Yo llegué a “Se llama copla” un poco por casualidad, a través de una amiga que confió en mi talento y me metió en semejante berenjenal. Confieso que, durante las semanas previas al estreno, pensé que sería un programa para consumo exclusivo de la gente mayor: un espacio musical de folckore y nostalgia, quizá menos casposo que otros del mismo tipo.... pero con su toque rancio al fin y al cabo. A ver, estamos hablando de copla: un estilo musical prácticamente desconocido para mí. Yo entonces lo asociaba con la España de charanga y pandereta, las fiestas de los pueblos y los oscuros años del franquismo. Ahora ya no pienso así: pero claro, después de un máster de cinco años ya me valdría...
Ninguno de los que arrancamos aquel invento imaginábamos el superéxito en que se iba a convertir.. Al menos a mí me cogió desprevenido. He trabajado mucho en la tele; y con gente muy profesional y muy sabia y muy buena. Pero haciendo “Se llama copla” crecí muchísimo: tanto en el plano de mis habilidades técnicas como, sobre todo, en el terreno más humano. Aprendí mucho de mí mismo: de mis potencialidades y de mis limitaciones; del tipo de persona que quiero ser... y del tipo de gentuza en que no quiero convertirme. Todo muy intenso. Quizá demasiado.
En mi línea nostálgica de los últimos días, hoy he recordado algunas situaciones que marcaron mi experiencia de esos cinco años. Curiosamente, el tiempo ha ejercido de filtro y ahora me vienen a la cabeza los buenos momentos (vale... también algunos malos; pero los evoco desde otra perspectiva, creo que más saludable: porque veo que, en realidad, me hicieron sufrir mucho... pero también sirvieron para unirme más aún a personas que hoy son imprescindibles en mi vida). Recuerdo, por ejemplo, el día que conocí a Eva y a Mónica. Hacía calor, y nos sentamos en la puerta de Caligari, a la sombra de un naranjo, en una actitud de lo más natural. Luego nos fuimos a un restaurante, y ya en aquel primer encuentro hubo miradas cómplices y un entendimiento muy fácil, muy como de conocernos de toda la vida. Después llegaron Féilx y Ceci, y con ellos las carcajadas; las patadas y tirones de pelo a Samantha; la lectura de guión, la locura, el cachondeo, el trabajo, las prisas, las botellas de vino abiertas con un boli, la fiesta de pijama, la excursión al puticlub... Mosqueperrismo en estado puro. Surgió en aquel camerino un club muy selecto y exclusivo que aún hoy funciona a pleno rendimiento: el Club de las Mosqueperras, al que muchos quisieron pertenecer. Pero lo que no nace de forma espontánea no se puede forzar. Las mosqueperras son (somos) mucho. Era fácil divertirse trabajando. Eso no pasa siempre. Y había (hay) mucho cariño también. Y confianza. Absoluta. Las mosqueperras me ayudaron, cada un@ a su manera, a salvar distintos obstáculos (profesionales y personales) que se me presentaron en aquellos tiempos. Las sigo queriendo tanto como el primer día. Os sigo queriendo. Por si lo leéis.
También tuve muy buen rollo con otr@s compañer@s, con los que mantengo un contacto más o menos frecuente. No quiero que nadie se ofenda, y por eso no voy a nombraros uno a uno: ya sabéis quiénes sois. En estos meses tan delicados vuestros mensajes (a muchos de los cuales ni siquiera he contestado) me han dado oxígeno para respirar. Cada uno de ellos, expresivos de un cariño tan sincero. Gracias a tod@s.
Y por supuesto está el departamento de producción. Dicen que contenidos y producción son dos facciones del equipo condenadas a vivir en continuo conflicto. No estoy para nada de acuerdo, por muchas razones que no vienen al caso. De hecho, el cuarto de producción era mi otro hogar en Caligari (junto con el camerino de las mosques). Allí me sentía cuidado, protegido y querido. Yo siempre entraba formando mucho escándalo, y las niñas me daban las palmas, y me abrazaban, y me decían que yo era lo más bonito del equipo. Quizá llevaban razón, porque al traspasar aquella puerta ofrecía lo mejor de mí, mi yo más natural y auténtico: y de eso son responsables ellas, que me daban cancha y me dejaban ser como soy. Gracias por eso.
Y llevando las riendas de aquella jaula de grillos, ordenada y caótica a un tiempo, estaba (está) Mercedes. Mercedes Navarro (escribo el apellido porque es prácticamente parte de su nombre). Es curioso cómo surge la amistad: porque mercedes y yo, así, de un primer vistazo, tenemos caracteres muy diferentes. A mí me cayó bien desde le principio. No es peloteo (ni yo necesito hacerlo ni ella merece recibirlo), sino la pura verdad. Así ocurrió. Y que conste que con ella he discutido acaloradamente más de una vez y más de dos, porque a veces nuestros puntos de vista divergen bastante. Y eso está muy bien. Y resulta enriquecedor.
Mercedes era mi cómplice de le copla: en el sentido más amplio de la palabra “cómplice”, porque se estableció entre nosotros una comunicación muy fluida, nos entendíamos con sólo mirarnos y nos apoyábamos a muerte: tanto en el cachondeíto como en cuestiones más peliagudas. Eso levantó muchas ampollas, y ahora que lo veo desde la distancia, lo entiendo perfectamente: formábamos un tándem indestructible, sin fisuras; una alianza que, desde determinadas actitudes (o ineptitudes, ahí dejo ese veneno) podía verse como una amenaza. Tiene gracia: ahora todo eso me da risa, aunque en aquel tiempo llegué a pasarlo bastante mal. Pero tenía a Mercedes, y ella me tenía a mí, por encima de todos los manejos maquiavélicos que incluso pugnaron por enfrentarnos. Qué ilusos: ¿no nos vieron en la minibús, inventando espectáculos imposibles y quiméricas giras por Hispanoamérica? ¿No se dieron cuenta de que nos echaban de la sala de casting porque nos partíamos de risa sin apenas pronunciar palabra? ¿No nos observaban conspirando, tramando maldades, inventando historias locas para hacer más divertidos (aún) nuestros respectivos quehaceres? ¿No apreciaron, a fin de cuentas, que nos queríamos mucho? Y nos seguimos queriendo. Que es lo bonito.
Al contrario de lo que le pasa a mucha gente, Mercedes tiene el don de la oportunidad: sabe aparecer en el momento justo y decirme exactamente las palabras que necesito escuchar. Además ella no entrega el corazón tan fácilmente, no le regala su afecto a cualquiera: por eso, para mí, tenerlo es un auténtico privilegio. Y además me río muchísimo con ella. Y es de esa gente que me invita a crecer. No se puede pedir más. Qué suerte tengo, joder, con esa cuñada postiza. La quiero tela.
Y eso: que mañana es la final de “Se llama copla”, y yo estaré allí; con mi gente, como si nunca me hubiera ido. Quizá porque en realidad nunca me he marchado del todo. Ni media palabra más.

:_)
ResponderEliminarMil gracias!!!!!!!!!!
Q bien escribes!!!! Q bien lo haces todo amigoooo muakkkkk
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