
Hace un par de semanas leí en algún sitio que el 11 de octubre se celebra el Día Internacional de Salir del Armario. No sé si “celebrar” es la palabra más adecuada para referirse a este evento marica internacional. Puede que sí, porque quitarte la máscara; descubrir ante el ti mismo, y ante el mundo, esa realidad sentimental y sexual que (al menos en mi caso fue así) generó muchas tormentas en una adolescencia emocionalmente conflictiva; supone un tipo de liberación difícil de describir. Para mí fue un paso tan trascendental, tan increíblemente difícil de asumir; y, al mismo tiempo, sorprendentemente, tan fácil de gestionar; que marcó (como dicen los cursis) un antes y un después en mi vida: en mi vida pública y en mi vida privada...que son, al final, prácticamente la misma cosa.
A lo largo de los años he coincidido con muchos otros homosexuales y lesbianas; y algunos me han contado cómo vivieron ese día tan trascendente en que hablaron abiertamente de su orientación sexual (me gusta más llamarla orientación sexo-sentimental... pero eso daría para otra actualización). Cada cual cruzó ese Rubicón por un puente distinto, pero al final casi todas las experiencias comparten una misma esencia: la del silencio que estalla en una especie de carcajada, cargada muchas veces con ciertas dosis de dramatismo. Salir del armario es una experiencia vertiginosa; y contar cómo pasó, sobre todo cuando ha transcurrido cierto tiempo y podemos recordar ese momento con cierta perspectiva, suele proporcionar grandes ratos de risa. Porque hasta las situaciones más dramáticamente conmovedoras acaban resultando cómicas con el paso de los años. Y reírnos de lo que en otro tiempo nos hizo sufrir me parece un ejercicio muy eficaz para mejorar nuestra salud emocional.
Pues eso, que lo de salir del armario da para un millón de anécdotas, que van de lo trágico a lo ridículo, pasando por toda la gama posible de reacciones humanas. En una época acaricié la idea de recopilar esas experiencias (de amigos, de conocidos) en un libro a caballo entre lo humorístico y lo desgarrador. Pero mi connatural pereza convirtió esa idea en otro de mis proyectos nunca realizados. Quizá algún día...
Mientras llega ese momento; y a cuenta de esa celebración internacional de la que hablaba al principio, he estado recordando alguna salidas del armario que me impactaron por su intensidad, su carácter dramático o su absoluto surrealismo. Me viene a la cabeza lo que le pasó a un chaval que, tras años de angustia vital e incluso un intento de suicidio, acabó confesándole a su madre que le gustaban los chicos. Bueno, lo que le dijo en realidad fue: “Mamá, tengo que contarte algo importante; algo que quizá haga que te enfades, o que me retires la palabra y me rechaces de por vida”. La madre, muy angustiada, le contestó: “Hijo, sé que llevas mucho tiempo sufriendo; y piensa que, sea lo que sea lo que te pasa, siempre contarás con mi amor incondicional”. El hijo se armó de valor y le espetó: “Lo que me pasa... es que soy gay”. La madre, acusando la violencia de un enorme impacto emocional, al borde de las lágrimas, le respondió: “Hijo mío.... Vamos a hacer una cosa. Nos tomamos un Lexatín cada uno; nos acostamos; y mañana lo hablamos más tranquilamente”. Así lo hicieron madre e hijo. Y a la mañana siguiente, tras largas horas de preocupación e insomnio, la madre se acercó llorosa a su hijo y le soltó: “Lo he pensado mucho, y creo que esto podemos superarlo juntos, pero.... ¿me puedes decir qué es “gay”. Porque no tengo ni idea...”.
Creo que esta historia resume bien la incertidumbre; la angustia anticipatoria; y el enorme nudo de dolor y miedo que a veces creamos en torno a esas situaciones futuras que nuestra calenturienta imaginación se empeña en adornar con detalles morbosos. Suele ocurrir que luego, cuando todo ocurre, la realidad es menos dramática de cómo la habíamos imaginado. O quizá no... pero eso ya lo pensaré mañana.