miércoles, 16 de diciembre de 2020

PArA sIEmpRE

 


Cuánto daño han hecho las películas de Disney. Pero tela. Daño del daño dañino que te puede joder la vida, a base de expectativas inalcanzables (y, en muchos casos, por muy almibaradas que parezcan, indeseables). Me explico.

Estos días, a cuenta de diversas conversaciones, le he estado dando vueltas a la idea del amor eterno. Bueno, en realidad muchas vueltas no le he dado, porque ya tiene uno el culo algo pelao y ciertas certidumbres (perdón por la cacofonía) más o menos arraigadas. He dicho muchas veces, a lo largo de mi – no tan extensa aún – vida, eso de “te quiero para siempre”. Cuidado: lo he dicho a parejas y a amigos, ¿eh? Que para mí el amor unos y de otras (uso el femenino porque las mujeres ocupan un porcentaje altísimo en mi extensa lista de gente amada) es, como mínimo, igualmente importante. El que me dan y el que yo ofrezco. Y sí, lo repito: he dicho muchas veces eso de “te quiero para siempre”. Así, explayándome, con intensidad y, en ocasiones, hasta lágrimas en los ojos. También he recitado, con toda la convicción del mundo, esa tópica jaculatoria de “eres el amor de mi vida”. Ni una, ni dos, ni tres veces: han sido muchas más, porque tengo tendencia al sentimentalismo y puedo llegar a resultar muy facilón en todo lo emocional. ¿Estaba siendo sincero, en cada una de las ocasiones? Por supuesto. Claro que lo era. Y lo soy, cada vez que lo digo. Pero, a mi provecta edad, también soy consciente de que eso será… o seró. O, mejor dicho, sé que eso vale para ese mismo instante en que lo estoy pronunciando. Y me siento bien con esa convicción, la verdad. Porque es auténtica, real, y únicamente vinculante en el momento presente… que es, por otra parte, lo único que verdaderamente existe (o algo así).

Ya he dicho en varias ocasiones que tengo la enorme fortuna de amar a mucha gente. No lo digo por fardar, es que esa es la verdad verdadera. El acervo sentimental que he ido atesorando se ha convertido en mi principal patrimonio, y me consta que no existe por casualidad: lo he construido (en colaboración con toda esa gente tan guay que me rodea, aunque sea en la distancia) a base de sinceridad, atención, respeto, admiración y a veces también perdón. Porque a mí hay que perdonarme mucho, leches (cosa que me da un coraje extremo). Risas, conversaciones, noches de farra y mañanas de resaca; llamadas de teléfono, soledades compartidas, abrazos (cuando se podían dar), caricias, besos y alguna que otra discusión acalorada, que me superencantan. Todo eso tan bello y tan vital que muchas veces permanece en el tiempo…. y otras no. Sin dramatismo.

Y es que, mientras todo lo anterior es muy ciertamente la tónica de mi vida, también hay personas a las que dejé de amar. Es así, y no pasa nada. Bueno, no pasa nada cuando eso ocurre por desidia mutua; por distancias que se van convirtiendo en abismos; como consecuencia del correr de la vida, tan lleno de fugacidad. Otro asunto son algunos casos muy concretos que, de tan minoritarios, resultan insignificantes, aunque tallaron hondas cicatrices en mi corazón. Que yo recuerde, sólo en tres ocasiones he dejado de amar así, muy conscientemente, a individuos que me causaron una enorme decepción. Quizá yo no los había mirado bien, o me dejé llevar por una imagen idealizada de ellos… o simplemente cambiamos (ellos y/o yo), y de tenernos afecto pasamos a provocarnos dolor (por acción u omisión). Curiosamente, se trata más de personas del ámbito de la amistad, no tanto de la pareja. Yo es que el concepto amigo lo tengo en muy alta consideración, y cuando hay rupturas, pues sufro mucho. Se me pasa después, menos mal… pero ya el amor se ha volatilizado, y no hay energía en el mundo que pueda reconstruirlo. A esas personas que en su día consideré familia ya no las quiero; y no las quiero… pues porque no quiero, ya que estoy convencido de que en el amor hay mucho de voluntad. Quizá recuerde con alegría algunas vivencias compartidas con ellos en el pasado (que tampoco, mireuhté: soy en general poco nostálgico y un pelín rencoroso, para qué mentir, por lo que los buenos recuerdos, en esos casos, suelen estar teñidos por la sombra de los malos ratos, quizá como un sortilegio protector para no tropezar nuevamente con la misma mala persona). Pero el amor que una vez sentí por ellos ya no tiene sitio en mi alma, tan kamikaze, por otra parte, a la hora de entregarse a las relaciones humanas.

Dicho todo esto, reconozco que, al menos al 99% de las personas a las que alguna vez he amado, las sigo amando hoy, con más o menos intensidad. Y tengo la firme intención de seguir haciéndolo, lo que es aún más importante. Esto seguro que te incluye a ti, que estás leyendo esta extensa perorata; y también incluye a un ser humano de casi dos metros, desbordántemente bello por dentro y por fuera, que se ha colado recientemente en mi vida. Bueno… colado…. no: nos hemos invitado mutuamente a este viaje, que es mucho más bonito (y más fiel a la realidad).

Se me van los dedos con el romanticismo, será que estoy enamorado.

viernes, 4 de diciembre de 2020

faNTaSmAS

 

Algunos días se me olvida que soy un tío excelente. Pierdo de vista mis grandezas y vuelvo a sentirme muy pequeñito, muy poca cosa. Como en aquellos años de la adolescencia, cuando mi amiga Geor tenía que engañarme diciendo que no había ninguna visita en su casa, porque si estaban sus amigos (que eran muy guays y muy guapos y muy deportistas y muy populares), yo no iba. Hay que decir que los amigos de Geor, aparte de todas esas cosas, eran también tela de simpáticos; me trataban estupendamente y me tenían un cariño que yo, obstinadamente acomplejado, no podía apreciar. No lo entendía, no era capaz de aceptarlo. Obviamente el problema estaba en mí: el bulling que padecí en el cole (por gordo, por empollón, por sensible y por no llevar ropa de marca) se me pegó a la piel como un unto ponzoñoso cuya pestilencia sigue atrofiándome (a veces) las meninges a mis 46 tacos. Tiene cojones, la cosa. ¡Y menos mal que no se me notaba la mariconez! De esa, por lo menos, me libré. No es poca cosa.

Luego, ya en el instituto, mi vida dio un giro radical y encontré un lugar en que ser yo mismo sin sentirme una lombriz. Allí la diversidad era la tónica, y cada cual se construía un universo, más o menos poblado, de acuerdo con sus inquietudes, sus cualidades y su peculiar carácter. Descubrí que podía expresarme con libertad, y aun así, ser querido y admirado y respetado por mucha gente. Perdón, me corrijo: no “aun así”, sino “precisamente por eso”: por mostrar mi esencia más esencial. Sólo hacía falta encontrar al público adecuado. Y los demás… pues no molestaban. Cada cual iba a lo suyo sin joderle la vida al resto. Así dicho, este comportamiento tan básico puede resultar una obviedad, algo que, de pura lógica, debería darse por sentado. Pero no siempre ocurre así.

Cuando di el paso a la universidad mi mundo se expandió aún más, muy felizmente. Encima me quedé delgado, lo cual puede parecer una frivolidad, pero significó un salto mortal para mi frágil autoestima. Empecé a sentirme de verdad atractivo, admirado, emocionalmente poderoso; sensaciones todas que han ido amplificándose con el correr de los años, hasta componer el ego del Javi actual. En ello ha tenido que ver mucha gente que por fortuna sigue formando parte de mi vida. Pero de eso hablaré un poco más abajo. Seguramente.

A lo que iba: a pesar de toda esa evolución; aunque a estas alturas soy consciente de mis diversas virtudes (algunas de ellas otorgadas de serie a mi pequeña persona; otras, fruto de autoconstrucción en el que sigo empeñado); a pesar de la evolución, digo, en ocasiones todo aquel montón de complejos de mi niñez se me viene encima, y me impide disfrutar con alegría de algunos regalos que la vida me ofrece. Es una tenaza que me oprime el corazón y me deja abatido, angustiado e impotente, con el pecho metido en un puño. Está ahí, infiltrado en mis células, latente, esperando la oportunidad para manifestarse y aguarme la fiesta. Ocurre especialmente con asuntos que tienen que ver con el físico, o con ambientes que exigen cierto grado de popularidad. Ecosistemas (reales o virtuales; presentes o pasados, eso da igual) de gente bella, atrevida, intrépida, superguay del paraguay. No encajo para nada en esos mundos: cuando me veo envuelto en ellos, siento que todos me miran como a una especie de mascota y deseo salir corriendo por patas. No hace falta que lo haga, en realidad, porque son ambientes en los que el Javi cotidiano que conocéis directamente desaparece: mis encantos se volatilizan como una bola de alcanfor, y no queda ni rastro de mí. Qué sensación tan desasosegante, de verdad. Igual por no ser capaz de moverme en esos ámbitos me estoy perdiendo a un montón de gente interesante. Podría ser… aunque en realidad pienso que determinadas fachadas esconden almas más vacías y menos sutiles que aquellas de las que me gusta rodearme.

Todo esto lo cuento porque, el otro día, por motivos que no vienen al caso, volví a sentirme así: pequeñito, inferior, incapaz de estar a la altura de determinada gente. Lo peor es que se trata de personas que ni siquiera forman parte del presente; a las que ni conozco, ni conoceré jamás; y que salieron a colación porque alguien afectísimo a mí trataba de explicarme lo estupendo y valioso y atractivo que me veía en comparación con ellas. Hay que ser muy capullo para tomar esas palabras; despojarlas de su auténtico sentido y volverlas contra ti mismo. Aun así, lo hice. El mecanismo de autodesprecio funciona como un resorte, no lo puedo evitar, es superior a mí. Valiente plan.

Verme en esa situación, y no poder controlarla, me genera mucha ansiedad. De pronto me muestro sombrío, hosco y meditabundo. En realidad, estoy librando una batalla interior para convencerme de que todas esas sensaciones son sólo ecos de un pasado que hace décadas dejó de existir. Cuesta trabajo lidiar con esas quisicosas tan emocionales, francamente. Al final, me da la llantina y se me pasa. Se ve que tiene que ser así. Qué le vamos a hacer.

Como ya llevo más de cuatro décadas conviviendo conmigo mismo, he aprendido a aceptar que algunas de las piedras de mi mochila emocional van a estar siempre ahí, como un lastre del que muy probablemente no me podré desprender jamás. A lo más que llego es a aliviar su peso, tirando de la ayuda de toda esa gente que tanto me quiere, y que me ve como un tío excelente. Para resumir el efecto que, en este sentido, mi gente querida produce en mí, tiro de autoplagio y recupero parte de una actualización perpetrada (por mí) hace algún tiempo.

Los que me bienamáis sois, para mí, un espejo que me devuelve la imagen de un Javi corregido y mejorado. O quizá de ese Javi que a veces se me olvida que soy. Mirándome a mí mismo a través de vuestros ojos, me siento más poderoso, más brillante, más capaz y mejor persona. Y a veces, incluso me veo también más buenorro. Esto último me reconforta mucho, aunque suene a frivolidad (porque lo es, una solemne frivolidad. Qué le vamos a hacer). La emoción que me asalta cuando me devolvéis esa imagen mía tamizada y enriquecida por vuestro buenamor hacia mí…. Bueno, eso no hay éxtasis ni LSD ni setas alucinógenas que puedan igualarlo. Y sin efectos secundarios, ni resaca ninguna. Deberíais estar financiados por la Seguridad Social.

Por fortuna, tengo a mucha gente a mi alrededor que me hace sentir así. Y ahora, además, tengo un cascabel (de carne y hueso), que ahuyenta con su música los fantasmas que me asaltan de vez en cuando. ¿Qué más se puede pedir?

PD: En la foto, de hace años, cuando estaba delgadérrimo. Me encantaba. Pero esa tristeza en la mirada... No, definitivamente, no merece la pena.

miércoles, 2 de diciembre de 2020

NavIDaD

 

Disfruto mucho la Navidad. Ya sé que esto no queda muy guay, porque lo trendy es decir que se trata de una fiesta de mierda y que es un rollo tal y cual. Pero a mí me superencanta (osea). Las luces, titilantes, tendidas como constelaciones eléctricas deslumbran desde el cielo de la ciudad; el aroma a castañas asadas, tan suculento; el gentío; los reencuentros; los villancicos; María Carey (sencilla y recatada siempre) y todo ese brilli brilli en el que coyunturalmente nos sumergimos (literal y metafóricamente) me dan calor en los meses de invierno, tan sombríos sin toda esa purpurina. ¿Que hay mucha hipocresía tras eso que llaman el “espíritu navideño”? Pues vale, me da igual: prefiero las sonrisas más o menos impostadas al derrotismo y la mala leche que salen a la luz en épocas menos refulgentes del calendario. ¿Que son una manifestación del consumismo desbocado? Pues vaya novedad, como si el resto del año viviéramos en una comuna, practicando el trueque solidario y el desapego material al compás del Cumbayá. No te jode. Entiendo muy bien los argumentos de aquellos que odian la Navidad, por motivos más o menos personales y/o sinceros. Pero a mí que me dejen en paz mientras canto por Michael Bublé “Its begining to look a lot like Christmas”. Que no me den la coña con los gruñidos y el despotrique antinavideño. Siempre he dicho que no hay en el mundo nada peor que un aguafiestas... Y ese cenizo tan siniestro resulta aún más dañino cuando me asalta estando yo tan feliz bajo las hojas de acebo, deslumbrado por las bombillitas, las lentejuelas y los níveos copos de poliespán. Dejadme con mis noveleríos, leches. Que no está el panorama como para desperdiciar una ocasión festiva.

Dicho todo esto… A ver, tengamos un poco de mesura, y entendamos que las Navidades son también una especie de fantasía a la que a algunos nos gusta entregarnos. Ilusión; Vodevil. Sin más. Este año, por mor de las circunstancias pandémicas que nos han tocado padecer, las Navidades serán necesariamente distintas. Tienes que serlo. Y no pasa nada, oiga. Pero nada de nada. Si el 24 no me puedo reunir físicamente con mi breve familia para brindar con champán del malo… pues tampoco se acaba el mundo. No me sentiré deprimido ni taciturno… ni siquiera triste. Porque no me da la gana; porque la ocasión no lo amerita. Intentaré ver a mi gente en otro momento menos comprometido, y sanseacabó. Puede que me toque cenar solo en mi casa. Y si es así, me compraré viandas de esas que el resto del año no me puedo permitir (para seguir cabiendo en mis vaqueros, digo); haré unas cuantas llamadas (con o sin vídeo); me pondré una peli sentimental… y punto pelota. Tan feliz, tan agusto, tan agradecido por todo lo bueno que la vida me ofrece (y lo que te rondaré). Tengo la fortuna de haber recibido varias invitaciones para que todo eso no ocurra, porque gente que me quiere mucho y bien se sentiría muy triste sabiendo que esa noche estoy solo. Pero es que no es así: yo NUNCA estoy solo. Porque os tengo a vosotros, que tanto me bienamáis. Y ese es un patromonio que no cabe en el saco de Papá Noel. Además, precisamente este año el adviento me pilla con una nueva compañía, que complementa y completa la de mi familia y amigos. Un compañero inesperado, recién venido a mi vida como regalo precoz de Sus Majestades de Oriente. En realidad es aún mejor que eso, porque yo no lo pedí; y seguro que no se me habría ocurrido incluir a alguien tan guay en mi carta a los Reyes. He debido ser un chico muy bueno. Espero que sí: le pongo voluntad a diario.

Lo único que de verdad me jode de esta Navidad es no poder montar mi archifamoso y ultravenerado árbol de Navidad. Me jode no poder montarlo… y no poder exponerlo por el interné, para solaz y/o pavor de mi ilustre audiencia cibernética. Es que las toneladas de adornos me cogen a una inalcanzable distancia de 200 km… y no es plan de saltarme el confinamiento perimetral por ese motivo (aunque confieso que me lo he planteado, por ser completamente franco). Este año me temo que en mi árbol habrá bastante verde, porque he tenido que partir de cero y adquirir adornos como para enterrarlo no hay presupuesto que lo resista. Habrá verde, sí, lo reconozco avergonzado. Pero, a cambio, la tarea de planificarlo y contruirlo (literalmente) desde cero me está resultando… cómo definirlo… deslumbrantemente feliz. Como ya avancé en otra red social, mi árbol de este año será distinto: quizá no funcione como ese homenaje habitual al horror vacui que tantas pasiones despierta entre mis fans… Pero para mí es, quizá, el árbol más especial de los últimos años, por una sencilla (y feliz) razón. Esta vez está siendo ornamentado a cuatro manos; así que no puedo hablar de “mi árbol” sino de “nuestro árbol”. Montarlo así, al alimón; entusiasmadamente enamorado (ya está, ya lo he dicho) cubre de purpurina mis manos, y también mi corazón. Me siento con el alma ilusionada; y tengo un mágico destello en la mirada, y cascabeles en el pecho. Si eso todo no es navideño… que venga el reno Rudolf y lo vea.

Postdata 1: Gloria, me apunto lo del elfo convidando a anís del mono para incorporarlo a mi árbol del año que viene. Esta vez no me da tiempo de hacer el casting del elfo, los papeles del seguro, etc.

Postdata 2: En la foto, ni árbol del año pasado, antes de caer vencido por el peso de tanto cachibache. No esperéis algo igual. Advertidos quedáis, luego no quiero quejas, ni reproches, ni lamentos, ni crujir de dientes.

viernes, 27 de noviembre de 2020

MieDo

 


Ya, ya lo sé. Llevo mucho tiempo sin escribir. Mis selectos (y fieles) lectores ya sabéis que puedo ser muy veleidoso en esto de ponerme delante del teclado. Cuando mi silencio se prolonga, suele haber una razón. O varias. En ocasiones, ocurre que estoy viviendo con tanta intensidad (sí, a estas alturas, para qué negarlo: soy más intenso que la Pantoja en el polígrafo) que no encuentro ocasión propicia para detenerme a reflexionar así, letra por letra. Otras veces es que simplemente no quiero escribir. No me apetece. Así ha ocurrido en este periodo de varios meses que ha transcurrido desde mi última actualización. Inopinadamente, la pandemia y sus derivaciones no me han parecido un buen asunto para esta especie de diaro intermitentemente voy componiendo. Por eso no voy a escribir sobre ella… aunque curiosamente mi leit motiv de hoy tiene mucha relación con ese asunto. Yo lo abordo desde otra perspectiva, más íntima y personal; pero igual me sale alguna metáfora coronavírica. Ya se verá, ahora no puedo saberlo, porque aún no tengo muy claro a dónde llegará este texto tan madrugador. Al grano, Javi, que te lías más que Leticia Sabater resolviendo un logaritmo: hoy quiero hablar del miedo… y de su enorme poder paralizante. De su zarpa, de su potencia destructora…. Y del alto precio que podemos llegar a pagar si no sabemos manejarlo bien. Tarea difícil, en ciertas ocasiones, y a determinados niveles. Al menos, para mí.

En muchos sentidos, pienso que soy (ya lo he comentado en alguna actualización anterior) el resumen de muchas experiencias. Positivas (las más) y negativas (las más ruidosas). Unas y otras han dejado su poso en mi corazón, me han dado herramientas para enfrentarme a la vida. Y me han dejado lastres, claro; materializados en complejos, inseguridades, pantallas defensivas y fosos sin puente levadizo. Por fortuna, estoy rodeado de gente magnífica que me abraza en mis miserias (tampoco son tantas, oye… no nos pongamos dramáticos); y se arma con pértigas para pasar por encima de mis murallas en las escasas ocasiones en que las alzo frente a mí. En realidad, quienes están a mi lado (seguramente tú eres una de esas criaturitas, tan necesarias) necesitan, más que un ejército para derribar mis defensas (que no son muchas, en realidad; voy por la vida con el pecho bastante descubierto); necesitan, digo, altas dosis de paciencia con que manejar mis ausencias. Porque en ocasiones (no muy felices), el Javi que aman desaparece, se agazapa y calla. O echa mano del cinismo y la indolencia en un absurdo ejercicio de distanciamiento. ¿Qué hay detrás de esas actitudes mías? No hay que ser Jessica Flecher para saberlo: miedo. Miedo al rechazo; miedo a no ser suficientemente bueno; miedo al abandono, al desamor o al desprecio. Todos esos miedos, bien agitados en la coctelera de mi frenético intelecto y mi frágil corazón, aliñados con unas gotas de ansiedad, completan un cóctel tela de ponzoñoso. Cuando el miedo me arrastra puedo llegar a ser un Javi completamente irreconocible. Y eso, oigauhté, es un soberano mojón.

En estos meses tan atribulados para todos estoy viviendo experiencias intensas, que me están descubriendo bastantes cosas de mí mismo. Algunas en realidad ya las sabía, me acompañan de siempre, pero se han hecho más presentes: la fortaleza de ánimo; la afortunada conexión con gente a la que admiro y amo; la aptitud para la adaptación, incluso en situaciones desfavorables; y la capacidad de enamorarme, así, a calzón quitado. Bueno, no. Esto último lo voy a modificar. Lo que he descubierto es que mantengo inédita la capacidad de enamorarme… pero lo de hacerlo a calzón quitao ya es otro cantar.

Quienes me conocen bien saben que vengo de atravesar determinados páramos sentimentales no especialmente saludables (por decirlo de manera suave). Pensaba yo que estaba muy curado de las heridas que esas travesías me dejaron en el alma. Lo creía firmemente, la verdad, porque es una etapa de mi vida que quedó hace ya tiempo definitivamente atrás. Pero no, mireuhté: resulta que no estoy tan sanado, ni tan limpio. Los miedos y las soledades de antaño se hacen presentes hogaño… y hay días en que (a pesar de mi enorme disciplina) no los puedo controlar. Son superiores a mí, me arrastran, sin yo siquiera darme cuenta. Descubrir esto me jode tela. Pero tela, tela. Y a pesar de eso, hay veces en que me veo a mí mismo deslizándome sin freno a ese precipicio que, en realidad, me es completamente ajeno: la desconfianza; el recelo; la inseguridad; la cautela, el ocultamiento, la ansiedad. Yo no soy así. No quiero ser así. Por eso, prometo solemnemente que pondré en juego todas mis herramientas para solventarlo. Y, como en el fondo soy un optimista redomado, espero conseguirlo.

En este camino personal mío (inesperado, como digo; creativo y al mismo tiempo un poco tortuoso), influyen por supuesto determinadas actitudes ajenas. Influyen positiva y negativamente, dependiendo del momento… y de la actitud. Algunas me ayudan (a veces, a pesar de mis reticencias) a liberarme de determinadas cadenas; y otras alimentan mis inseguridades. Necesito muchas dosis de comprensión: ser escuchado, y amado, y deseado, y respetado. Ahora que lo veo escrito… no creo que sean necesidades muy extravagantes. Igual tú, que estás leyendo esto, tienes los mismos anhelos. Probablemente sea así, porque, como ya he dicho otras veces, los seres humanos somos tela de parecidos. Y ya está. 

PD: En la foto, como me siento. Deseando alzar el vuelo.


miércoles, 29 de enero de 2020

Un millón de amigos



Me ocurre a menudo que, cuando retomo mi blog tras cierto tiempo sin actualizarlo, tiendo a comenzar el nuevo texto justificándome por mi ausencia. De hecho es lo que me está pasando ahora. Como si este cyberescaparate tuviera por objetivo la obtención de alguna notoriedad; la acumulación de “me gustas”, o la proyección universal de ciertos mensajes que puedan convertirme en influencer. En absoluto. Mi voluntad (que puede parecer menos ambiciosa, pero superparanada) pasa más bien por encontrar una vía de expresión para contarle a mi selecto público (y a mí mismo, de paso) cómo trascurren mis momentos vitales. También escribo para desoxidarme con el teclado, y para, con un poco de suerte, despertar una sonrisa o una lágrima en alguien que me importa. Ese alguien eres tú, que ahora mismo estás leyendo. Porque si pasas por aquí, seguro que es porque perteneces al colectivo de mis amigos. Y de eso voy a hablar hoy… más o menos.

No he actualizado en este tiempo (vamos allá con la justificación) porque he estado ocupado viviendo. Y viviendo bastante a tope. Vale, siempre se puede encontrar hueco para redactar un texto, más o menos prolijo. Pero quizá es que no veía apropiado comentar aquí las aventuras que estoy viviendo últimamente. Hoy (quizá animado por una cybercharla que mantuve ayer) voy a atreverme. A hablar de mis aventuras, digo. Aunque lo haré muy tangencialmente y sin entrar en detalles. Una pena, porque en los detalles está el jugo de esta historia (o historias, muy en plural) que afecta en los últimos meses a mi cabeza, a mi corazón… y a otras partes de mi anatomía. En fin, que cada cual saque sus propias conclusiones.

Empezaré aclarando que me considero una persona muy sociable. A ver, me considero sociable, porque lo soy. Se suele decir que los verdaderos amigos se cuentan con los dedos de la mano. Pues en mi caso tendría que transmutarme en la diosa Kali para que ese aforismo pudiera aplicarse. No es por fardar, pero tengo muchos… muchos amigos. De los buenos, de los de amistadverdaderatotal. Y la lista va creciendo, con incorporaciones como la de Juliana y la de Silvia, a las que menciono por su nombre porque sí, porque me da la gana. A mis otros Amigos (así, con mayúsculas) no los mencionaré, porque la lista es larga y seguro que me dejo a alguno en el tintero, cosa que me daría más coraje que a Leticia Sabater verse elegante. Mis Amigos son mi sustento, mi refugio, mi causa para celebrar la vida. Os adoro a todos y cada uno de vosotros. Lo sabéis.

Pues en esa línea de sociabilidad, estoy últimamente conociendo a mucha gente, mediante el uso de herramientas tecnológicas tan denostadas como eficientes (si sabemos utilizarlas). Los denominaré “amiguitos”, desde el más absoluto de los cariños (es en serio). Detrás de cada uno de estos nuevos… digamos…. encuentros (reales o cybernéticos) hay una pequeña historia: divertida, surrealista, emocionante o simplemente deportiva (ejem). Por desgracia, como dije más arriba, no debo entrar en los detalles de cada uno de mis escarceos, que darían, por otra parte, para un anecdotario enciclopédico. No debo hacerlo porque este foro es demasiado público para determinadas confesiones; y porque, francamente, se me acumulan las experiencias y voy olvidando aventuras que seguro fueron de lo más suculentas o extravagantes. Para mearse y no echar gota. En persona os lo relato todo… o todo lo que recuerde. Que no es poco.

Seguro que mucha gente piensa que estoy en una etapa bastante frívola y promiscua. Pues vale, lo estoy. De todas formas la promiscuidad (en el más amplio sentido del sustantivo) forma parte de mi esencia; y la frivolidad puede llegar a resultarme muy terapéutica, si no hago de ella una bandera. En cualquier caso, confieso que me lo estoy pasando bomba; que disfruto mucho de una libertad que anhelaba y temía, a partes iguales. Y que, inopinadamente, vivo sin miedo y sin cadenas y sin lastres ajenos (más allá de los que elijo yo, porque implican a personas muy queridas que me devuelven con toneladas de amor mis desvelos por ellas). Y esta sensación de vértigo, de descubrimiento, de exploración, de viaje… es la puta hostia. Hooked on a feeling, decía la canción. Pues eso. Ahí estoy yo. Tan feliz, mireuhté. Y no tengo que justificarme para nada, ni ante nadie, lo cual es muy saludable. La falta de descanso, no. Eso no es saludable. Estoy en ello, también. Pero es que se me acumula el “trabajo”, y uno es tan cumplidor...

Llegado a este punto, y como escribo tal y como voy pensando, reconozco que es una putada no poder narrar aquí las quisicosas que me están sucediendo últimamente, en esos encuentros (puntuales, a veces; reiterados, otras) que ando propiciando. Porque son tela de divertidas, y os harían reír a carcajadas. De hecho me estoy riendo solo, al recordar. Pero lo que sí puedo decir es que los seres humanos somos tan diversos como semejantes, en nuestras ambiciones, nuestros necesidades y nuestros secretos deseos. Hasta en las relaciones más procaces hay un espacio para lo emocional: la gente está deseando establecer un contacto, que se proyecta desde lo anatómico a lo sentimental. Completos desconocidos me cuentan detalles muy íntimos de su vida, y yo los escucho fascinado porque alimentan mi insaciable curiosidad. Bueno, por eso… y por otros motivos fáciles de imaginar. Al hacerlo, de alguna forma, sigo creciendo (social, intelectual y emocionalmente) y me siento… pues eso, conectado con otros human beings, a diferentes niveles. También hay, por supuesto, un juego de seducción que a mí me resulta absolutamente embriagador, y encima se me da muy bien con el público adecuado. Y por otra parte, pienso que estoy cumpliendo una labor social, cubriendo determinadas necesidades de distintas (bastantes) personas. Qué generosidad, la mía. A que me dan el Nobel de la Paz? A que me lo dan? Habrá que estar pendiente de las nominaciones…

Y eso es todo, por hoy. Así estoy, así me siento. Más sociable que nunca. Y tarareando sin para la canción cuyo vídeo ilustra este texto. Qué peligro tan divertido.



martes, 8 de octubre de 2019

Mismidad




Este fin de semana pasado me he quedado en Sevilla, después de mucho tiempo sin hacerlo. Me daba cierto temor la situación, porque soy así de gilipollas. Al final, rompí mi disciplina ascética de este último mes, y pasé unos días estupendos. Excesivos, de acuerdo, pero muy felices también. En eso han influido mucho personas que están en mi día a día (que me acompañan en el “devenir de mi vida” cotidiana y muy creativamente); otras a las que me encontré por casualidad; alguna de nueva – y me temo que fugaz – incorporación… Y Sabina.

Sabina es la hermana de mi hermana Geor. Osea, que somos hermanos. Estaba en Sevilla por motivos personales y – menos mal que lo hizo, porque si no, la mato con mis propias manos- me llamó para quedar. Verla, y sentirla cerca, y abrazarla, y llorar con ella – con varias cervezas encima, vale, lo reconozco- ha sido…. Indescriptible. Este sábado pasado queda ya para siempre en mi corazón, como uno de esos breves paraísos a los que regresar cuando el frío apriete. Y en este sentido no tengo nada más que añadir.

Charlando con Sabina le confesé que tengo una espinita clavada desde hace ya mucho tiempo; una actualización pendiente, quizá de las más importantes y trascendentales para mí de las que nunca pertrecharé. Ella me animó a que la publicara, y escuchó mis motivos : ¿por qué no lo he hecho hasta ahora? Pues muy sencillo: porque yo, que tengo verborrea para alicatar cuatro cuartos de baño, no sé bien cómo meterle mano a este texto. No sé cómo empezar, ni cómo acabar. Me resulta todo demasiado importante, y demasiado grande para mi pequeño corazón, tan atribulado. Sabina me dijo que daba igual: que publicara exactamente eso: “no puedo escribir nada, porque no sé por dónde empezar, ni en qué lugar terminar”. Yo le he estado dando vueltas al asunto, y a pesar del pánico que (hoy más que otras veces) me produce el folio en blanco, voy a intentar decir algo más. Porque no hacerlo sería tela de injusto, y yo no me lo podría perdonar. A pesar de que ya, a estas alturas, he tenido que secarme varias veces las lágrimas.

Geor y yo nos llamamos mutuamente “Mismi”. Es un apócope de “mismidad”. Este palabro tiene mucho sentido para ambos, porque expresa nuestra conexión emocional e intelectual. Y nuestros valores compartidos. Y nuestro amor, que es a prueba de tormentas, de ausencias, de silencios y de ciclones explosivos. Si Marta es la roca, Geor es el puerto, y también el faro. No sé si eso es muy saludable para ella, porque a menudo le toca jugar el papel de referencia, y eso, oigauhté, agota. Pero Geor es así: te regala su sonrisa inconmovible por muy fuerte que azote el vendaval (el suyo, o el ajeno. Es que el de determinada gente ella lo vive como propio; y, claro, eso duele). Y su sonrisa, su serenidad (aparente) y su carencia de prejuicios ilumina mis noches oscuras y me señalan el camino. Ella ES el camino, en realidad. La admiro y la necesito como el respirar. Algunos día, mas aún.

Que Geor me conoce en muchos sentidos mejor que yo mismo es una obviedad que no merece más desarrollo. Ella me obligaba a socializar cuando, en mi adolescencia, yo me sentía muy pequeñito; me acompañó en mis años de descubrimiento, durante esa atribulada juventud a la que tanta mención hago en este blog. Bueno, qué tontería: Geor me acompaña siempre, sobrio o borracho, risueño o desesperado. Está ahí incluso cuando desaparezco y ya ni yo mismo sé quién soy. Me mira, y entonces yo ya me acuerdo: sí, ése soy yo, el que camina de su mano hasta donde el horizonte nos lleve. Que sea a paisajes muy bellos… o a donde tenga que llevarnos. Eso no lo podemos controlar (aunque a ambos nos joda mucho, porque a controladores no nos ganan ni los de Aena). En cualquier caso, cogido de su mano, me lanzo al vacío, si hace falta. Porque no hay mejor destino que su caricia, y su abrazo. Y ya está.

Por si alguna vez yo me despisto (esto me ocurre a menuda) quiero que Geor sepa que siempre (SIEMPRE) puede contar conmigo. No hasta cien, ni hasta mil; sino que PUEDE CONTAR CONMIGO. Es lo que tiene ser familia.

Y mira, ya está. Ya no escribo más, porque voy a deshidratarme de tanto lagrimón. Me dejo muchas (muuuuchas) cosas atrás. Lo sé. Pero cerraré esta actualización con un poema que Geor una vez me regaló, y tengo enmarcado en mi casa. El texto no es de ella… pero la apostilla final sí. Y resume perfectamente… yo qué sé. Lo resume perfectamente todo. La pongo en negrita (su apostilla).

Si yo te comentase que la vida es mentira,
háblame del amor o de tu cuerpo,
de la noche contigo.
Y recuérdame luego
los días que son días porque alguien me ama
o acaso
porque tú me prefieres.”

¿Cómo no preferirte a ti?

Eso digo yo, Mismi. ¿Cómo no preferirte a ti? Ay…

NOTA: Podría haber puerto una foto de Geor sola, pero he elegido esta en la que estamos l@s tres herman@s. Fue un día muy feliz. Seguro que a ella le encanta.



jueves, 26 de septiembre de 2019

TO BE LOVED




Venía esta mañana escuchando esta canción de Michael Bublé, que se llama “To be loved”, y… Vale, mentira gorda. No venía escuchándola esta mañana, pero me viene muy bien sacarla a colación para introducir esta entrada que me apetece publicar. ¿Por qué tengo que ser tan jodidamente sincero? Pues por mis moralinas. Y porque estoy como una puta cabra. Ains… Empiezo de nuevo.

Me encanta la canción “To be loved”, de mi idolatrado y nunca suficientemente elogiado Michael Bublé. Para los que no seáis políglotas como mi amiga Manuela (a la que, de todos los idiomas del mundo, solo se le resisten algunos dialectos del tailandés, por el tema del “deje” de sus hablantes, que a ella le chirría un poco), “To be loved” significa “ser amado”. Bublé glosa en la canción todos los beneficios de recibir amor; y exalta esa ambición (la de ser objeto del amor ajeno) como la más enriquecedora y legítima de todas las ambiciones humanas, por encima de la riqueza, el poder y la fama. La canción es bellísima, tanto en el fondo como en la forma. Y me sirve para explayarme aquí con algunas reflexiones acerca del asunto. Porque para mí, como para Michael Bublé, ser amado siempre ha sido una gran prioridad vital. El motor que mueve mis acciones y mis omisiones; mis palabras y mis silencios. Ser amado… o, mejor dicho, ser BIEN amado. Por precisar. Y ahora voy, y lo desarrollo.

Como no pretendo ser (aún más) pretencioso, voy a evitar a mis sufridos lectores disertar sobre lo que el amor es o deja de ser. Filósofos, creadores, pensadores y mentes preclaras a lo largo de la Historia han intentado definir tan escurridizo concepto, con mayor o menor fortuna. Así que, nuevamente, acudo al Diccionario de la Real Academia por ver si encuentro una definición que más o menos encaje con lo que yo pienso que el amor (el BUEN amor) es. Y, miratúpordónde, nuevamente los académicos me facilitan el trabajo de síntesis (que, como sabéis, no está entre mis fuertes a la hora de expresarme), y me regalan esta bella (y bastante completa) definición, que ocupa (sorprendentemente) el segundo lugar entre las acepciones del vocablo: “Sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear”. Ahí queda eso, tan a gusto se han quedado, oyes. Como habrán podido observar mis más perspicaces lectores, he destacado algunas palabras de la definición. Es por establecer un breve sistema de pistas que me guíe en lo que viene ahora, que – me temo- será una disertación relativamente extensa. E igual no tiene n ada que ver con esas palabras que he destacado. Así soy yo, excesivo y un poco caótico en lo verbal (y en otras cosas, también, como en el uso de los paréntesis. Qué le vamos a hacer).

Como he dicho, para mí ser amado resulta muy, muy importante. Quizá es mi máxima aspiración en la vida. Afortunadamente (esto ya lo sabía, pero en las últimas semanas me estoy dando cuenta de forma realmente abrumadora); y sin pretender hacerme el guay, resulta que sí, que soy muy bien amado por bastante gente. Notarlo; percibirlo y valorarlo me alivia muchos dolores y me resarce de diversas frustraciones. Las magníficas (porque encima lo son, magnifiquérrimas) personas que me bienaman se han convertido en el más importante activo de mi patrimonio. Parafraseando a Gollum, son “mi tesooooroooo”. Es altamente probable que tú, que ahora estás leyendo esta extensa y barroca parrafada, pertenezcas a ese grupo al que tengo tanto que agradecer. Los que me bienamáis, de cerca o en la distancia, al hacerlo, me completáis, me alegráis; me dais energía y me invitáis a crear. Y a crearme y recrearme. Sois mi bálsamo, mi hogar, mi refugio; mi bote salvavidas y mi espacio de libertad. Me dais mil motivos para celebrar que estoy vivo (y empezando a colear, de nuevo). Y también sois, para mí (esto es muy importante, porque aunque a veces lo disimule muy bien yo tengo un buen baúl de complejos e inseguridades alojado dentro del pecho); sois, digo, un espejo que me devuelve la imagen de un Javi corregido y mejorado. O quizá de ese Javi que a veces se me olvida que soy. Mirándome a mí mismo a través de vuestros ojos, me siento más poderoso, más brillante, más capaz y mejor persona. Y a veces, incluso me veo también más buenorro. Esto último me reconforta mucho, aunque suene a frivolidad (porque lo es, una solemne frivolidad. Qué le vamos a hacer). La emoción que me asalta cuando me devolvéis esa imagen mía tamizada y enriquecida por vuestro buenamor hacia mí…. Bueno, eso no hay éxtasis ni LSD ni setas alucinógenas que puedan igualarlo. Y sin efectos secundarios, ni resaca ninguna. Deberíais estar financiados por la Seguridad Social.

Podría hablar también aquí de lo que significa mal-amar. Pero no voy a hacerlo. Porque el concepto mal-amar me parece, en sí mismo, paradójico. El amor nunca puede ser malo. Y si el presunto amor que te ofrecen (o que ofreces tú) provoca dolor, o lesiones, o toxicidad… entonces a esa emoción (o lo que sea) hay que ponerle otro nombre, más acorde con sus efectos y consecuencias. Uso y abuso, por ejemplo. Cuidado, no quiero ir yo de coñohonrao (véase una actualización muy anterior, para entender el concepto): yo también he mal-amado; o, mejor dicho, usado y abusado de otras personas, la mayoría de las veces sin intención. Se me ocurren varios ejemplos, supongo que me tendrán un gran (y merecido) rencor. Subrayo mi firme voluntad de apartarme de esos senderos. No quiero estar ahí, ni como objeto ni como sujeto. Espero mantanarme lo suficientemente lúcido y ético como para conseguirlo. Si veis que me adentro en esos siniestros bosques, avisadme, por favor. A veces se me va la pinza y puedo tropezar perfectamente varias veces en las mismas piedras (o parecidas). Caca, caca. Apartad de mí semejante cáliz.

Lo suyo sería cerrar esta actualización con una referencia a cada una de las personas que me bienaman. No voy a hacerlo, porque – afortunadamente- la lista es extensa y seguro que me dejaría a alguien atrás. Pero igual un día de estos retomo mis “actualizaciones-homenaje”. Tengo varias pendientes, y algunas son muy urgentes. Otra tareíta que sumar a mi lista de asuntos que resolver.

Ea, ya me he despachado a gusto. Chimpún.