lunes, 15 de febrero de 2021

CaNToS de SirENa

 


Hoy empezaré diciendo que me he pensado mucho si escribir esta actualización. Bueno, más bien me he pensado mucho si es una buena idea publicarla, por dos motivos: para empezar, porque no sé muy bien qué quiero decir, y sobre todo, cómo decirlo, por lo que me puede quedar un texto bastante caótico y hasta ininteligible; y también porque me preocupa que alguna gente se dé por aludida, y piense que esta reflexión tiene que ver con ella más que conmigo. Si eso ocurre, no lo podré evitar… e igual es hasta bonito, porque, como he dicho muchas veces, los seres humanos somos tela de parecidos (en nuestra extravagante diversidad), y a cuenta de mis elucubraciones pueden desencadenarse esos bellos y enriquecedores procesos de la empatía y la identificación emocional. Al caso: que me pongo a escribir, y a ver a dónde llego, y cómo llego.

A lo largo de mi vida, he tomado determinadas decisiones y he desarrollado ciertos comportamientos con la voluntad de satisfacer necesidades y deseos que me resultaban muy acuciantes. Al hacerlo, he ido construyendo un estilo de vida, que define (y necesariamente, limita) el entorno en que me muevo; las actividades que desarrollo; las personas con las que me relaciono; y las emociones que experimento. Este ejercicio (que es necesariamente voluble, porque si no mis rutinas serían las mismas de cuando tenía 20 años, y eso ya es de hacérselo mirar), como digo, hace que el ecosistema que frecuento sea sin duda el que yo he elegido (porque a determinada edad ya sólo nosotros somos responsables de los que hacemos y lo que dejamos de hacer); es mi zona de confort, el lugar en el que me siento cómodo y me muevo con soltura. El trabajo que desarrollo; la forma de organizar mi vida; mis hobbies y aficiones; las inquietudes que alimento; los círculos sociales que prefiero; las relaciones emocionales que construyo… A todo eso me refiero al hablar de ecosistema. Es mi mundo (más o menos pequeño; necesariamente acotado) que, obviamente, también tiene sus fronteras. Algunos de esos límites vienen definidos por circunstancias impuestas (no puedo alquilar un jet privado para irme al Baile de la Rosa, porque ni dispongo de pecunio ni de contactos para implementar semejante planazo); y otros los he establecido yo, por acción u omisión. Hay comportamientos que evito porque ya los sostuve en el pasado, y sé positivamente que no me hacen feliz; y otros que directamente nunca he ejecutado, por…. pues por diversas razones. Hay quien piensa que en esta vida hay que probarlo todo al menos una vez. No daré la típica respuesta escatológica para rebatir semejante afirmación, pero sí diré que yo personalmente no la comparto. A determinadas experiencias no tengo previsto entregarme, simplemente porque no me atraen; o porque, sin haberlas vivido personalmente, sé a qué oscuros lugares han conducido a individuos muy afectos a mi persona. Eso de de que nadie escarmienta en cabeza ajena tampoco es una verdad absoluta, oiga: si veo que mi mejor amiga se parte los piños tras hacer puenting (es un decir), lo mismo me corto un poco a la hora de plantearme saltar al vacío. ¿Que me estoy perdiendo sentir esa emoción tan intensa y desbordante y estremecedora? Pues sí. Pero es que yo a mis piños les tengo muchísimo amor (lo digo así por cerrar la metáfora).

Los límites de mi ecosistema, obviamente, me escamotean emociones y experiencias que sólo pueden alcanzarse fuera de ellos. Y algunas de esas emociones… resultan tela de tentadoras, oigauhté. Porque transgredir los límites tiene mucho punto. A esas fantasías (o realidades) de transgresión yo las llamo los Cantos de Sirena: son situaciones que tu mente aprecia como intrépidas, arrebatadoras, excesivas, liberadoras, envueltas en un halo de fascinación. Resultan fascinantes, sí… porque lo son. Al menos en cierta forma. Lo ilustraré con un ejemplo, a ver si se me entiende mejor.

Hubo una época de mi vida (tras la muerte de mi madre, concretamente) en que a mí los límites me la sudaban por completo. Perdí determinados nortes y muchos de mis filtros (casi todos), y me entregué a ciertas transgresiones con un hedonismo bastante intenso, haciendo exactamente lo que me daba la gana. Si te hablo de aquellos tiempos, muy probablemente te transmitiré cierta fascinación; cosa bastante normal, porque había en ellos momentos de auténtica euforia, de diversión extrema, de (al menos aparente) completa libertad. No detallaré las cosas que hice (tampoco es que me entregara a un círculo de sexo, drogas y rockandroll, aunque bastantes excesos sí que hubo), pero puedo asegurar que a mucha gente (a mí mismo me ocurriría) todo aquello, narrado sin tener en cuenta la “cara b” de la historia, le resultaría arrebatador. Envidiable. Emocionantísimo. En cierto modo, lo era…. Pero claro, como he dejado caer, había una “cara b”. Estas aventuras suelen esconder muchas sombras. En mi caso, al menos. Todo aquello tan excitante era en realidad una huida hacia adelante; un adormecerme para no sentir; un intento desesperado por encontrar alivio a carencias muy lacerantes. Puse mis emociones y mi autoestima y mi amor propio en lugares completamente equivocados. Y pagaba un alto precio por ello, por supuesto. Llegué a sentirme, como digo, conyunturalmente eufórico en algunos momentos (al menos esa es la sensación que me queda, porque muchos detalles ni los recuerdo, estaba completamente enajenado); pero vivía abatido y triste el resto de la semana. Había mucho de ansiedad, de vacío y de autodestrucción, cosa que mis amigos más cercanos sabían perfectamente, y vivían con la impotencia de no poder hacer otra cosa que acompañarme para evitar desastres mayores. A tod@s ell@s (en especial a Luis) se lo agradezco de corazón. Porque me guardaron una lealtad increíble en vez de mandarme al carajo (cosa que en más de una ocasión merecí).

En fin… El caso es que, si seleccionara con cuidado determinadas imágenes de esa etapa de mi biografía, y mencionara sólo la parte más exultante de ella, resultaría muy atractiva. Qué experiencias, qué intensidad, qué de aventuras, qué guay todo. Yo mismo podría llegar a esa conclusión, si no hubiera estado dentro de mi alma para conocer la realidad completa. Y aun conociéndola, mucho más recientemente, me dejé llevar por los cantos de sirena y entré en una espiral parecida a aquella (no idéntica, menos mal, esta vez no había autodestrucción), buscando en experiencias aparentemente fascinadoras la solución a mis carencias emocionales. Obviamente no la encontré, aunque en esta ocasión sí que me divertí mucho sin pagar un precio excesivamente alto. Bueno… la frustración, eso sí. Porque, aun viviendo momentos de euforia, no conseguía cubrir las necesidades de mi corazón utilizando otras partes de mi cuerpo. Ya que cada cual saque sus propias conclusiones.

Supongo que todos tenemos nuestros propios cantos de sirena: para algunos serán el lujo y la riqueza; para otros, el poder y la influencia; hay quien se entregaría a las drogas, al sexo, al alcohol o al juego; y quien renunciaría a su propia esencia para obtener admiración y/o popularidad. El proceloso mundo de las redes sociales juega, pienso yo, un poderoso papel en esas dinámicas, ya que muchas veces funcionan como ventanas abiertas a vidas que son en realidad una pura fantasía con apariencia de realidad. Y todos (yo incluido) tenemos mucha propensión a creer en determinadas ilusiones, sobre todo si resultan bellas y excitantes y nos las venden bien envueltas en papel celofán.

Los cantos de sirena están ahí, es evidente, y el que esté libre de ellos que tire la primera piedra. Resultan además muy convenientes para el funcionamiento de nuestro sistema económico, basado en la frustración que conduce al consumo. Consumo de objetos y experiencias con los que tratar de rellenar (inefectivamente) los abismos de nuestro frágil corazón. Los cantos de sirena, yo, ya no aspiro a eliminarlos: sólo espero que el caletre me dé como para tenerlos identificados, y saber el precio qué me costaría entregarme a ellos. Pagarlo o no… Eso ya será decisión mía. Y el lugar al que me conduzcan, mi exclusiva responsabilidad.

¿Lo ves? Me ha quedado un texto tela de intenso y farragoso. Y ahora… ¿con qué foto lo ilustro? Buscaré una sirena por internet, porque ya se me han agotado las ganas de pensar.


jueves, 4 de febrero de 2021

GuaRRRRRRRRRaaaaaaa

 



Sé que suelo resultar reiterativo, pero hoy comenzaré de nuevo la actualización recordando algo que ya dije en anteriores ocasiones: la nostalgia no me va. Eso de regodearse (ya, vale que es una expresión intencionadamente negativa, pero la uso aquí con toda la mala leche) en épocas pasadas es un ejercicio que raramente practico. Entre otras cosas, porque no soy de los que opinan que cualquier tiempo pasado fue mejor. La memoria deforma los recuerdos, los funde y los confunde, para mostrarnos una sensación del ayer que seguramente dista mucho de lo que en su día vivimos. No obstante; y como consecuencia de esta situación tan… apabullante que estamos viviendo; sí que me ocurre en los últimos tiempos que echo de menos situaciones, sensaciones, actividades y, sobre todo, a personas que hace solo un año eran parte de mi rutina. “Rutina”: una palabra muy denostada que ahora añoramos (sí, yo también) con todas nuestras fuerzas. La rutina prepandemia, me refiero. Cuando nos abrazábamos, nos besábamos, nos visitábamos y nos reuníamos libremente. Ya ves tú, qué cosa tan simple. Pues resulta que en eso consiste la felicidad. Al menos para mí, que siempre he sido tan jodidamente sociable.

Pues eso, que en este tiempo; y sin dramatismos; a veces me asalta la nostalgia por esa época feliz (más feliz de lo que podíamos valorar, creo yo) en que salíamos a la calle sin que la mascarilla nos ocultase la sonrisa. De eso tiempos (no tan lejanos, en realidad) echo en falta, como digo, muchas cosas. Pero hoy me voy a referir a una en concreto. Vale, no es exactamente una “cosa”, pero como “burto” lo mismo pasa. Esto es cachondeo, obviamente. Ella lo entenderá a la perfección, porque a guasona no le gana nadie. Esa es una de sus grandes virtudes; no la menor. Y tiene muchas, puedo atestiguarlo.

De los pocos legados positivos que me dejó mi anterior “relación sentimental” (qué cursilada de expresión, me superencanta), sin duda el más importante es mi reencuentro con Helena (sí, con “hache”. Lo escribo así porque si no ella se mosquea, y puede ser muy suya cuando se pone brava. Ejem…). En realidad, más que un reencuentro fue un encuentro, sin prefijos, porque Helena y yo, aunque nos criamos en el mismo espacio y en el mismo tiempo (aproximadamente) jamás tuvimos relación hasta hace muy pocos años. También es cierto (siento decirlo, es así: las cosas, por su nombre) que ella es sensiblemente más vieja que yo (y más alta, vale), y la diferencia de edad marcó tempos distintos en nuestros respectivos desarrollos, por lo que la infancia y la juventud las pasamos en universos paralelos. Ella era la hija menor de “los vascos”, apodo con el que en el vecindario conocíamos a su familia. No era un mote muy imaginativo, ya que su segundo apellido (Solaberrieta) delata muy a las claras el origen de gran parte de su casta. En fin: que cuando ella era adolescente yo aún andaba en pantalones cortos (sin cachondeos), por lo que la distancia etánea (esto creo que es un palabro, pero tiene todo el sentido) se impuso a la geográfica. Luego, además, nuestras existencias tomaron senderos absolutamente dispares, y se puede decir que transitamos caminos vitales muy distintos (por no decir opuestos). Durante muchos años sólo sabía de ella por referencias lejanas de los vecinos. Hasta que, de pronto, establecido yo ya en Sevilla desde hacía años, mi madre empezó a hablarme con frecuencia de ella. “Que si Helena esto, que si Helena aquello; que si lo que quiere a su hija, que si lo simpática que es, blablablabla...”. Yo escuchaba todo aquello entre indiferente y sorprendido, porque no podía comprender esa afinidad entre mi madre y una mujer con la que (pensaba yo) no tenía nada en común. Estaba equivocado, obviamente: pero eso lo descubrí más tarde.

Tras muchos años en los que nuestra relación se limitó a cordiales saludos en las escasísimas ocasiones de cruzarnos en Los Olivos; de pronto, un mediodía, y por iniciativa de mi exnovio y de Rosita (magnífica ella en todo su cubanismo), Helena y yo nos vimos frente a frente con una cerveza en la mano. Cierto que la cerveza une mucho, esto nadie lo puede dudar. Pero obviamente hubo algo más: una especie de conexión muy directa, muy fácil; la comunicación de dos personas que se descubren de pronto tras toda una vida de no verse mutuamente. Fue claramente un flechazo (al menos, para mí); y ya a partir de ahí nos ocurrió como a los borrachos con el inglés: todo fluía. Cada vez que bajaba a Málaga, Helena y yo nos buscábamos, por el simple gusto de pasar un tiempo juntos. Ahora que lo pienso, nuestra amistad se forjó sobre pilares tela de sólidos: el cariño desinteresado; la comunicación, tan sencilla (en el mejor sentido de la expresión); nuestras comunes ganas de disfrutar, y de reírnos; la confianza, claro; la admiración (de esto hablaré un poco más abajo); y sobre todo una forma inesperadamente similar de ver la vida, porque ambos (a pesar de lo que a veces pueda parecer, en mi caso) pensamos que las cosas son en realidad muy fáciles. Desde luego, mi amor por ella lo es. Facilísimo. La quiero con todo mi corazón.

Ya lo precisé más arriba: nuestras biografías han sido diría que hasta opuestas, en muchos sentidos; y es precioso comprobar que eso, en vez de ser un obstáculo para nuestro amor, resulta muy enriquecedor. Cómo, tras experiencias vitales tan dispares, hemos llegado a confluir en un espacio emocional tan similar es un misterio que tendrá que resolver Iker Jiménez (su gran ídolo, por otra parte). Ya sabéis lo importante que es para mí admirar a las personas para quererlas (sin lo uno difícilmente llega lo otro). A Helena la admiro muchísimo. Pero muchísimo, por muchas razones… y aquí diré solo algunas: su coraje; su disciplina; su capacidad para reconocer los salvavidas que el destino le ha puesto delante, aferrarse a ellos y salir a flote; y para reinventarse después… o quizá reencontrarse (ella sí) con la Helena que siempre fue, a pesar de muchas circunstancias; la admiro por la limpieza e inteligencia con las que mira su pasado; por su lealtad, a prueba de tsunamis; su criterio, libre de prejuicios; su incapacidad para juzgar a los demás; su ternura (sí, la tiene a raudales, aunque a veces quede eclipsada por sus arranques de genio, que son también magníficamente suyos), su bonhomía, su empatía y su ENORME capacidad de amar. Tengo la indescriptible fortuna de poder llamarme su amigo (y hasta su esposo, que vale todavía más, en nuestro caso), algo de lo que pocos podemos presumir, porque ella es muy selectiva a la hora de entregar el corazón. Sus razones tiene, desde luego.

Como me ha ocurrido en homenajes anteriores, podría desgranar un montón de situaciones que ilustran lo bella y radiante que es nuestra amistad. Son innumerables, y casi todas llevan aliño de champán barato, cerveza, muchas risas y absoluta complicidad. No hay tiempo ni espacio en este blog para desglosar tantísimos momentos felizmente compartidos (y los que vendrán, claro). Pero, por destacar algo, me quedo hoy con nuestras noches en Tailandia. Cuando atravesaba yo uno de los peores momentos de mi vida, el abrazo de Helena; su generosidad, acompañándome en aquellas borracheras tan tragicómicas; su aliento, sus consejos y su simple presencia, tan risueña, hasta en mi misma cama, me salvaron la vida. Lo digo así, con todas las letras, porque todo eso me ayudó a tomar determinadas decisiones, dar un golpe de timón y ser el Javi que hoy soy. Mucho mejor que el de entonces… dónde va a parar. El amor de Helena me ha transformado. Y eso es decir mucho.

Ahora que no puedo ir a Málaga, echo de menos a Helena, aunque hablamos todas las mañanas por teléfono, al grito de “Guarraaaaaa”, que es el amoroso apelativo que mutuamente nos dedicamos. A ver si pasa el puto coronavirus este y podemos abrazarnos con frecuencia, porque sin su abrazo, algunos días, siento que me falta el aliento. Y no está la cosa como para pedir respiradores.

NOTA FINAL: Que dos personas con biografías absolutamente disímiles se encuentren, se acepten, se complementen, se admiren y se amen es un regalo de la vida que merece la pena aprovechar. El que la lleva la entiende…  



miércoles, 20 de enero de 2021

CaNTo a MI mISmO


 

Hace unos días, alguien muy, muy querido me dijo que debería quererme más a mí mismo. Este mensaje no es la primera vez que me llega; y supongo (sé, en realidad) que también le encajaría a otra mucha gente; a la mayoría, ciertamente, por no decir a casi todo el mundo. Pensando en ello, me he dado cuenta de que utilizo con frecuencia este cyberescaparate para compartir mis fragilidades, mis miedos, mis inseguridades y las gilipolleces que en ocasiones perpetro, a veces con humor, a veces en plan vomitona, quizá como una peculiar forma de exorcizar todo eso que me atormenta y/o obsesiona (porque a neurótico no me gana ni Woody Allen entrando en un quirófano). En cambio, hablo poco de mis grandezas, salvo para poner en valor a las magníficas personas que me rodean a más o menos distancia. Tengo aún varios homenajes pendientes a individuos que se han convertido en imprescindibles para mí; pero hoy, mira tú por dónde, me voy a rendir pleitesía a mí mismo, a modo de reflexión intelecto-sentimento-masturbatoria. Es un ejercicio que me cuesta trabajo abordar, quizá debido a esa educación judeocristiana que nos enseña a ser humildes, minimizando nuestras grandezas para no parecer prepotentes o soberbios. Ahora que lo pienso; y a pesar del daño que esa filosofía puede llegar a infligirnos a distintos niveles; no viene mal aplicarla con mesura, en estos tiempos de narcisismo exacerbado y postureo extremo que nos ha tocado vivir. El eslogan “porque yo lo valgo” resume muy bien qué niveles de autofascinación individualista hemos alcanzado últimamente. Pero esa es otra historia, y debe ser contada en otra ocasión.

A lo que estamos: hoy voy a hablar de mis virtudes, para pintar un retrato más completo y no transmitir (ni transmitirme) una idea cercenada de lo que pienso que soy. Igual tú, querido lector, no ves en mi pequeño ser las cualidades que me dispongo a desgranar; o a lo mejor las aprecias más como defectos que como bondades. Esto último ocurre muy a menudo (no sólo conmigo, sino con todo quisque), porque algunos atributos que a mí me parecen magníficos a ti pueden resultarte absolutamente deleznables. También importa el factor de la mesura: la empatía, por ejemplo, me parece una cualidad esencial… pero ejercida sin control y en exceso puede provocar más daño que beneficio. En fin… ya empiezo a divagar. Divagar! La capacidad para hacerlo destaca entre mis más evidentes cualidades. Seguro que lo has apreciado.

Veamos: tengo 46 años, y he llegado a esta orilla con cierta (bastante) dignidad. Con “dignidad” quiero decir que puedo mirarme al espejo sin sentirme demasiado avergonzado; no le debo nada a nadie (salvo agradecimiento) y le tengo cierto aprecio a ese Javi adulto que observo con ojos asombrados (yo me sigo sintiendo un niñato). Puedo decir que no recuerdo haber hecho nada con la intención de perjudicar a nadie (al menos, conscientemente; aunque seguro que he perjudicado a alguna gente, sin yo quererlo); y que me he esforzado (sigo haciéndolo) en ser un buen tipo. Mi proverbial talento para el análisis y la autocrítica han pulido bastantes aristas de mi carácter (y lo que te rondaré). Eso, unido a una enorme curiosidad; y a mi capacidad para escuchar los argumentos de otros, ha influido muchísimo en mi evolución intelectual y moral (sí, sí: MORAL. Qué pasa. La moralidad está muy denostada… y así nos va, a veces), y hoy me siento un Javi mucho más sabio del que fui. No es ninguna tontería: hay quien se aferra tanto a sus certezas que permanece eternamente inmóvil en determinadas actitudes e ideas. No es mi caso: como dije una vez, “estos son mis principios: si me convences de que estoy equivocado, no tengo problema en cambiarlos”. En eso consiste evolucionar, ¿no? Pues eso.

Empatía: esta es otra de mis grandes virtudes. En realidad tiene una vertiente algo egoísta, porque me encanta la gente (opino que más del 90% de la población mundial es buena por naturaleza, al menos de forma individual) y disfruto compartiendo experiencias con otros seres humanos. Añadamos a esta receta un buen chorro de lealtad (sí, soy MUY leal con mi gente), y quizá se pueda explicar que haya atesorado tantos y tan buenos amigos. La gente a la que quiero sabe positivamente que PUEDE CONTAR CONMIGO. Así, en mayúsculas; cualquier día, a cualquier hora. No le veo mucho mérito, en realidad, ya que sus asuntos los vivo como propios y dormiría intranquilo si no los compartieran conmigo. Por algún motivo, mis personas afectas tienen en alta consideración mis opiniones, y me piden que las exprese libremente (tengo mucho tacto, esto también es importante) sabiendo que no son de ningún modo vinculantes: jamás pretenderé que nadie actúe de acuerdo a ellas, porque respeto las decisiones ajenas por encima de todo, aun pensando que puedan ser erróneas. Tienes derecho a equivocarte, leches, una y mil veces. Y, si lo haces, ahí estará Javi con su hombro y alguna tontería en el filo de la boca. Jamás pronunciaré eso de “yo ya te lo dije”, ni haré leña del árbol caído. Es justo lo que espero que hagan conmigo: que me abrecen, que me acompañen y que me intenten comprender. Tampoco me parece pedir tanto. En esa línea empática, y puede que como resultado de la educación que me ofrecieron, muestro una destacada tendencia a ocuparme del bienestar ajeno, muchas veces por encima del propio. Esto tiene su lado malo, por supuesto; pero como hoy hablamos de virtudes, diré que esa actitud suele generar buen rollo a mi alrededor; y a mí me hace feliz ver a mi gente feliz, así que todos contentos.

En otro orden de cosas, siempre he demostrado cierta brillantez intelectual y buenas dotes para el aprendizaje; así que he atesorado cierta culturilla (la curiosidad, de nuevo) que me hace destacar en determinados ámbitos y ecosistemas (en otros, no). También soy metódico, organizado (en el más amplio sentido de la expresión), generoso y previsor; magnífico planificando y un gran segundo de a bordo. Puedo resultar tela de ingenioso; manejo con mucha soltura el idioma castellano (esto implica que mi universo es más rico que el de otra gente, porque lo que no se puede mencionar, no existe) y, si me siento cómodo e inspirado, destaco por mi humor chispeante y mis comentarios jocosos. Disfrutón es un adjetivo que se me puede aplicar en muchas ocasiones; y apasionado, también. Cuando algo me gusta, me gusta de verdad, y me entrego a ello extrayendo hasta la última gota de jugo. Tengo el don de apreciar la belleza en las cosas, los paisajes y los paisanajes. Incluso la belleza propia… aunque esto me cuesta más, para qué nos vamos a engañar. Diré que tengo unos ojos particularmente expresivos; una nariz bastante bonita (me la han querido copiar en más de una ocasión); y una anatomía bastante proporcionada (si vigilo bien mi peso, que es la cruz que me ha caído en esta vida). Presumo de muy buen oído, y resulta que canto tela de bien. Y algunos días, además, puedo sentirme intensamente feliz…. Lo cual no es una cualidad menor.

Supongo que tengo algunas cualidades más (si tú aprecias alguna, dímela, que me hará mucho bien)… pero vamos a dejarlo ya, que güenohtá. Sólo diré para terminar que tengo una INMENSA capacidad de amar. Y eso lo resume todo.

sábado, 2 de enero de 2021

Cómo hacer el gilipollas (y encima, con dolor)

 


Me he dado cuenta de que mis anteriores actualizaciones son todas tela de emocionalmente comprometidas. Y no, no quiero comenzar el año que recién estrenamos (¡toma modismo latino que me he marcado!) abriendo una vez más mi corazón en plan “os lo muestro todo y así me desahogo y comparto mis miserias y tal y cual”. Por eso he decidido regresar a un contenido que tengo bastante abandonado en esta cibercasa: el de las capulladas que he pergeñado (o me han ocurrido) a lo de mi atribulada existencia. Así que, allá va: de los creadores de “Cómo hacer el gilipollas (y encima, en chándal)” llega el estreno bloguero de este 2021 con “Cómo hacer el gilipollas (y encima, con dolor)”.

Siempre he tenido mucho pelo en el cuerpo. A ver, siempre, no: cuando era un breve retoño lucía tan lampiño como cualquier otro bebé. Pero desarrollé el temita capilar muy pronto, y ya de adolescente mi pecho y mis piernas eran una manta zamorana. En aquellos años (y en el mundo en el que yo me movía; en otros, no sé) lo de ser velludo no quedaba precisamente estético. Ya ves tú, qué cosa: resulta que ahora, ya teñido mi vello corporal por las nieves del tiempo (qué metáfora tan clásica); resulta, digo, que ahora el pelo de mi cuerpo es una especie de fetiche muy valorado por determinado público. Veleidades de la vida que yo, claro, he sabido aprovechar (como te digo una có, te digo la ó). En fin: que a mí ser un osito juvenil me daba tela de vergüenza, y hubo un tiempo en que hasta evitaba ir a la playa para no mostrar mi linda cobertura capilar. Luego, como digo, por mor de los caprichos de la estética mariconil esa situación se dio la vuelta por completo, y hoy en día luzco con orgullo mis pelambreras donde y cuando haga falta. Vale, sí, ya lo digo yo, porque sé que lo estás pensando: tengo pelo en todo el cuerpo… menos donde se supone que debería tenerlo. Pero la calvicie y sus circunstancias no son objeto de esta actualización, porque ya hablé de ellasaños atrás con gran jocosidad. Así que, sigamos adelante.

Aunque ya en la postadolescencia yo estaba encantado con ese abrigo biológico con que la naturaleza me ha dotado, hay algo que no, mireuhté, no me gusta: los pelos de la espalda. Es que no quedan bonitos, por muy temprano que te levantes. Tampoco es que mi dorso parezca una alfombra persa, pero en un tiempo pretérito surgió en mi la idea de dejarlo imberbe. Por aquel entonces yo estaba relativamente tieso (crematísticamente hablando), así que lo del láser ni me lo planteaba, con lo que las opciones se reducían. Claro, como yo no me puedo estar calladito, compartí mi voluntad depilatoria (o rasuradora) con mis 50 mejores amigas, y una de ellas me dio la solución perfecta: tenía ella (supongo que sigue teniendo) una vecina que te hacía la cera en el garaje de su casa a un precio irrisorio. Barato, barato paisa… y con las mismas garantías higiénico-sanitarias que un estercolero vietnamita (por poner un ejemplo exótico). ¿Qué hizo Javi? Pues dar palmas con las orejas, confiar en el sabio criterio de su (por otra parte, maravillosa) amiga y plantarse en casa de la vecina previa cita telefónica. Bueno, no, telefónica no: fue vía sms (guasap no había) porque la susodicha vecina era sordomuda. En realidad era más sorda que muda, ya que algunos sonidos guturales lograba emitir (ejem) de manera muy bella y expresiva. Este detalle de la diversidad funcional lo comento no por hacer mofa de la muchacha, sino porque resulta relevante para entender en su verdadera dimensión toda esta historia tan absurda, surrealista… y dolorosa. Que quede claro.

En fin: que me presenté allí, y a través del lenguaje universal de señalar con el dedito me comuniqué con la consabida esteticién doméstica. Me quité la camiseta, me tumbé boca abajo en la camilla y me puse en las manos de tan diestra y formada profesional. A ver, yo no sabía nada de depilación, así que en principio lo vi todo muy normal. Ella preparó sus avíos, y extendió un generoso pegote de cera ardiente en lo que viene siendo la zona del morrillo, justo por debajo de mi cogote. Debo decir que ahí precisamente es donde tenía más cantidad y largura de vello corporal:. que se me podía haber construido un moño italiano digno de la mismísima Audrie Hepbund, vaya. Pues eso, yo lo vi normal: no pensé que igual lo suyo habría sido recortar un poco el pelo antes, por facilitar el tema y evitar… pues todo lo que pasó después. Que aún siento escalofríos al recordarlo (literalmente).

El caso es que la tipa intentó dar el primer tirón… y aquello no tenía ella reaños de arrancarlo. ¿Solución? Pues fácil, seguro que la técnica se la enseñaron en el Oxford de las depiladoras profesionales: se puso a añadir cera como si no hubiera un mañana, hasta que aquello supongo yo que se convirtió en un amasijo pringoso totalmente ingobernable. Yo con el primer tirón ya le había dedicado, mentalmente, unas lindas palabras de cariño… pero allí me quede, entregado a su bravura, confiando plenamente en su saber hacer…. Haciendo el gilipollas, vaya, porque no he sufrido más en los días de mi vida. Ya cuando, en vista de que de pie no conseguía arrancar ni un solo pelo; y después de que en uno de sus brutales tirones la tipa se tabbalerara y estuviera a punto de caerse al suelo; no contenta con la extrema crueldad a la que me estaba sometiendo, va la cabrona y se sube a horcajadas en mi espalda, con la aviesa intención de poder jalar más estable y eficientemente. A esas alturas, ya con lágrimas en los ojos y sangre en las manos de agarrarme tan fuerte a la camilla (esto no es broma, me hice heridas de verdad), perdí todo el filtro que me quedaba y la llamé, ya a voz en grito, de hijadelagranputa para arriba, en un alarde de dominio lingüístico del insulto que desconocía en mi persona. Hice mención a toda su familia; me refería a su discapacidad con palabras no precisamente elogiosas; y le deseé el más siniestro de los futuros que uno pueda imaginar. Pero claro, ella era sorda, y no se enteraba de nada: seguía tirando y tirando y emitiendo sus gruñidos como si aquello fuera algo saludable. Yo, como soy tan jodidamente judeocristiano, en medio del océanos de improperios que estaba largando por mi boca, giraba la cabeza en ocasiones y le dedicaba una sonrisa de comprensión. Es que HAY QUE SER GILIPOLLAS. Al menos esperaba que, al verme los ojos anegados en lágrimas, comprendiera la operaria que algo malo estaba pasando. Pero no: ella demostró una tozudez y una disciplina admirables, y no paró hasta conseguir arrancarme de cuajo los pegotes de cera; el vello; gran parte de la piel; mis ganas de seguir viviendo, y mi autoestima. Qué gran mujer, de verdad. Todo un ejemplo a seguir.

Tras esa sesión de tortura que ni Torquemada en sus más aviesas noches inquisotoriales habría diseñado, la jornada transcurrió con más normalidad, porque en el resto de la espalda mi vello es más ralo y más débil y ya costaba menos el temita tirones. Salí de allí depilado, sí; le dediqué una última sonrisa gilipollesca y me retiré a mis aposentos, para tomarme un espidifén y meterme directamente en la cama: no sólo por el dolor físico, no, sino por el golpe a mi amor propio que aquella tarde se me había infligido. Sólo diré, para terminar, que estuve tres días con fiebres altas; y que ahora, cuando paso por delante de un gabitene de estética, se me pone la piel de gallina y me entran hasta sudores fríos. El cuerpo, que tiene su memoria, es sabio, y reacciona. Bendita naturaleza.

Ahora me estoy haciendo la láser en la espalda. La señora en cuyas manos me he puesto habla a la perfección, quizá hasta demasiado. Eso ya, al menos para mí, es toda una garantía.


miércoles, 16 de diciembre de 2020

PArA sIEmpRE

 


Cuánto daño han hecho las películas de Disney. Pero tela. Daño del daño dañino que te puede joder la vida, a base de expectativas inalcanzables (y, en muchos casos, por muy almibaradas que parezcan, indeseables). Me explico.

Estos días, a cuenta de diversas conversaciones, le he estado dando vueltas a la idea del amor eterno. Bueno, en realidad muchas vueltas no le he dado, porque ya tiene uno el culo algo pelao y ciertas certidumbres (perdón por la cacofonía) más o menos arraigadas. He dicho muchas veces, a lo largo de mi – no tan extensa aún – vida, eso de “te quiero para siempre”. Cuidado: lo he dicho a parejas y a amigos, ¿eh? Que para mí el amor unos y de otras (uso el femenino porque las mujeres ocupan un porcentaje altísimo en mi extensa lista de gente amada) es, como mínimo, igualmente importante. El que me dan y el que yo ofrezco. Y sí, lo repito: he dicho muchas veces eso de “te quiero para siempre”. Así, explayándome, con intensidad y, en ocasiones, hasta lágrimas en los ojos. También he recitado, con toda la convicción del mundo, esa tópica jaculatoria de “eres el amor de mi vida”. Ni una, ni dos, ni tres veces: han sido muchas más, porque tengo tendencia al sentimentalismo y puedo llegar a resultar muy facilón en todo lo emocional. ¿Estaba siendo sincero, en cada una de las ocasiones? Por supuesto. Claro que lo era. Y lo soy, cada vez que lo digo. Pero, a mi provecta edad, también soy consciente de que eso será… o seró. O, mejor dicho, sé que eso vale para ese mismo instante en que lo estoy pronunciando. Y me siento bien con esa convicción, la verdad. Porque es auténtica, real, y únicamente vinculante en el momento presente… que es, por otra parte, lo único que verdaderamente existe (o algo así).

Ya he dicho en varias ocasiones que tengo la enorme fortuna de amar a mucha gente. No lo digo por fardar, es que esa es la verdad verdadera. El acervo sentimental que he ido atesorando se ha convertido en mi principal patrimonio, y me consta que no existe por casualidad: lo he construido (en colaboración con toda esa gente tan guay que me rodea, aunque sea en la distancia) a base de sinceridad, atención, respeto, admiración y a veces también perdón. Porque a mí hay que perdonarme mucho, leches (cosa que me da un coraje extremo). Risas, conversaciones, noches de farra y mañanas de resaca; llamadas de teléfono, soledades compartidas, abrazos (cuando se podían dar), caricias, besos y alguna que otra discusión acalorada, que me superencantan. Todo eso tan bello y tan vital que muchas veces permanece en el tiempo…. y otras no. Sin dramatismo.

Y es que, mientras todo lo anterior es muy ciertamente la tónica de mi vida, también hay personas a las que dejé de amar. Es así, y no pasa nada. Bueno, no pasa nada cuando eso ocurre por desidia mutua; por distancias que se van convirtiendo en abismos; como consecuencia del correr de la vida, tan lleno de fugacidad. Otro asunto son algunos casos muy concretos que, de tan minoritarios, resultan insignificantes, aunque tallaron hondas cicatrices en mi corazón. Que yo recuerde, sólo en tres ocasiones he dejado de amar así, muy conscientemente, a individuos que me causaron una enorme decepción. Quizá yo no los había mirado bien, o me dejé llevar por una imagen idealizada de ellos… o simplemente cambiamos (ellos y/o yo), y de tenernos afecto pasamos a provocarnos dolor (por acción u omisión). Curiosamente, se trata más de personas del ámbito de la amistad, no tanto de la pareja. Yo es que el concepto amigo lo tengo en muy alta consideración, y cuando hay rupturas, pues sufro mucho. Se me pasa después, menos mal… pero ya el amor se ha volatilizado, y no hay energía en el mundo que pueda reconstruirlo. A esas personas que en su día consideré familia ya no las quiero; y no las quiero… pues porque no quiero, ya que estoy convencido de que en el amor hay mucho de voluntad. Quizá recuerde con alegría algunas vivencias compartidas con ellos en el pasado (que tampoco, mireuhté: soy en general poco nostálgico y un pelín rencoroso, para qué mentir, por lo que los buenos recuerdos, en esos casos, suelen estar teñidos por la sombra de los malos ratos, quizá como un sortilegio protector para no tropezar nuevamente con la misma mala persona). Pero el amor que una vez sentí por ellos ya no tiene sitio en mi alma, tan kamikaze, por otra parte, a la hora de entregarse a las relaciones humanas.

Dicho todo esto, reconozco que, al menos al 99% de las personas a las que alguna vez he amado, las sigo amando hoy, con más o menos intensidad. Y tengo la firme intención de seguir haciéndolo, lo que es aún más importante. Esto seguro que te incluye a ti, que estás leyendo esta extensa perorata; y también incluye a un ser humano de casi dos metros, desbordántemente bello por dentro y por fuera, que se ha colado recientemente en mi vida. Bueno… colado…. no: nos hemos invitado mutuamente a este viaje, que es mucho más bonito (y más fiel a la realidad).

Se me van los dedos con el romanticismo, será que estoy enamorado.

viernes, 4 de diciembre de 2020

faNTaSmAS

 

Algunos días se me olvida que soy un tío excelente. Pierdo de vista mis grandezas y vuelvo a sentirme muy pequeñito, muy poca cosa. Como en aquellos años de la adolescencia, cuando mi amiga Geor tenía que engañarme diciendo que no había ninguna visita en su casa, porque si estaban sus amigos (que eran muy guays y muy guapos y muy deportistas y muy populares), yo no iba. Hay que decir que los amigos de Geor, aparte de todas esas cosas, eran también tela de simpáticos; me trataban estupendamente y me tenían un cariño que yo, obstinadamente acomplejado, no podía apreciar. No lo entendía, no era capaz de aceptarlo. Obviamente el problema estaba en mí: el bulling que padecí en el cole (por gordo, por empollón, por sensible y por no llevar ropa de marca) se me pegó a la piel como un unto ponzoñoso cuya pestilencia sigue atrofiándome (a veces) las meninges a mis 46 tacos. Tiene cojones, la cosa. ¡Y menos mal que no se me notaba la mariconez! De esa, por lo menos, me libré. No es poca cosa.

Luego, ya en el instituto, mi vida dio un giro radical y encontré un lugar en que ser yo mismo sin sentirme una lombriz. Allí la diversidad era la tónica, y cada cual se construía un universo, más o menos poblado, de acuerdo con sus inquietudes, sus cualidades y su peculiar carácter. Descubrí que podía expresarme con libertad, y aun así, ser querido y admirado y respetado por mucha gente. Perdón, me corrijo: no “aun así”, sino “precisamente por eso”: por mostrar mi esencia más esencial. Sólo hacía falta encontrar al público adecuado. Y los demás… pues no molestaban. Cada cual iba a lo suyo sin joderle la vida al resto. Así dicho, este comportamiento tan básico puede resultar una obviedad, algo que, de pura lógica, debería darse por sentado. Pero no siempre ocurre así.

Cuando di el paso a la universidad mi mundo se expandió aún más, muy felizmente. Encima me quedé delgado, lo cual puede parecer una frivolidad, pero significó un salto mortal para mi frágil autoestima. Empecé a sentirme de verdad atractivo, admirado, emocionalmente poderoso; sensaciones todas que han ido amplificándose con el correr de los años, hasta componer el ego del Javi actual. En ello ha tenido que ver mucha gente que por fortuna sigue formando parte de mi vida. Pero de eso hablaré un poco más abajo. Seguramente.

A lo que iba: a pesar de toda esa evolución; aunque a estas alturas soy consciente de mis diversas virtudes (algunas de ellas otorgadas de serie a mi pequeña persona; otras, fruto de autoconstrucción en el que sigo empeñado); a pesar de la evolución, digo, en ocasiones todo aquel montón de complejos de mi niñez se me viene encima, y me impide disfrutar con alegría de algunos regalos que la vida me ofrece. Es una tenaza que me oprime el corazón y me deja abatido, angustiado e impotente, con el pecho metido en un puño. Está ahí, infiltrado en mis células, latente, esperando la oportunidad para manifestarse y aguarme la fiesta. Ocurre especialmente con asuntos que tienen que ver con el físico, o con ambientes que exigen cierto grado de popularidad. Ecosistemas (reales o virtuales; presentes o pasados, eso da igual) de gente bella, atrevida, intrépida, superguay del paraguay. No encajo para nada en esos mundos: cuando me veo envuelto en ellos, siento que todos me miran como a una especie de mascota y deseo salir corriendo por patas. No hace falta que lo haga, en realidad, porque son ambientes en los que el Javi cotidiano que conocéis directamente desaparece: mis encantos se volatilizan como una bola de alcanfor, y no queda ni rastro de mí. Qué sensación tan desasosegante, de verdad. Igual por no ser capaz de moverme en esos ámbitos me estoy perdiendo a un montón de gente interesante. Podría ser… aunque en realidad pienso que determinadas fachadas esconden almas más vacías y menos sutiles que aquellas de las que me gusta rodearme.

Todo esto lo cuento porque, el otro día, por motivos que no vienen al caso, volví a sentirme así: pequeñito, inferior, incapaz de estar a la altura de determinada gente. Lo peor es que se trata de personas que ni siquiera forman parte del presente; a las que ni conozco, ni conoceré jamás; y que salieron a colación porque alguien afectísimo a mí trataba de explicarme lo estupendo y valioso y atractivo que me veía en comparación con ellas. Hay que ser muy capullo para tomar esas palabras; despojarlas de su auténtico sentido y volverlas contra ti mismo. Aun así, lo hice. El mecanismo de autodesprecio funciona como un resorte, no lo puedo evitar, es superior a mí. Valiente plan.

Verme en esa situación, y no poder controlarla, me genera mucha ansiedad. De pronto me muestro sombrío, hosco y meditabundo. En realidad, estoy librando una batalla interior para convencerme de que todas esas sensaciones son sólo ecos de un pasado que hace décadas dejó de existir. Cuesta trabajo lidiar con esas quisicosas tan emocionales, francamente. Al final, me da la llantina y se me pasa. Se ve que tiene que ser así. Qué le vamos a hacer.

Como ya llevo más de cuatro décadas conviviendo conmigo mismo, he aprendido a aceptar que algunas de las piedras de mi mochila emocional van a estar siempre ahí, como un lastre del que muy probablemente no me podré desprender jamás. A lo más que llego es a aliviar su peso, tirando de la ayuda de toda esa gente que tanto me quiere, y que me ve como un tío excelente. Para resumir el efecto que, en este sentido, mi gente querida produce en mí, tiro de autoplagio y recupero parte de una actualización perpetrada (por mí) hace algún tiempo.

Los que me bienamáis sois, para mí, un espejo que me devuelve la imagen de un Javi corregido y mejorado. O quizá de ese Javi que a veces se me olvida que soy. Mirándome a mí mismo a través de vuestros ojos, me siento más poderoso, más brillante, más capaz y mejor persona. Y a veces, incluso me veo también más buenorro. Esto último me reconforta mucho, aunque suene a frivolidad (porque lo es, una solemne frivolidad. Qué le vamos a hacer). La emoción que me asalta cuando me devolvéis esa imagen mía tamizada y enriquecida por vuestro buenamor hacia mí…. Bueno, eso no hay éxtasis ni LSD ni setas alucinógenas que puedan igualarlo. Y sin efectos secundarios, ni resaca ninguna. Deberíais estar financiados por la Seguridad Social.

Por fortuna, tengo a mucha gente a mi alrededor que me hace sentir así. Y ahora, además, tengo un cascabel (de carne y hueso), que ahuyenta con su música los fantasmas que me asaltan de vez en cuando. ¿Qué más se puede pedir?

PD: En la foto, de hace años, cuando estaba delgadérrimo. Me encantaba. Pero esa tristeza en la mirada... No, definitivamente, no merece la pena.

miércoles, 2 de diciembre de 2020

NavIDaD

 

Disfruto mucho la Navidad. Ya sé que esto no queda muy guay, porque lo trendy es decir que se trata de una fiesta de mierda y que es un rollo tal y cual. Pero a mí me superencanta (osea). Las luces, titilantes, tendidas como constelaciones eléctricas deslumbran desde el cielo de la ciudad; el aroma a castañas asadas, tan suculento; el gentío; los reencuentros; los villancicos; María Carey (sencilla y recatada siempre) y todo ese brilli brilli en el que coyunturalmente nos sumergimos (literal y metafóricamente) me dan calor en los meses de invierno, tan sombríos sin toda esa purpurina. ¿Que hay mucha hipocresía tras eso que llaman el “espíritu navideño”? Pues vale, me da igual: prefiero las sonrisas más o menos impostadas al derrotismo y la mala leche que salen a la luz en épocas menos refulgentes del calendario. ¿Que son una manifestación del consumismo desbocado? Pues vaya novedad, como si el resto del año viviéramos en una comuna, practicando el trueque solidario y el desapego material al compás del Cumbayá. No te jode. Entiendo muy bien los argumentos de aquellos que odian la Navidad, por motivos más o menos personales y/o sinceros. Pero a mí que me dejen en paz mientras canto por Michael Bublé “Its begining to look a lot like Christmas”. Que no me den la coña con los gruñidos y el despotrique antinavideño. Siempre he dicho que no hay en el mundo nada peor que un aguafiestas... Y ese cenizo tan siniestro resulta aún más dañino cuando me asalta estando yo tan feliz bajo las hojas de acebo, deslumbrado por las bombillitas, las lentejuelas y los níveos copos de poliespán. Dejadme con mis noveleríos, leches. Que no está el panorama como para desperdiciar una ocasión festiva.

Dicho todo esto… A ver, tengamos un poco de mesura, y entendamos que las Navidades son también una especie de fantasía a la que a algunos nos gusta entregarnos. Ilusión; Vodevil. Sin más. Este año, por mor de las circunstancias pandémicas que nos han tocado padecer, las Navidades serán necesariamente distintas. Tienes que serlo. Y no pasa nada, oiga. Pero nada de nada. Si el 24 no me puedo reunir físicamente con mi breve familia para brindar con champán del malo… pues tampoco se acaba el mundo. No me sentiré deprimido ni taciturno… ni siquiera triste. Porque no me da la gana; porque la ocasión no lo amerita. Intentaré ver a mi gente en otro momento menos comprometido, y sanseacabó. Puede que me toque cenar solo en mi casa. Y si es así, me compraré viandas de esas que el resto del año no me puedo permitir (para seguir cabiendo en mis vaqueros, digo); haré unas cuantas llamadas (con o sin vídeo); me pondré una peli sentimental… y punto pelota. Tan feliz, tan agusto, tan agradecido por todo lo bueno que la vida me ofrece (y lo que te rondaré). Tengo la fortuna de haber recibido varias invitaciones para que todo eso no ocurra, porque gente que me quiere mucho y bien se sentiría muy triste sabiendo que esa noche estoy solo. Pero es que no es así: yo NUNCA estoy solo. Porque os tengo a vosotros, que tanto me bienamáis. Y ese es un patromonio que no cabe en el saco de Papá Noel. Además, precisamente este año el adviento me pilla con una nueva compañía, que complementa y completa la de mi familia y amigos. Un compañero inesperado, recién venido a mi vida como regalo precoz de Sus Majestades de Oriente. En realidad es aún mejor que eso, porque yo no lo pedí; y seguro que no se me habría ocurrido incluir a alguien tan guay en mi carta a los Reyes. He debido ser un chico muy bueno. Espero que sí: le pongo voluntad a diario.

Lo único que de verdad me jode de esta Navidad es no poder montar mi archifamoso y ultravenerado árbol de Navidad. Me jode no poder montarlo… y no poder exponerlo por el interné, para solaz y/o pavor de mi ilustre audiencia cibernética. Es que las toneladas de adornos me cogen a una inalcanzable distancia de 200 km… y no es plan de saltarme el confinamiento perimetral por ese motivo (aunque confieso que me lo he planteado, por ser completamente franco). Este año me temo que en mi árbol habrá bastante verde, porque he tenido que partir de cero y adquirir adornos como para enterrarlo no hay presupuesto que lo resista. Habrá verde, sí, lo reconozco avergonzado. Pero, a cambio, la tarea de planificarlo y contruirlo (literalmente) desde cero me está resultando… cómo definirlo… deslumbrantemente feliz. Como ya avancé en otra red social, mi árbol de este año será distinto: quizá no funcione como ese homenaje habitual al horror vacui que tantas pasiones despierta entre mis fans… Pero para mí es, quizá, el árbol más especial de los últimos años, por una sencilla (y feliz) razón. Esta vez está siendo ornamentado a cuatro manos; así que no puedo hablar de “mi árbol” sino de “nuestro árbol”. Montarlo así, al alimón; entusiasmadamente enamorado (ya está, ya lo he dicho) cubre de purpurina mis manos, y también mi corazón. Me siento con el alma ilusionada; y tengo un mágico destello en la mirada, y cascabeles en el pecho. Si eso todo no es navideño… que venga el reno Rudolf y lo vea.

Postdata 1: Gloria, me apunto lo del elfo convidando a anís del mono para incorporarlo a mi árbol del año que viene. Esta vez no me da tiempo de hacer el casting del elfo, los papeles del seguro, etc.

Postdata 2: En la foto, ni árbol del año pasado, antes de caer vencido por el peso de tanto cachibache. No esperéis algo igual. Advertidos quedáis, luego no quiero quejas, ni reproches, ni lamentos, ni crujir de dientes.