martes, 9 de junio de 2015

De moralinas y coñohonraos

 

Hace no mucho tiempo, una amiga muy querida (sabia ella, en toda la dimensión de la palabra) me descubrió un par de conceptos a los que últimamente recurro con bastante frecuencia: “moralina” y “coñohonrao”. Definen muy precisamente determinadas actitudes ante la vida y el prójimo, y (desgraciadamente, debo decir) resultan la mar de aplicables; incluso autoaplicables, que es lo peor. Son ideas ambas muy íntimamente relacionadas: no hay coñohnrao sin moralina, aunque sí puede desarrollar moralina alguien que no vaya por la vida de “coñhonrao”. ¡Ay! Ya me estoy metiendo en laberintos lingüísticos. Será la falta de práctica en estas lides blogueras. Digo yo.

Como suelo hacer en estas circunstancias, he acudido al DRAE para buscar una definición académica de cuyo hilo ir tirando. Obviamente, “coñohonrao” no aparece entre los vocablos recogidos en el diccionario (tiempo al tiempo: se trata de una realidad tan extendida que el término acabará definido negro sobre blanco). “Moralina” sí que aparece, por supuesto: según las preclaras autoridades de la Lengua Española, es la “Moralidad inoportuna, superficial o falsa”. Pues sí, se acerca bastante a lo que mi amiga (y yo, por extensión) quiere referirse cuando utiliza la palabra. La moralina es ese juez que tod@s llevamos dentro (un@s con más ruido que otr@s); ese magistrado que, desde su estrado, blande su maza para condenar conductas y emociones y comportamientos y formas de vivir la vida propios y ajenos. Cuando se refiere a uno mismo, la moralina suele ser expresión de nuestras taras, nuestras limitaciones, nuestros miedos, complejos y prejuicios; y generalmente se manifiesta como ese gran enemigo de la felicidad que conocemos como “culpa”. Qué jueguito nos da en el día a día, la hijadelagranputa “culpa”. Nuestra moralina nos hace sentirnos culpables por hacer lo que queremos hacer; por ser como realmente somos; o por llevar la vida que auténticamente anhelamos vivir. Actúa censurando nuestros deseos y cercenando nuestras pulsiones, hasta el punto de que, en una pirueta de insalubridad emocional, nos impide ser consecuentes con las auténticas aspiraciones de nuestro cuerpo y nuestra alma; con eso que nuestro corazón nos está pidiendo a gritos. A mí me ha pasado con frecuencia, porque tengo una carga de moralina pa alicatar cuatro cuartos de baño. Me callo, me corto, evito, niego, amordazo, justifico, me pongo la venda, aprieto los dientes... y, en definitiva, me voy jodiendo vivo tan ricamente, porque me condeno a no ser auténticamente yo. ¿Para qué? Pues para que me quieran y me abracen y me acepten. O para que hagan todo eso con alguien que se parece a mí (pero que no soy yo). Y para sentirme un “hombre de bien”. Valiente capullada. Genera mucha soledad, curiosamente.

A veces (yo mismo lo he hecho; y quizá todavía lo hago, espero que cada vez con menos frecuencia) disfrazamos la moralina de generosidad o de bohomía. Nos decimos: “esto voy a hacerlo por amor”; o “esto evito hacerlo para no causarle un sufrimiento a alguien a quien quiero de verdad”. Y así vamos, sintiéndonos encima personas abnegadas que consagran su sacrificio a un Bien Mayor. Mojones y gordos. Mentiras hediondas de la peor calaña. No nos engañemos: lo que pasa es que nos da un cague atroz enfrentarnos con eso que nos enseñaron a identificar como nuestra “parte mala”. Y oiga, mirehusté, a lo mejor tampoco resulta tan negativa. A lo mejor lo malo es la puta moralina. Para nosotros y para los demás. Pero atravesar esa barrera; pasar más allá de la culpa y el miedo; y comportarse de manera auténtica (sea eso lo que sea)... joder, da mucho canguelo. Y tiene sus consecuencias, claro. A veces, nefastas. Generalmente menos graves de lo que nuestra imaginativa moralina nos invita a pensar. En realidad, por experiencia puedo afirmar (y afirmo) que ese ejercicio resulta a medio plazo muy liberador. Mucho. Muchísimo. Y ayuda a prevenir las úlceras de estómago. Eso también. Mucho más que el Omeoprazol. ¡Dónde va a parar!

La moralina (cada cual tiene la suya propia) podemos manejarla de diferentes formas. Supongo que, ya que eliminarla está sólo al alcance de grandes místicos y monjes budistas; lo más saludable debe ser identificarla, comprehenderla, y someterla a un trabajo de toreo fino para que nos limite lo menos posible, a la hora de convivir con nosotros mismos y también en la relación – tan fluctuante- que mantenemos con la gente de nuestro entorno. Claro que también podemos hacer de la moralina un estilo de vida. Abrazarnos a ella y... ¡ea, a condenar a diestro y siniestro! Como quien se ciñe un disfraz de carnaval, pero en versión hijodeputa. Muy al estilo Brie VandeCamp. Y es aquí, amiguitos y amiguitas, donde irrumpe el coñohonrao. O la coñohonrao, porque esta manera de ser, de comportarse y de sentir no distingue de géneros ni edades ni clases sociales.

Un coñohonrao es, en esencia, justamente eso: alguien que ha convertido la moralina en una forma de manejarse por el mundo. Los coñohonraos, a base de negar su trastienda (o precisamente para no enfrentarse a lo que hay almacenado en ella) se sienten directamente mejores personas. Y encima suelen presumir de ello. Así, a boca llena. “Yo jamás actuaría de esa forma”; “soy incapaz de aguantar semejante comportamiento”; “a mí no me las dan con queso”; “en tu lugar, lo habría mandado a la mierda hace siglos”; “¡cómo has podido hacer algo así!”, “¿yo? Vamos, vamos... en la vida”; “ni muerto”; “superparanada”; never in my life” y otros vómitos verbales. Entrañables, empáticos; de abrazarse a ell@s bajo las estrellas en cálidas noches estivales. Arcas secas.

Hay muchos tipos de coñohonraos, y todos comparten una esencia muy identificable, un tufillo a podredumbre emocional que a mí me resulta cada vez más reconocible. Está el coñohonrao abnegado, el rencoroso, el envidioso, el happyflower, el cenizo; también el inofensivo, que sólo se hace pupa a sí mismo y no provoca daños colaterales. En casi todos los casos se trata de hipócritas de libro, ejemplos prístinos de la doble moral; gente experta en ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el suyo. Bueno, no, me corrijo: ven la paja en el ojo ajeno PARA no ver la viga en el suyo. Porque la sinceridad de los demás amenaza demasiado peligrosamente el delicado castillo de humo con que camuflan sus propias miserias. Y un coñohonrao le tiene mucho apego a su máscara. La necesita para seguir alimentando su autoengaño. No vas a venir ahora tú a resquebrajarla. Te quié í ya.

Supongo que yo mismo, en determinadas circunstancias y ante determinadas personas, me he comportado como un coñohonrao. Vamos, no lo supongo: lo sé a ciencia cierta.Y, como ya he reconocido, tengo una lamentablemente pesada carga de moralina. Tanta, que me he cortado mucho al escribir este texto. Por la puta moralina de los cojones. Qué coraje. Qué le vamos a hacer.

 

miércoles, 7 de enero de 2015

LoveJoy



Hoy he leído que un cometa llamado Lovejoy se acerca estos días a la tierra. Cuando digo “se acerca” quiero decir que pasará a 70 millones de kilómetros de nuestro planeta. Casi nada, vaya; aquí al ladito; por Bormujos, como quien dice. Por lo visto, el ignoto (al menos, ignoto para mí) Lovejoy nos visita una vez cada 13.000 años. Yo no sé cómo los científicos calculan esas cosas, pero semejantes magnitudes dan que pensar.

Lo del Lovejoy me ha recordado aquellas tardes estivales de mi adolescencia, cuando me dejaba flotar sobre el agua de la piscina para admirar el paso de las nubes a través del incendiado cielo del ocaso malagueño. Sí, yo era así de romanticón, qué le vamos a hacer. Entonces; allí tumbado entre breves ondas de transparente azul; una especie de vértigo existencial se me anudaba a las tripas, y me hacía sentir muy pequeñito, muy insignificante, muy fugaz; y al mismo tiempo, inopinadamente, también me conectaba con esa inmensidad inabarcable de la que al fin y al cabo todos formamos parte.

Hoy, al leer esa noticia del cometa, he vuelto a experimentar esa sensación que combina idénticas dosis de miedo y maravilla. Porque, al lado del Lovejoy; comparando con los míos su dimensión y su periplo y sus tiempos; me hago consciente del breve espacio que ocupo en esto que llamamos realidad; y, quizá contradictoriamente, experimento de forma muy vívida el cosquilleo de la trascendencia. Porque ambos, el Lovejoy y yo, estamos hechos del mismo polvo de estrellas.

Todo eso es lo que pienso yo, lo que yo siento, pero... ¿qué sentirá el Lovejoy? ¿qué pensará de nosotros? ¿Qué sutil variación de su esencia experimentará al contemplar nuestro infinitesimal tamaño, el mínimo plazo de nuestra – para él- instantánea existencia? Lástima que no se lo podamos preguntar.

martes, 13 de mayo de 2014

Químicamente



Qué bien se está cuando se descansa bien. Esta aseveración, que parece una perogrullada (porque lo es), tiene en mi existencia muchísimo sentido. Es que yo tengo una relación muy complicada con el descanso en general, y con el sueño nocturno en particular. La cosa empezó a complicarse cuando era un chavalín (no hace tanto de eso, cabrones. ¿o sí?). Como ya dije en una ocasión, mi abuela desarrolló demencia senil, y yo compartí dormitorio con ella durante los años del instituto. Camas vecinas en una habitación de pequeñas dimensiones. Ella, que tenía la pinza bastante ida y los biorritmos más alterados que Pocholo en una fiesta rave; se pasaba las noches reza que te reza y hablando con familiares difuntos o gente imaginaria. Gente imaginaria muy pesada, debo precisar, porque le daban cháchara hasta las claritas del día. La pobre no tenía culpa de nada, pero claro, aquí el menda amasaba el colchón de tantas vueltas que daba en la cama, sin poder conciliar el sueño. Esta situación llegó a ser tela de agobiante, sobre todo en época de exámanes, y más teniendo en cuenta lo apretaíto que yo era (sigo siendo) para casi todo. Un agobio permanente y sudores fríos sobre la almohada. Es que además tengo muy poquita paciencia y tiendo fácilmente a la obsesión, a los pensamientos circulares y las fantasías de futuras catastróficas desdichas. Así que imaginad el cuadro: ella repitiendo hasta la saciedad un Padrenuestro eterno (me cago en el que inventó el rosario, malas puñalás le den); y yo venga a darle vueltas a la lavadora, sintiéndome peor que un peruano sin su poncho y su llama y su ocarina. Valiente panorama. Y ahí; en medio de esa tempesatad tan estresante; una noche me levanté a pasear mi insomnio por el salón y, en un gesto desesperado, asalté el famoso cajón de las medicinas. Es que mi madre era enfermera, y teníamos en casa un cajón que ríete tú de los depósitos de la Bayer. Había allí una muestrita de todas las drogas (legales) inventadas hasta la fecha. Mi madre las tenía recortaditas y metidas en botes de plástico, con su cartelito identificativo y todo. Creo recordar que lo primero que me eché a la boca (clandestinamente, por supuesto) fue todo un clásico de los sedantes: el famoso Valium 5, que tan buenos momentos ha dado a amas de casa frustradas y afectados por tirones musculares. Oye, qué bien, qué alegría, qué gusto. Al poquito de tomármelo entré en un sueño beatífico, y ya me daba lo mismo que mi abuela recitara el Avemaría del revés o que se pusiera a discutir de geoestrategia con Napoleón Bonaparte. Claro, lo que ocurrió después... pues ya os lo podéis imaginar, con lo vicioso que es aquí el pequeño. Iba a valium por madrugada, a un ritmo de consumo digno de la mismísima Carmina en sus más locuelos momentos marroquíes. Preciosísimo, vamos. Cuando mi organismo se habituó al diazepan, tuve que elevarme a otro escalón de dopaje, y echando mano de otro de los botes de mi madre (éste de tapa roja, indicativa de peligro extremo; ella era muy de cuidar esos detalles) me pasé al Tranxilium 10, droga ésta un poquito más dura que a mí siempre me ha sentado estupendamente. Mucho mejor que el Valium. Dónde va a parar.

Más tarde hicimos obra en casa y mi abuela pasó a otro dormitorio, así que yo pude dejar las pastillas y recuperar unos hábitos de sueño más o menos razonables sin necesidad de narcóticos. Pero claro, la afición ya estaba ahí; el gusto por la química se había asentado en mi pequeño cuerpecito y ese efecto balsámico, esa sensación tan placentera de descanso profundo y de pasotismo extremo  y de beatitud, ya no se me podía olvidar. Además, hay que tener en cuenta que yo tengo mucha tendencia a las obsesiones y los dramas. Esto mis amig@s los han sufrido (y aún lo padecen) con más o menos frecuencia: me meto en mi tragedia existencial y a Dama de las Camelias no me gana ni Sarita Montiel (Q.E.P.D.). Sólo me faltan el polisón y un abanico de plumas (valiente mariconada de precisión. En fin...). Pues eso: que cuando me han venido perrendengues vitales; o simplemente cuando hay luna llena (que a mí me transtorna mucho el ritmo del sueño, vaya usté a saber por qué) echo mano de la farmacopea con una alegría que da gusto verme. Cantando eso de “pastillas, Danone, listas para gustar”, con mi cajita de ansiolíticos en una mano y un vaso de cerveza en la otra (sí, soy muy de mezclar las pastillas con un poquito de alcohol, qué pasa). La pena es que ya no tengo a mi madre de camella, y debo buscarme la vida para empastillarme cuando lo necesito (o creo que me puede venir bien. Porque a mí no me tiembla el pulso a la hora de automedicarme. ¡Acabáramos!). Menos mal que uno tiene sus contactos: en mi círculo cercano hay otr@s tan tarad@s como yo, y médicos facilones que recetan antidepresivos y ansiolíticos como si fueran caramelos sugus. De hecho, la última vez que andaba yo un poquito alterado por mis quisicosas personales, mi médico de cabecera me prescribió Lexatín sin hacerme muchas preguntas. Por si fuera poco ese generoso gesto, va y me dice que lo consuma “a demanda”. ¡”A demanda”!. Osea, que me autorizaba a zamparme la caja entera si me daba la gana. No digáis que no es una persona adorable. A punto estuve de zamparle dos besos en sendas mejillas. Pero me pareció un detalle demasiado confianzudo y me corté. Con mi recetita de Lexatín en la mano, eso sí. Aferrándome a ella al más puro estilo Gollum en “El señor de los anillos”. Mi tesssssorooooo...

A lo largo de los años, como podréis comprender, he ido adquiriendo un conocimiento bastante prolijo en torno al universo pastilleril; y ya hay alguna gente que me consulta qué sustancia debe ingerir para aliviar determinados dolores (físicos o espirituales). Me he convertido en una especie de Coach pastillero, por así decirlo. Y en esa línea, así gratuitamente pero SIN ÁNIMO PROSELITISTA (esto que quede claro, no sea que vengan los de la CIA y me detengan por incitar al consumo de estupefacientes); os dejo un listadillo con mis cápsulas favoritas. No dan la felicidad, pero provocan un efecto tan parecido...

- Valium 5. Esta ya la superé yo, pero así en plan suavito, para quien no tiene el cuerpo hecho a todas estas sustancias, pues está bien. Relaja y ayuda a conciliar el sueño. Podríamos asimilarlo, metafóricamente, a un bar de primeras copas. Light, zen, chill out. Suficiente como iniciación.

- Tranxilium 10 (o 15, para los muy viciosos). ¡Ay! A esta es que le tengo yo muchísimo cariño, aunque hace años que no la cato. Creo que se pasó de moda, osea que ahora, encima, es "vintage". A mí es que me encanta, pero soy tan poco objetivo...

- Orfidal. Claramente sobrevalorada. No me produce apenas efecto; y ni siquiera da especial buen rollo, ni demasiada relajación. Que no, que no, que no me gusta el orfidal.

- Lexatín. Bueno, esto es una maravilla de la ciencia. A mí no me da sueño (salvo si lo mezclo con cerveza); pero cuando estoy en plena crisis de ansiedad, consigue detener mis pensamientos circulares; poner freno a mis obsesiones; y regalarme una sensación muy de pasar de todo, de estar en armonía con el fluir de la vida, de “aquí y ahora” y al carajo todo lo demás... El Lexatín: qué gran amigo. Necesario, estupendo; imprescindible en el botiquín de toda desquiciada que se precie de serlo (como yo)

- Dormidina. Esto tiene mucha tela: la doxilamina te la venden sin receta; y a mí me parece perfecto, oyes, pero no entiendo la razón. Porque una pastilla de dormidina te mete un pelotazo que pa qué las prisas. A mí, para dormir, es la que más efecto me hace, e incluso me deja resaquilla al día siguiente. Pero una resaca no del todo desagradable. Qué cosas. Me va, me va, me vaaaa...

- Atarax. Dentro del sugestivo mundo de los antihistamínicos orales, el atarax destaca porque te mete un zurriagazo en las meninges que caes muerto a los diez minutos. Y te garantiza un sueño perfectamente reparador de al menos siete horas. A mí es el que me deja mejor cuerpo al día siguiente, hace que me levante con mucha energía y como muy ocurrente y alegre y activo y perspicaz. Una joya, vamos.

- Myolastán. Relajante muscular contra el que se está haciendo una inmerecida campaña de desprestigio, sospecho que con la intención de hacernos más infelices y más dóciles y más puteables. Quizá la CIA tenga mano aquí, no me extrañaría nada. El Myolastán, además de aliviar esos dolores musculares tan insoportables que tod@s hemos padecido alguna vez; te deja en un estado hipnótico celestial que dura horas y horas y horas. De levantarse con cara de Isabel Preysler en la portada navideña del Hola. Magnífico siempre.

- Tranquimacín. Confieso con cierta vergüenza que aún no lo he probado. Pero una amiga muy querida me ha pasado uno, que tengo guardadito para cuando se dé la ocasión propicia de zampármelo. Ya os contaré.

Bueno, aquí lo dejo. Del ibuprofeno y sus milagrosos efectos; y de la Dolantina, que es ya otro nivel, para usuarios muy avanzados; quizá hable otro día. Para terminar, os propongo un juego: ¿cuál de las pastillas anteriormente mencionadas es la responsable de mi optimismo matinal de hoy? A quien acierte, le regalo un gallifante. O le paso un Lexatín, así como de extranjis, que tiene mucha más gracia.

VÍDEO: Maravillosa canción de “La casa azul”, con cuya letra, como imaginaréis, me siento muy identificado.

lunes, 12 de mayo de 2014

Elogio de lo hortera




Reconozco abiertamente que soy un hortera. Lo soy porque me pierden el brilli-brilli y ciertas extravagancias barrocas en lo estético y lo musical y lo social. A veces pienso que esa escora mía hacia todo lo estridente se ha convertido en una especie de forma de rebeldía, una reacción contra el esnobismo y la corrección política (dos conceptos que, como mis sufridos lectores habréis notado en pasadas actualizaciones, detesto profundamente). Quizá en el fondo; bajo las lentejuelas y las lucecitas con que me adorno a veces; existe un superbala más sencillito y menos ruidoso. Bueno, quizá no: os aseguro que ese superbala existe. También existe, digo. Porque aquí el menda es uno y trino (sin ánimo de resultar irrespetuoso); o múltiple, mejor dicho. Como todos, supongo. Pero vamos a reconducir esto, que yo quiero halar hoy de un evento muy concreto, y ya estoy metido hasta el cuello en un enorme circunloquio. Ejem, ejem...

Pues sí, soy un hortera, y por eso me gusta ver cada año el Festival de Eurovisión. Es que hay que joderse: ya la misma palabra “Festival” tiene su caspita y su matiz sepia, ¿verdad? Pronúnciala en voz alta: “Festival”. Como por conjuro, de pronto el mundo se destiñe y parece que lo vemos todo en blanco y negro, con moños muy altos y pantalones de campaña y rutilantes estrellas que descienden por escaleras imposibles de inmaculado cartón piedra. Hay orquesta en directo, bailarines embutidos en turgentes mallas y mucho zoom. Vamos, una maravilla. Ya, ya sé que igual todo esto lo fabula mi desquiciada mente fantasiosa... pero es un poco así, no me digáis que no. “Festival”. Ahí lo llevas, con toda su ranciedad. Salen solos “Benidorm”, “San Remo”, “La OTI” y Viña del Mar”. Vamos, que sólo falta Alfredo Landa brindando con Lina Morgan. O con Laurita Valenzuela. Deliciosamente kistch. Me superencanta.

El evento eurovisivo marcaba una fecha roja en los calendarios de mi infancia y juventud. En las tuyas también, seguramente, porque los de mi quinta crecimos con un solo canal de TV, así que estas cosas había que tragárselas sí o sí, junto con “Dallas”, “El osito Misha” y el mítico “Un, dos, tres” (apagar la tele no era una opción plausible). Cuando llegaba el gran día de Eurovisión, nos sentábamos delante de la caja tonta, dispuestos a ver qué injusticia se cometía un año más con nuestra querida España. Porque Europa nos ha tratado siempre muy malamente. Incomprendidos totales. Mucho venir a Palma de Mallorca a jincharse de cerveza, pero de votos, cortitos con sifón. Y así seguimos, aún hoy. Si no, que se lo digan a Rodolfo Chiquilicuatre o a Pastora Soler, dos ejemplos muy claros de pucherazo eurofestivalero. Ambos merecieron mucho más. Claro que además ahora, con todas las movidas geopolíticas y el televoto y demás monsergas, lo de la música y el espectáculo ha pasado a un segundo plano. Y aun así, yo sigo disfrutando enormemente con el momento de las votaciones: experimento ahí un brote de patriotismo muy pedestre, que sólo me sale en estas situaciones idiotas o cuando viajo al extranjero; y protesto y despotrico e insulto a los portugueses, que este año no nos han dado ni un triste voto. “Hay que ser malnacidos, con la de toallas y gallitos meteorológicos que les hemos comprado en estas últimas décadas”. “Valiente mancha de hijosdeputa lusos”; “me cago en toda la casta de Ronaldo”; “Merecida tienen la crisis tan gorda que les ha entrado por las puertas”. Y otras cuantas lindezas por el estilo. Qué a gusto me quedo, qué desahogadito. Terapéutico cien por cien. Deberían recetar las votaciones de Eurovisión junto con los orfidales. Ahí dejo lanzada la idea.

Este año me siento especialmente indignado (ya, ya sé que Eurovisión no merece que yo me indigne, pero soy así de temperamental, qué vamos a hacerle) por el guirigay (qué gran palabra, qué de posibilidades tiene para hacer un chiste)  que se ha montado a cuenta de la tal Conchita Wurst. La de la barba, vaya; la que ha ganado. Al margen de si la canción nos gusta o no (a mí me parece un truñaco); y de si la ¿muchacha? canta mejor o peor (es lo de menos, obviamente); lo que me tiene alucinado es la cantidad de idioteces que se están diciendo en torno a este personaje televisivo y su – presuntamente- reivindicativa barba. Que si es un símbolo de la diversidad; que si es una forma de reivindicar los derechos de los maricones... hay que joderse. Vamos a ver, ladies and gentlemen (esto estaba deseando yo escribirlo): este muchacho se inventó el personaje para llamar la atención, sin más. Y vive Dios que lo ha conseguido. Se ha puesto pelucón y se ha dejado barba para salir más por la tele y para que nos chirríe la vista; con la única intención de distinguirse y sobresalir en este mundo en el que, según parece, determinado tipo de extravagancia llama mucho la atención. ¿Su auténtica voluntad es abanderar la idea de diversidad y dar un mensaje de amor y paz entre los pueblos y que los maricones de Rusia vivan en un ambiente de más libertad? Anda ya, porfaplís, no seamos tan ingenuos. Pretendía destacar de alguna manera, y ya de paso aprovechó los graznidos de los retrógrados recalcitrantes de siempre para echar sus lagrimitas, esgrimir la bandera de los marginados del mundo y hacer su particular negocio. Y muy bien que lo veo, oigauhté. Pero de ahí a ponerle una estatua en la Plaza de España y subirla a los altares a lo Karol Wojtyla (ese es otro tema)... pues... francamente... Yo no vi nada de todo eso: en cambio, sí que vi a un chavalito con barba y peluca que cantaba bastante bien una melodía cursilérrima y pretenciosa. Y, dándome un poco de grima, me llamó la atención, por encima del resto. Era lo que él pretendía, al fin y al cabo. Así que ole por Conchita.

En realidad, lo que más coraje me da es que, una vez más, los centroeuropeos se nos han adelantado, enviando a Eurovisión a una cantante con barba. Tenemos nosotros aquí, de toda la vida, a IpuntoPpunto; que no necesita postizo ninguno y encima lo mismo te canta una copla que te monta una operación monísima de blanqueo de capitales. Vamos, triunfo asegurado. Pero se nos pasó ese tren. Maldita sea. Cagoentó.


lunes, 28 de abril de 2014

Exabrupto




Un niño tropieza, trastabilla y cae de bruces al suelo, dándose un golpe tremendo en la cabeza. Su madre, que lo observa y vigila de cerca, se aproxima a él; le sacude la arena del peto vaquero; le da un beso en la coronilla; y componiendo una radiante sonrisa le dice, musicalmente” ea, ea, ea. No llores, que no ha sido nada”. Con su mejor intención le quita importancia al trompazo; le enseña a su hijo que ese dolor, ese malestar, esa rabia y esa impotencia que siente como un zarpazo, no son asuntos de gravedad. Le tatúa en el corazón que hay que poner al mal tiempo buena cara; que llorar está muy feo; que enfadarse y patalear, aun después de haber estado uno a punto de partirse la crisma, no son actitudes propias de un niño bueno.
 

Luego, ya de mayores, algunos repiten ese comportamiento aprendido, y pregonan así, públicamente (incluso se dicen a sí mismos, en privado) que todo está fetén; que no les duelen ni la garganta ni el corazón; que el trabajo les va guay y el amor es una seda y la vida les sonríe y todo el universo corea una canción de Paulina Rubia que habla de fiesta y de alegría y de felicidad la la la la. Aunque en el fondo de su corazón las estén pasando putas. Incluso cuando se enfrentan a situaciones críticas o angustiosas o simple y llanamente jodidas (que a todos nos tocan a veces, leches ya!). “Hay que ser positivo”; “quitémosle hierro al asunto”; “no es para tanto”; “mejor reírse de esas cosas”; “lo saludable es afrontarlo con humor”. Yo he sido a veces uno de esos: de los evitan (o directamente niegan) las sombras de la vida y piensan que sólo cuando uno se ríe de sus miserias ha conseguido superarlas. Que es más valiente y más razonable y más sano mantener siempre eso que está tan de moda, "una actitud positiva". Ahora no; ya no lo veo así.

Ahora pienso que tengo derecho a encontrarme mal, y a decírmelo a mí mismo, y a comunicarlo a los demás; que he pasado por experiencias que no me hacen ni puta gracia, y eso es así aquí y en Sebastopol de la Guinea, y seguirá siendo así in secula seculorum. Y creo que verlo de esa manera, sin el disfraz de la carcajada ni el barniz de la brillantina; reconocerlo; respirar ese dolor y esa rabia y ese malestar; experimentarlos, aceptarlos y vivirlos, sin especial dramatismo, y sin "quitarle hierro" tampoco; me hace mucho bien. Ya ves tú. Ni regodeo ni evitación. Simplemente concederme la oportunidad de explorar los agujeros que a veces me brotan en el pecho y en la biografía, y aceptar que forman parte de esta experiencia. Tal cual son, sin pintarlos de colorín ni añadirles autocompasión ni agitarlos para que huelan peor ni bañarlos de desodorante. Esto seguro que les chirría mucho a los PaoloCohelistas. Qué le vamos a hacer.

Todo esto lo escribo hoy, cuando, curiosamente, me encuentro bastante bien y bastante tranquilo (un poco resfriado, eso sí). Por alguna razón, he sentido el impulso de decirlo. Quizá porque llevo un tiempo dándole vueltas a este asunto. Por romper una lanza en favor de los que no estamos todo el puñetero día happy-happy. Por dejar claro que, cuando digo que me encuentro mal, lo que me ayuda es que me comprendan y me escuchen y me abracen, sin lecciones morales ni frases que contengan la perífrasis “deberías + infinitivo”.

De hecho, la “perífrasis “deberías + infinitivo” tendría que estar prohibida. (Mierda. Ya he dicho “tendría que + infinitivo”, que al fin y al cabo es lo mismo. Contradictorio que es uno. Hay que ver…)

viernes, 21 de marzo de 2014

Estereotipadamente


Lo he pensado muchas veces: ¿qué ocurre primero, la realidad o el estereotipo que define determinadas realidades? Esto me lo he preguntado, concretamente, acerca del estereotipo gay; y supongo que mi reflexión al respecto puede hacerse extensiva a otros ámbitos de la sociedad humana. Porque, efectivamente, los estereotipos funcionan. De forma más o menos intensa en cada individuo; de manera parcial, a veces; y muy intensa, en otras ocasiones. Pero funcionan. Y comprobarlo, más aún cuando me afectan a mí mismo, no deja de sorprenderme.

A ver: ser maricón consiste básicamente en que te gusten seres humanos de tu mismo sexo. Que te atraigan sexualmente; y quieras establecer con ellos determinados lazos emocionales que identificamos con el concepto de “amor romántico” (esto me ha quedado un poco antiguo; quizá tenga que revisarlo, pero no en esta actualización, que ya tiene bastante miga). Eso define al homosexual: ni más, ni menos. Así, a priori, no tengo por qué identificarme con el resto de maricas del mundo más allá de esa afición tan concreta por confraternizar (ejem) con individuos del sexo masculino. Y aun así, a menudo descubro en mí comportamientos, intereses o simples gustos que repiten otros cientos de miles de maricas; es decir, descubro que respondo al estereotipo. Porque sí: existe un estereotipo homosexual; o varios estereotipos, mejor dicho. Están ahí, y son (somos) muchos los que repetimos ese patrón. ¿Cómo se explica? Pues eso es lo que yo digo: por qué y para qué. 

Lo reconozco: me gusta Rafaella Carrá; veo competiciones de gimnasia rítmica; puedo tararear de memoria las canciones de diversos musicales; he ido a un concierto de Madonna; me considero un tipo “sensible”, y también presumido; y sí, vale, vamos a decirlo todo: la banda sonora de “Yentl” me hace estremecer. Osea que, en muchos sentidos, soy un marica de libro: de sacarme en plan alegórico en la carroza más grande de la cabalgata del orgullo, como paradigma del gay español. ¿Cómo he desarrollado yo esas actitudes y aficiones tan tremendamente mariconas? Pues no lo sé, mireuhté. Pero las tengo; son mías. Y además, no me avergüenzo de ellas. Porque ya dije en varias ocasiones que, a estas bajuras de mi vida, procuro no avergonzarme ni de mis gustos ni de mis disgustos, por muy extravagantes o idiotas o frívolos que puedan parecerle a algunos. Y en esos “algunos” incluyo a ese peculiar espécimen de marica que reniega apasionadamente del estereotipo, con tonito de desprecio además, pretendiendo quizá separarse del resto; distinguirse, descollar, sobresalir; o con un afán pelín sospechoso por dejar clara su “masculinidad”. Como si la masculinidad tuviera que ver con rascarse los huevos mientras se bebe cerveza durante un combate de Tyson. Hay que joderse...

Pues eso, que yo, en ciertos sentidos, respondo al estereotipo gay; y muchos otros maricas que conozco, también (iba a decir “la mayoría”; o directamente “todos”, pero me voy a cortar, no sea que haya un sociólogo entre mis lectores y me afee la imprecisión). ¿Por qué? ¿Es que los maricones llevamos tatuado en los genes el “explotaexplotamexpló? ¿Quizá sonaba un concierto de Barbra Streisand en el momento de nuestra concepción? Ahí dejo ambas preguntas, por si hay algún grupo de estudio de la Universidad de Massatchusstes (un poné) que quiera abordar la materia desde una perspectiva científica. Quizá, en realidad, a mí no me interesaban todas esas cosas a pripri; pero he ido cogiéndoles el gusto a base de juntarme con otros gays ya previamente infectados del “virus rosa”. Por lo de buscar una identificación social, sentir que pertenezco a una tribu y todas esas milongas. Mmmmm... No lo creo, la verdad. Que conste que soy perfectamente capaz de darle la vuelta a mi personalidad con tal de sentirme aceptado; y que, a la hora de arrastrarme a cambio de aprobación, no me gana nadie, independientemente de su orientación sexual; pero es que yo no he tenido demasiado contacto con “el ambiente gay” (salvo que incluyamos a varias amigas mías en el concepto de “marica”, cosa nada descabellada, por otra parte). Vamos, que no, que no me convence: descarto la teoría del contagio, al menos como única explicación.

Así que ahí sigo, atribulado por esta duda existencial: si el origen no es biológico; ni las he adquirido por imitación... ¿de dónde salen todas esas actitudes? ¿Qué fue primero, el marica o el estereotipo de marica? ¿por qué señor, por qué, a tantos gays les gustan Fangoria, la ópera, el ballet, Eurovisión, Mónica Naranjo, La Semana Santa o las películas de Almodóvar? (por poner ejemplos definitorios de distintos subgrupos dentro del estereotipo) Pues vaya usted a saber. Si alguien tiene la respuesta, que me la diga, porfaplís. Porque con este sinvivir no sé yo si podré disfrutar del fin de semana. Procuraré hacerlo, eso sí: ¡que ha llegado la primavera!

miércoles, 12 de marzo de 2014

Polvo eres


De pequeñito me enseñaron que está muy feo eso de ser “aprendiz de mucho, maestro de nada”. Y claro, yo me lo creí. Tratando de ser “maestro” en diversas actividades he cosechado algunos éxitos y muchas frustraciones. Y, sobre todo, me he perdido – o, mejor dicho, he dejado de disfrutar- muchas experiencias potencialmente interesantes. Porque, aunque parezca mentira, mis habilidades son limitadas; y hay algunos ámbitos en que mi destreza (o mi carencia de ella) me impide llegar a la maestría. Esos terrenos en los que, por incapacidad natural, no me muestro directamente brillante, me han dado siempre bastante repelús, e incluso generan rechazo en mí. Porque ahí no puedo yo sobresalir; y, en consonancia con lo que me enseñaron, pues mejor dedicarme a otras actividades. Taras de una educación tan bienintencionada como limitadora. Como de algunos otros defectos de fábrica, me estoy intentando quitar.

Ahora pienso (y quiero sentir) que en realidad lo del aprendizaje produce muchas más satisfacciones que la maestría. Todo ese rollo de disfrutar del camino y tal. Sin pretensiones; sin querer resultar excelente y magnífico y admirable. Puede sonar PaoloCoelhista – seguramente lo es-, pero funciona. Y en esa vía de experimentación, me he metido en el mundo de la cerámica. Por probar algo distinto; por verme haciendo algo inútil, algo poco intelectual; y, quizá, por encontrar el placer de lo imperfecto, de lo accesorio, de aquello para lo que no estoy especialmente dotado. Además, como es un taller del distrito casco histórico, me cuesta sólo veinte euritos al año. Un chollazo, mireuhté. Tan ricamente.

Qué desconcierto el primer día; qué desaosiego, allí, rodeado de gente que ya había trabajado con barro y sabía lo que se traía entre manos. Miraba a mi alrededor acobardadito perdido, pensando que mi decisión me iba a generar más ansiedad que disfrute. Porque yo jamás le había metido mano a una pella de arcilla, más allá de las lejanas clases de plástica de la E.G.B. Y lo hice con escasa fortuna, la verdad. Aun así, me quedé en el taller; y cogí un molde para cuencos y me lie a amasar el barro. Y me sentí muy bien, en contacto con ese materia tan pedestre y tan terrícola y tan auténtica. Hoy, tras varios meses de práctica, entiendo que mi intuición me llevó por el camino correcto. Por diversas razones.

Es que lo de la cerámica tiene su trasunto emocional, y ciertos paralelismos metafóricos (quizá un poco rebuscados, vale; pero soy así de retorcido para mis cosas) con sensaciones, ideas y actitudes que ahora mismo me interesa desarrollar. Para empezar, y aunque sea una obviedad, el barro mancha; pringa, ensucia, muy felizmente. Eso me encanta, porque en esta vida tan aséptica que a veces llevamos se echa de menos un poco de guarreo. Al fin y al cabo eso es lo que somos, ¿no? Sudor, fibras, linfa, sangre, esperma, saliva... aunque continuamente tratemos de disimular nuestros olores y nuestros fluidos, en esta ¿cultura? tan escrupulosa que nos ha tocado en gracia. Entrar en contacto con la materia elemental, acuosa y blandurria y pringosa, me pone en contacto con la tierra y con algo muy esencial que resulta difícil de definir. Notar las texturas; sentir el barro cálido o frío que resbala entre mis dedos; apreciar la dureza, la distinta calidad de cada pella; incluso el aroma terroso de la arcilla... No sé, son sensaciones muy primarias que me conectan con lo atávico, sin misticismos. Muy a lo natural; muy “tal y como lo siento, lo vivo”. Me gusta ese pringacheo chapoteante e infantil. Disfruto mucho ensuciándome; sólo por eso ya merece la pena la experiencia. Ya ves tú, qué cosa tan irracional. Y me ayuda.

La cerámica también evoca en mí el atractivo de lo imprevisible, de lo sorprendente; de lo que escapa a mi control. Porque cuando me enfrento al barro; ya sea con una idea preconcebida o dejándome llevar por alguna musa más o menos bienintencionada; pretendo dominarlo; juego a hacer con él lo que yo quiero, para obtener cierto resultado práctico, o bello, u original. Pero la arcilla, que tiene un carácter muy caprichoso, suele imponer su propia ley; y al final el resultado difiere bastante de lo que yo, en mi calenturienta mente inquieta, había imaginado. Además, la pieza cambia mucho cuando la metes en el horno; y los esmaltes (esos pigmentos tan misteriosos, que experimentan una metamorfosis brutal con las altas temperaturas) sólo muestran su verdadero esplendor (o su fealdad) al salir de la cámara de calor. Vamos, que hasta el final del proceso no tienes ni puta idea de cómo quedará la pieza; ni siquiera hay certeza de que vaya a sobrevivir, porque en diversos momentos existe un alto riesgo de que ese plato tan imaginativo, al que has dedicado horas de mimo durante dos o tres semanas, se agriete por diversos puntos y acabe en el cubo de la basura. Suena frustrante, pero en realidad lo veo aleccionador. Porque así es la vida real: fugaz, insospechada, azarosa. Comprobarlo en un ámbito tan inofensivo como éste tiene, pienso yo, un alto componente terapéutico. Seguro que un psicoanalista argentino sacaba de este comentario años y años de terapia. Y yo me las avío con un poco de barro... qué baratito me sale.

Podría dedicar muchas más líneas a describir por qué lo de la cerámica me entusiasma tanto, y para qué me sirve, más allá de para pasar el rato. Pero mejor lo dejo ya, que no quiero agotar (aún más) la paciencia de mis sufridos lectores. Sólo diré que, de una manera un poco arcana, trabajar el barro nos pone en comunicación con nuestra mismidad más íntima. Porque, al fin y al cabo, no somos nada más que polvo de estrellas. O nada menos, en realidad.