De pequeñito me enseñaron que está muy feo eso de ser “aprendiz de mucho, maestro de nada”. Y claro, yo me lo creí. Tratando de ser “maestro” en diversas actividades he cosechado algunos éxitos y muchas frustraciones. Y, sobre todo, me he perdido – o, mejor dicho, he dejado de disfrutar- muchas experiencias potencialmente interesantes. Porque, aunque parezca mentira, mis habilidades son limitadas; y hay algunos ámbitos en que mi destreza (o mi carencia de ella) me impide llegar a la maestría. Esos terrenos en los que, por incapacidad natural, no me muestro directamente brillante, me han dado siempre bastante repelús, e incluso generan rechazo en mí. Porque ahí no puedo yo sobresalir; y, en consonancia con lo que me enseñaron, pues mejor dedicarme a otras actividades. Taras de una educación tan bienintencionada como limitadora. Como de algunos otros defectos de fábrica, me estoy intentando quitar.
Ahora pienso (y quiero sentir) que en realidad lo del aprendizaje produce muchas más satisfacciones que la maestría. Todo ese rollo de disfrutar del camino y tal. Sin pretensiones; sin querer resultar excelente y magnífico y admirable. Puede sonar PaoloCoelhista – seguramente lo es-, pero funciona. Y en esa vía de experimentación, me he metido en el mundo de la cerámica. Por probar algo distinto; por verme haciendo algo inútil, algo poco intelectual; y, quizá, por encontrar el placer de lo imperfecto, de lo accesorio, de aquello para lo que no estoy especialmente dotado. Además, como es un taller del distrito casco histórico, me cuesta sólo veinte euritos al año. Un chollazo, mireuhté. Tan ricamente.
Qué desconcierto el primer día; qué desaosiego, allí, rodeado de gente que ya había trabajado con barro y sabía lo que se traía entre manos. Miraba a mi alrededor acobardadito perdido, pensando que mi decisión me iba a generar más ansiedad que disfrute. Porque yo jamás le había metido mano a una pella de arcilla, más allá de las lejanas clases de plástica de la E.G.B. Y lo hice con escasa fortuna, la verdad. Aun así, me quedé en el taller; y cogí un molde para cuencos y me lie a amasar el barro. Y me sentí muy bien, en contacto con ese materia tan pedestre y tan terrícola y tan auténtica. Hoy, tras varios meses de práctica, entiendo que mi intuición me llevó por el camino correcto. Por diversas razones.
Es que lo de la cerámica tiene su trasunto emocional, y ciertos paralelismos metafóricos (quizá un poco rebuscados, vale; pero soy así de retorcido para mis cosas) con sensaciones, ideas y actitudes que ahora mismo me interesa desarrollar. Para empezar, y aunque sea una obviedad, el barro mancha; pringa, ensucia, muy felizmente. Eso me encanta, porque en esta vida tan aséptica que a veces llevamos se echa de menos un poco de guarreo. Al fin y al cabo eso es lo que somos, ¿no? Sudor, fibras, linfa, sangre, esperma, saliva... aunque continuamente tratemos de disimular nuestros olores y nuestros fluidos, en esta ¿cultura? tan escrupulosa que nos ha tocado en gracia. Entrar en contacto con la materia elemental, acuosa y blandurria y pringosa, me pone en contacto con la tierra y con algo muy esencial que resulta difícil de definir. Notar las texturas; sentir el barro cálido o frío que resbala entre mis dedos; apreciar la dureza, la distinta calidad de cada pella; incluso el aroma terroso de la arcilla... No sé, son sensaciones muy primarias que me conectan con lo atávico, sin misticismos. Muy a lo natural; muy “tal y como lo siento, lo vivo”. Me gusta ese pringacheo chapoteante e infantil. Disfruto mucho ensuciándome; sólo por eso ya merece la pena la experiencia. Ya ves tú, qué cosa tan irracional. Y me ayuda.
Qué desconcierto el primer día; qué desaosiego, allí, rodeado de gente que ya había trabajado con barro y sabía lo que se traía entre manos. Miraba a mi alrededor acobardadito perdido, pensando que mi decisión me iba a generar más ansiedad que disfrute. Porque yo jamás le había metido mano a una pella de arcilla, más allá de las lejanas clases de plástica de la E.G.B. Y lo hice con escasa fortuna, la verdad. Aun así, me quedé en el taller; y cogí un molde para cuencos y me lie a amasar el barro. Y me sentí muy bien, en contacto con ese materia tan pedestre y tan terrícola y tan auténtica. Hoy, tras varios meses de práctica, entiendo que mi intuición me llevó por el camino correcto. Por diversas razones.
Es que lo de la cerámica tiene su trasunto emocional, y ciertos paralelismos metafóricos (quizá un poco rebuscados, vale; pero soy así de retorcido para mis cosas) con sensaciones, ideas y actitudes que ahora mismo me interesa desarrollar. Para empezar, y aunque sea una obviedad, el barro mancha; pringa, ensucia, muy felizmente. Eso me encanta, porque en esta vida tan aséptica que a veces llevamos se echa de menos un poco de guarreo. Al fin y al cabo eso es lo que somos, ¿no? Sudor, fibras, linfa, sangre, esperma, saliva... aunque continuamente tratemos de disimular nuestros olores y nuestros fluidos, en esta ¿cultura? tan escrupulosa que nos ha tocado en gracia. Entrar en contacto con la materia elemental, acuosa y blandurria y pringosa, me pone en contacto con la tierra y con algo muy esencial que resulta difícil de definir. Notar las texturas; sentir el barro cálido o frío que resbala entre mis dedos; apreciar la dureza, la distinta calidad de cada pella; incluso el aroma terroso de la arcilla... No sé, son sensaciones muy primarias que me conectan con lo atávico, sin misticismos. Muy a lo natural; muy “tal y como lo siento, lo vivo”. Me gusta ese pringacheo chapoteante e infantil. Disfruto mucho ensuciándome; sólo por eso ya merece la pena la experiencia. Ya ves tú, qué cosa tan irracional. Y me ayuda.
La cerámica también evoca en mí el atractivo de lo imprevisible, de lo sorprendente; de lo que escapa a mi control. Porque cuando me enfrento al barro; ya sea con una idea preconcebida o dejándome llevar por alguna musa más o menos bienintencionada; pretendo dominarlo; juego a hacer con él lo que yo quiero, para obtener cierto resultado práctico, o bello, u original. Pero la arcilla, que tiene un carácter muy caprichoso, suele imponer su propia ley; y al final el resultado difiere bastante de lo que yo, en mi calenturienta mente inquieta, había imaginado. Además, la pieza cambia mucho cuando la metes en el horno; y los esmaltes (esos pigmentos tan misteriosos, que experimentan una metamorfosis brutal con las altas temperaturas) sólo muestran su verdadero esplendor (o su fealdad) al salir de la cámara de calor. Vamos, que hasta el final del proceso no tienes ni puta idea de cómo quedará la pieza; ni siquiera hay certeza de que vaya a sobrevivir, porque en diversos momentos existe un alto riesgo de que ese plato tan imaginativo, al que has dedicado horas de mimo durante dos o tres semanas, se agriete por diversos puntos y acabe en el cubo de la basura. Suena frustrante, pero en realidad lo veo aleccionador. Porque así es la vida real: fugaz, insospechada, azarosa. Comprobarlo en un ámbito tan inofensivo como éste tiene, pienso yo, un alto componente terapéutico. Seguro que un psicoanalista argentino sacaba de este comentario años y años de terapia. Y yo me las avío con un poco de barro... qué baratito me sale.
Podría dedicar muchas más líneas a describir por qué lo de la cerámica me entusiasma tanto, y para qué me sirve, más allá de para pasar el rato. Pero mejor lo dejo ya, que no quiero agotar (aún más) la paciencia de mis sufridos lectores. Sólo diré que, de una manera un poco arcana, trabajar el barro nos pone en comunicación con nuestra mismidad más íntima. Porque, al fin y al cabo, no somos nada más que polvo de estrellas. O nada menos, en realidad.
Podría dedicar muchas más líneas a describir por qué lo de la cerámica me entusiasma tanto, y para qué me sirve, más allá de para pasar el rato. Pero mejor lo dejo ya, que no quiero agotar (aún más) la paciencia de mis sufridos lectores. Sólo diré que, de una manera un poco arcana, trabajar el barro nos pone en comunicación con nuestra mismidad más íntima. Porque, al fin y al cabo, no somos nada más que polvo de estrellas. O nada menos, en realidad.

Buenisimoooo como siempre¡¡¡¡¡¡,ya era hora que algo se te diera regular ,"don perfectito de los huevs ¡¡¡¡¡ajajajajja,eres maravilloso le metes mano a "to".
ResponderEliminarTú sí que eres maravillosa... ¡incluso con la trenza de espiga!!!! Besos (jurásicos)
EliminarUh, pues a mí me encanta lo que haces! Lo he intentado alguna vez y lo único que me salía eran unos botes para poner lápices horribles (que mi abuela usaba de sujeta-papeles con todo su amor, pero en fin...), así que enhorabuena por tus éxitos :)
ResponderEliminarEso sí, creo que nunca había leído a nadie que le diera tanto sentimiento filosófico a la cerámica, jeje!
Un besote!! :)
Jajajja.... Ya adviertí de que soy un pelín retorcido para is cosas. Y eso es lo bueno, Caro: que da igual si sale bien o si sale regular. Se trata de disfrutar con la experiencia, ¿no? Besos, guapa!
EliminarCómo te entiendo Javi! Yo soy de las personas que se paralizan y dejan de hacer algo por miedo a no hacerlo perfecto. Imagínate la de cosas que he dejado de hacer en mi vida... El perfeccionismo en ese sentido es una putada, porque además, te impide disfrutar del placer de hacer las cosas (salvo que realmente seas un maestro) ya que siempre te enfocado en el resultado perfecto a conseguir. Creo que lo que estás haciendo es terapia pura y me alegro mucho de que lo estés disfrutando tanto. Yo pienso subirme a ese carro como sea. Viva la imperfección! Un besito, guapo!
ResponderEliminar