lunes, 12 de mayo de 2014

Elogio de lo hortera




Reconozco abiertamente que soy un hortera. Lo soy porque me pierden el brilli-brilli y ciertas extravagancias barrocas en lo estético y lo musical y lo social. A veces pienso que esa escora mía hacia todo lo estridente se ha convertido en una especie de forma de rebeldía, una reacción contra el esnobismo y la corrección política (dos conceptos que, como mis sufridos lectores habréis notado en pasadas actualizaciones, detesto profundamente). Quizá en el fondo; bajo las lentejuelas y las lucecitas con que me adorno a veces; existe un superbala más sencillito y menos ruidoso. Bueno, quizá no: os aseguro que ese superbala existe. También existe, digo. Porque aquí el menda es uno y trino (sin ánimo de resultar irrespetuoso); o múltiple, mejor dicho. Como todos, supongo. Pero vamos a reconducir esto, que yo quiero halar hoy de un evento muy concreto, y ya estoy metido hasta el cuello en un enorme circunloquio. Ejem, ejem...

Pues sí, soy un hortera, y por eso me gusta ver cada año el Festival de Eurovisión. Es que hay que joderse: ya la misma palabra “Festival” tiene su caspita y su matiz sepia, ¿verdad? Pronúnciala en voz alta: “Festival”. Como por conjuro, de pronto el mundo se destiñe y parece que lo vemos todo en blanco y negro, con moños muy altos y pantalones de campaña y rutilantes estrellas que descienden por escaleras imposibles de inmaculado cartón piedra. Hay orquesta en directo, bailarines embutidos en turgentes mallas y mucho zoom. Vamos, una maravilla. Ya, ya sé que igual todo esto lo fabula mi desquiciada mente fantasiosa... pero es un poco así, no me digáis que no. “Festival”. Ahí lo llevas, con toda su ranciedad. Salen solos “Benidorm”, “San Remo”, “La OTI” y Viña del Mar”. Vamos, que sólo falta Alfredo Landa brindando con Lina Morgan. O con Laurita Valenzuela. Deliciosamente kistch. Me superencanta.

El evento eurovisivo marcaba una fecha roja en los calendarios de mi infancia y juventud. En las tuyas también, seguramente, porque los de mi quinta crecimos con un solo canal de TV, así que estas cosas había que tragárselas sí o sí, junto con “Dallas”, “El osito Misha” y el mítico “Un, dos, tres” (apagar la tele no era una opción plausible). Cuando llegaba el gran día de Eurovisión, nos sentábamos delante de la caja tonta, dispuestos a ver qué injusticia se cometía un año más con nuestra querida España. Porque Europa nos ha tratado siempre muy malamente. Incomprendidos totales. Mucho venir a Palma de Mallorca a jincharse de cerveza, pero de votos, cortitos con sifón. Y así seguimos, aún hoy. Si no, que se lo digan a Rodolfo Chiquilicuatre o a Pastora Soler, dos ejemplos muy claros de pucherazo eurofestivalero. Ambos merecieron mucho más. Claro que además ahora, con todas las movidas geopolíticas y el televoto y demás monsergas, lo de la música y el espectáculo ha pasado a un segundo plano. Y aun así, yo sigo disfrutando enormemente con el momento de las votaciones: experimento ahí un brote de patriotismo muy pedestre, que sólo me sale en estas situaciones idiotas o cuando viajo al extranjero; y protesto y despotrico e insulto a los portugueses, que este año no nos han dado ni un triste voto. “Hay que ser malnacidos, con la de toallas y gallitos meteorológicos que les hemos comprado en estas últimas décadas”. “Valiente mancha de hijosdeputa lusos”; “me cago en toda la casta de Ronaldo”; “Merecida tienen la crisis tan gorda que les ha entrado por las puertas”. Y otras cuantas lindezas por el estilo. Qué a gusto me quedo, qué desahogadito. Terapéutico cien por cien. Deberían recetar las votaciones de Eurovisión junto con los orfidales. Ahí dejo lanzada la idea.

Este año me siento especialmente indignado (ya, ya sé que Eurovisión no merece que yo me indigne, pero soy así de temperamental, qué vamos a hacerle) por el guirigay (qué gran palabra, qué de posibilidades tiene para hacer un chiste)  que se ha montado a cuenta de la tal Conchita Wurst. La de la barba, vaya; la que ha ganado. Al margen de si la canción nos gusta o no (a mí me parece un truñaco); y de si la ¿muchacha? canta mejor o peor (es lo de menos, obviamente); lo que me tiene alucinado es la cantidad de idioteces que se están diciendo en torno a este personaje televisivo y su – presuntamente- reivindicativa barba. Que si es un símbolo de la diversidad; que si es una forma de reivindicar los derechos de los maricones... hay que joderse. Vamos a ver, ladies and gentlemen (esto estaba deseando yo escribirlo): este muchacho se inventó el personaje para llamar la atención, sin más. Y vive Dios que lo ha conseguido. Se ha puesto pelucón y se ha dejado barba para salir más por la tele y para que nos chirríe la vista; con la única intención de distinguirse y sobresalir en este mundo en el que, según parece, determinado tipo de extravagancia llama mucho la atención. ¿Su auténtica voluntad es abanderar la idea de diversidad y dar un mensaje de amor y paz entre los pueblos y que los maricones de Rusia vivan en un ambiente de más libertad? Anda ya, porfaplís, no seamos tan ingenuos. Pretendía destacar de alguna manera, y ya de paso aprovechó los graznidos de los retrógrados recalcitrantes de siempre para echar sus lagrimitas, esgrimir la bandera de los marginados del mundo y hacer su particular negocio. Y muy bien que lo veo, oigauhté. Pero de ahí a ponerle una estatua en la Plaza de España y subirla a los altares a lo Karol Wojtyla (ese es otro tema)... pues... francamente... Yo no vi nada de todo eso: en cambio, sí que vi a un chavalito con barba y peluca que cantaba bastante bien una melodía cursilérrima y pretenciosa. Y, dándome un poco de grima, me llamó la atención, por encima del resto. Era lo que él pretendía, al fin y al cabo. Así que ole por Conchita.

En realidad, lo que más coraje me da es que, una vez más, los centroeuropeos se nos han adelantado, enviando a Eurovisión a una cantante con barba. Tenemos nosotros aquí, de toda la vida, a IpuntoPpunto; que no necesita postizo ninguno y encima lo mismo te canta una copla que te monta una operación monísima de blanqueo de capitales. Vamos, triunfo asegurado. Pero se nos pasó ese tren. Maldita sea. Cagoentó.


2 comentarios:

  1. Cochita Wurst vs. Falete (con el poncho)

    Fight!
    Aruiz

    ResponderEliminar
  2. No veía Eurovisión desde que estuvo nuestra Rosa de España, y este año monté una cena (suegros incluidos) para verlo de cabo a rabo. Mis preferidos fueron Islandia, Francia (sí, Francia) y Eslovenia, pero se ve que tengo mal ojo porque ninguno acabó medianamente bien... En casa todos iban con Holanda y lo que dijeron de Conchita mejor me lo callo...
    La canción no me gustó un pelo y sinceramente, creo que a nadie le hizo mucha gracia, pero ya se sabe que las barbas tienen su aquél.
    Habrá que ver qué pasa el año que viene :)

    Un besote!

    P.D. No sé a qué esperamos para invadir Portugal

    ResponderEliminar