jueves, 13 de junio de 2013

Marta









En los últimos tiempos, por razones que much@s imaginaréis, he pensado mucho en la familia. Mejor dicho, en MI familia. Lo que mi familia es; qué miembros la componen; y qué significan esos miembros (y miembras) para mí. He buscado en el DRAE la definición de este vocablo que usamos tan cotidianamente... y no, mireusté: ninguna de las acepciones recoge lo que la palabra “familia” significa para mí. Porque, aparte de algunos parientes (sólo algunos, para qué vamos a engañarnos), MI familia es otra cosa.

Marta está en mi vida desde que tengo uso de razón. Nos criamos y crecimos juntos: cuando nos conocimos ella tenía tres años y yo apenas levantaba un palmo del suelo (tampoco he crecido mucho desde entonces, pero algún estirón sí que di, algo después). Tengo una memoria inconstante y vaga, pero sí puedo evocar muchas aventuras de mi infancia compartida con ella. Recuerdo bien los circuitos de bici por el jardín; las excursiones para extraer cristales de yeso, transmutados en cuarzo por nuestra infinita imaginación infantil; las peleas de Maripepa por que la niña comiera; las carreras en torno a la mesa camilla, perseguidos por mi abuela; las cintas de cassete grabadas de la radio; las cuestaciones de patatas fritas y refrescos entre el vecindario, con la excusa de que se había presentado una visita sorpresa en casa; las tardes eternas del verano, bronceados de tanta piscina, comiendo pipas hasta “las doce pasadas”; y todas esas vivencias que ella y yo comprendemos, porque dibujaron una infancia no tan feliz (al menos para mí) pero sí compartida. Estas cosas unen mucho. Muchísimo. Sobre todo si germinan en fidelidad y admiración, y el cariño se alimenta con el paso de los años.

También recuerdo el día que me dijeron que Marta y sus padres (y su perro Pipo) se iban de “Los Olivos”. En realidad habían comprado una casa muy cerca de aquel paraíso infantil en el que yo seguiría viviendo; vamos, cerca, cerquísima. Pero para mí aquella noticia fue como un mazazo, quizá el primer momento auténticamente doloroso del que tengo memoria. Lo viví con tal grado de angustia; con tanta sensación de soledad y abandono, que permanece nítida en mis neuronas la luz de aquella tarde fatal; las palabras de mi madre anunciándome el desastre; y mi pena, y mi dolor, y mi miedo. Ya ves tú, como si un par de kilómetros pudieran separarnos a Marta y a mí. Pero claro, eso lo veo ahora. Entonces, no. Porque yo desde niño tengo cierta tendencia al melodrama. Mucha, en realidad. Me estoy quitando.

Pues no: esos dos kilómetros no nos separaron. Ni tampoco nuestra turbulenta adolescencia, que cada uno vivió por su lado, un poco a su bola; pero siempre conectados por un amor incombustible y una complicidad muy sutil, y muy firme también. Nos conocíamos, nos intuíamos; descubríamos nuestra identidad y, a pesar de que hay una especie de neblina que oscurece la memoria de nuestra relación en aquellos años, está claro que avanzamos en la misma dirección. Marta se fue a estudiar a Sevilla, experimentó con el amor y con el desamor, y apuró intensamente los años dorados de la primera juventud con entusiasmo, inteligencia y un sentido de la honestidad que he conocido en muy poca gente. Aunque ya digo que en ese tiempo anduvimos un poco independientes, Marta siempre estaba ahí: como amiga, como hermana; como una compañera en los días de sol y un refugio contra los temporales. Eso sigue siendo ahora para mí. Además de muchas otras cosas importantes.

De lo que ocurrió desde entonces hasta ahora hay mucho que contar. Bueno, en realidad hay poco que contar. Nos queremos indefectible, irrevocable, irremisiblemente. Y además nos comprendemos y nos aceptamos y nos perdonamos, y todas esas cosas que hacen entre sí las personas que se quieren bien. Estaba conmigo en la azotea del Hospital Civil, cuando supe que mi abuela agonizaba, compartiendo aquel primer encuentro con la muerte tan desolador. Lloramos juntos y su abrazo me ató a la tierra y me hizo creer que la vida “después de” merecía la pena. Me ayudó en las decepciones amorosas; me confió sus secretos, sus grandezas y sus miserias. Confieso que muchas veces he pensado que, en determinados momentos, no estuve a la altura de su amistad. Porque yo soy un poco veleta, y Marta es la roca, el cimiento, el meridiano cero. La hierba sobre la que tumbarse y descansar y ser tú mismo. Es imprescindible. Quien no la tiene en su vida no sabe lo que se pierde.

Podría contar muchas, muchísimas situaciones divertidas, dramáticas o simplemente cotidianas que he vivido con ella; pero sólo voy a contar una... y apenas, porque nada que yo escriba puede reflejar lo que compartimos aquella noche de febrero, en la habitación de mi madre. Ella (mi madre) había pasado un día horrible, prácticamente inconsciente. Sabíamos que estaba ya en las últimas horas... y de pronto nos llamó. Eso de la mejoría que precede a la muerte… es verdad. Allí ocurrió. Yo lo viví. Y Marta también. Contar con detalle la escena tan.... tan.... indescriptiblemente bella a la que asistimos me parece poco apropiado: más que nada porque fue un regalo para nosotros, los que estábamos allí. Quedará como un lugar en nuestro corazón al que regresar cuando la desolación amenace con vencernos. Marta estaba allí. Mi madre pronunció su nombre. Varias veces. Y ya está. Ella sabe lo que quiero decir.

Ayer quedé con Marta para tomar unas cervezas en el Barrio de Santa Cruz. Charlar con ella, una vez más, me ayudó mucho. Me ayudó en realidad más que nada ni nadie. No porque los demás signifiquéis menos para mí. Sino porque Marta me mira y me ve a mí, todo lo que yo soy, mejor que ninguna otra persona; porque su amor y su admiración y su respeto y su abrazo abrigan mi corazón desolado. Porque entre nosotros hay un vínculo que no se puede describir... o quizá sí. Pero yo no sé hacerlo mejor.

Cuando volvía a mi casa, ya anocheciendo; y paseaba por las calles de Sevilla bajo la luz satinada del ocaso; pensé que Marta y yo no compartimos vínculos de sangre, pero ella es ahora, más que nunca, MI familia. Digo más que nunca porque tras la muerte de mi madre me siento sin asideros; como lanzado a un vacío que da mucho vértigo. Gracias, Marta, por aferrarme la mano; por prestarme tu beso; y ayudarme a volar.

7 comentarios:

  1. No se puede decir más con menos... Felicidades a Marta, por ser como es, y a ti por tenerla contigo.

    ResponderEliminar
  2. Y sigo... En la última actualización te dije que el mundo nunca volvería a ser el mismo. No peor, sólo diferente. Por suerte, hay suficiente amor alrededor nuestro como para ir llenando, muy poco a poco, eso sí, las ausencias...

    Besos y amor a canales de cuñada a cuñada

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Querida cuñada: estoy en la línea de los homenajes. De reencontrarme con mis emociones y tal y cual. Ya te tocará a ti. Pronto. Lo del homenaje. Aunque ya sé que tú, en tu sencillez, no necesitas de esas cosas.

      Te quiero.

      Eliminar
  3. Con los homenajes me pasa lo mismo que con los pobres caudales: no los necesito, pero me gustan.

    Te quiero y dentro de un rato nos vamos a matar de risa...

    ResponderEliminar
  4. Es que la Martita es mucha Martita. Y tú ... ni te cuento!!!

    ResponderEliminar