miércoles, 26 de abril de 2017

EpiSToCRaciA


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Leí hace cierto tiempo en la prensa un artículo que hablaba de la epistocracia. Me llamó la atención, porque – con muchos matices- resumía varias ideas que llevo años macerando en mi pequeño (y limitado) cerebro. Según he visto bicheando por esa fuente de sabiduría universal que es San Google, lo de la epistocracia (que es, por otra parte, una idea muy antigua) se está poniendo de moda a cuenta de los últimos (y no por legítimos, menos espeluznantes) resultados electorales around the world. Los del Brexit, Donald Trump y tal y cual. Me sorprende bastante que los demócratas de pro (entre los que, como saben mis conocidos, no me cuento) se escandalicen de pronto de cómo funciona nuestro sistema político: ahora se tiran de las rastas y empiezan a cuestionar la fórmula de recuento de votos, las ponderaciones que se aplican en las elecciones, la ley D’Hondt y otras cuestiones por el estilo. Cuando ganaba Obama a muchos les parecía todo muy guay. Pues no, mirehusté, no era tan guay. Ni entonces, ni ahora. Y aunque esta frase queda muy fea, la voy a poner por escrito, a despecho de los bienpensantes: “todo esto ya lo venía diciendo yo”. Que la democracia (al menos, estas democracias occidentales) es un verdadero mojón; o un engañabobos; o una milonga. O todo eso junto al mismo tiempo.

Ya, ya sé que ahora viene eso de “la democracia es el menos malo de todos los sistemas posibles”. Esto dicho así, y repetido hasta la saciedad como un mantra idiotizante, sirve para justificar cualquier tipo de desmán político, social, moral o ideológico. Habría mucho que discutir al respecto, pero esta mañana gris de primavera no quiero yo meterme en semejante berenjenal. Sólo me apetece apuntar un par de ideítas (sandeces serán, para muchos; pero al disponer de dedos, teclado y conexión a internet, como tantos otros idiotas, pues las publico porque me da la realísima gana) en torno a eso de la “epistocracia”. Que es algo así como el despotismo ilustrado, pero con matices; o una especie de democracia releída, revisada y sometida a cierto sentido crítico. Es lo menos que se despacha, ¿no? Un poco de espíritu crítico para rebajar algunos grados tantísima autocomplacencia y onanismo de los neoprogres que en el mundo son. Ea, ya está, ya he lanzado dos o tres improperios: haciendo amiguitos, para variar. Que nadie se dé por aludido. O sí.

Grosso (muy grosso) modo, la epistocracia parte de la idea de que no todos debemos tener derecho al voto. Bueno, esto así dicho suena muy bestia, pero es por resumir. En realidad, subyace la certeza de que no todo el mundo vota desde el conocimiento y la responsabilidad. Y, claro, cuando el votante resulta ineducado, irresponsable o directamente necio… pues pasa lo que pasa. Que Jesús Gil (Dios lo tenga en su oronda Gloria) se convierte en alcalde de Marbella, por ejemplo. ¿Cómo se arregla esto? Pues admitiendo que las bondades del sufragio universal son una falacia. El hecho de que mi voto valga lo mismo que el de José Luis Sampedro, por citar a uno de mis ídolos más venerados, me da auténtica vergüenza. Por lo pequeño que me veo ante el espejo de semejante estatura espiritual y moral. Al mismo tiempo, que el rumbo de la sociedad lo dibujen (a través de las urnas) los hooligans que el otro día se pasaron cuatro pueblos (por decirlo de una forma suave) en la Plaza Mayor de Madrid… pues me da bastante miedo. Y explica muchas cosas. El que defienda que todos los votos valgan igual, que se atenga a las consecuencias y no se queje luego. Ahí lo llevas, por hacerte el guay.

Me resulta difícil desgranar aquí todos mis argumentos en contra de la democracia (o, por matizar, como dije más arriba, de esta democracia a la que tanto cariño le tienen algunos). Para empezar, hay que ser muy ingenuo para creer que, de verdad, las decisiones que efectivamente toman nuestros gobernantes emanan del pueblo. Es más: hay que ser muy ingenuo para creer que nuestros gobernantes son los que efectivamente toman las decisiones importantes en este mundo tan retorcido que nos ha tocado habitar. Pero bueno, por no entrar en más Honduras (capital, Tegucigalpa); y volviendo a la epistocracia, lo mínimo para que se despacha es garantizar que el votante sabe lo que está votando. No digo que se restrinja el derecho al voto a gente con estudios superiores, o a determinadas elites intelectuales, o a eruditos de uno u otro pelaje. Simplemente pienso que no estaría mal que, antes de que un ciudadano cualquiera deposite su papeletita en la urna (con las enormes consecuencias que, teóricamente, ese gesto conlleva); la sociedad cuente con algún tipo de garantía de que esa papeleta recoge la voluntad formada de quien la ha elegido entre otras muchas opciones. Ojo, que aquí lo importante es el adjetivo especificativo “FORMADA”. Vamos, que el fulano que vota sepa, por lo menos, qué leches está votando. ¡Qué menos que eso, digo yo! Un examencito previo para demostrar su conocimiento mínimo de los distintos programas electorales en liza podría resultar muy útil. Claro, que para eso los programas electorales tendrían que servir para algo más que para rellenar papeles a expuertas. Si es que al final el iluso soy yo. En fin…

Para terminar de tocar los cataplines, quiero subrayar que toda esta paja mental surge de otra idea más profunda, y, seguramente, aún más políticamente incorrecta. No, señores, no, no todos y todas somos iguales. Ni física, ni intelectual, ni emocional, ni moralmente. Negar esa realidad me parece un ejercicio de cinismo tremendo. Y aceptarla, en cambio, lo mismo nos ayudaba a construir una sociedad mejor (sea “mejor” lo que quiera que sea).

Todo esto, de pronto, me ha recordado una canción muy certera de “Avenue Q”, el musical cuya banda sonora llena de sonidos y mensajes mis paseos en los últimos meses. Hay que estar muy pendientes de la letra. 

Vaya telita de actualización. Caótica y farragosa a partes iguales. Será la falta de costumbre, digo yo. O que me meto en más líos que Leticia Sabater en Supervivientes. O en cualquier sitio, vaya.






lunes, 14 de noviembre de 2016

Elogio de lo friki (o algo así)



Ya que están tan de moda las series, me descuelgo con una actualización tipo spin-off. Vamos, que aprovecho un comentario deslizado en la actualización anterior para inspirarme y soltar varias payasadas de esas que tanto regocijan a mis selectos lectores. Son payasadas auténticas, de verdad de la buena, aunque, como podrá comprobar quien llegue al final del texto, emanan un tufillo surrealista que pa qué las prisas. Bueno, eso si termino escribiendo lo que tengo pensado, cosa que no tiene por qué ocurrir.

Pues eso: comenté, hablando de las Kardashians, que en mis primeros trabajos catódicos tuve la oportunidad de lidiar con una buena mancha de frikis. Aquí debo detenerme un poco, porque el concepto de lo friki merece ser mínimamente desarrollado. Partamos de la base de que así, como idea general, todo lo friki me apasiona. Y esa ya es en sí una actitud bastante friki, la verdad (mierda, ya empiezo a enredarme en madejas verbales).¿En qué consiste ser friki? Acudamos a ese Vademecum de la sabiduría universal que es la Wikipedia para resolver tan magna duda: 


“Friki (del inglés freaky, y este de freak, 'extraño', 'extravagante', 'estrafalario') o friqui es un término coloquial para referirse a una persona cuyas aficiones, comportamiento o vestuario son inusuales. Al conjunto de aficiones minoritarias propias de los frikis se denomina frikismo o cultura friki.”

Maravilloso, lo que yo decía: son – quizá debería decir “somos”- frikis los que (por algún motivo, en algún sentido) se salen de la mediocridad: aquellos que desarrollan gustos, aficiones o apariencias distintos de los del rebaño (o, al menos, de los del rebaño mayoritario, porque los frikis también construyen sus manadas, más o menos numerosas). En el corazón del friki se despierta una pasión tan fervorosa por algo que, pasando por encima de los convencionalismos, lo arrastra a comportarse de una forma que asombra, escandaliza o directamente repugna al universo mainstream. Así visto, lo terrible es pasar por esta vida sin ser, al menos, un poco friki. O eso es lo que pienso yo. Llamadme friki.

Al hilo de estas consideraciones (que tienen mucha tela que cortar, hoy no es el día), resulta fácil imaginar que a mí todo lo friki me despierta una enorme curiosidad, mezclada con un punto de ternura. Por eso llegué a cogerle cierto cariño a algunos de aquellos frikis de mis comienzos profesionales. Trabajaba yo por entonces en un programa de debate. Bueno, eso es lo que me dijeron al contratarme: que era un programa de debate. Luego descubrí que aquel engendro hediondo consistía básicamente en que unos invitados se mataran con los otros en modo "ansia viva". Si llegaban a las manos, eso que llevábamos ganado. Todo finísimo, elegantísimo y muy constructivo para el espectador. El decorado simulaba una especie de circo romano, y mi labor consistía en llenarlo de gladiadores. Cuanto más sinvergüenzas, despotricadores, maledicentes, deslenguados y faltos de respeto, mejor. No hace falta que lo diga: a mí aquello se me daba estupendamente y me horrorizaba a la par. Contradicciones de la vida misma.

No sé por qué (ni quiero pensarlo) mis jefes decidieron encomendarme a mí, en rigurosa exclusiva, el universo paranormal. Yo me pasaba el día colgado al teléfono, charlando con videntes, mesías de distinto pelaje, echadoras de cartas, profetas, estigmatizados, abducidas y otros especímenes de la aristocracia alienígeno-espirutual. Hablaba con ellos muy de tú a tú, como muy naturalmente, y les preguntaba por la última revelación que les había hecho San Judas Tadeo; por cómo se habían sentido al ser inseminadas por un extraterrestre; por la relación con sus amiguitos espectrales, y otras cuestiones cotidianas del mismo calibre. Cositas de andar por casa, lo típico del místico medio. Así dicho puede parecer extravagante, pero uno se acostumbra a todo, y yo ya no levantaba el teléfono por menos de unos buenos estigmas sangrantes. Luego las Kardashians se encargaban de llamar a semejante patulea, y de organizar su traslado hasta el plató, donde eran convenientemente despellejados por otros perlitas de similar calaña. Vamos, que no nos aburríamos ni un poquito. En absoluto.

Mientras escribo, se me vienen a la cabeza mil historias extravagantes, a cuál más disparatada. Pero como no aspiro a escribir la Biblia de lo friki, voy a hacer una modesta selección de mis personajes favoritos de aquella época, elegidos así, a vuelapluma. Juro por lo más sagrado que no exagero ni una pizca. Las Kardashians pueden atestiguarlo. Si queréis, os paso su teléfono y les tomáis declaración. Seguro que estarán encantadas.


La Sansona, en sus años gloriosos

- La Sansona del siglo XX. De nombre Virginia, esta bella (ejem) señora (ejem, ejem) se hizo famosa allá por los tiempos del NODO como “la mujer más fuerte de España”. Por lo visto arrastraba locomotoras de tren que daba gusto verla, y realizaba otras proezas igual de lindas. Pero cuando yo la conocí ya no se dedicaba a tan productivas tareas: según ella, se había convertido en un ser de luz, un alma blanca conectada con estrellas de cuyo nombre no puedo acordarme. Su guía espiritual era un difunto jefe indio, de eso sí que me acuerdo. Y debía darle muy buenos consejos económicos, porque pedía más que un tío sin brazos, la muy joía. Cobraba un pequeño estipendio por venir al programa, pero siempre especificaba que, si queríamos que hablara de su “etapa Sansona” (ella debía ver el tema muy interesante; nosotros, no) teníamos que pagarle un plusecito. También recuerdo que me amenazaba con pegarme si no le daba una camiseta de Canal Sur (camiseta de la que, por cierto, no disponía yo). Y que le tenía pánico a Manuela, ella sabrá por qué. A veces se traía a un fiel vasallo, otro gran intelectual de nombre artístico “el Tarzán”, un exboxeador que cobraba aparte y sentía por “la Sansona” auténtica veneración. Lo raro es que no se hayan presentado a las elecciones de EE.UU. Arrasarían fijo. 

- El señor del semen galáctico. De este buen hombre sólo recuerdo que iba acarreando un lindo bote de cristal (podría haber contenido originalmente espárragos o palmitos, vaya usted a saber) lleno de una sustancia pringosa y de color indefinible. Él aseguraba que era auténtico y genuino semen galáctico. Y ese era su único discurso, su incuestionable mérito, su impagable aportación a la Historia de la Humanidad. Ni más ni menos. Lo llevábamos al plató para que mostrara el bote y dijera tres o cuatro paridas sin sentido, porque no daba para más.

- La vidente marbellí. Marisa era rubia teñida, y se había operado en varias ocasiones. Ella iba de vidente auténtica, de las de poderes sobrenaturales deverdaddelabuena, como se encargó de subrayar cuando, en su primera intervención, y refiriéndose al resto de invitados, dijo: “que vaya por delante todo mi respeto por estas personas que hay hoy aquí, pero pido por favor que no me comparen con semejantes sinvergüenzas y estafadores”. Ella... ¡ella! Que conducía un Jaguar verde y lucía más joyas que Sara Montiel, todo gracias a su consulta de videncia y sanación. Eso sí: tenía una vena en el cuello que, cuando insultaba a gritos al resto de “contertulios”, se le hinchaba hasta adquirir el grosor de una morcilla de Burgos. Ahí os dejo esa imagen, para vuestro regocijo.


El Penumbra, ya convertido en celebrity


- El Penumbra. Muchos lo conoceréis, porque Jesús Quintero se encargó de proporcionarle fama mundial. El Penumbra, genio y figura, era mucho. Pero mucho, mucho. Reproduzco de memoria la conversación que tuvo con Manuela, cuando lo llamó para gestionar su traslado hasta el plató:

- MANUELA: Hola, soy Manuela, de Canal Sur. Te llamo para organizar tu participación en el programa. ¿Me dices tu nombre completo?

- PENUMBRA: El Penumbra.

- MANUELA: No, ya... sí.... Pero digo tu nombre real, cómo te llamas de verdad.

- PENUMBRA: El Penumbra. Me llamo el Penumbra 

- MANUELA: Vale, bueno. Da igual. ¿Dónde vives? Es para mandarte el taxi.

- PENUMBRA: Pues mira, vivo en un bloque de pisos, con ladrillos marrones, en una calle bastante grande...

- MANUELA: ¿Pero eso es en Sevilla?

- PENUMBRA: No, no.

- MANUELA: ¿Entonces, dónde?

- PENUMBRA: En la Macarena.  

- MANUELA: Ah... Maravilloso...

- PENUMBRA: Oye, ¿voy a cantar en el programa?

- MANUELA: Pues no sé. ¿Tú cantas?

- PENUMBRA: Yo no.

- MANUELA: Entonces, ¿qué haces?

- PENUMBRA: Ser el Penumbra...

Y así durante media hora. ¿Cómo consiguió Manuela enviar el taxi y traer a semejante maravilla de persona, con su túnica y todo, hasta el plató? Son misterios insondables de la producción que sólo ella conoce. Quizá lo cuente algún día, en sus memorias. La anécdota lo merece. 

- La políglota. Esta sólo vino al primer programa (la vilipendiaron tanto que no se atrevió a volver), asegurando que, aun siendo iletrada, adquiría el don de lenguas gracias a los poderes que le prestaba un Santo amigo suyo. Cuando digo “un Santo” me refiero a uno canonizado y todo, de los de altar, corona y velitas. San Francisco de Asís, creo que era, pero este extremo no lo puedo asegurar. Ella charlaba con el Santo tan ricamente, a voluntad, varias veces al día. El presentador le pidió que dijera algunas palabras en francés, y ella, tras concentrarse mucho y entrar en trance, pronunció algo así como “guachuruluru chispergoti fristenbunchen”. Los selectos insultos que le dedicó la vidente marbellí desde el otro lado de la grada aún resuenan en mis oídos como música angelical. Grandes mentes preclaras, inspiración para la juventud. Valiente caterva de gente chiflada. Así he acabado yo.

- La Virgen de la Bola de Luz. La historia de la Virgen de la Bola de Luz se hizo famosa (hay vídeos al respecto, podéis buscarlos en youtube) gracias a un programa que hizo Antena 3 (creo) en el que descubrieron la cutre-estafa mariana pergeñada por una señora de Pedrera. Pero antes yo llevé a la tele a una ex-devota de aquella fugaz advocación, que pretendía desvelar las mentiras y falsedades que había detrás de las apariciones de la Virgen. Por desgracia, perdió toda credibilidad cuando aseguró, en directo, que ella misma le daba de comer bocadillos de mortadela al niño Jesús que la Virgen sostenía. A mí me pareció una dieta poco adecuada para un infante, la verdad. Pero fuera de eso, todo de lo más normal.

Lástima que en esta foto no se aprecie el embarazo espiritual de Araceli


- Araceli, la embarazada espiritual. Esta daba mucho miedito. Venía de un pueblo de Granada, y aseguraba ser la reencarnación de una condesa del siglo XV. Mucha pinta de aristócrata no tenía, mi verdad digo (adjunto foto). Según ella, unos seres de luz la habían dejado embarazada sin contacto sexual ninguno. Para demostrarlo, le plantó la barriga (flácida, descomunal) a Manuela encima de la mesa de producción. Qué detalle tan de agradecer por su parte. Manuela, con toda la naturalidad del mundo, le preguntó: “¿de cuánto estás?”; y ella, apesadumbrada, le espetó: “qué más quisiera yo que saberlo”. Ignoro si habrá alumbrado ya a su retoño intergaláctico... pero sospecho que no, porque años más tarde salió en otros programas de la tele y seguía feliz y espiritualmente encinta. La belleza simpar de su ser y de su verbo nunca me han abandonado. Qué suerte (glups) haberla conocido. 

- Bonus- track: La Trini y Casimira. Menciono por último a estas dos grandes mujeres, que no ejercían el misticismo, pero podrían ser extraterrestres. Trini era un ama de casa que nos traía público – de saldo, dicho desde el respeto - a los programas (cobraba cierta cantidad de dinero a los seniles espectadores que colectaba en su barriada para ir a la tele); y a veces participaba en los debates, para elevar el nivel  de la charla con su fluido verbo e intelectual discurso. Ella lo llamaba “actuar”, en plan: “esta semana no actúo en el ‘pograma’ porque no me han puesto los dientes nuevos” (sic). Trini defendía siempre la postura de la mujer clásica, atada a la pata de la cama y encadenada al fregadero. Era una machista radical, y tan a gusto lo pregonaba a los cuatro vientos. Pa que las FEMEN le pusieran un monumento, mireuhté. Pero, como a todo a quien nos gane, cuando Trini no podía “actuar”, nos mandaba a Casimira, cuya filosofía de vida puede resumirse en una frase que se me ha quedado tatuada en las neuronas: “un hombre tiene que oler a hombre”. Ahí queda eso, junto con los versos de Góngora y Garcilaso. 


Creo que este larguísimo texto es suficientemente ilustrativo de cómo fueron aquellos inicios míos en el mundo de la tele; y pueden explicar algunas de mis taras actuales. Pero ésa – la de mis taras- es otra historia, y debe ser contada en otra ocasión.

sábado, 22 de octubre de 2016

Las Kardashians





La vida está llena de esquinas. Esta frase la utilizo mucho yo, en un alarde (ejem) de originalidad (ejem, ejem). Vale, ya sé que es un topicazo y un lugar común del copón bendito, pero expresa muy bien lo azaroso del destino humano (nótese la contradicción: “azaroso destino”. En fin...). En los últimos tiempos he vivido muchos encuentros, varios reencuentros, y también algunos desencuentros: dolorosos estos últimos, pa qué nos vamos a engañar. Los llevo mal, los desencuentros: tanto los que yo mismo promuevo como los buscados por otras personas (aunque en todos ellos tendré yo mi cuota de participación, supongo). En fin... (otra vez, con sus puntos suspensivos y todo): de ese asunto no quiero hablar hoy, y menos en está rentreé tan inesperada de mis cyberquisicosas. Démosle un golpe al timón, y busquemos brisas más favorables para seguir navegando. 

Por centrarme en lo feliz y en lo festivo, resulta que tras una de esas esquinas de la vida me aguardaba un reencuentro que, por diversas razones, me está dando grandes momentos de regocijo. Los ignotos caminos de la existencia me han devuelto la amistad cotidiana (la cotidiana, porque la amistad así, en general, nunca se fue) con dos mujeres bellas, auténticas, valientes y excelentes en el más amplio sentido de la palabra. Ellas tienen sus nombres reales, of course; pero últimamente me ha dado por llamarlas “las Kardashians”, plagiando la genial idea de un amiguito común. El apodo les viene que ni pintado, porque a glamourosas y dicharacheras no les gana nadie. Y sin inyecciones de cortisona, prótesis, liftings ni nada por el estilo, porque ellas no necesitan nada de eso. Superparanada, osea.

Con las Kardashians me pasó como con otras mujeres excelentes que he conocido: cuando coincidimos por primera vez, en mis turbulentos años de juventud (años en los que yo estaba descubriendo muchas emociones; años de experiencias pioneras, de crecimiento y de vértigo y de felicidad y de liberación y de miedo) ellas me regalaron, sorprendentemente, su amistad y su cariño. Digo “sorprendentemente” porque, una vez más (quizá como fruto de mis obstinados problemas de autoestima), sentí que estaban muy por encima, y muy delante de mí en muchos sentidos. Pero según parece ellas no lo veían así, y me invitaron a compartir con ellas experiencias profesionales y personales, la mayoría de ellas divertidísimas, que nos acercaron así como muy naturalmente. Había risa y complicidad; y hasta asistí a la boda de Manuela, que recibió, por cierto, el regalo nupcial más... estrambótico y peculiar que he hecho en mi vida: un juego de botella de licor y chupitos pintado por el menda con la técnica del falso vidriado. Un truñaco de récord olímpico, vamos. Mojonaco tragapolvo y comemierda simpar. Ahora, con el paso de los años, lo he vuelto a ver y me causa auténtico espanto. Debo decir a mi favor que estaba en esa época más pelao que Aramís Fuster antes de hacerse un Deluxe; y que empleé horas y horas en realizar semejante prodigio de la artesanía. A Manuela, que tiene un punto muy suyo, el regalo le gustó... o al menos eso es lo que ha mantenido todos estos años. De hecho, hasta hoy, la botella y los chupitos ocupan un espacio propio en su casa; y yo, afortunadamente, un pequeño lugar en su corazón. También en el de Mª José, “la Villa”, que siempre me pareció inteligentísima, divertida y buena gente.

Luego, con el devenir de nuestras respectivas existencias, las Kardashians y yo dejamos de coincidir tan a menudo, aunque nuestro cariño seguía vivo desde la distancia. A Mª José la veía de vez en cuando, por motivos profesionales, sobre todo. Con Manuela hablaba de tarde en tarde, y siempre me sacaba una sonrisa con la coña de su alma blanca y las anécdotas compartidas de nuestros años lidiando con frikis (pero frikis, frikis del mismísimo centro del Planeta Friki, que merecen su propia actualización). Sabía de ellas, me alegraba de sus triunfos y me conmovían sus tribulaciones. Había, como he dicho, un cariño sostenido desde la distancia. Hasta que, hace relativamente poco tiempo, tras una de las esquinas de mi vida, me las volví a encontrar.

Yo sabía que las quería y las admiraba. Lo que no sabía, desde luego, era lo importantes que iban a volver a ser en mi día a día, juntas y por separado. Porque, curiosamente, hemos vuelto a coincidir en el tiempo, en el espacio... y más allá: en un lugar del corazón habitado por quienes atraviesan momentos vitales muy parecidos (“etapas”, diría una que yo me sé). Supongo que alguna vez les he dicho lo balsámicos, medicinales y curativos que han sido (que siguen siendo) los ratitos que echo con ellas. Por si acaso, lo dejo escrito aquí, en este foro público, para conocimiento del mundo en general: las quiero, las admiro y las necesito mucho en Sevilla, en Estambul, en Ibiza o allá donde nos lleven las ofertas de vuelos por internet (espero que sea a muchos sitios muy lejanos). Su valentía, su coherencia y su sinceridad son una continua fuente de inspiración para mí. Y encima me hacen reír tela, las joías.

Así que gracias, Kardashians: por acompañarme, por contar conmigo, por escucharme y aceptar el papel de confidentes que a menudo os asigno; por quererme, por no juzgarme y por dejarme “ser yo mismo” (expresión que odio con toda mi alma, pero que aquí viene muy al caso). Os quiero tela.

NOTA: llevaba tiempo pensando en publicar esta actualización, y al final he tenido que escribirla a trompicones, de salta en salto. No sé si me ha quedado muy allá. Rehola, en cualquier caso. Seguimos vivos...



martes, 16 de junio de 2015

Entradas recicladas (y muy pertinentes)

Ligero de equipaje - Sólo lo idispensable: esa es la regla básica a la hora de preparar la mochila. Vale igual para el camino que para muchos aspectos de la vida. <BR> <BR>Cuando digo lo insidpensable, queiro decir lo I-N-D-I-S-P-E-N-S-A-B-L-E... Y eso significa muchas menos cosas de las que uno cree. Muchos decían que, a la hora de preparar la mochila, me había padaso de parco; durante el camino pude comprobar que, en realidad, llevada objetos de más: utensilios y prendas que, desde Sevilla, me parecían importantísimos... Pero, una vez en el camino, resultaban más una molestia (al fin y al cabo, hay que cargar con ellos a la espalda) que una ayuda. <BR> <BR>Al comprobar lo pesados e inútiles que resultan algunos cachivaches que parecían indispensables; he pensado que hay sentimientos, reconcores, amores, complejos, frustraciones, agobios y otra serie de lastres que ocupan mucho sitio en nuestra mochila emocional; pesan como auténtico plomo; y resultan absolutamente inútiles a la hora de disfrutar del camino. <BR> <BR>Por eso, en todos los sentidos, merece la pena escoger con cuidado lo que uno se echa a la espalda. Definitivamente, merece la pena caminar ligero de equipaje (y con una cervecita a mano; eso, que no falte) <BR> <BR>Beso! - Fotolog

Vale: esta entrada tiene trampa, porque se trata de textos que escribí hace ya varios años, a cuenta de mi primera experiencia en el Camino de Santiago. Las recupero hoy porque hablan de ideas a las que sigo dando vueltas últimamente. Se ve que mis obsesiones resultan la mar de recurrentes. Estas tres reflexiones vienen muy, muy al caso. Lecciones que un día aprendí y a veces olvido. Así que un repasito, precisamente ahora, me viene muy requetebien.

1. FUGACIDAD

Yo mismo decidí hacer el camino solo... Y esa fue una decisión bastante rara, teniendo en cuenta mi trayectoria vital, y determinados rasgos de mi carácter (dependencia social, podría llamarse el síntoma). Yo mismo pensé, en varias ocasiones, que no sería capaz de disfrutar de la soledad de la experiencia. Pero el cuerpo y la mente son tela de listos, y, de vez en cuando, te empujan a hacer lo que realmente necesitas. Sí: elegí hacer el camino solo... Y en mi vida he tomado pocas decisiones tan acertadas.

Cuando pasas tantas horas en soledad, te apetece llegar al albergue y charlar con otros peregrinos. Con unos compartes cena, y cerveza; con otros, intimas un poco más; y algunos llegan a convertirse en una especie de amigos, más o menos circunstanciales. (Seguro que pasa como en Gran Hermano: Allí todo se magnifica...) Pero en el camino cada uno lleva su ritmo, su ruta, su objetivo.... Y lo más probable es que tu colega de hoy no coincida contigo en etapas sucesivas.

A mí, los desencuentros siempre me han causado mucho vértigo: he empleado (sigo haciéndolo) toneladas de tiempo, dinero y energía para evitarlos. Pero los desencuentros, inevitablemente, ocurren. Cada uno camina a su ritmo; cada cual elige su ruta. Coincidir, en el mismo tiempo y en el mismo espacio, es una especie de milagro que merece la pena paladear a fondo. Pero puede que un día yo camine más rápido que tú; o que prefiera torcer a la derecha en un recodo; o que quiera descansar, mientras tú sigues caminando.

Todo es fugaz; todo tiene su sazón. El afán por aferrarse resulta un deporte poco útil (aunque yo mismo lo practico con frecuencia). Mientras caminaba, por alguna extraña razón, lo comprendí de una manera nueva, y la idea me pareció bien. Esa fue una sensación tremendamente liberadora.

2. DOLOR

Antes de salir, nunca había pensado que caminar, duele. Los primeros días de caminata fueron, en realidad, un paseo que emprendía despreocupadamente, a la ligera. Los excesos de entonces me pasaron factura más tarde. Esta relación causa - efecto funciona siempre así. Todos los excesos tienen su precio: en cada uno está valorar si merece la pena pagarlo.

El caso es que, a lo largo de mi viaje, descubrí partes de mis piernas de cuya existencia nunca antes había sido informado. Si hoy me molestaba el tobillo izquierdo; al día siguiente amanecía con un punzante dolor en la rodilla derecha. Cada uno de esos problemas se superponía al anterior, de acuerdo con una regla bastante sorprendente: en vez de sumarse, los dolores se eclipsan los unos a los otros. Cuando aparece uno nuevo, acapara tanto tu atención que los anteriores parecen de pronto vagos, difusos, casi insignificantes. Y lo mejor, lo más sorprendente, es que a pesar de las molestias nuevas y antiguas; con el dolor de rodillas, de tobillos o de alma; el camino sigue abierto ante tus ojos, invitándote a cubrir etapas y alcanzar objetivos. TIENES QUE SEGUIR CAMINANDO.

Yo siempre he tenido una actitud muy negativa hacia el dolor: en general, he intentado soslayarlo entregándome a mis vicios preferidos y a mis dependencias más recurrentes. A veces, en cambio, he sucumbido la tentación de abandonarme al desaliento, alimentando la angustia hasta niveles psicopáticos.

Mientras caminaba, entendí de alguna forma que el dolor es parte de nuestra experiencia; que ignorarlo resulta engañoso.... y recrearte en él te impide disfrutar de los placeres que el horizonte nos regala. En cambio, si aceptas el dolor; si comprendes que el sufrimiento es relativo; si, tirando de perspectiva, asumes que hubo penas anteriores, y que ninguna de ellas te impidió seguir caminando..Cuando te sobrepones, avanzas la otra pierna, levantas la mirada, y te sientes verdaderamente limpio, auténticamente capaz... Esa sensación es lo más parecido a la libertad que nunca he experimentado.

3. LIGERO DE EQUIPAJE

Sólo lo indispensable: esa es la regla básica a la hora de preparar la mochila. Vale igual para el camino que para muchos aspectos de la vida.

Cuando digo lo indispensable, quiero decir lo I-N-D-I-S-P-E-N-S-A-B-L-E... Y eso significa muchas menos cosas de las que uno cree. Muchos decían que, a la hora de preparar la mochila, me había pasado de parco; durante el camino pude comprobar que, en realidad, llevada objetos de más: utensilios y prendas que, desde Sevilla, me parecían importantísimos... Pero, una vez en el camino, resultaban más una molestia (al fin y al cabo, hay que cargar con ellos a la espalda) que una ayuda.

Al comprobar lo pesados e inútiles que resultan algunos cachivaches que parecían indispensables; he pensado que hay sentimientos, rencores, amores, complejos, frustraciones, agobios y otra serie de lastres que ocupan mucho sitio en nuestra mochila emocional; pesan como auténtico plomo; y resultan absolutamente inútiles a la hora de disfrutar del camino.

Por eso, en todos los sentidos, merece la pena escoger con cuidado lo que uno se echa a la espalda. Definitivamente, merece la pena caminar ligero de equipaje (y con una cervecita a mano; eso, que no falte)

martes, 9 de junio de 2015

De moralinas y coñohonraos

 

Hace no mucho tiempo, una amiga muy querida (sabia ella, en toda la dimensión de la palabra) me descubrió un par de conceptos a los que últimamente recurro con bastante frecuencia: “moralina” y “coñohonrao”. Definen muy precisamente determinadas actitudes ante la vida y el prójimo, y (desgraciadamente, debo decir) resultan la mar de aplicables; incluso autoaplicables, que es lo peor. Son ideas ambas muy íntimamente relacionadas: no hay coñohnrao sin moralina, aunque sí puede desarrollar moralina alguien que no vaya por la vida de “coñhonrao”. ¡Ay! Ya me estoy metiendo en laberintos lingüísticos. Será la falta de práctica en estas lides blogueras. Digo yo.

Como suelo hacer en estas circunstancias, he acudido al DRAE para buscar una definición académica de cuyo hilo ir tirando. Obviamente, “coñohonrao” no aparece entre los vocablos recogidos en el diccionario (tiempo al tiempo: se trata de una realidad tan extendida que el término acabará definido negro sobre blanco). “Moralina” sí que aparece, por supuesto: según las preclaras autoridades de la Lengua Española, es la “Moralidad inoportuna, superficial o falsa”. Pues sí, se acerca bastante a lo que mi amiga (y yo, por extensión) quiere referirse cuando utiliza la palabra. La moralina es ese juez que tod@s llevamos dentro (un@s con más ruido que otr@s); ese magistrado que, desde su estrado, blande su maza para condenar conductas y emociones y comportamientos y formas de vivir la vida propios y ajenos. Cuando se refiere a uno mismo, la moralina suele ser expresión de nuestras taras, nuestras limitaciones, nuestros miedos, complejos y prejuicios; y generalmente se manifiesta como ese gran enemigo de la felicidad que conocemos como “culpa”. Qué jueguito nos da en el día a día, la hijadelagranputa “culpa”. Nuestra moralina nos hace sentirnos culpables por hacer lo que queremos hacer; por ser como realmente somos; o por llevar la vida que auténticamente anhelamos vivir. Actúa censurando nuestros deseos y cercenando nuestras pulsiones, hasta el punto de que, en una pirueta de insalubridad emocional, nos impide ser consecuentes con las auténticas aspiraciones de nuestro cuerpo y nuestra alma; con eso que nuestro corazón nos está pidiendo a gritos. A mí me ha pasado con frecuencia, porque tengo una carga de moralina pa alicatar cuatro cuartos de baño. Me callo, me corto, evito, niego, amordazo, justifico, me pongo la venda, aprieto los dientes... y, en definitiva, me voy jodiendo vivo tan ricamente, porque me condeno a no ser auténticamente yo. ¿Para qué? Pues para que me quieran y me abracen y me acepten. O para que hagan todo eso con alguien que se parece a mí (pero que no soy yo). Y para sentirme un “hombre de bien”. Valiente capullada. Genera mucha soledad, curiosamente.

A veces (yo mismo lo he hecho; y quizá todavía lo hago, espero que cada vez con menos frecuencia) disfrazamos la moralina de generosidad o de bohomía. Nos decimos: “esto voy a hacerlo por amor”; o “esto evito hacerlo para no causarle un sufrimiento a alguien a quien quiero de verdad”. Y así vamos, sintiéndonos encima personas abnegadas que consagran su sacrificio a un Bien Mayor. Mojones y gordos. Mentiras hediondas de la peor calaña. No nos engañemos: lo que pasa es que nos da un cague atroz enfrentarnos con eso que nos enseñaron a identificar como nuestra “parte mala”. Y oiga, mirehusté, a lo mejor tampoco resulta tan negativa. A lo mejor lo malo es la puta moralina. Para nosotros y para los demás. Pero atravesar esa barrera; pasar más allá de la culpa y el miedo; y comportarse de manera auténtica (sea eso lo que sea)... joder, da mucho canguelo. Y tiene sus consecuencias, claro. A veces, nefastas. Generalmente menos graves de lo que nuestra imaginativa moralina nos invita a pensar. En realidad, por experiencia puedo afirmar (y afirmo) que ese ejercicio resulta a medio plazo muy liberador. Mucho. Muchísimo. Y ayuda a prevenir las úlceras de estómago. Eso también. Mucho más que el Omeoprazol. ¡Dónde va a parar!

La moralina (cada cual tiene la suya propia) podemos manejarla de diferentes formas. Supongo que, ya que eliminarla está sólo al alcance de grandes místicos y monjes budistas; lo más saludable debe ser identificarla, comprehenderla, y someterla a un trabajo de toreo fino para que nos limite lo menos posible, a la hora de convivir con nosotros mismos y también en la relación – tan fluctuante- que mantenemos con la gente de nuestro entorno. Claro que también podemos hacer de la moralina un estilo de vida. Abrazarnos a ella y... ¡ea, a condenar a diestro y siniestro! Como quien se ciñe un disfraz de carnaval, pero en versión hijodeputa. Muy al estilo Brie VandeCamp. Y es aquí, amiguitos y amiguitas, donde irrumpe el coñohonrao. O la coñohonrao, porque esta manera de ser, de comportarse y de sentir no distingue de géneros ni edades ni clases sociales.

Un coñohonrao es, en esencia, justamente eso: alguien que ha convertido la moralina en una forma de manejarse por el mundo. Los coñohonraos, a base de negar su trastienda (o precisamente para no enfrentarse a lo que hay almacenado en ella) se sienten directamente mejores personas. Y encima suelen presumir de ello. Así, a boca llena. “Yo jamás actuaría de esa forma”; “soy incapaz de aguantar semejante comportamiento”; “a mí no me las dan con queso”; “en tu lugar, lo habría mandado a la mierda hace siglos”; “¡cómo has podido hacer algo así!”, “¿yo? Vamos, vamos... en la vida”; “ni muerto”; “superparanada”; never in my life” y otros vómitos verbales. Entrañables, empáticos; de abrazarse a ell@s bajo las estrellas en cálidas noches estivales. Arcas secas.

Hay muchos tipos de coñohonraos, y todos comparten una esencia muy identificable, un tufillo a podredumbre emocional que a mí me resulta cada vez más reconocible. Está el coñohonrao abnegado, el rencoroso, el envidioso, el happyflower, el cenizo; también el inofensivo, que sólo se hace pupa a sí mismo y no provoca daños colaterales. En casi todos los casos se trata de hipócritas de libro, ejemplos prístinos de la doble moral; gente experta en ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el suyo. Bueno, no, me corrijo: ven la paja en el ojo ajeno PARA no ver la viga en el suyo. Porque la sinceridad de los demás amenaza demasiado peligrosamente el delicado castillo de humo con que camuflan sus propias miserias. Y un coñohonrao le tiene mucho apego a su máscara. La necesita para seguir alimentando su autoengaño. No vas a venir ahora tú a resquebrajarla. Te quié í ya.

Supongo que yo mismo, en determinadas circunstancias y ante determinadas personas, me he comportado como un coñohonrao. Vamos, no lo supongo: lo sé a ciencia cierta.Y, como ya he reconocido, tengo una lamentablemente pesada carga de moralina. Tanta, que me he cortado mucho al escribir este texto. Por la puta moralina de los cojones. Qué coraje. Qué le vamos a hacer.

 

miércoles, 7 de enero de 2015

LoveJoy



Hoy he leído que un cometa llamado Lovejoy se acerca estos días a la tierra. Cuando digo “se acerca” quiero decir que pasará a 70 millones de kilómetros de nuestro planeta. Casi nada, vaya; aquí al ladito; por Bormujos, como quien dice. Por lo visto, el ignoto (al menos, ignoto para mí) Lovejoy nos visita una vez cada 13.000 años. Yo no sé cómo los científicos calculan esas cosas, pero semejantes magnitudes dan que pensar.

Lo del Lovejoy me ha recordado aquellas tardes estivales de mi adolescencia, cuando me dejaba flotar sobre el agua de la piscina para admirar el paso de las nubes a través del incendiado cielo del ocaso malagueño. Sí, yo era así de romanticón, qué le vamos a hacer. Entonces; allí tumbado entre breves ondas de transparente azul; una especie de vértigo existencial se me anudaba a las tripas, y me hacía sentir muy pequeñito, muy insignificante, muy fugaz; y al mismo tiempo, inopinadamente, también me conectaba con esa inmensidad inabarcable de la que al fin y al cabo todos formamos parte.

Hoy, al leer esa noticia del cometa, he vuelto a experimentar esa sensación que combina idénticas dosis de miedo y maravilla. Porque, al lado del Lovejoy; comparando con los míos su dimensión y su periplo y sus tiempos; me hago consciente del breve espacio que ocupo en esto que llamamos realidad; y, quizá contradictoriamente, experimento de forma muy vívida el cosquilleo de la trascendencia. Porque ambos, el Lovejoy y yo, estamos hechos del mismo polvo de estrellas.

Todo eso es lo que pienso yo, lo que yo siento, pero... ¿qué sentirá el Lovejoy? ¿qué pensará de nosotros? ¿Qué sutil variación de su esencia experimentará al contemplar nuestro infinitesimal tamaño, el mínimo plazo de nuestra – para él- instantánea existencia? Lástima que no se lo podamos preguntar.

martes, 13 de mayo de 2014

Químicamente



Qué bien se está cuando se descansa bien. Esta aseveración, que parece una perogrullada (porque lo es), tiene en mi existencia muchísimo sentido. Es que yo tengo una relación muy complicada con el descanso en general, y con el sueño nocturno en particular. La cosa empezó a complicarse cuando era un chavalín (no hace tanto de eso, cabrones. ¿o sí?). Como ya dije en una ocasión, mi abuela desarrolló demencia senil, y yo compartí dormitorio con ella durante los años del instituto. Camas vecinas en una habitación de pequeñas dimensiones. Ella, que tenía la pinza bastante ida y los biorritmos más alterados que Pocholo en una fiesta rave; se pasaba las noches reza que te reza y hablando con familiares difuntos o gente imaginaria. Gente imaginaria muy pesada, debo precisar, porque le daban cháchara hasta las claritas del día. La pobre no tenía culpa de nada, pero claro, aquí el menda amasaba el colchón de tantas vueltas que daba en la cama, sin poder conciliar el sueño. Esta situación llegó a ser tela de agobiante, sobre todo en época de exámanes, y más teniendo en cuenta lo apretaíto que yo era (sigo siendo) para casi todo. Un agobio permanente y sudores fríos sobre la almohada. Es que además tengo muy poquita paciencia y tiendo fácilmente a la obsesión, a los pensamientos circulares y las fantasías de futuras catastróficas desdichas. Así que imaginad el cuadro: ella repitiendo hasta la saciedad un Padrenuestro eterno (me cago en el que inventó el rosario, malas puñalás le den); y yo venga a darle vueltas a la lavadora, sintiéndome peor que un peruano sin su poncho y su llama y su ocarina. Valiente panorama. Y ahí; en medio de esa tempesatad tan estresante; una noche me levanté a pasear mi insomnio por el salón y, en un gesto desesperado, asalté el famoso cajón de las medicinas. Es que mi madre era enfermera, y teníamos en casa un cajón que ríete tú de los depósitos de la Bayer. Había allí una muestrita de todas las drogas (legales) inventadas hasta la fecha. Mi madre las tenía recortaditas y metidas en botes de plástico, con su cartelito identificativo y todo. Creo recordar que lo primero que me eché a la boca (clandestinamente, por supuesto) fue todo un clásico de los sedantes: el famoso Valium 5, que tan buenos momentos ha dado a amas de casa frustradas y afectados por tirones musculares. Oye, qué bien, qué alegría, qué gusto. Al poquito de tomármelo entré en un sueño beatífico, y ya me daba lo mismo que mi abuela recitara el Avemaría del revés o que se pusiera a discutir de geoestrategia con Napoleón Bonaparte. Claro, lo que ocurrió después... pues ya os lo podéis imaginar, con lo vicioso que es aquí el pequeño. Iba a valium por madrugada, a un ritmo de consumo digno de la mismísima Carmina en sus más locuelos momentos marroquíes. Preciosísimo, vamos. Cuando mi organismo se habituó al diazepan, tuve que elevarme a otro escalón de dopaje, y echando mano de otro de los botes de mi madre (éste de tapa roja, indicativa de peligro extremo; ella era muy de cuidar esos detalles) me pasé al Tranxilium 10, droga ésta un poquito más dura que a mí siempre me ha sentado estupendamente. Mucho mejor que el Valium. Dónde va a parar.

Más tarde hicimos obra en casa y mi abuela pasó a otro dormitorio, así que yo pude dejar las pastillas y recuperar unos hábitos de sueño más o menos razonables sin necesidad de narcóticos. Pero claro, la afición ya estaba ahí; el gusto por la química se había asentado en mi pequeño cuerpecito y ese efecto balsámico, esa sensación tan placentera de descanso profundo y de pasotismo extremo  y de beatitud, ya no se me podía olvidar. Además, hay que tener en cuenta que yo tengo mucha tendencia a las obsesiones y los dramas. Esto mis amig@s los han sufrido (y aún lo padecen) con más o menos frecuencia: me meto en mi tragedia existencial y a Dama de las Camelias no me gana ni Sarita Montiel (Q.E.P.D.). Sólo me faltan el polisón y un abanico de plumas (valiente mariconada de precisión. En fin...). Pues eso: que cuando me han venido perrendengues vitales; o simplemente cuando hay luna llena (que a mí me transtorna mucho el ritmo del sueño, vaya usté a saber por qué) echo mano de la farmacopea con una alegría que da gusto verme. Cantando eso de “pastillas, Danone, listas para gustar”, con mi cajita de ansiolíticos en una mano y un vaso de cerveza en la otra (sí, soy muy de mezclar las pastillas con un poquito de alcohol, qué pasa). La pena es que ya no tengo a mi madre de camella, y debo buscarme la vida para empastillarme cuando lo necesito (o creo que me puede venir bien. Porque a mí no me tiembla el pulso a la hora de automedicarme. ¡Acabáramos!). Menos mal que uno tiene sus contactos: en mi círculo cercano hay otr@s tan tarad@s como yo, y médicos facilones que recetan antidepresivos y ansiolíticos como si fueran caramelos sugus. De hecho, la última vez que andaba yo un poquito alterado por mis quisicosas personales, mi médico de cabecera me prescribió Lexatín sin hacerme muchas preguntas. Por si fuera poco ese generoso gesto, va y me dice que lo consuma “a demanda”. ¡”A demanda”!. Osea, que me autorizaba a zamparme la caja entera si me daba la gana. No digáis que no es una persona adorable. A punto estuve de zamparle dos besos en sendas mejillas. Pero me pareció un detalle demasiado confianzudo y me corté. Con mi recetita de Lexatín en la mano, eso sí. Aferrándome a ella al más puro estilo Gollum en “El señor de los anillos”. Mi tesssssorooooo...

A lo largo de los años, como podréis comprender, he ido adquiriendo un conocimiento bastante prolijo en torno al universo pastilleril; y ya hay alguna gente que me consulta qué sustancia debe ingerir para aliviar determinados dolores (físicos o espirituales). Me he convertido en una especie de Coach pastillero, por así decirlo. Y en esa línea, así gratuitamente pero SIN ÁNIMO PROSELITISTA (esto que quede claro, no sea que vengan los de la CIA y me detengan por incitar al consumo de estupefacientes); os dejo un listadillo con mis cápsulas favoritas. No dan la felicidad, pero provocan un efecto tan parecido...

- Valium 5. Esta ya la superé yo, pero así en plan suavito, para quien no tiene el cuerpo hecho a todas estas sustancias, pues está bien. Relaja y ayuda a conciliar el sueño. Podríamos asimilarlo, metafóricamente, a un bar de primeras copas. Light, zen, chill out. Suficiente como iniciación.

- Tranxilium 10 (o 15, para los muy viciosos). ¡Ay! A esta es que le tengo yo muchísimo cariño, aunque hace años que no la cato. Creo que se pasó de moda, osea que ahora, encima, es "vintage". A mí es que me encanta, pero soy tan poco objetivo...

- Orfidal. Claramente sobrevalorada. No me produce apenas efecto; y ni siquiera da especial buen rollo, ni demasiada relajación. Que no, que no, que no me gusta el orfidal.

- Lexatín. Bueno, esto es una maravilla de la ciencia. A mí no me da sueño (salvo si lo mezclo con cerveza); pero cuando estoy en plena crisis de ansiedad, consigue detener mis pensamientos circulares; poner freno a mis obsesiones; y regalarme una sensación muy de pasar de todo, de estar en armonía con el fluir de la vida, de “aquí y ahora” y al carajo todo lo demás... El Lexatín: qué gran amigo. Necesario, estupendo; imprescindible en el botiquín de toda desquiciada que se precie de serlo (como yo)

- Dormidina. Esto tiene mucha tela: la doxilamina te la venden sin receta; y a mí me parece perfecto, oyes, pero no entiendo la razón. Porque una pastilla de dormidina te mete un pelotazo que pa qué las prisas. A mí, para dormir, es la que más efecto me hace, e incluso me deja resaquilla al día siguiente. Pero una resaca no del todo desagradable. Qué cosas. Me va, me va, me vaaaa...

- Atarax. Dentro del sugestivo mundo de los antihistamínicos orales, el atarax destaca porque te mete un zurriagazo en las meninges que caes muerto a los diez minutos. Y te garantiza un sueño perfectamente reparador de al menos siete horas. A mí es el que me deja mejor cuerpo al día siguiente, hace que me levante con mucha energía y como muy ocurrente y alegre y activo y perspicaz. Una joya, vamos.

- Myolastán. Relajante muscular contra el que se está haciendo una inmerecida campaña de desprestigio, sospecho que con la intención de hacernos más infelices y más dóciles y más puteables. Quizá la CIA tenga mano aquí, no me extrañaría nada. El Myolastán, además de aliviar esos dolores musculares tan insoportables que tod@s hemos padecido alguna vez; te deja en un estado hipnótico celestial que dura horas y horas y horas. De levantarse con cara de Isabel Preysler en la portada navideña del Hola. Magnífico siempre.

- Tranquimacín. Confieso con cierta vergüenza que aún no lo he probado. Pero una amiga muy querida me ha pasado uno, que tengo guardadito para cuando se dé la ocasión propicia de zampármelo. Ya os contaré.

Bueno, aquí lo dejo. Del ibuprofeno y sus milagrosos efectos; y de la Dolantina, que es ya otro nivel, para usuarios muy avanzados; quizá hable otro día. Para terminar, os propongo un juego: ¿cuál de las pastillas anteriormente mencionadas es la responsable de mi optimismo matinal de hoy? A quien acierte, le regalo un gallifante. O le paso un Lexatín, así como de extranjis, que tiene mucha más gracia.

VÍDEO: Maravillosa canción de “La casa azul”, con cuya letra, como imaginaréis, me siento muy identificado.