Esta mañana el facebook (que es así de traicionero) me ha recordado
que hace 10 años andaba yo por tierras nepalíes. Ver la foto de la
plaza de Patán, tan indescriptiblemente bella y conmovedora (al
menos lo era, porque hace
tiempo ya un terremoto la dejó hecha polvo.
Pobres nepalíes, todo les viene encima); ver la foto, digo, me ha
removido el alma hasta el punto de ponerme la carne de gallina. Sí,
yo soy muy sentío para todo; pero es que, entre la nostalgia
que experimento cuando pienso en viajar; y el huracán de sensaciones
que el recuerdo de aquel periplo ha provocado en mis meninges, pues
ya tengo la mañana echá, emocionalmente hablando. ¿Es eso
necesariamente negativo? Pues no lo es, mireuhté. Tiene, como todo,
su lado bueno y su lado malo. Y ambos los tengo que abrazar, según
parece.
Como digo, uno de los efectos más desoladores que esta mierda de
pandemia ha traído a mi existencia es la imposibilidad de realizar
viajes. De realizarlos, de planearlos, y de saborearlos tras su
consecución, porque las
aventuras veraniegas (que son las más distantes y prolongadas que
ejecuto… o ejecutaba, hasta el dichoso COVID) ocupan en realidad
tres cuartas partes de mi año. Son un impulso que me mantiene
ilusionado durante muchos meses, porque suelo viajar por mi cuenta (y
riesgo), y me
encanta organizar mis expediciones con detalle, paciencia y esmero.
Empiezo a recabar información sobre posibles destinos en octubre;
decido a dónde ir en diciembre; busco vuelos en enero; los compro en
febrero y me dedico a planificar rutas, seleccionar alojamientos,
mirar restaurantes, elegir actividades y empaparme de todo lo que ese
lugar puede ofrecerme hasta la fecha de despegue, que suele
producirse en julio o agosto. Desde hace años, gran parte de mis
ilusiones y entusiasmo giran (giraban… ¡mierda!) en torno a esa
actividad. Ahora que no puedo realizarla, me siento un poco huérfano
de ilusiones. Bastante, en realidad.. Mojones gordos para mi persona.
A ver si me inoculan ya la dichosa vacuna (aunque
sea marca Bosque Verde) y
me pongo otra vez a reventar el skyscanner. Que Buda me oiga.
He tenido la fortuna de
conocer varias partes de este mundo tan diverso que habitamos, en
periplos que me han regalado sensaciones y emociones y experiencias
(éticas y estéticas) de muy diferente jaez. Mi corazón guarda el
peculiar sabor de cada viaje, marcado siempre por mi situación
emocional del momento; las personas que me acompañaron y aquellas a
las que encontré; y la peculiar idiosincrasia (palabra esta que me
fascina por su extrema cursilería) del destino elegido. Europa (gran
parte de ella); Tailandia, Japón, Egipto, Nueva York, Malasia,
Estambul, Indonesia, Vietnam, Camboya, Singapour… Lo que viví en
eso destinos, para mi cuerpo se queda. Pero la visita a Nepal,
necesariamente, tengo que ponerla aparte. Por diferentes razones…
que, obviamente, pienso compartir con vosotros. Sus jodéis, no haber
empezado a leer. Ya es sabido que yo no me guardo nada.
Para empezar, Nepal fue mi primera incursión en el continente
asiático. Valiente forma de iniciarme,
así, a lo bestia, en uno de los países más pobres y
subdesarrollados del continente. Por otra parte, hay que decir que
iba allí por un motivo que trasciende
lo meramente turístico. Resulta que un vecino mío de Málaga
engendró y se encarga de gestionar una pequeña ONG de
apadrinamientos educacionales para niños y niñas (la precisión es
muy necesaria, ya que la situación y perspectivas de unos y otras es
muy, muy, muy diferente por aquellos lares) nepalíes. En realidad,
su actividad está centrada en una región concreta, bastante remota
y olvidada, junto a la frontera norte del país, ya en las
estribaciones del Himalaya chino. La historia de Alfonso (que es el
susodicho vecino) y su proyecto solidario es tela de emocionante,
pero ya si eso os la cuento cara a cara, porque así escrita puede
ocuparme diez o doce páginas, y no es plan. Por vuestra paciencia, y
por la salud de mis dedos. El caso es que Alfonso me ofreció
acompañarlo en su excursión anual al país, para echarle una mano
en las tareas de organización y control de los mencionados
apadrinamientos. Osea, que yo iba en modo
medio turista, medio cooperante. Esto
es importante comprenderlo, ya que explica muchas de las emociones
que voy a compartir. ¡Coño, ya llevo un cacho de parrafada, y aún
ni he empezado a contar el viaje! Abreviemos, pues. Que lo
enjundioso, en realidad, tendrá que ser necesariamente breve. Porque
no tengo pensado hacer aquí la crónica del viaje (la tengo
publicada, en plan logístico, en un “Los viajeros”, osea, aquí:
https://www.losviajeros.com/Blogs.php?b=5538),
sino comentar cómo aquella experiencia cambió profundamente mi
perspectiva acerca de determinadas realidades de nuestro mundo; y
también de mí mismo.
Cuando
llegué a Kathmandú sentí, casi literalmente, que la realidad me
daba un hostiazo en toda la cara. Es una ciudad que me fascina y me
resulta insoportable a partes iguales. Descubrí que la belleza no
está reñida con la desolación; que la vida y la muerte pueden
convivir de forma muy cotidiana, y eso es tan cruel como revelador.
Entendí, de forma muy impactante, las sutiles (pero abismales)
diferencias entre conceptos como “miseria, pobreza, carencia,
necesidad, indigencia y desesperación” (desde aquí pueden
parecernos sinónimos, pero no tienen nada que ver). Vi con mis
espantados ojos hasta dónde puede llegar la ignominia
del ser humano (supongo que hay límites aún más bestias, seguro;
no quiero verlos, creo que mi corazón no los soportaría, llamadme
nenaza);
y cómo las personas podemos sobrevivir en circunstancias… en
circunstancias indescriptibles. Y no tengo nada más que decir al
respecto.
Luego,
de la mano de Alfonso, abandonamos la capital y nos fuimos a la
tierra de los Tamang (etnia de origen tibetano a quien va destinada
la ayuda de nuestra ONG). Viven ellos en un valle remoto. Bueno,
remoto: está a poco menos de 150 kilómetros de Kathmandú, pero
allí las distancias se miden de forma distinta. Doce horitas
tardamos en llegar hasta aquellos elevados páramos, en un autobús
marca “Tata” atestado de personas (techo incluido), gallinas y
sacos de arroz; atravesando una carretera (ellos la llaman “Highway”,
hay que joderse) que ríase usted de… de…. no sé qué decir, no
se me ocurre con qué compararla. A ojos de un españolito, podría
definirse como un camino de cabras salpicado de peñascos por los
desprendimientos de tierra, y asomado a precipicios (tan bellos como
intimidantes) de varios cientos
de metros. De un lado, el abismo; de otro, cumbres cercanas a los
7000. ¡Y la carretera, frecuentada por camiones, es de doble
sentido! Si nos nos matamos fue porque Ganesh no quiso… y por la
expresividad del revisor (ejem), que viajaba asomado a la puerta
(ejem) del vehículo (ejem)
y, cuando veía que ya el autobús iba a dar el topetazo gordo
pendiente abajo, daba golpes y silbidos para avisar al conductor de
que nuestra muerte estaba próxima. Tal cual, no exagero ni una
mijita. Yo
sólo le pedía a la Virgen del Carmen que a aquel chaval no se le
secara la boca. Creo
que nunca en mi vida he rezado más y con más pasión que en el
momento en que se hizo de noche, y aún no habíamos llegado.
¿Llegado a dónde? Eso quisiera saber yo, porque al final aquel
genio del volante nos dejó en una especie de bosque, a más de 3000
metros de altitud y en mitad de ninguna parte. Aun así, al bajarme
de tan elegante y seguro autocar, jinqué la rodilla en la tierra y
besé el suelo, al más puro estilo Wojtyla.
Os lo juro por Beyoncé. Eso sí: contemplar, frente a mí, el pico
del Lantang Lirung, ataviado con su túnica de nieves perpetuas bajo
la fría luz de la luna llena…. Demasiado belleza para tan pequeño
cuerpo.
A partir de ahí viví muchas
experiencias junto a los habitantes de aquel universo, tan diferente
del nuestro. No tengo tiempo ni lugar para narrarlas aquí, mejor con
una cerveza (o varias) delante. Sólo diré que, amén de otras
sensaciones para mí completamente nuevas, tuve que enfrentarme a una
que aún reverbera en mi alma como el sonido (un poco amargo) de un
cuenco tibetano. Ejercer mi labor de cooperante; fiscalizar que
nuestra ayuda llegaba a quien debía llegar, y se destinaba a lo que
tenía que destinarse, me desgastó tela emocionalmente, y me
enfrentó a un Javi desconocido por mí, para lo bueno y para lo
malo. Lloré mucho; muchísimo: de impotencia, de tristeza; y también
de alegría y libertad. Embriagado por tanta belleza y tanta verdad y
tanta dignidad dentro de la pobreza. Pero lo peor fue descubrir que,
en determinados momentos, llegué a sentirme superior a aquella
gente. Me sentí así porque, en cierto sentido, lo era: superior
económicamente; superior porque mis recursos, mis capacidades, mis
posibilidades y todas mis opciones vitales estaban a años luz de las
de ellos. Podría decir que, en realidad, ellos eran superiores a mí,
ya que sus umbrales de felicidad son mayores; y sus neurosis de gente
rica, inexistentes. Pero si dijera eso, mentiría, porque allí ya
les ha llegado la tele, y ahora pueden ver todo aquello que jamás
van a tener. ¿Es mejor que lo que ya tienen? Pues en muchos sentidos
no, la verdad. Pero ahora vas tú, con tu buena billetera en el
bolsillo, tu coche, tu casa en propiedad, tus billetes de avión y tu
seguro médico, y se lo explicas. Valiente mierda. Experimentar ese
sentimiento de superioridad me dejó muchas cicatrices en el alma.
Aún me duelen, de vez en cuando.
Se
me ha ido de las manos esta actualización, es un hecho. Y aun así,
voy a cerrarla con un extracto de mi diario de aquel viaje. Al leerlo
hoy se me han saltado las lágrimas. Hay muchas alusiones personales
que no vais a comprender, pero igualmente lo planto aquí,
simplemente porque me da la gana.
“Me
quedo con los remotos valles de Rasuwa; las abismales laderas
labradas de bancales; los abruptos cauces del Bote Kosi, el Gatlan y
el Chilime Kola; los amaneceres milenarios, deslumbrantes, con los
primeros rayos de sol abriéndose paso, a duras penas, por encima de
la cumbre blanca del Langtang Lirung; los bosques de rododendros; los
gritos de los niños, acudiendo en bandada para decirme”Namaste”y
pedirme una foto; las miradas agradecidas de esta gente
orgullosamente humilde, que desea para sus hijos un futuro mejor; la
delicadeza con que Chersing me puso el traje tradicional de los
Tamang; las noches en el Community Center; las risas con Alfonso; el
abejorro, el hombre pájaro, el chico de los palitos, Torrebruno,
Galindo y la increíble niña menguante; Nima y su heroica ambición
por mejorar su vida y la de sus vecinos; la poderosa mirada de Milan;
la ternura de Karma, y la risa de Kayla, tan limpias y contagiosas;
la boda budista en Parvati Kunda; el dolor agudo de mis rodillas; Ram
Ghale y su historia de ida y vuelta al monasterio budista; el
omnipresente y delicioso Dal Bat; la indescriptible ruta en autobús
local de Kathmandú hasta el collado, un viaje que, por sí solo,
merecería un documental entero; la risueña alegría de Nabin, el
profesor interino que sueña con viajar a Canadá; la emocionada
frustración de Jana, voluntaria que vino de Australia para ayudar y
se ha topado con la indolente realidad de la administración nepalí;
el optimismo de su novio Darren, tan sincero y vitalista; las tardes
en la cocina de Chauatara, y los desayunos a base de roti recién
amasado; la inocente fragilidad de este pueblo, sumido en un letargo
de siglos, paupérrimo y sublime, dulce y desolado, luminoso y
acogedor. Así es el Nepal que me conmovió desde el primer día, y
con el que, de alguna forma, tengo ya un vínculo que trasciende la
emoción pasajera del turista ocasional.”
FOTO: Yo (después de haberme comido a mí mismo, estaba
sensiblemente más gordo) ataviado
con el traje tradicional de los Tamang. Lo que se esconde detrás de
esta foto… es mucha tela.