miércoles, 20 de enero de 2021

CaNTo a MI mISmO


 

Hace unos días, alguien muy, muy querido me dijo que debería quererme más a mí mismo. Este mensaje no es la primera vez que me llega; y supongo (sé, en realidad) que también le encajaría a otra mucha gente; a la mayoría, ciertamente, por no decir a casi todo el mundo. Pensando en ello, me he dado cuenta de que utilizo con frecuencia este cyberescaparate para compartir mis fragilidades, mis miedos, mis inseguridades y las gilipolleces que en ocasiones perpetro, a veces con humor, a veces en plan vomitona, quizá como una peculiar forma de exorcizar todo eso que me atormenta y/o obsesiona (porque a neurótico no me gana ni Woody Allen entrando en un quirófano). En cambio, hablo poco de mis grandezas, salvo para poner en valor a las magníficas personas que me rodean a más o menos distancia. Tengo aún varios homenajes pendientes a individuos que se han convertido en imprescindibles para mí; pero hoy, mira tú por dónde, me voy a rendir pleitesía a mí mismo, a modo de reflexión intelecto-sentimento-masturbatoria. Es un ejercicio que me cuesta trabajo abordar, quizá debido a esa educación judeocristiana que nos enseña a ser humildes, minimizando nuestras grandezas para no parecer prepotentes o soberbios. Ahora que lo pienso; y a pesar del daño que esa filosofía puede llegar a infligirnos a distintos niveles; no viene mal aplicarla con mesura, en estos tiempos de narcisismo exacerbado y postureo extremo que nos ha tocado vivir. El eslogan “porque yo lo valgo” resume muy bien qué niveles de autofascinación individualista hemos alcanzado últimamente. Pero esa es otra historia, y debe ser contada en otra ocasión.

A lo que estamos: hoy voy a hablar de mis virtudes, para pintar un retrato más completo y no transmitir (ni transmitirme) una idea cercenada de lo que pienso que soy. Igual tú, querido lector, no ves en mi pequeño ser las cualidades que me dispongo a desgranar; o a lo mejor las aprecias más como defectos que como bondades. Esto último ocurre muy a menudo (no sólo conmigo, sino con todo quisque), porque algunos atributos que a mí me parecen magníficos a ti pueden resultarte absolutamente deleznables. También importa el factor de la mesura: la empatía, por ejemplo, me parece una cualidad esencial… pero ejercida sin control y en exceso puede provocar más daño que beneficio. En fin… ya empiezo a divagar. Divagar! La capacidad para hacerlo destaca entre mis más evidentes cualidades. Seguro que lo has apreciado.

Veamos: tengo 46 años, y he llegado a esta orilla con cierta (bastante) dignidad. Con “dignidad” quiero decir que puedo mirarme al espejo sin sentirme demasiado avergonzado; no le debo nada a nadie (salvo agradecimiento) y le tengo cierto aprecio a ese Javi adulto que observo con ojos asombrados (yo me sigo sintiendo un niñato). Puedo decir que no recuerdo haber hecho nada con la intención de perjudicar a nadie (al menos, conscientemente; aunque seguro que he perjudicado a alguna gente, sin yo quererlo); y que me he esforzado (sigo haciéndolo) en ser un buen tipo. Mi proverbial talento para el análisis y la autocrítica han pulido bastantes aristas de mi carácter (y lo que te rondaré). Eso, unido a una enorme curiosidad; y a mi capacidad para escuchar los argumentos de otros, ha influido muchísimo en mi evolución intelectual y moral (sí, sí: MORAL. Qué pasa. La moralidad está muy denostada… y así nos va, a veces), y hoy me siento un Javi mucho más sabio del que fui. No es ninguna tontería: hay quien se aferra tanto a sus certezas que permanece eternamente inmóvil en determinadas actitudes e ideas. No es mi caso: como dije una vez, “estos son mis principios: si me convences de que estoy equivocado, no tengo problema en cambiarlos”. En eso consiste evolucionar, ¿no? Pues eso.

Empatía: esta es otra de mis grandes virtudes. En realidad tiene una vertiente algo egoísta, porque me encanta la gente (opino que más del 90% de la población mundial es buena por naturaleza, al menos de forma individual) y disfruto compartiendo experiencias con otros seres humanos. Añadamos a esta receta un buen chorro de lealtad (sí, soy MUY leal con mi gente), y quizá se pueda explicar que haya atesorado tantos y tan buenos amigos. La gente a la que quiero sabe positivamente que PUEDE CONTAR CONMIGO. Así, en mayúsculas; cualquier día, a cualquier hora. No le veo mucho mérito, en realidad, ya que sus asuntos los vivo como propios y dormiría intranquilo si no los compartieran conmigo. Por algún motivo, mis personas afectas tienen en alta consideración mis opiniones, y me piden que las exprese libremente (tengo mucho tacto, esto también es importante) sabiendo que no son de ningún modo vinculantes: jamás pretenderé que nadie actúe de acuerdo a ellas, porque respeto las decisiones ajenas por encima de todo, aun pensando que puedan ser erróneas. Tienes derecho a equivocarte, leches, una y mil veces. Y, si lo haces, ahí estará Javi con su hombro y alguna tontería en el filo de la boca. Jamás pronunciaré eso de “yo ya te lo dije”, ni haré leña del árbol caído. Es justo lo que espero que hagan conmigo: que me abrecen, que me acompañen y que me intenten comprender. Tampoco me parece pedir tanto. En esa línea empática, y puede que como resultado de la educación que me ofrecieron, muestro una destacada tendencia a ocuparme del bienestar ajeno, muchas veces por encima del propio. Esto tiene su lado malo, por supuesto; pero como hoy hablamos de virtudes, diré que esa actitud suele generar buen rollo a mi alrededor; y a mí me hace feliz ver a mi gente feliz, así que todos contentos.

En otro orden de cosas, siempre he demostrado cierta brillantez intelectual y buenas dotes para el aprendizaje; así que he atesorado cierta culturilla (la curiosidad, de nuevo) que me hace destacar en determinados ámbitos y ecosistemas (en otros, no). También soy metódico, organizado (en el más amplio sentido de la expresión), generoso y previsor; magnífico planificando y un gran segundo de a bordo. Puedo resultar tela de ingenioso; manejo con mucha soltura el idioma castellano (esto implica que mi universo es más rico que el de otra gente, porque lo que no se puede mencionar, no existe) y, si me siento cómodo e inspirado, destaco por mi humor chispeante y mis comentarios jocosos. Disfrutón es un adjetivo que se me puede aplicar en muchas ocasiones; y apasionado, también. Cuando algo me gusta, me gusta de verdad, y me entrego a ello extrayendo hasta la última gota de jugo. Tengo el don de apreciar la belleza en las cosas, los paisajes y los paisanajes. Incluso la belleza propia… aunque esto me cuesta más, para qué nos vamos a engañar. Diré que tengo unos ojos particularmente expresivos; una nariz bastante bonita (me la han querido copiar en más de una ocasión); y una anatomía bastante proporcionada (si vigilo bien mi peso, que es la cruz que me ha caído en esta vida). Presumo de muy buen oído, y resulta que canto tela de bien. Y algunos días, además, puedo sentirme intensamente feliz…. Lo cual no es una cualidad menor.

Supongo que tengo algunas cualidades más (si tú aprecias alguna, dímela, que me hará mucho bien)… pero vamos a dejarlo ya, que güenohtá. Sólo diré para terminar que tengo una INMENSA capacidad de amar. Y eso lo resume todo.

sábado, 2 de enero de 2021

Cómo hacer el gilipollas (y encima, con dolor)

 


Me he dado cuenta de que mis anteriores actualizaciones son todas tela de emocionalmente comprometidas. Y no, no quiero comenzar el año que recién estrenamos (¡toma modismo latino que me he marcado!) abriendo una vez más mi corazón en plan “os lo muestro todo y así me desahogo y comparto mis miserias y tal y cual”. Por eso he decidido regresar a un contenido que tengo bastante abandonado en esta cibercasa: el de las capulladas que he pergeñado (o me han ocurrido) a lo de mi atribulada existencia. Así que, allá va: de los creadores de “Cómo hacer el gilipollas (y encima, en chándal)” llega el estreno bloguero de este 2021 con “Cómo hacer el gilipollas (y encima, con dolor)”.

Siempre he tenido mucho pelo en el cuerpo. A ver, siempre, no: cuando era un breve retoño lucía tan lampiño como cualquier otro bebé. Pero desarrollé el temita capilar muy pronto, y ya de adolescente mi pecho y mis piernas eran una manta zamorana. En aquellos años (y en el mundo en el que yo me movía; en otros, no sé) lo de ser velludo no quedaba precisamente estético. Ya ves tú, qué cosa: resulta que ahora, ya teñido mi vello corporal por las nieves del tiempo (qué metáfora tan clásica); resulta, digo, que ahora el pelo de mi cuerpo es una especie de fetiche muy valorado por determinado público. Veleidades de la vida que yo, claro, he sabido aprovechar (como te digo una có, te digo la ó). En fin: que a mí ser un osito juvenil me daba tela de vergüenza, y hubo un tiempo en que hasta evitaba ir a la playa para no mostrar mi linda cobertura capilar. Luego, como digo, por mor de los caprichos de la estética mariconil esa situación se dio la vuelta por completo, y hoy en día luzco con orgullo mis pelambreras donde y cuando haga falta. Vale, sí, ya lo digo yo, porque sé que lo estás pensando: tengo pelo en todo el cuerpo… menos donde se supone que debería tenerlo. Pero la calvicie y sus circunstancias no son objeto de esta actualización, porque ya hablé de ellasaños atrás con gran jocosidad. Así que, sigamos adelante.

Aunque ya en la postadolescencia yo estaba encantado con ese abrigo biológico con que la naturaleza me ha dotado, hay algo que no, mireuhté, no me gusta: los pelos de la espalda. Es que no quedan bonitos, por muy temprano que te levantes. Tampoco es que mi dorso parezca una alfombra persa, pero en un tiempo pretérito surgió en mi la idea de dejarlo imberbe. Por aquel entonces yo estaba relativamente tieso (crematísticamente hablando), así que lo del láser ni me lo planteaba, con lo que las opciones se reducían. Claro, como yo no me puedo estar calladito, compartí mi voluntad depilatoria (o rasuradora) con mis 50 mejores amigas, y una de ellas me dio la solución perfecta: tenía ella (supongo que sigue teniendo) una vecina que te hacía la cera en el garaje de su casa a un precio irrisorio. Barato, barato paisa… y con las mismas garantías higiénico-sanitarias que un estercolero vietnamita (por poner un ejemplo exótico). ¿Qué hizo Javi? Pues dar palmas con las orejas, confiar en el sabio criterio de su (por otra parte, maravillosa) amiga y plantarse en casa de la vecina previa cita telefónica. Bueno, no, telefónica no: fue vía sms (guasap no había) porque la susodicha vecina era sordomuda. En realidad era más sorda que muda, ya que algunos sonidos guturales lograba emitir (ejem) de manera muy bella y expresiva. Este detalle de la diversidad funcional lo comento no por hacer mofa de la muchacha, sino porque resulta relevante para entender en su verdadera dimensión toda esta historia tan absurda, surrealista… y dolorosa. Que quede claro.

En fin: que me presenté allí, y a través del lenguaje universal de señalar con el dedito me comuniqué con la consabida esteticién doméstica. Me quité la camiseta, me tumbé boca abajo en la camilla y me puse en las manos de tan diestra y formada profesional. A ver, yo no sabía nada de depilación, así que en principio lo vi todo muy normal. Ella preparó sus avíos, y extendió un generoso pegote de cera ardiente en lo que viene siendo la zona del morrillo, justo por debajo de mi cogote. Debo decir que ahí precisamente es donde tenía más cantidad y largura de vello corporal:. que se me podía haber construido un moño italiano digno de la mismísima Audrie Hepbund, vaya. Pues eso, yo lo vi normal: no pensé que igual lo suyo habría sido recortar un poco el pelo antes, por facilitar el tema y evitar… pues todo lo que pasó después. Que aún siento escalofríos al recordarlo (literalmente).

El caso es que la tipa intentó dar el primer tirón… y aquello no tenía ella reaños de arrancarlo. ¿Solución? Pues fácil, seguro que la técnica se la enseñaron en el Oxford de las depiladoras profesionales: se puso a añadir cera como si no hubiera un mañana, hasta que aquello supongo yo que se convirtió en un amasijo pringoso totalmente ingobernable. Yo con el primer tirón ya le había dedicado, mentalmente, unas lindas palabras de cariño… pero allí me quede, entregado a su bravura, confiando plenamente en su saber hacer…. Haciendo el gilipollas, vaya, porque no he sufrido más en los días de mi vida. Ya cuando, en vista de que de pie no conseguía arrancar ni un solo pelo; y después de que en uno de sus brutales tirones la tipa se tabbalerara y estuviera a punto de caerse al suelo; no contenta con la extrema crueldad a la que me estaba sometiendo, va la cabrona y se sube a horcajadas en mi espalda, con la aviesa intención de poder jalar más estable y eficientemente. A esas alturas, ya con lágrimas en los ojos y sangre en las manos de agarrarme tan fuerte a la camilla (esto no es broma, me hice heridas de verdad), perdí todo el filtro que me quedaba y la llamé, ya a voz en grito, de hijadelagranputa para arriba, en un alarde de dominio lingüístico del insulto que desconocía en mi persona. Hice mención a toda su familia; me refería a su discapacidad con palabras no precisamente elogiosas; y le deseé el más siniestro de los futuros que uno pueda imaginar. Pero claro, ella era sorda, y no se enteraba de nada: seguía tirando y tirando y emitiendo sus gruñidos como si aquello fuera algo saludable. Yo, como soy tan jodidamente judeocristiano, en medio del océanos de improperios que estaba largando por mi boca, giraba la cabeza en ocasiones y le dedicaba una sonrisa de comprensión. Es que HAY QUE SER GILIPOLLAS. Al menos esperaba que, al verme los ojos anegados en lágrimas, comprendiera la operaria que algo malo estaba pasando. Pero no: ella demostró una tozudez y una disciplina admirables, y no paró hasta conseguir arrancarme de cuajo los pegotes de cera; el vello; gran parte de la piel; mis ganas de seguir viviendo, y mi autoestima. Qué gran mujer, de verdad. Todo un ejemplo a seguir.

Tras esa sesión de tortura que ni Torquemada en sus más aviesas noches inquisotoriales habría diseñado, la jornada transcurrió con más normalidad, porque en el resto de la espalda mi vello es más ralo y más débil y ya costaba menos el temita tirones. Salí de allí depilado, sí; le dediqué una última sonrisa gilipollesca y me retiré a mis aposentos, para tomarme un espidifén y meterme directamente en la cama: no sólo por el dolor físico, no, sino por el golpe a mi amor propio que aquella tarde se me había infligido. Sólo diré, para terminar, que estuve tres días con fiebres altas; y que ahora, cuando paso por delante de un gabitene de estética, se me pone la piel de gallina y me entran hasta sudores fríos. El cuerpo, que tiene su memoria, es sabio, y reacciona. Bendita naturaleza.

Ahora me estoy haciendo la láser en la espalda. La señora en cuyas manos me he puesto habla a la perfección, quizá hasta demasiado. Eso ya, al menos para mí, es toda una garantía.


miércoles, 16 de diciembre de 2020

PArA sIEmpRE

 


Cuánto daño han hecho las películas de Disney. Pero tela. Daño del daño dañino que te puede joder la vida, a base de expectativas inalcanzables (y, en muchos casos, por muy almibaradas que parezcan, indeseables). Me explico.

Estos días, a cuenta de diversas conversaciones, le he estado dando vueltas a la idea del amor eterno. Bueno, en realidad muchas vueltas no le he dado, porque ya tiene uno el culo algo pelao y ciertas certidumbres (perdón por la cacofonía) más o menos arraigadas. He dicho muchas veces, a lo largo de mi – no tan extensa aún – vida, eso de “te quiero para siempre”. Cuidado: lo he dicho a parejas y a amigos, ¿eh? Que para mí el amor unos y de otras (uso el femenino porque las mujeres ocupan un porcentaje altísimo en mi extensa lista de gente amada) es, como mínimo, igualmente importante. El que me dan y el que yo ofrezco. Y sí, lo repito: he dicho muchas veces eso de “te quiero para siempre”. Así, explayándome, con intensidad y, en ocasiones, hasta lágrimas en los ojos. También he recitado, con toda la convicción del mundo, esa tópica jaculatoria de “eres el amor de mi vida”. Ni una, ni dos, ni tres veces: han sido muchas más, porque tengo tendencia al sentimentalismo y puedo llegar a resultar muy facilón en todo lo emocional. ¿Estaba siendo sincero, en cada una de las ocasiones? Por supuesto. Claro que lo era. Y lo soy, cada vez que lo digo. Pero, a mi provecta edad, también soy consciente de que eso será… o seró. O, mejor dicho, sé que eso vale para ese mismo instante en que lo estoy pronunciando. Y me siento bien con esa convicción, la verdad. Porque es auténtica, real, y únicamente vinculante en el momento presente… que es, por otra parte, lo único que verdaderamente existe (o algo así).

Ya he dicho en varias ocasiones que tengo la enorme fortuna de amar a mucha gente. No lo digo por fardar, es que esa es la verdad verdadera. El acervo sentimental que he ido atesorando se ha convertido en mi principal patrimonio, y me consta que no existe por casualidad: lo he construido (en colaboración con toda esa gente tan guay que me rodea, aunque sea en la distancia) a base de sinceridad, atención, respeto, admiración y a veces también perdón. Porque a mí hay que perdonarme mucho, leches (cosa que me da un coraje extremo). Risas, conversaciones, noches de farra y mañanas de resaca; llamadas de teléfono, soledades compartidas, abrazos (cuando se podían dar), caricias, besos y alguna que otra discusión acalorada, que me superencantan. Todo eso tan bello y tan vital que muchas veces permanece en el tiempo…. y otras no. Sin dramatismo.

Y es que, mientras todo lo anterior es muy ciertamente la tónica de mi vida, también hay personas a las que dejé de amar. Es así, y no pasa nada. Bueno, no pasa nada cuando eso ocurre por desidia mutua; por distancias que se van convirtiendo en abismos; como consecuencia del correr de la vida, tan lleno de fugacidad. Otro asunto son algunos casos muy concretos que, de tan minoritarios, resultan insignificantes, aunque tallaron hondas cicatrices en mi corazón. Que yo recuerde, sólo en tres ocasiones he dejado de amar así, muy conscientemente, a individuos que me causaron una enorme decepción. Quizá yo no los había mirado bien, o me dejé llevar por una imagen idealizada de ellos… o simplemente cambiamos (ellos y/o yo), y de tenernos afecto pasamos a provocarnos dolor (por acción u omisión). Curiosamente, se trata más de personas del ámbito de la amistad, no tanto de la pareja. Yo es que el concepto amigo lo tengo en muy alta consideración, y cuando hay rupturas, pues sufro mucho. Se me pasa después, menos mal… pero ya el amor se ha volatilizado, y no hay energía en el mundo que pueda reconstruirlo. A esas personas que en su día consideré familia ya no las quiero; y no las quiero… pues porque no quiero, ya que estoy convencido de que en el amor hay mucho de voluntad. Quizá recuerde con alegría algunas vivencias compartidas con ellos en el pasado (que tampoco, mireuhté: soy en general poco nostálgico y un pelín rencoroso, para qué mentir, por lo que los buenos recuerdos, en esos casos, suelen estar teñidos por la sombra de los malos ratos, quizá como un sortilegio protector para no tropezar nuevamente con la misma mala persona). Pero el amor que una vez sentí por ellos ya no tiene sitio en mi alma, tan kamikaze, por otra parte, a la hora de entregarse a las relaciones humanas.

Dicho todo esto, reconozco que, al menos al 99% de las personas a las que alguna vez he amado, las sigo amando hoy, con más o menos intensidad. Y tengo la firme intención de seguir haciéndolo, lo que es aún más importante. Esto seguro que te incluye a ti, que estás leyendo esta extensa perorata; y también incluye a un ser humano de casi dos metros, desbordántemente bello por dentro y por fuera, que se ha colado recientemente en mi vida. Bueno… colado…. no: nos hemos invitado mutuamente a este viaje, que es mucho más bonito (y más fiel a la realidad).

Se me van los dedos con el romanticismo, será que estoy enamorado.

viernes, 4 de diciembre de 2020

faNTaSmAS

 

Algunos días se me olvida que soy un tío excelente. Pierdo de vista mis grandezas y vuelvo a sentirme muy pequeñito, muy poca cosa. Como en aquellos años de la adolescencia, cuando mi amiga Geor tenía que engañarme diciendo que no había ninguna visita en su casa, porque si estaban sus amigos (que eran muy guays y muy guapos y muy deportistas y muy populares), yo no iba. Hay que decir que los amigos de Geor, aparte de todas esas cosas, eran también tela de simpáticos; me trataban estupendamente y me tenían un cariño que yo, obstinadamente acomplejado, no podía apreciar. No lo entendía, no era capaz de aceptarlo. Obviamente el problema estaba en mí: el bulling que padecí en el cole (por gordo, por empollón, por sensible y por no llevar ropa de marca) se me pegó a la piel como un unto ponzoñoso cuya pestilencia sigue atrofiándome (a veces) las meninges a mis 46 tacos. Tiene cojones, la cosa. ¡Y menos mal que no se me notaba la mariconez! De esa, por lo menos, me libré. No es poca cosa.

Luego, ya en el instituto, mi vida dio un giro radical y encontré un lugar en que ser yo mismo sin sentirme una lombriz. Allí la diversidad era la tónica, y cada cual se construía un universo, más o menos poblado, de acuerdo con sus inquietudes, sus cualidades y su peculiar carácter. Descubrí que podía expresarme con libertad, y aun así, ser querido y admirado y respetado por mucha gente. Perdón, me corrijo: no “aun así”, sino “precisamente por eso”: por mostrar mi esencia más esencial. Sólo hacía falta encontrar al público adecuado. Y los demás… pues no molestaban. Cada cual iba a lo suyo sin joderle la vida al resto. Así dicho, este comportamiento tan básico puede resultar una obviedad, algo que, de pura lógica, debería darse por sentado. Pero no siempre ocurre así.

Cuando di el paso a la universidad mi mundo se expandió aún más, muy felizmente. Encima me quedé delgado, lo cual puede parecer una frivolidad, pero significó un salto mortal para mi frágil autoestima. Empecé a sentirme de verdad atractivo, admirado, emocionalmente poderoso; sensaciones todas que han ido amplificándose con el correr de los años, hasta componer el ego del Javi actual. En ello ha tenido que ver mucha gente que por fortuna sigue formando parte de mi vida. Pero de eso hablaré un poco más abajo. Seguramente.

A lo que iba: a pesar de toda esa evolución; aunque a estas alturas soy consciente de mis diversas virtudes (algunas de ellas otorgadas de serie a mi pequeña persona; otras, fruto de autoconstrucción en el que sigo empeñado); a pesar de la evolución, digo, en ocasiones todo aquel montón de complejos de mi niñez se me viene encima, y me impide disfrutar con alegría de algunos regalos que la vida me ofrece. Es una tenaza que me oprime el corazón y me deja abatido, angustiado e impotente, con el pecho metido en un puño. Está ahí, infiltrado en mis células, latente, esperando la oportunidad para manifestarse y aguarme la fiesta. Ocurre especialmente con asuntos que tienen que ver con el físico, o con ambientes que exigen cierto grado de popularidad. Ecosistemas (reales o virtuales; presentes o pasados, eso da igual) de gente bella, atrevida, intrépida, superguay del paraguay. No encajo para nada en esos mundos: cuando me veo envuelto en ellos, siento que todos me miran como a una especie de mascota y deseo salir corriendo por patas. No hace falta que lo haga, en realidad, porque son ambientes en los que el Javi cotidiano que conocéis directamente desaparece: mis encantos se volatilizan como una bola de alcanfor, y no queda ni rastro de mí. Qué sensación tan desasosegante, de verdad. Igual por no ser capaz de moverme en esos ámbitos me estoy perdiendo a un montón de gente interesante. Podría ser… aunque en realidad pienso que determinadas fachadas esconden almas más vacías y menos sutiles que aquellas de las que me gusta rodearme.

Todo esto lo cuento porque, el otro día, por motivos que no vienen al caso, volví a sentirme así: pequeñito, inferior, incapaz de estar a la altura de determinada gente. Lo peor es que se trata de personas que ni siquiera forman parte del presente; a las que ni conozco, ni conoceré jamás; y que salieron a colación porque alguien afectísimo a mí trataba de explicarme lo estupendo y valioso y atractivo que me veía en comparación con ellas. Hay que ser muy capullo para tomar esas palabras; despojarlas de su auténtico sentido y volverlas contra ti mismo. Aun así, lo hice. El mecanismo de autodesprecio funciona como un resorte, no lo puedo evitar, es superior a mí. Valiente plan.

Verme en esa situación, y no poder controlarla, me genera mucha ansiedad. De pronto me muestro sombrío, hosco y meditabundo. En realidad, estoy librando una batalla interior para convencerme de que todas esas sensaciones son sólo ecos de un pasado que hace décadas dejó de existir. Cuesta trabajo lidiar con esas quisicosas tan emocionales, francamente. Al final, me da la llantina y se me pasa. Se ve que tiene que ser así. Qué le vamos a hacer.

Como ya llevo más de cuatro décadas conviviendo conmigo mismo, he aprendido a aceptar que algunas de las piedras de mi mochila emocional van a estar siempre ahí, como un lastre del que muy probablemente no me podré desprender jamás. A lo más que llego es a aliviar su peso, tirando de la ayuda de toda esa gente que tanto me quiere, y que me ve como un tío excelente. Para resumir el efecto que, en este sentido, mi gente querida produce en mí, tiro de autoplagio y recupero parte de una actualización perpetrada (por mí) hace algún tiempo.

Los que me bienamáis sois, para mí, un espejo que me devuelve la imagen de un Javi corregido y mejorado. O quizá de ese Javi que a veces se me olvida que soy. Mirándome a mí mismo a través de vuestros ojos, me siento más poderoso, más brillante, más capaz y mejor persona. Y a veces, incluso me veo también más buenorro. Esto último me reconforta mucho, aunque suene a frivolidad (porque lo es, una solemne frivolidad. Qué le vamos a hacer). La emoción que me asalta cuando me devolvéis esa imagen mía tamizada y enriquecida por vuestro buenamor hacia mí…. Bueno, eso no hay éxtasis ni LSD ni setas alucinógenas que puedan igualarlo. Y sin efectos secundarios, ni resaca ninguna. Deberíais estar financiados por la Seguridad Social.

Por fortuna, tengo a mucha gente a mi alrededor que me hace sentir así. Y ahora, además, tengo un cascabel (de carne y hueso), que ahuyenta con su música los fantasmas que me asaltan de vez en cuando. ¿Qué más se puede pedir?

PD: En la foto, de hace años, cuando estaba delgadérrimo. Me encantaba. Pero esa tristeza en la mirada... No, definitivamente, no merece la pena.

miércoles, 2 de diciembre de 2020

NavIDaD

 

Disfruto mucho la Navidad. Ya sé que esto no queda muy guay, porque lo trendy es decir que se trata de una fiesta de mierda y que es un rollo tal y cual. Pero a mí me superencanta (osea). Las luces, titilantes, tendidas como constelaciones eléctricas deslumbran desde el cielo de la ciudad; el aroma a castañas asadas, tan suculento; el gentío; los reencuentros; los villancicos; María Carey (sencilla y recatada siempre) y todo ese brilli brilli en el que coyunturalmente nos sumergimos (literal y metafóricamente) me dan calor en los meses de invierno, tan sombríos sin toda esa purpurina. ¿Que hay mucha hipocresía tras eso que llaman el “espíritu navideño”? Pues vale, me da igual: prefiero las sonrisas más o menos impostadas al derrotismo y la mala leche que salen a la luz en épocas menos refulgentes del calendario. ¿Que son una manifestación del consumismo desbocado? Pues vaya novedad, como si el resto del año viviéramos en una comuna, practicando el trueque solidario y el desapego material al compás del Cumbayá. No te jode. Entiendo muy bien los argumentos de aquellos que odian la Navidad, por motivos más o menos personales y/o sinceros. Pero a mí que me dejen en paz mientras canto por Michael Bublé “Its begining to look a lot like Christmas”. Que no me den la coña con los gruñidos y el despotrique antinavideño. Siempre he dicho que no hay en el mundo nada peor que un aguafiestas... Y ese cenizo tan siniestro resulta aún más dañino cuando me asalta estando yo tan feliz bajo las hojas de acebo, deslumbrado por las bombillitas, las lentejuelas y los níveos copos de poliespán. Dejadme con mis noveleríos, leches. Que no está el panorama como para desperdiciar una ocasión festiva.

Dicho todo esto… A ver, tengamos un poco de mesura, y entendamos que las Navidades son también una especie de fantasía a la que a algunos nos gusta entregarnos. Ilusión; Vodevil. Sin más. Este año, por mor de las circunstancias pandémicas que nos han tocado padecer, las Navidades serán necesariamente distintas. Tienes que serlo. Y no pasa nada, oiga. Pero nada de nada. Si el 24 no me puedo reunir físicamente con mi breve familia para brindar con champán del malo… pues tampoco se acaba el mundo. No me sentiré deprimido ni taciturno… ni siquiera triste. Porque no me da la gana; porque la ocasión no lo amerita. Intentaré ver a mi gente en otro momento menos comprometido, y sanseacabó. Puede que me toque cenar solo en mi casa. Y si es así, me compraré viandas de esas que el resto del año no me puedo permitir (para seguir cabiendo en mis vaqueros, digo); haré unas cuantas llamadas (con o sin vídeo); me pondré una peli sentimental… y punto pelota. Tan feliz, tan agusto, tan agradecido por todo lo bueno que la vida me ofrece (y lo que te rondaré). Tengo la fortuna de haber recibido varias invitaciones para que todo eso no ocurra, porque gente que me quiere mucho y bien se sentiría muy triste sabiendo que esa noche estoy solo. Pero es que no es así: yo NUNCA estoy solo. Porque os tengo a vosotros, que tanto me bienamáis. Y ese es un patromonio que no cabe en el saco de Papá Noel. Además, precisamente este año el adviento me pilla con una nueva compañía, que complementa y completa la de mi familia y amigos. Un compañero inesperado, recién venido a mi vida como regalo precoz de Sus Majestades de Oriente. En realidad es aún mejor que eso, porque yo no lo pedí; y seguro que no se me habría ocurrido incluir a alguien tan guay en mi carta a los Reyes. He debido ser un chico muy bueno. Espero que sí: le pongo voluntad a diario.

Lo único que de verdad me jode de esta Navidad es no poder montar mi archifamoso y ultravenerado árbol de Navidad. Me jode no poder montarlo… y no poder exponerlo por el interné, para solaz y/o pavor de mi ilustre audiencia cibernética. Es que las toneladas de adornos me cogen a una inalcanzable distancia de 200 km… y no es plan de saltarme el confinamiento perimetral por ese motivo (aunque confieso que me lo he planteado, por ser completamente franco). Este año me temo que en mi árbol habrá bastante verde, porque he tenido que partir de cero y adquirir adornos como para enterrarlo no hay presupuesto que lo resista. Habrá verde, sí, lo reconozco avergonzado. Pero, a cambio, la tarea de planificarlo y contruirlo (literalmente) desde cero me está resultando… cómo definirlo… deslumbrantemente feliz. Como ya avancé en otra red social, mi árbol de este año será distinto: quizá no funcione como ese homenaje habitual al horror vacui que tantas pasiones despierta entre mis fans… Pero para mí es, quizá, el árbol más especial de los últimos años, por una sencilla (y feliz) razón. Esta vez está siendo ornamentado a cuatro manos; así que no puedo hablar de “mi árbol” sino de “nuestro árbol”. Montarlo así, al alimón; entusiasmadamente enamorado (ya está, ya lo he dicho) cubre de purpurina mis manos, y también mi corazón. Me siento con el alma ilusionada; y tengo un mágico destello en la mirada, y cascabeles en el pecho. Si eso todo no es navideño… que venga el reno Rudolf y lo vea.

Postdata 1: Gloria, me apunto lo del elfo convidando a anís del mono para incorporarlo a mi árbol del año que viene. Esta vez no me da tiempo de hacer el casting del elfo, los papeles del seguro, etc.

Postdata 2: En la foto, ni árbol del año pasado, antes de caer vencido por el peso de tanto cachibache. No esperéis algo igual. Advertidos quedáis, luego no quiero quejas, ni reproches, ni lamentos, ni crujir de dientes.

viernes, 27 de noviembre de 2020

MieDo

 


Ya, ya lo sé. Llevo mucho tiempo sin escribir. Mis selectos (y fieles) lectores ya sabéis que puedo ser muy veleidoso en esto de ponerme delante del teclado. Cuando mi silencio se prolonga, suele haber una razón. O varias. En ocasiones, ocurre que estoy viviendo con tanta intensidad (sí, a estas alturas, para qué negarlo: soy más intenso que la Pantoja en el polígrafo) que no encuentro ocasión propicia para detenerme a reflexionar así, letra por letra. Otras veces es que simplemente no quiero escribir. No me apetece. Así ha ocurrido en este periodo de varios meses que ha transcurrido desde mi última actualización. Inopinadamente, la pandemia y sus derivaciones no me han parecido un buen asunto para esta especie de diaro intermitentemente voy componiendo. Por eso no voy a escribir sobre ella… aunque curiosamente mi leit motiv de hoy tiene mucha relación con ese asunto. Yo lo abordo desde otra perspectiva, más íntima y personal; pero igual me sale alguna metáfora coronavírica. Ya se verá, ahora no puedo saberlo, porque aún no tengo muy claro a dónde llegará este texto tan madrugador. Al grano, Javi, que te lías más que Leticia Sabater resolviendo un logaritmo: hoy quiero hablar del miedo… y de su enorme poder paralizante. De su zarpa, de su potencia destructora…. Y del alto precio que podemos llegar a pagar si no sabemos manejarlo bien. Tarea difícil, en ciertas ocasiones, y a determinados niveles. Al menos, para mí.

En muchos sentidos, pienso que soy (ya lo he comentado en alguna actualización anterior) el resumen de muchas experiencias. Positivas (las más) y negativas (las más ruidosas). Unas y otras han dejado su poso en mi corazón, me han dado herramientas para enfrentarme a la vida. Y me han dejado lastres, claro; materializados en complejos, inseguridades, pantallas defensivas y fosos sin puente levadizo. Por fortuna, estoy rodeado de gente magnífica que me abraza en mis miserias (tampoco son tantas, oye… no nos pongamos dramáticos); y se arma con pértigas para pasar por encima de mis murallas en las escasas ocasiones en que las alzo frente a mí. En realidad, quienes están a mi lado (seguramente tú eres una de esas criaturitas, tan necesarias) necesitan, más que un ejército para derribar mis defensas (que no son muchas, en realidad; voy por la vida con el pecho bastante descubierto); necesitan, digo, altas dosis de paciencia con que manejar mis ausencias. Porque en ocasiones (no muy felices), el Javi que aman desaparece, se agazapa y calla. O echa mano del cinismo y la indolencia en un absurdo ejercicio de distanciamiento. ¿Qué hay detrás de esas actitudes mías? No hay que ser Jessica Flecher para saberlo: miedo. Miedo al rechazo; miedo a no ser suficientemente bueno; miedo al abandono, al desamor o al desprecio. Todos esos miedos, bien agitados en la coctelera de mi frenético intelecto y mi frágil corazón, aliñados con unas gotas de ansiedad, completan un cóctel tela de ponzoñoso. Cuando el miedo me arrastra puedo llegar a ser un Javi completamente irreconocible. Y eso, oigauhté, es un soberano mojón.

En estos meses tan atribulados para todos estoy viviendo experiencias intensas, que me están descubriendo bastantes cosas de mí mismo. Algunas en realidad ya las sabía, me acompañan de siempre, pero se han hecho más presentes: la fortaleza de ánimo; la afortunada conexión con gente a la que admiro y amo; la aptitud para la adaptación, incluso en situaciones desfavorables; y la capacidad de enamorarme, así, a calzón quitado. Bueno, no. Esto último lo voy a modificar. Lo que he descubierto es que mantengo inédita la capacidad de enamorarme… pero lo de hacerlo a calzón quitao ya es otro cantar.

Quienes me conocen bien saben que vengo de atravesar determinados páramos sentimentales no especialmente saludables (por decirlo de manera suave). Pensaba yo que estaba muy curado de las heridas que esas travesías me dejaron en el alma. Lo creía firmemente, la verdad, porque es una etapa de mi vida que quedó hace ya tiempo definitivamente atrás. Pero no, mireuhté: resulta que no estoy tan sanado, ni tan limpio. Los miedos y las soledades de antaño se hacen presentes hogaño… y hay días en que (a pesar de mi enorme disciplina) no los puedo controlar. Son superiores a mí, me arrastran, sin yo siquiera darme cuenta. Descubrir esto me jode tela. Pero tela, tela. Y a pesar de eso, hay veces en que me veo a mí mismo deslizándome sin freno a ese precipicio que, en realidad, me es completamente ajeno: la desconfianza; el recelo; la inseguridad; la cautela, el ocultamiento, la ansiedad. Yo no soy así. No quiero ser así. Por eso, prometo solemnemente que pondré en juego todas mis herramientas para solventarlo. Y, como en el fondo soy un optimista redomado, espero conseguirlo.

En este camino personal mío (inesperado, como digo; creativo y al mismo tiempo un poco tortuoso), influyen por supuesto determinadas actitudes ajenas. Influyen positiva y negativamente, dependiendo del momento… y de la actitud. Algunas me ayudan (a veces, a pesar de mis reticencias) a liberarme de determinadas cadenas; y otras alimentan mis inseguridades. Necesito muchas dosis de comprensión: ser escuchado, y amado, y deseado, y respetado. Ahora que lo veo escrito… no creo que sean necesidades muy extravagantes. Igual tú, que estás leyendo esto, tienes los mismos anhelos. Probablemente sea así, porque, como ya he dicho otras veces, los seres humanos somos tela de parecidos. Y ya está. 

PD: En la foto, como me siento. Deseando alzar el vuelo.


miércoles, 29 de enero de 2020

Un millón de amigos



Me ocurre a menudo que, cuando retomo mi blog tras cierto tiempo sin actualizarlo, tiendo a comenzar el nuevo texto justificándome por mi ausencia. De hecho es lo que me está pasando ahora. Como si este cyberescaparate tuviera por objetivo la obtención de alguna notoriedad; la acumulación de “me gustas”, o la proyección universal de ciertos mensajes que puedan convertirme en influencer. En absoluto. Mi voluntad (que puede parecer menos ambiciosa, pero superparanada) pasa más bien por encontrar una vía de expresión para contarle a mi selecto público (y a mí mismo, de paso) cómo trascurren mis momentos vitales. También escribo para desoxidarme con el teclado, y para, con un poco de suerte, despertar una sonrisa o una lágrima en alguien que me importa. Ese alguien eres tú, que ahora mismo estás leyendo. Porque si pasas por aquí, seguro que es porque perteneces al colectivo de mis amigos. Y de eso voy a hablar hoy… más o menos.

No he actualizado en este tiempo (vamos allá con la justificación) porque he estado ocupado viviendo. Y viviendo bastante a tope. Vale, siempre se puede encontrar hueco para redactar un texto, más o menos prolijo. Pero quizá es que no veía apropiado comentar aquí las aventuras que estoy viviendo últimamente. Hoy (quizá animado por una cybercharla que mantuve ayer) voy a atreverme. A hablar de mis aventuras, digo. Aunque lo haré muy tangencialmente y sin entrar en detalles. Una pena, porque en los detalles está el jugo de esta historia (o historias, muy en plural) que afecta en los últimos meses a mi cabeza, a mi corazón… y a otras partes de mi anatomía. En fin, que cada cual saque sus propias conclusiones.

Empezaré aclarando que me considero una persona muy sociable. A ver, me considero sociable, porque lo soy. Se suele decir que los verdaderos amigos se cuentan con los dedos de la mano. Pues en mi caso tendría que transmutarme en la diosa Kali para que ese aforismo pudiera aplicarse. No es por fardar, pero tengo muchos… muchos amigos. De los buenos, de los de amistadverdaderatotal. Y la lista va creciendo, con incorporaciones como la de Juliana y la de Silvia, a las que menciono por su nombre porque sí, porque me da la gana. A mis otros Amigos (así, con mayúsculas) no los mencionaré, porque la lista es larga y seguro que me dejo a alguno en el tintero, cosa que me daría más coraje que a Leticia Sabater verse elegante. Mis Amigos son mi sustento, mi refugio, mi causa para celebrar la vida. Os adoro a todos y cada uno de vosotros. Lo sabéis.

Pues en esa línea de sociabilidad, estoy últimamente conociendo a mucha gente, mediante el uso de herramientas tecnológicas tan denostadas como eficientes (si sabemos utilizarlas). Los denominaré “amiguitos”, desde el más absoluto de los cariños (es en serio). Detrás de cada uno de estos nuevos… digamos…. encuentros (reales o cybernéticos) hay una pequeña historia: divertida, surrealista, emocionante o simplemente deportiva (ejem). Por desgracia, como dije más arriba, no debo entrar en los detalles de cada uno de mis escarceos, que darían, por otra parte, para un anecdotario enciclopédico. No debo hacerlo porque este foro es demasiado público para determinadas confesiones; y porque, francamente, se me acumulan las experiencias y voy olvidando aventuras que seguro fueron de lo más suculentas o extravagantes. Para mearse y no echar gota. En persona os lo relato todo… o todo lo que recuerde. Que no es poco.

Seguro que mucha gente piensa que estoy en una etapa bastante frívola y promiscua. Pues vale, lo estoy. De todas formas la promiscuidad (en el más amplio sentido del sustantivo) forma parte de mi esencia; y la frivolidad puede llegar a resultarme muy terapéutica, si no hago de ella una bandera. En cualquier caso, confieso que me lo estoy pasando bomba; que disfruto mucho de una libertad que anhelaba y temía, a partes iguales. Y que, inopinadamente, vivo sin miedo y sin cadenas y sin lastres ajenos (más allá de los que elijo yo, porque implican a personas muy queridas que me devuelven con toneladas de amor mis desvelos por ellas). Y esta sensación de vértigo, de descubrimiento, de exploración, de viaje… es la puta hostia. Hooked on a feeling, decía la canción. Pues eso. Ahí estoy yo. Tan feliz, mireuhté. Y no tengo que justificarme para nada, ni ante nadie, lo cual es muy saludable. La falta de descanso, no. Eso no es saludable. Estoy en ello, también. Pero es que se me acumula el “trabajo”, y uno es tan cumplidor...

Llegado a este punto, y como escribo tal y como voy pensando, reconozco que es una putada no poder narrar aquí las quisicosas que me están sucediendo últimamente, en esos encuentros (puntuales, a veces; reiterados, otras) que ando propiciando. Porque son tela de divertidas, y os harían reír a carcajadas. De hecho me estoy riendo solo, al recordar. Pero lo que sí puedo decir es que los seres humanos somos tan diversos como semejantes, en nuestras ambiciones, nuestros necesidades y nuestros secretos deseos. Hasta en las relaciones más procaces hay un espacio para lo emocional: la gente está deseando establecer un contacto, que se proyecta desde lo anatómico a lo sentimental. Completos desconocidos me cuentan detalles muy íntimos de su vida, y yo los escucho fascinado porque alimentan mi insaciable curiosidad. Bueno, por eso… y por otros motivos fáciles de imaginar. Al hacerlo, de alguna forma, sigo creciendo (social, intelectual y emocionalmente) y me siento… pues eso, conectado con otros human beings, a diferentes niveles. También hay, por supuesto, un juego de seducción que a mí me resulta absolutamente embriagador, y encima se me da muy bien con el público adecuado. Y por otra parte, pienso que estoy cumpliendo una labor social, cubriendo determinadas necesidades de distintas (bastantes) personas. Qué generosidad, la mía. A que me dan el Nobel de la Paz? A que me lo dan? Habrá que estar pendiente de las nominaciones…

Y eso es todo, por hoy. Así estoy, así me siento. Más sociable que nunca. Y tarareando sin para la canción cuyo vídeo ilustra este texto. Qué peligro tan divertido.