En los últimos
tiempos, por razones que much@s imaginaréis, he
pensado mucho en la familia. Mejor dicho, en MI familia. Lo que mi familia es;
qué miembros la componen; y qué significan esos miembros (y miembras) para mí.
He buscado en el DRAE la definición de este vocablo que usamos tan
cotidianamente... y no, mireusté: ninguna de las acepciones recoge lo que la
palabra “familia” significa para mí. Porque, aparte de algunos parientes (sólo
algunos, para qué vamos a engañarnos), MI familia es otra cosa.
Marta está en mi vida desde
que tengo uso de razón. Nos criamos y crecimos juntos: cuando nos conocimos
ella tenía tres años y yo apenas levantaba un palmo del suelo (tampoco he
crecido mucho desde entonces, pero algún estirón sí que di, algo después).
Tengo una memoria inconstante y vaga, pero sí puedo evocar muchas aventuras de
mi infancia compartida con ella. Recuerdo bien los circuitos de bici por el
jardín; las excursiones para extraer cristales de yeso, transmutados en cuarzo
por nuestra infinita imaginación infantil; las peleas de Maripepa por que la
niña comiera; las carreras en torno a la mesa camilla, perseguidos por mi
abuela; las cintas de cassete grabadas de la radio; las cuestaciones de patatas
fritas y refrescos entre el vecindario, con la excusa de que se había
presentado una visita sorpresa en casa; las tardes eternas del verano,
bronceados de tanta piscina, comiendo pipas hasta “las doce pasadas”; y todas
esas vivencias que ella y yo comprendemos, porque dibujaron una infancia no tan
feliz (al menos para mí) pero sí compartida. Estas cosas unen mucho. Muchísimo.
Sobre todo si germinan en fidelidad y admiración, y el cariño se alimenta con
el paso de los años.
También recuerdo el día que
me dijeron que Marta y sus padres (y su perro Pipo) se iban de “Los Olivos”. En
realidad habían comprado una casa muy cerca de aquel paraíso infantil en el que
yo seguiría viviendo; vamos, cerca, cerquísima. Pero para mí aquella noticia
fue como un mazazo, quizá el primer momento auténticamente doloroso del que
tengo memoria. Lo viví con tal grado de angustia; con tanta sensación de
soledad y abandono, que permanece nítida en mis neuronas la luz de aquella
tarde fatal; las palabras de mi madre anunciándome el desastre; y mi pena, y mi
dolor, y mi miedo. Ya ves tú, como si un par de kilómetros pudieran separarnos
a Marta y a mí. Pero claro, eso lo veo ahora. Entonces, no. Porque yo desde
niño tengo cierta tendencia al melodrama. Mucha, en realidad. Me estoy
quitando.
Pues no: esos dos kilómetros
no nos separaron. Ni tampoco nuestra turbulenta adolescencia, que cada uno
vivió por su lado, un poco a su bola; pero siempre conectados por un amor
incombustible y una complicidad muy sutil, y muy firme también. Nos conocíamos,
nos intuíamos; descubríamos nuestra identidad y, a pesar de que hay una especie
de neblina que oscurece la memoria de nuestra relación en aquellos años, está
claro que avanzamos en la misma dirección. Marta se fue a estudiar a Sevilla,
experimentó con el amor y con el desamor, y apuró intensamente los años dorados
de la primera juventud con entusiasmo, inteligencia y un sentido de la
honestidad que he conocido en muy poca gente. Aunque ya digo que en ese tiempo
anduvimos un poco independientes, Marta siempre estaba ahí: como amiga, como
hermana; como una compañera en los días de sol y un refugio contra los temporales.
Eso sigue siendo ahora para mí. Además de muchas otras cosas importantes.
De lo que ocurrió
desde entonces hasta ahora hay mucho que contar. Bueno, en realidad hay poco
que contar. Nos queremos indefectible, irrevocable, irremisiblemente. Y además
nos comprendemos y nos aceptamos y nos perdonamos, y todas esas cosas que hacen
entre sí las personas que se quieren bien. Estaba conmigo en la azotea del
Hospital Civil, cuando supe que mi abuela agonizaba, compartiendo aquel primer
encuentro con la muerte tan desolador. Lloramos juntos y su abrazo me ató a la
tierra y me hizo creer que la vida “después de” merecía la pena. Me ayudó en
las decepciones amorosas; me confió sus secretos, sus grandezas y sus miserias.
Confieso que muchas veces he pensado que, en determinados momentos, no estuve a
la altura de su amistad. Porque yo soy un poco veleta, y Marta es la roca, el
cimiento, el meridiano cero. La hierba sobre la que tumbarse y descansar y ser
tú mismo. Es imprescindible. Quien no la tiene en su vida no sabe lo que se
pierde.
Podría contar muchas,
muchísimas situaciones divertidas, dramáticas o simplemente cotidianas que he
vivido con ella; pero sólo voy a contar una... y apenas, porque nada que yo
escriba puede reflejar lo que compartimos aquella noche de febrero, en la
habitación de mi madre. Ella (mi madre) había pasado un día horrible,
prácticamente inconsciente. Sabíamos que estaba ya en las últimas horas... y de
pronto nos llamó. Eso de la mejoría que precede a la muerte… es verdad. Allí
ocurrió. Yo lo viví. Y Marta también. Contar con detalle la escena tan....
tan.... indescriptiblemente bella a la que asistimos me parece poco apropiado:
más que nada porque fue un regalo para nosotros, los que estábamos allí.
Quedará como un lugar en nuestro corazón al que regresar cuando la desolación
amenace con vencernos. Marta estaba allí. Mi madre pronunció su nombre. Varias
veces. Y ya está. Ella sabe lo que quiero decir.
Ayer quedé con Marta
para tomar unas cervezas en el Barrio de Santa Cruz. Charlar con ella, una vez
más, me ayudó mucho. Me ayudó en realidad más que nada ni nadie. No porque los
demás signifiquéis menos para mí. Sino porque Marta me mira y me ve a mí, todo lo que yo soy, mejor que ninguna
otra persona; porque su amor y su admiración y su respeto y su abrazo abrigan
mi corazón desolado. Porque entre nosotros hay un vínculo que no se puede
describir... o quizá sí. Pero yo no sé hacerlo mejor.
Cuando volvía a mi
casa, ya anocheciendo; y paseaba por las calles de Sevilla bajo la luz satinada del
ocaso; pensé que Marta y yo no compartimos vínculos de sangre, pero ella es
ahora, más que nunca, MI familia. Digo más que nunca porque tras la
muerte de mi madre me siento sin asideros; como lanzado a un vacío que da mucho
vértigo. Gracias, Marta, por aferrarme la mano; por prestarme tu beso; y
ayudarme a volar.

No se puede decir más con menos... Felicidades a Marta, por ser como es, y a ti por tenerla contigo.
ResponderEliminarY sigo... En la última actualización te dije que el mundo nunca volvería a ser el mismo. No peor, sólo diferente. Por suerte, hay suficiente amor alrededor nuestro como para ir llenando, muy poco a poco, eso sí, las ausencias...
ResponderEliminarBesos y amor a canales de cuñada a cuñada
Querida cuñada: estoy en la línea de los homenajes. De reencontrarme con mis emociones y tal y cual. Ya te tocará a ti. Pronto. Lo del homenaje. Aunque ya sé que tú, en tu sencillez, no necesitas de esas cosas.
EliminarTe quiero.
El amor...esa locura.....
ResponderEliminarSí: adopta tantas formas; tan diferentes...
EliminarCon los homenajes me pasa lo mismo que con los pobres caudales: no los necesito, pero me gustan.
ResponderEliminarTe quiero y dentro de un rato nos vamos a matar de risa...
Es que la Martita es mucha Martita. Y tú ... ni te cuento!!!
ResponderEliminar