lunes, 10 de febrero de 2014

Del onanismo y la autocomplacencia


No suelo ver cine español. Decir esto así, tan abiertamente y tan a las claras, puede ser una temeridad. Parece que, por haber nacido más abajo de los Pirineos, tenemos la obligación, el compromiso, de consumir productos patrios, también en lo audiovisual; nos gusten o no. Pues qué queréis que os diga, llamadme cabrón: yo consumo lo que me gusta, lo que me motiva, lo que me apetece, venga de donde venga. Además, pienso que ese discurso de proteger lo nacional está pelín desfasado, en este mundo que ha difuminado sus fronteras, en el que todo está financiado y dirigido por un capital que no entiende de colores, ni de himnos, ni de bailes regionales. Que no, vamos, que no: que el discurso ése de “defiende lo nuestro” no va para nada conmigo. Porque, además, “lo nuestro” muchas veces no es “lo mío”; ni siquiera “lo del vecino”. Superparanada. Así que evito perder el tiempo mirando los códigos de barras para saber si una naranja se ha cultivado en Valencia o en Tombuctú. Me da exactamente igual: con que me resulte apetecible y esté bien de precio, basta. Y eso también lo aplico a los productos audiovisuales.

No suelo ver cine español porque, así en general, no me atraen las películas de la “marca España”. Descarto directamente todo lo que tiene que ver con la Guerra Civil y la postguerra: qué saturación, qué pesadez, qué cosa tan triste y tan jartible. Es un contexto que me despierta cero interés, cuestiones ideológicas y manipulaciones varias aparte. Partiendo de esta premisa, el stock de películas españolas que me pueden llegar a interesar se reduce mucho; muchísimo. Elimina también las comedias tontorronas; los pseudoplagios pretenciosos de cine americano; las pajas mentales de unos y otras.... y ya me quedan poquitas opciones para disfrutar del celuloide con acento cañí. Encima, la última vez que, en un alarde de temeridad, me senté ante la pantalla grande para ver una peli española, escogí “Los amantes pasajeros”: es decir, uno de los mayores truños jamás vomitados en la Historia del Séptimo Arte; vacua, idiota, ordinaria e insultante hasta niveles sublimes. Para compensar, diré que “Lo imposible” me conmovió muchísimo (claro, que esa tiene de española lo que yo de monja de clausura); y que Álex de la Iglesia, por ejemplo, me parece un tipo simpático y de gran talento. Ya imagino que  mis prejuicios (sí, lo reconozco, soy prejuicioso) hacia el cine patrio hacen que me pierda pelis interesantísimas y preciosísimas y brillantísimas y súperconmovedoras. Qué se le va a hacer: hasta que se me olvide lo de la última de Almodóvar, tendré que pagar ese precio. Es lo que tiene el estrés postraumático. 

Es que además, para echar más leña al fuego de mi pasotismo hacia el cine español, van los de la Academia y se despachan con la ¿Gala? de los Goya de anoche. No tenía pensado verla: porque estoy tan desvinculado de ese microuniverso que no me entero de la misa la media (ni he visto las pelis, ni conozco a la mayoría de los actores, ni nada de nada); y encima el presentador era Manel Fuentes, un tipo mediocre y malajoso donde los haya, cuyo inexplicable éxito daría para una temporada completa de “Expediente X”. Pues a pesar de todo, como soy un morboso del carajo y al final me puede la curiosidad, puse TVE y me tragué el evento de principio a fin. Sí, amiguitos, sí: hipnotizado por ese espectáculo tan cutrérrimo y falto de glamour, soporífero hasta el paroxismo, autocomplaciente, carente de gracia y de emoción y de... de todo. Fuentes, con look de comercial de aspiradoras y una cara de ijtierco desubicado que pa qué las prisas, demostró que no sirve ni para leer el cúe con naturalidad. Sus chistes me parecieron más bien una broma pesada. Vamos, que la Cospedal en el Congreso tiene más gracia que él. Lo de los vídeos esos para presentar a las candidatas a mejor película rozó... no, no rozó, entró hasta el fondo en el terreno de lo patético: hay vídeos de boda más divertidos y ocurrentes y mejor montados; el numerito musical (por llamarlo de alguna manera) que se marcaron en mitad de la gala no es apto ni para la fiesta de fin de curso de un parvulario; las gracietas de la panda de “Muchachada Nui”.... bueno, una gilipollez de salir en el Récord Guiness; y ya no hablemos de los discursitos absolutamente insoportables de casi todos los ganadores: cursis, relamisos, pesados, onanistas, pretenciosos... Muy gore todo. Sólo salvo a David Trueba, que sin ser santo de mi devoción estuvo bastante correcto; y.... y.... y poco más. Vamos, nada más. Se ve que el público catódico tiene aficiones menos sadomasoquistas que yo, porque la ¿gala? ha obtenido el dato de audiencia más bajo del último lustro. Normal: todo lo que ocurrió allí era tan endogámico que sólo podía interesar a los familiares de los homenajeados... y no más allá del primer grado de consanguineidad. Menos lloriqueo; menos pedigüeñismo; menos mendigueo, y más brillantez, es lo que hace falta. Porque se supone que lo de anoche tiene sentido si consigue llevar a más espectadores a las salas de cine para ver pelis elaboradas aquí. Misión fallida, me temo. K.O. técnico. Kaput. Muerte por aburrimiento. En fin...

Los yanquis serán unos horteras inelegantes y todo lo que vosotros queráis, pero ellos SÍ saben montar un espectáculo. Hasta para los puyazos políticos se lo montan mejor, porque miden más: lanzan un par de mensajes certeros, a la yugular, con mesura y contundencia; y luego se dedican a la frivolité y el sensibleo, que es lo que tienen que hacer. Y les sale de lujo, oiga.

Ea: ya me he despachado a gusto otra vez. Como siempre, despertando la simpatía y el cariño de mis lectores más políticamente correctos. Así soy: cybertocapelotas en estado puro. Que ustedes lo pasen bien.

3 comentarios:

  1. Totalmente de acuerdo con lo que dices. No vi la Gala pero he visto las "actuaciones" en youtube y me daban vergüenza ajena, menudo panorama...
    La de "Lo imposible" aún no la he visto, pero creo que tampoco lo voy a hacer, demasiado empalagosa...
    Un besote!

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  2. Yo también me lo tragué, y también me pareció horrorosa. Pero para mi, dentro del cutrerío en general, sí se salvó los Joaquín Reyes y cía. Será porque son mi debilidad, sobre todo ese Areces. Por lo demás cutre a decir basta.
    Que a gusto te has quedado miarma.

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  3. Joer, Javi, me has llegao al alma, parece que lo hubiera escrito yo

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