miércoles, 5 de febrero de 2014

La niña de la trenza de espiga



Según parece, hay más gente que lee este blog de lo que yo creía. Lo sé porque, de vez en cuando, me lo dicen: "Lo que me río con tu blog"; o "Se me saltaron las lágrimas con tu última actualización". En general, me sorprenden (y alegran mucho) esos comentarios; porque, como aquí nadie dice ni mú, siempre tengo la impresión de estar predicando en el desierto. Así que, cuando alguien me demuestra lo contrario, pues... qué queréis que os diga, se me despierta un no se qué de orgullo en el estómago. Resulta bonito que personas queridas (o desconocidas) empleen parte de su tiempo en empaparse de mis quisicosas, tan personales, tan íntimas, tan surrealistas a veces. 

El otro día coincidí precisamente con alguien que me dijo eso: que suele leer mi blog. Y después, así a pelo, muy en su estilo, me echó un broncazo que pa qué las prisas: está indignadísima porque, tras muchos años de amistad, no le he dedicado ni una sola cyberlínea. Pues nada, nada, ahí va una actualización dedicada exclusivamente a ti. Bueno, ya veremos, lo mismo tengo que meter a más gente en este recuadro de hoy. Seguro que otr@s aparecen, aunque sea de soslayo. Me lo estoy viendo venir.

Pues la susodicha lectora se llama Lelete. En realidad su nombre verdadero es Beatriz Leonor (qué regio, ¿verdad? Podría llevar corona, la muchacha; pero no la lleva. Porque no quiere, supongo); pero todos la llamamos Lelete. La conozco desde que nací... o, mejor dicho, desde que nació ella, porque es un poco (MUY POCO) más joven que yo. Lo siento, esto tengo que decirlo así, porque las verdades son verdades aquí y en Pequín: Lelete forma parte de “Las Mayitas”; que no son, como el apelativo podría sugerir, un grupo de flamenco-pop, sino una familia la mar de apañá que compartió conmigo los años de la infancia, de la juventud... y los que han venido después (no sé cómo definirlos, lo de “madurez” nos queda un poquito grande, me temo). “Las Mayitas” odiaban que las llamáramos así; y en venganza, pretendieron que a mi hermano y a mí nos conocieran como “los Javielitos” (sic, con “ele”; mira que eran cabronas). Por fortuna, y pese a su insistencia, nunca lo consiguieron. Se siente. No siempre se puede ganar.

Podría contar muchas...¡muchas cosas! Acerca de esas hermanas y de su madre y de su abuela y de nuestras aventuras y desventuras en el Cerrado de Calderón. Pero como ha sido Lelete la instigadora de este texto, voy a centrarme en ella; que fue, además, uno de mis primeros amores platónicos; quizá el más temprano. Yo no me acuerdo de eso, claro, pero una foto que nos muestra bailando agarraos, en no sé qué evento de nuestra infancia, así lo corrobora. Lo que sí sé seguro es que la amaba (y la amo) por muchas razones; y que he compartido con ella momentos importantes de mi vida, ahora que me detengo a pensarlo. Decir “Lelete” es decir risas compartidas, complicidad, fiesta. Porque Lelete es una fiesta. Siempre lo fue, al menos para mí. Qué curioso: mira que somos distintos, en muchos sentidos; y nos entendemos perfectamente, de una manera muy limpia y muy natural y muy de querernos mucho. Me encanta cuando charlamos en el idioma jurásico; y cuando me cuenta las locuras de su adolescencia; y cuando, como dos gilipollas, nos reímos a carcajadas sin saber muy bien de qué. También me gusta sentir su abrazo en los momentos difíciles, y ver, en esos ojos tan chispeantes y vivarachos, que hace suyo mi dolor y se conmueve conmigo. Entonces el carácter suyo, tan vitalista, funciona como un bálsamo que me reconforta mucho. Me mira, me abraza; me sumerge en su infinita alegría y, por un instante, hace que me sienta feliz. Qué más se puede pedir.

Lelete siempre fue un poco cabra loca: aventurera, atrevida, deslenguada, impetuosa. Sigue siéndolo, porque todo eso forma parte de su esencia más esencial. Pero con los años ha demostrado una madurez tremenda, y se ha construido una vida la mar de tranquila y la mar de ordenada. Sólo hay que ver a su hijo, tan estupendo, para darse cuenta de cómo Lelete sabe funcionar, más allá de la frivolidad que suele presidir nuestros encuentros. Hay mucho fondo detrás de esa risa desbordante; yo, que la conozco de siempre, lo veo. Y me parece admirable.

De todas las situaciones (hilarantes, emocionantes, cotidianas, divertidas y hasta trágicas) que he compartido con Lelete, me quedo con una que ella seguramente no recordará. Era verano, y nos fuimos con su moto hasta la calle Rodeo, para fumar a escondidas nuestros primeros cigarros. Yo sí me acuerdo de aquella tarde, con sabor a alquitrán en la boca y Málaga, encendida de naranja al atardecer, a nuestros pies. El mar, el humo, la amistad; aquella transgresión, tan inocente. Nosotros... creyendo, todavía, que la vida era eterna. En realidad, sí: la vida es eterna, porque la sensación de plenitud se repite siempre que veo a Lelete. Y con eso, quizá, baste.

Ea, Lelete, ya tienes tu actualización. Al final no he hablado del resto de “Las Mayitas”; ni concretamente de Georgina (que es, con permiso de las demás, mi auténtica y genuina mismidad, y merece una actualización aparte. La tendrá). Tampoco he dicho nada de la trenza de espiga, que está en el título de este texto. Da igual. Eso mejor que lo cuente Lelete, en vivo y en directo. Tiene mucha más gracia que yo.
 

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