Mis muy avezados lectores; o mis lectores
más contumaces, en su defecto; se habrán dado cuenta de que escribo mucho sobre
el peliagudo asunto de la identidad. Se ve que me preocupa cuál es mi esencia:
pienso mucho en el superbala que soy, en el que fui, en el que (probable o
improbablemente) me convertiré. Qué detalles de mi (poliédrica, como la de casi
todos) personalidad permanecen en el tiempo, y cuáles se manifiestan fútilmente,
como una especie de vendaval que azota mi cuerpo, mi mente y mi corazón durante
un periodo más o menos breve, desapareciendo en el paisaje de mi existencia
como un fenómeno atmosférico de consecuencias excelentes o devastadoras. El
Javi que creo que soy; el Javi que vosotros veis; el Javi que aspiro a ser.
Todas esas quisicosas que (creo yo, igual me equivoco) a veces nos planteamos
los seres humanos, durante la incansable búsqueda de nuestro lugar en el
universo (o lo que sea esto). Que no es una cuestión que me desasosiegue sólo a
mí lo tengo clarísimo: si lo pensáis bien, muchas pelis (casi todas las de
Disney, sin ir más lejos) giran en torno a este resbaladizo asunto: la Sirenita
soñaba con tener piernas y adquirir una nueva entidad; Aladinn anhelaba convertirse
en un triunfador; Simba lidiaba con la conflictiva aceptación de su papel como
heredero al trono; Mulan, Vahiana, Elsa, Hércules, Bella (y Bestia)… Cada cual
emprendió un corajudo camino para defender, descubrir, aprehender o reivindicar
su genuina identidad como human being (o lo que cada uno sea o se considere). Algunos
encontraron sus respuestas allí donde las buscaban, y otros terminaron en
lugares absolutamente alejados de los que habían imaginado. Si, en ese éter de
fantasía que ellos y ellas habitan, siguen siendo los mismos; o se han
convertido en estrellas del tiktok (por poner un ejemplo muy de
actualidad), es algo que nunca descubriremos, por desgracia. Pero entra dentro
de lo posible, porque lo que somos hoy podemos no serlo mañana. Y lo que deseamos hoy, y lo que deseamos mañana, tampoco. Quizá Kristoff trabaje
en la actualidad como gogó en una disco de ambiente. Podría ser. Yo pagaría por
verlo. Literalmente
La mutabilidad (quiero creer)
forma parte de nuestro ADN, muy afortunadamente. Y también confío en que hay en
nuestro corazón una especie de esencia; un no se qué difícilmente definible,
que nos acompaña a lo largo de nuestra vida y nos define, nos concreta y nos
manifiesta. A lo mejor en eso consiste el alma, vaya usted a saber. El equilibrio
entre eso tan abstracto e intangible que permanece; y las diferentes (y a veces
muy contradictorias) cualidades que coyunturalmente nos adornan en periodos más
o menos extensos, resulta en ocasiones difícil de encontrar. Distinguir lo
perenne de lo accesorio me cuesta cierto trabajo, en ocasiones. Tanto en mí
mismo como en los demás. Y eso me da mucho coraje, porque juzgar a mi propia
persona (o al resto) por lo que demuestro en un momento concreto suele
degenerar en grandes injusticias. O en análisis incompletos, limitados e
ineficientes, como mínimo.
Por eso (y por otras muchas
razones) me gusta tanto el idioma español, que tan grácilmente ejecuto. En
nuestra lengua (no ocurre en otras) contamos con los verbos (si es que lo son,
de esto habría que debatir en otro momento) “ser” y “estar”. La diferencia
entre ambos puede parecer sutil, pero que no lo es, en absoluto. Porque no es
lo mismo “ser triste” que “estar triste”; no tiene nada que ver “ser desafortunado”
con “estar desafortunado”; y podría poner otros cientos de ejemplos más.
En este momento de mi vida, ya al
borde de los diez lustros (lo digo así para no decir “a punto de convertirme en
cincuentón, que queda mucho más feo); reivindico nuestro derecho a “estar” de
determinada manera en determinados momentos, sin que eso tenga necesariamente
que definir lo que “somos”, ni invitar a nadie a juzgar nuestra esencia por
determinados accidentes (en el sentido más aristotélico del término “accidente”)
de nuestra personalidad. Ya está bien de tanta extrapolación, tanta
simplificación y tanta falta de empatía, leches. Que vamos haciendo lo que
podemos, y estando como buenamente nos dejan. Sin más.
Lo que yo sea o no sea, los que
me estáis leyendo lo sabéis de sobra. En cuanto a lo que “estoy”… Pues estoy
disfrutón; alegre; jovial (en espíritu, al menos); disponible para la alegría,
la farra y el disfrute; un poco tocapelotas y fácil para el debate y la
discusión, siempre desde el buen rollo; con ganas de descubrir y de admirar y
de pasármelo bomba. Aunque todo estoy, ahora que lo pienso, igual es gran parte
de lo que soy. Lo dejo a vuestro criterio.
Por otra parte, se me presenta un
verano tela de vertiginoso, con encuentros y reencuentros; acontecimientos sorpresivos
y otros muy bien previstos; amistad, cerveza, familia, algo de playa, mucho
cachondeíto, buenas canciones… ¡hasta una boda insospechada!; y algunas otras
vivencias muy enriquecedoras que no quiero desgranar por aquí (ya os las
contaré en persona, dada mi proverbial incontinencia). Disneyland, Málaga,
Sevilla, Bali, Granada, Estambul. Hay un aroma de aventura en el horizonte; la
brisa agita las velas de mi navío; hasta la "tormenta" que me asalta es una
auténtica fiesta. ¿Qué más podría esperar? Que Abba saque un disco nuevo. Ya
por pedir…
Postada: En la foto, el Javi que una vez fui. ¿Queda algo de él en mí? Mucho, supongo. En el fondo tampoco he
cambiado tanto.
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