Hoy toca una actualización breve. O al menos mi intención es que sea breve. A ver si me sale. Puede que no.
Hace tiempo, una amiga muy sabia (qué de amigas sabias tengo, coño. Qué suerte) me enseñó que existen dos tipos de envidia: la envida “sana” (por llamarla de alguna manera), que consiste en desear tener – o ser- lo mismo que tiene – o es – otra persona; y la envidia “insana”, que estriba básicamente en querer que el otro no tenga – o no sea – nada. La primera la he experimentado algunas veces, más en el terreno vital/intelectual/emocional que en el material (quizá porque no tengo muchas necesidades en ese sentido; y las que tengo, están cubiertas). Creo que el primer tipo de envidia tiene mucho que ver con la admiración: he deseado (a veces aún deseo) escribir tan bien como alguna gente; o vivir con la libertad que disfrutan otr@s; o ser tan guapo, tan brillante, tan ingenuo o tan bueno como algunas personas que me rodean. Las admiro, y por eso quiero ser como ellas. Y al quererlo, en cierto modo, ya SOY un poco como ellas.
El segundo tipo de envidia no lo he experimentado nunca. No lo digo por hacerme el guay: es que no lo he experimentado, simplemente. Pero sí que lo he observado. Y en esos momentos; cuando he visto a alguien demostrar ese tipo de envidia, me he sentido muy pequeño y muy dolido y muy cabreado. Porque me parece una actitud miserable y destructiva. Directamente no la entiendo: no le veo beneficio ninguno. Es un joder por joder. Qué rollazo.
Ocurrió una vez que, durante una cena, me presentaron a una señora, familiar de unos amigos. No nos habíamos visto en la vida, y claro, yo así de primeras siempre creo que la gente va a ser educada y amable y receptiva. Tras un intercambio de saludos, alguien le dijo a la buena mujer que yo trabajo en Canal Sur. Su respuesta, directa, al hígado, cargada de mala hostia, fue: - “¿Ah, sí? ¿Y os van a llegar los recortes allí? Porque ya está bien, ¿no? Ya os tiene que tocar a vosotros, digo yo”. Perplejo, sólo atiné a contestarle: “Señora, no sé a qué se dedica usted, básicamente porque no la conozco de nada. Pero deseo que los recortes no la afecten. En absoluto. Y que le vaya muy bien en la vida, así en general”. Pensaba que así provocaría una reacción de vergüenza en ella; creí que se daría cuenta de lo agresiva y envidiosa (en el sentido más insano) que había sido. Qué idiota. Ni siquiera procesó mi respuesta. Siguió despotricando y deseándome un recorte salarial y, a poder ser, el despido. No me dijo directamente que me muriese porque no tuvo tiempo, supongo. Qué linda. Adorable. De abrazarla junto a la chimenea, vamos.
Y digo yo: ¿qué gana ella con eso? Si me bajan el sueldo, o me echan a la calle, ¿en qué mejora su vida? ¿Para qué me desea lo peor? Ahí dejo las preguntas en el aire. Yo tengo mis propias respuestas. Pero me las callo, por no prejuzgar y no parecer demasiado hiriente.
Luego está la gente que explica su inadaptación social a través de la envidia. “Yo soy estupendo; carezco de amigos porque la gente me tiene mucha envidia”. Qué maravilla, qué falta de autocrítica y qué sobredosis de egolatría. Admirablemente ruin.
¿Habrá alguien que me tenga envidia a mí? Supongo que sí. Me adornan algunas cualidades que podrían definirse como ”envidiables”. Depende de a quién le preguntes, claro. En cualquier caso, espero que sea envidia del primer tipo, “envidia sana”. Por el bien de los envidiosos, y por el mío propio.
Ea, ya está. Ya me he despachado a gusto. Y de la brevedad, ni rastro. Qué envidia me da la gente con capacidad de síntesis...
FOTO: De mi árbol de Navidad. ¿Qué tiene que ver con el texto? Nada, básicamente. Pero es que me ha quedado tan mono... y tan sencillito...




