un tío muy pragmático, muy racional, muy pegado a la tierra. De los de “sólo creo lo que veo”. Por eso, hasta hace poco, no creía en los ángeles. Pero ahora sí. Sí creo en ellos. Porque he visto uno. Y tengo trato frecuente con él. No sé cuál será su nombre celestial, pero para mí es la tía Concha.

Yo a mi tía Concha la recuerdo desde que tengo uso de razón, e incluso de antes. Me acuerdo de compartir con ella tardes de frío y juegos en las visitas que, durante mi infancia, realizaba al campo de mis abuelos, en Utrera; también la recuerdo en Sevilla, y la relaciono con el dormitorio rojo y con el otro que había al fondo y daba a la terraza. Había allí un cajón con juguetes antiguos, entre ellos un rompecabezas de cubos de serrín prensado, bastante hecho polvo, con el que me encantaba jugar; y olía en todo aquel piso de los Remedios a Colonia Álvarez Gómez, un aroma que para mí resume la expresión “oler a limpio”.  Las comidas de Navidad, siendo yo muy niño; los paseos por el Parque de los Príncipes…  Todo eso también me recuerda a mi tía Concha. Luego, ya de más mayorcito, la vi cuidar de sus padres (mi abuelo, primero; y mi abuela, después); y de sus hijos; y de todo bicho viviente que se le pusiera por delante. Porque ella es la que cuida; la que nos cuida. Aparte de otras muchas cosas, claro. 

También ocurre que, a pesar de los desencuentros sentimentales que se produjeron en mi pequeña familia; mi tía Concha y mi madre siempre fueron muy amigas. Se querían muchísimo, y se entendían a niveles muy profundos, pasando por encima de la diferencia generacional. Mi madre nos transmitió, a mi hermano y a mí, desde que éramos renacuajos (y después, también) su amor y admiración hacia esta mujer tan excepcional. Excepcional por muchas razones, que me da pudor desgranar aquí. Resumiendo: a mi tía Concha empecé a quererla a través de la mirada de mi madre; y ya luego, viviendo yo en Sevilla, fue afianzándose entre nosotros un cariño muy de verdad, de reírnos juntos y tener ganas de vernos y charlar de lo divino y de lo humano.

Cuando el destino nos sorprendió a todos con la enfermedad de mi madre, yo ya conocía perfectamente a mi tía Concha. Sabía cómo es, de qué pasta está hecha. Tenía claro que podíamos contar con ella; así que lo que pasó a partir de entonces no me sorprendió. No. No me sorprendió que un ángel entrara por las puertas de mi casa para caminar con mi madre y con nosotros a través de ese sendero tan jodido que conducía hasta la muerte. No me sorprendió su enorme capacidad para el amor; su serenidad y su templanza, tan curativas en esos mementos de desconcierto; la forma tan delicada y respetuosa y también pragmática con que nos llevó en volandas a mi hermano y a mí. Y, por encima de todo, no me sorprendió la corriente de amor infinito que vi desplegarse, ante mis ojos desolados, entre mi madre y ella. No tengo vida suficiente para darle las gracias por eso; y para decirle que la quiero, y que la admiro, y que es una inspiración constante. Seguro que mi hermano suscribe mis palabras. Como él no tiene blog, las dejo yo aquí en su nombre. Y en el de mi madre, que la amó, literalmente, hasta su último aliento. 

Ahora que me he quedado huérfano, y salvando las distancias, mi tía Concha es lo más parecido a una madre que me queda en la vida. A ver si se quita ya del vicio ese que tiene por los hospitales y los quirófanos y las plantas de cardiología; deja de hacerle gasto a la Seguridad Social y, de paso, nos ahorra unos cuantos sustos, que ya está bien. La verdad es que, para ser una mucama sin papeles, nos ha salido bastante apañá. Y encima me cose corbatas de lentejuelas plateadas. Lo que vale, mi tía Concha. Y lo que la quiero.


Y ya está bueno lo bueno. Que me he hinchado de llorar escribiendo este texto.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Pesadilla antes de Navidad









Me encanta la Navidad. Seguro que much@s la odiáis: algun@s con convicción y otr@s por simple esnobismo. Porque queda muy guay decir que la Navidad es una patraña, un invento de los grandes almacenes para que comamos y bebamos y compremos y consumamos a gogó. Ya ves tú, como si el resto del año anduviéramos cultivando acelgas en una comuna hippy, o donando nuestras teles de plasma a los sintecho del mundo. Cuánta impostura y cuánto mamarrachismo. Aceptémoslo: vivimos en el universo de la frustración para el consumo, y las fiestas navideñas no son ajenas a esa mercadería. ¿Por qué habrían de serlo? Sí que es cierto que las Navidades llegan demasiado pronto: hasta a mí me resulta un poco jartible ver escaparates cuajados de estrellas doradas a estas bajuras del año, ya mismo tendremos que poner a los pastores en bañador y brindando con gazpacho, lascosascomoson. Pero, cuando la Navidad llega en tiempo y forma…¡están las calles tan bonitas, con tanto brillerío y tanta luz de color! ¡Se respira tan buen rollo! La gente saluda con una sonrisa más amplia; te encuentras de nuevo con los amiguitos que viven lejos; parece que hay más argumentos para celebrar que estamos vivos… Bueno, y este año está, además, el anuncio de la Lotería de Navidad. Sólo por eso ya merece la pena el empacho de turrones. Dónde va a parar. Amos, amos. 


Yo he llorado mucho con los anuncios de Navidad: el del famoso calvo me estremecía hasta los tuétanos; y recuerdo varios de la Coca-Cola que me han hecho derramar lagrimones como Estrellas de Belén. Aquel momento en que Papá Noël y los Reyes Magos se abrazaban… ¡ay, qué cosa tan emotiva y tan de quererse mucho y reconciliarse! Yo es que soy muy de que me lleguen esos mensajes de solidaridad y amor. Muy de tararear “al mundo entero quiero dar, un mensaje de paz” y que se me pongan los pelos a lo afro (los del cuerpo, claro: si los escasos cabellos de cabeza se reproducen lo bastante como para ponerse a lo afro, creeré para siempre en el Milagro de la Navidad; y prometo peregrinar hasta el mismísimo Belén para comerme el pienso que quede en el Sagrado Pesebre, ja me dé una intoxicación de la misma muerte). En fin, que sí, que esos mensajes sentimentaloides y requetemanidos me llegan, a ver qué le voy a hacer. Y así he vivido yo, toda mi existencia: conmovido por los anuncios de la Navidad. Hasta este año. Porque el anuncio de la Lotería de este año, más que conmoverme, me ha perturbado. Y mucho. Al estilo de “El hombre elefante” o “La parada de los monstruos”, pero con purpurina cayendo. Lo que se dice pánico bajo el acebo.
  
¿A quién, en qué momento, se le ha ocurrido juntar a esos cinco entes humanos – ejem- y hacer con ellos… hacer con ellos… hacer con ellos ESO! ¿Quién le ha dado el visto bueno a tamaña MIERDA CATÓDICA? Os juro que, cuando vi por primera vez a esa Montserrat Caballé saliéndose del pellejo; con el peluconazo de Pichardo y los ojos desorbitados, dignos del Stanley Kubrick más siniestro… os juro que supe que iba a dormir mal hasta el mes de mayo, ¡y eso con suerte! ¿Por qué, Señor; por qué me sometes a esta prueba terrible? ¿Por qué pueblas mis pesadillas con semejante Gollum metido a Pimma Donna? La Marta Sánchez más encantada de conocerse a sí misma, que parece a punto de hacerse un dedo mirando su reflejo en un bombo de lotería; ese Bustamante estucado hasta las trancas, que sólo le falta el gotelé, apretando el esfínter para dar semejantes agudos infames; la Niña Pastori, que tiene de Niña lo que yo de fallera mayor (aún no entiendo por qué la han metido a ella en el anuncio; lo mismo por lo de “pastori”, que es tan navideño. “A Belén, Pastori, a Belén, chiquitos…” Eso será); y ya en el colmo del dolor y el insulto, un Rafael (grande, siempre, Raphael) en el extremo de su caricatura, amenazando con comerse a dos o tres figurantes con velita, de tanto que abre la boca. El momento final; lo de la cantinela de los niños de San Ildefonso, ya es que es de cogerse el coño y hacerse la muerta. Con perdón de mis refinados lectores. 


Tanto me ha impresionado este anuncio, que he llegado a pensar que en realidad se trata de una parodia; y en algún momento veremos el spot de verdad, el de quedarse con los ojos húmedos y desear darle un abrazo al primero que se ponga por delante. Pero parece que no, así que ya sólo me queda rezar para que el anuncio de la Coca-Cola me sumerja en un espíritu navideño en condiciones. O ponerme en el youtube aquello de “Las muñecas de famosa se dirigen al portal”. Sí, definitivamente me apunto a esta opción. Porque la melancolía, “en estas fechas tan entrañables”, es algo que nunca falla.
 

lunes, 11 de noviembre de 2013

El huerfanito

Quedarse huérfano es un rollo. Vamos, una solemne putada. Yo no me lo esperaba para nada: lo de quedarme huérfano tan pronto, y de esta manera. Que fuera un rollo sí me lo esperaba. Aunque lo imaginaba de otra forma. La verdad.

Se supone que estas cosas no hay que ventilarlas así, tan públicamente. Y yo lo voy a hacer. ¿Por qué? Porque me da la gana. ¿Para qué? Para desahogarme y poner negro sobre blanco algunas emociones que tengo ahí, atascadas. A ver si de esa manera las ordeno y empiezan a fluir. Porque ahora mismo siento que “todo eso” ha adquirido una textura muy espesa; se ha pegado a las paredes de mi estómago y no sé cómo licuarlo y hacerlo salir. 

Mi madre se llamaba Mari Carmen. Enfermó en enero y murió en febrero. En realidad ya estaba enferma antes, pero no lo sabíamos. Ni ella tampoco. Siempre pensé que, siguiendo la estela de los antecedentes familiares; llegaría un momento en que perdería sus facultades físicas y mentales, y tendríamos que cuidar de ella. Ese era el plan. De hecho llevábamos años (ella y yo; y también mi hermano) preparándonos para esa situación. Preocupados y angustiados, cada uno a su manera. Lanzándonos mensajes de cómo queríamos que eso se gestionase. Y planificando; y creando estructuras mentales para organizarnos; y desarrollando un trabajo intelectual y emocional absolutamente inútil. Inútil porque todo eso no ocurrió. Ni ocurrirá. Ya no ocurrirá nunca. Ni afortunada ni desgraciadamente. Simplemente no ocurrirá. Porque ella enfermó y murió en apenas cuatro semanas. 

Supongo que a todos nos ha pasado en alguna ocasión, sobre todo a personas que (como yo) tienen el hábito de ejercer el control sobre situaciones presentes y futuras. Qué idiotez, lo que acabo de escribir. No de “ejercer el control”, sino de “pretender ejercerlo”. Confieso que dedico gran parte de mis jornadas a imaginar plausibles escenarios de futuro; a evaluar los riesgos y desarrollar soluciones para esas contingencias (generalmente dolorosas) que, en mi fantasía, me pueden entrar por las puertas. Este hábito lo tengo yo muy interiorizado, es fruto de toda una infancia recibiendo la lección: prepárate; sé cauto; adelántate; guarda; prevé, y conserva. Esta forma de abordar la vida me ha sido útil en muchos sentidos, y también me ha causado grandes dosis de infelicidad. O me ha privado de muchos momentos de felicidad, mejor dicho. Porque ese tiempo que dediqué (aún ahora lo hago, me sale solo) a solventar catástrofes futuras lo podría haber invertido en disfrutar (o sufrir, lo que toque) de las realidades presentes. Esto lo veo yo muy claro a nivel racional: y aun así, actúo de otra manera. De acuerdo con mi programación. Mi software. Está claro que necesito un reseteo.

En fin: que no, que al final, como suele ocurrir, todo ocurrió de forma muy distinta a como imaginé; así que mis herramientas, esas que tanto esfuerzo y tiempo y energía había empleado en desarrollar, no sirvieron para nada. En cambio sí que sirvió mi programación; mi software. Y actué de acuerdo con lo que me enseñaron a ser. Todo muy correcto, todo muy controlado, todo muy razonable y comedido y educado y elegante. Hubo mucho amor, y vivimos momentos preciosos. Y me repetía a mí mismo que la aceptación es la mejor forma de abordar estos temas. Mientras, iba interiorizando esa idea de la orfandad: tarareaba a todas horas la canción de “El huerfanito"” y hasta me hacía gracia la ocurrencia. Fíjate tú que cosa tan frívola. Por una vez, no pensaba en el futuro: demasiado tenía con enfrentar lo cotidiano, el minuto a minuto. Sí que pude disfrutar de esas cuatro semanas de despedida. Lo digo así, con mayúsculas, a despecho de quien sea: DISFRUTAR. Porque fueron un regalo. Y también una putada. Al final, como suele ocurrir en estas historias, mi madre se murió. Y ahora sí que sí: ahora soy huérfano. Qué cambio tan enorme y tan difícil de asumir. No en lo racional... sino más abajo. Ahí es donde la barca zozobra.

Ser huérfano es un soberano coñazo: como dice mi tía Concha, muy gráficamente, te quedas en primera fila, con la espalda descubierta. Ya no es sólo echar de menos a tu madre, y todas esas carencias más o menos cotidianas que su ausencia genera. Es que tú, como persona, cambias. Al menos yo lo estoy viviendo así. Y hay lugares a los que mi enorme capacidad de raciocinio no puede llegar. Emociones que, desde la cabeza, no puedo gestionar. La ira es una de ellas, quizá la más acuciante y a la que a mí me cuesta más trabajo dar salida. Porque me enseñaron que enfadarse no es cosa de hombres cabales, y no sirve para nada. Poco pragmático; irrazonable; inútil; vulgar. Y el caso es que estoy tela de cabreado. Ya ves tú. 

Ante este panorama; y en vista de que mis herramientas habituales no terminan de funcionar; he decidido entregarme a la experimentación, y explorar esos otros ámbitos que tengo yo tan demonizados: la intuición; lo espiritual; lo corporal. A ver si me funciona. Lo malo es que me cuesta muchísimo trabajo entrar a fondo en esos parajes. Me siento como un niño pequeño que debe aprender a andar, y tiene miedo y piensa que las piernas nunca le funcionarán correctamente. Esto a mí me jode tela: porque suelo tener prisa y en general demuestro bastante destreza en casi todos los ámbitos de la vida. Así que este trabajo tan lento y tan desconcertante a veces me desespera. Pero aun así, persistiré. Porque no me queda más remedio. Y porque, a pesar del temor, creo que me puede hacer mucho bien. En ese “nuevo camino”, este sábado asistí (como espectador) a una sesión de Constelaciones Familiares. Fue una experiencia curiosa, pero hablaré de ella otro día, porque hoy ya está bueno lo bueno. 

NOTA: En la foto, con mi madre, en la boda de mi hermano. Fue un día muy feliz. No sé qué más decir.

martes, 29 de octubre de 2013

SinGing





A la vejez, viruelas. Resulta que ahora me ha dado por cantar. En realidad me dio hace un par de años, de forma totalmente casual; como me meto yo en la mayoría de mis historias: de golpe, a trompicones; arrastrado por un impulso para nada meditado y por algunos embustes inofensivos. Así soy yo: impulsivo y embustero. Me gustan el juego y el vino y tal y cual.

Resulta que por aquel tiempo (qué bíblico me ha quedado: “por aquel tiempo”); por aquel tiempo frecuentaba yo un grupo de amigos músicos. Músicos de los de verdad, de los de dar clases en el Conservatorio e interpretar baladas de Chopin. Durante el transcurso de una cena, uno de ellos confesó que se sacaba un dinerito tocando el piano en un local (ejem...) de Dos Hermanas. Nos pidió que fuéramos a verlo un día y yo dije que, ya puestos, podía acompañarnos a cantar unos boleros o algo así sencillito. Él, con mucho entusiasmo, nos dijo que sí. Y de aquellos polvos vienen estos lodos.

Yo me tomo las cosas muy en serio. A veces, quizá demasiado en serio. Sobre todo cuando algo me entusiasma. ¿Por qué me entusiasmó esa idea? Pues no lo sé. Novelerío. Suele ocurrirme. El caso es que me puse a buscar partituras como un loco y le inundé a este amigo el correo electrónico con ellas. Había un poco de todo: lo que pillé buceando por internet. Creo que él, en realidad, jamás pensó en estudiar para acompañarme. No se lo afeo: de verdad que me pasé tres pueblos y me faltó mandarle la partitura de “La Bomba”. Pero a la sazón conocí yo a otra pianista, magnífica toda ella, y tan entusiasta y tan novelera y tan friky como yo. Y ella sí que se estudió las partituras que le di, y ensayó conmigo. Sólo por esas tardes que pasamos en su casa, felices descubriendo la complicidad tan ingenua y espontánea que surgió entre nosotros, ya mereció la pena lo de aquel primer concierto. Bueno, por eso, y por lo que vino después.

Nos presentamos en el bar con un nutrido grupo de amigos. En realidad algunos eran sólo conocidos a los que yo había convencido de que sí, de que el cante era una afición que había cultivado desde la infancia. Nada más lejos de la realidad. Yo sólo había cantado en la ducha (muy apasionadamente, eso sí); y en los boy-scouts, de jovencito (Sí. Que pasa. Yo fui boy scout. Y a mucha honra). El caso es que allí estábamos, Carmen y yo, con unos cuantos temas montados para piano y voz. Recuerdo que lo primero que cantamos fue un villancico que me encanta, “When my heart finds Christmas”, de Harry Connink Jr. (Aquí el enlace, me parece estremecedoramente sentimental: http://www.youtube.com/watch?v=c5CaLcAA7ek).Y salió precioso. Y la gente alucinó. Y yo mismo alucinaba. Fue un momento glorioso, a pesar de los nervios y de la responsabilidad. Porque yo quería que saliera bien. Y no hacer el mamarracho, que era lo que algunos esperaban de mí. Incluso yo lo esperaba. Pero no fue así.

Luego la cosa fue creciendo y montamos una especie de grupo improvisado, “Lo nuestro no tiene nombre”, con Mar, Ramón, Jesús y por supuesto la simpar Carmen Armesto, que es mi pianista de cabecera foreverandever. Dimos otro concierto en Dos Hermanas y volvimos a triunfar. Ahí ya estrené yo mi magnífica corbata de lentejuelas. Mi madre quiso venir a verme, pero le dije que no. Menos mal que luego lo arreglé. Menos mal, porque si no me habría quedado una espinita muy dolorosa.

Mi tercer y (de momento) último concierto lo ofrecí el año pasado, en el “Isla Tortuga” de Gines. Vinieron muchos amigos a verme, y mi madre también estuvo allí. Disfrutó muchísimo, y yo disfruté viéndola disfrutar. No lo sabíamos, pero ya estaba muy enferma. Aquella tarde fue... fue... indescriptiblemente bella. Inolvidable. Por muchas razones. Hubo momentos memorables, y al final incluso improvisamos algunas canciones que no habíamos ensayado siquiera, al más puro estilo ramónmoleresco. Brillante. Cautivador. Me habría quedado allí cantando y charlando y tomando copas para siempre. Pocas veces me he sentido tan vivo. Bueno, sí. Pero de una forma muy diferente.

Y ahora quiero saldar una cuenta pendiente: dar un concierto en Málaga. Lo hago por distintas razones, la primera y más importante porque me apetece y me hace ilusión. Ya estoy pensando en el repertorio; me he bajado los playbacks, y los estoy adaptando a mi tono, tan sorprendentemente grave. Me siento nervioso y, sobre todo, muy ilusionado. Sí, ilusionado. En los últimos meses, no me siento así muy a menudo. Esta es una excusa perfecta para reencontrarme con esa emoción. Espero compartirla con much@s de vosotr@s. Y que me aplaudáis y que bebamos juntos. Y que celebremos, una vez más, que seguimos vivos y coleando.

NOTA: El repertorio aún está abierto. ¿Alguna sugerencia?

NOTA 2: Os dejo un enlace con mi versión de "recepy for love". Esta seguro que cae en el concierto. http://www.goear.com/listen/3168ae3/recepie-of-love-yo-mijmo

lunes, 14 de octubre de 2013

El talento de Mr. Superbala





Qué gracia. Justamente hoy, cuando le daba vueltas a una idea de actualización; un amigo ha comentado en el facebook que “el talento es algo que no se puede disimular ni contener”. Me ha hecho gracia porque doy por sentado que al decir “talento” se refiere a “mi talento”. Y precisamente de eso quería yo hablar. Aunque es posible que esto sólo me importe a mí. Si es así, güenohtá: pa eso esta es mi cybercasa; y hablo de lo que me da la gana. O de lo que puedo hablar así, tan públicamente.

Yo desde siempre he sido un chaval brillante: por lo que me cuentan, de niño ya sobresalía por mi locuacidad y mi madurez, impropia de tan tempranas edades. Esto segundo, que es algo que desarrollé en plan “a la fuerza ahorcan”, me ha causado (me está causando) bastantes problemas. Porque cuando eres un niño y no ejerces de niño acabas pagando un precio muy alto. Esa infancia no vivida se enquista, se hipertrofia, se enmaraña; y desarrolla tentáculos que a veces estrangulan el corazón. No lo digo en plan victimista: me tocó llevar esa vida; y gracias a eso adquirí herramientas que me han permitido ser el que soy. Y el que soy no está muy malejo, la verdad. Me siento agradecido por eso; y al mismo tiempo subrayo las carencias que crecer (o no) así ha sembrado en mi personalidad, tan frágil y tan corajuda como la de cualquier otr@ human being. Ahora, a mi edad; sin dejar de ser el superbala perfeccionista, responsable y bondadoso; el que busca su equilibrio y trata de alcanzar cierto grado de coherencia; intento también reencontrarme (diría mejor encontrarme, a secas) con ese niño que nunca fui. Encontrarme con él para conocerlo, para protegerlo, y para decirle que es bueno y que tiene derecho a ser como es, y a concederse algún capricho. Aunque a veces eso resulte incómodo y desconcertante. Para los demás y para mí. Es lo que hay.

Pues eso: que entre los talentos que debí desarrollar para ejercer mi rol de “no niño” está la brillantez intelectual, y cierta facilidad para resultar sutil y perspicaz. Ocurrente. Divertido. Agudo. No sé si realmente todo eso forma parte de mi naturaleza; o son formas de relacionarme con el mundo que potencié para disimular mis complejos, mis timideces y mis miedos. Da igual. El caso es que crecí así; y ahora mucha gente me considera un tipo talentoso. Un chico listo. Alguien cuyas opiniones merece la pena escuchar. Y brillante. Y creativo. Como odio la falsa modestia, reconozco que sí, que puedo parecer todo eso, y a veces incluso puedo llegar a serlo. Algo de verdad tiene que haber, porque en mi entorno hay mucha gente interesantísima y cultísima e inteligentísima. Y ya se sabe que acabamos rodeados de nuestros iguales. Por aquello de “Dios los cría” y tal y cual. 

Que te consideren talentoso está muy bien: te sube la autoestima y te hace sentir “bueno”; “admirado”; “considerado”. Para mí todo eso es muy importante. Que me consideren de esa manera, digo. Quizá es hasta demasiado importante. Porque, ¿qué pasa si algún día no quiero ser tan brillante; si no me apetece resultar tan ocurrente; si no tengo ganas de demostrar mi talento intelectual, humorístico o social? Supongo que nada. No pasa nada. Pero para mí sí pasa. Así que a veces me estresa mucho esa alta consideración en la que mucha gente me tiene. Porque siento que debo estar a la altura de sus expectativas; que, de tan repetidas, son ya también mis expectativas. Y ese nivel de autoexigencia, algunos días, me ahoga.

Por eso a veces no actualizo el blog: porque, en contra de lo que much@s podéis considerar; para mí escribir no es un ejercicio espontáneo, divertido y liberador. Al menos no siempre lo es. Yo sé que esto de juntar palabras se me da bastante bien; y aun así me requiere cierto esfuerzo, en ocasiones no demasiado gratificante. Muchos días me descubro a mí mismo pensando que debo ponerme delante del ordenador, y desarrollar esta capacidad mía para la narrativa: poner negro sobre blanco las ideas, más o menos peregrinas, que me vienen a la cabeza; escribir un cuento, un relato, una novela; o simplemente componer un texto desternillante acerca de las mil y una gilipolleces que me ocurren en “el devenir mismo de la vida”. Pero no lo hago. ¿Por qué? Porque, si eres un lector sutil, habrás visto cómo he utilizado la locución adverbial “debo ponerme”. Y de verdad, uno se harta de hacer siempre lo que debe hacer.

NOTA: En la foto, con mi sobrino. Quizá el trato con él facilite ese encuentro con el niño que nunca fui. Espero que así sea.

jueves, 10 de octubre de 2013

Qué sabe nadie...




El otro día, un amigo me recordaba por facebook que tengo un blog. No es que yo me hubiese olvidado, para nada. Llevo tiempo sin actualizar porque, aunque podría contar muchas historias; lo que realmente quiero decir; la verdad verdadera de lo que conmueve mi cuerpo, mi cerebro y mi corazón, no puedo publicarlo aquí. O quizá si puedo, pero no quiero. Da igual.

Lo mismo un día de estos me lío el teclado a la cabeza y vuelvo a vomitar mis tonterías... o mis interesantes reflexiones (esto lo dejo a la decisión de mis selectos lectores). Quién sabe. El mañana resulta tan impredecible...

En la foto, cantando “Qué sabe nadie”. Muy propio para esta actualización tan Raphaelesca.

miércoles, 3 de julio de 2013

Peregrinaje



Ya han pasado cuatro días. Sólo cuatro días, y aún estoy digiriendo la experiencia de este Camino que prácticamente acabo de concluir. Me ha ocurrido como en ocasiones anteriores: iba con determinadas ideas previas; con objetivos prefijados; buscando vivir experiencias concretas que veía muy necesarias... Y al final todo ha resultado distinto de cómo imaginé. Mejor, en todos los sentidos. Porque las cosas que efectivamente ocurren son siempre mejores. Sólo por el hecho de que son reales, y la realidad siempre (SIEMPRE) vale más que la fantasía. Sin quitarle valor a la fantasía (valor positivo y carga negativa, que de ambas municiones puede ir cargada la escopeta de nuestra imaginación), que tanto juego nos da en esta atribulada existencia nuestra.

Como casi tod@s sabéis, esta vez me decidí por patearme el Camino Portugués. ¿Las razones? Algunas más prosaicas; otras más sentimentales. Entre las prosaicas, resulta que esta es una variante del Camino físicamente “fácil” y relativamente poco concurrida; y en el plano sentimental, el recorrido entre Tui y Santiago fue el primero que transité, hace ya seis años: al margen de la nostalgia, esperaba encontrar, en ese mismo lugar, sensaciones parecidas a las que experimenté en aquella impactante primera experiencia. No. No ha sido igual; ni siquiera similar; ni los efectos que el Camino ha producido en mi maltrecho corazón han resultado comparables. Pero eso no importa. Porque como dije más arriba, he arrostrado otras vivencias. Inesperadas algunas; muy provocadas otras. Necesarias y reveladoras cada una de ellas. Y así estoy ahora. Aterrizando de nuevo en la realidad; y deseando colgarme la mochila otra vez. Quizá lo haga en agosto. Ya veremos qué pasa.

Aparte del tsunami emocional que el Camino inevitablemente provoca en mí; este viaje tiene una vertiente social que me motiva mogollón. Al final siempre conoces a gente, sobre todo porque el albergue se convierte en una especie de club para peregrinos ávidos de comunicarse (o no). A mí me gusta caminar solo; pero cuando llega la tarde siempre me busco la vida para conocer a personas interesantes con las que compartir la experiencia. Soy extremadamente sociable (a veces pienso que demasiado); y a pesar de que (risas, no, que estoy hablando en serio) en el fondo me considero bastante tímido, disfruto enormemente haciendo nuevos amiguitos. Es que el ser humano me encanta; me cautiva en su enorme diversidad; creo en los individuos y, generalmente, tengo mucha suerte con la gente que me encuentro. O quizá es que no los encuentro, sino que los busco; y en vez de buena suerte, tengo buen ojo. Sea como sea, esta vez volvió a ocurrir: con la excusa del fumeteo y del toque de queda, ya la primera noche “cacé” (en el mejor sentido de la expresión) a los que iban a ser mis compañeros de viaje. Y nuevamente tuve suerte. O buen ojo. Qué más da. El caso es que coincidí con seis personas excepcionales, cada una a su manera. Conectamos muy bien, de una forma muy natural, como si nos conociéramos desde hace años. Y nos reímos mucho; compartimos nuestras grandezas y nuestras miserias; y hoy cada uno de ellos ocupa un pequeño lugar en mi corazón, tan sensible a la bondad del prójimo. Son los de la foto. Y así los veo yo.

- De Marta me sorprenden su brillantez y su sagacidad. Es certera, la tía, analizando y comprendiendo y puntualizando. Su mirada, tan directa y tan expresiva, me cautivó desde el minuto uno. Una gran mujer, sí señor. Me gustas, nena...

- Guillermo es un tío encantador, simplemente. Tan divertido y tan... espontáneo. Me quedo con sus bromas y con esa complicidad que crea a su alrededor de una forma tan indescriptiblemente pura. Se ve lo buen tío que es a kilómetros de distancia. Y sabe divertirse, que es una cualidad que admiro muchísimo.
 
- Mamen... es que Mamen me encanta. Teniendo caracteres tan diferentes compartimos muchas actitudes, ideas y sentimientos. Me parece inteligentísima y extremadamente sensible. La conversación que mantuvimos, ya tarde (yo un poco borracho), en la puerta de aquella casa tan peculiar de Padrón, fue uno de los grandes momentos del Camino 2013. Bravo. ¿Me caes bien? Sí. ¿Espero que nos veamos de nuevo? También. Así de simple.

- Juan destaca por su sociabilidad: tiene una mirada de niño inocente que invita a la confidencia y al buen rollo. Y una risa muy sincera, y una curiosidad libre de malicia que te atrapa. Un diez de chaval.

- Gregorio me parece un hombre magnífico: tan grande, y tan campechano, la sensibilidad le sale a borbotones. Qué caballero tan vitalista, con esa mezcla de fortaleza y fragilidad. He aprendido mucho de él. Mucho. Una persona “buena”, así, sin paliativos ni medias tintas. Admirable en todos los sentidos.

- Y Cristina.... Bueno, es que Cristina, para mí, es caso aparte. Qué mujer tan valiente, qué coraje y qué energía le echa a todo lo que hace. Debería haber muchas Cristinas en el mundo. Su sonrisa y su abrazo fueron un regalo. Y llegar junto a ella y Grego a la Plaza del Obradoiro, con todo lo que eso significaba para ellos.... Joder. Lo recuerdo y se me saltan las lágrimas. Indescriptiblemente hermoso y desgarrador. Ellos saben por qué.

Pues eso: que entre bromas y confesiones, estas seis criaturitas han hecho que mi Camino 2013 sea tan distinto, tan intenso, tan divertido y tan inolvidable. También he conocido a otra gente encantadora y especial: fauna de todo tipo, leones y mariposas que me han regalado su tiempo, su atención y su cariño. A tod@s ell@s les doy las gracias, y les deseo lo mejor, y espero verl@s de nuevo. Pero si eso no ocurre; si la vida o el destino o Buda o la suerte no nos reúnen de nuevo, no pasa nada. Me quedo con la huella que cada un@ ha dejado en mí. Porque ese patrimonio ahora es mío, y ya nadie me puede quitar.