jueves, 12 de septiembre de 2019

Caminar




Cuando uno decide emprender el Camino de Santiago solo, es por algún motivo. Esta frase introductoria, que puede parecer una perogrullada (porque lo es: todo lo que hacemos, lo hacemos por algún motivo) no la digo por decir. El Camino, ya lo he comentado en anteriores actualizaciones, funciona muy fácilmente como metáfora de la vida. En el sentido más prosaico, y también en el más profundo. Ambos (tanto la vida, como el Camino) son procesos personales con implicaciones físicas, emocionales, intelectuales, espirituales y sociales. Por eso no resulta raro encontrar a peregrinos que caminan hacia Santiago para comulgar consigo mismos; o para encontrar respuestas a determinadas preguntas vitales, en general muy acuciantes; o para escapar de determinadas situaciones de asfixia, angustia o desconcierto existencial.

Como sabéis, hace ya varios años yo sentí esa necesidad de hacer el Camino solo. Mis motivaciones de entonces casi no las recuerdo: supongo que serían de lo más cotidianas, porque al final la mayoría de los seres humanos compartimos emociones similares, en algún momento de nuestra existencia. Desde aquella primera vez (especialmente reveladora, hay algunos textos alusivos en esta misma cybercasa) he vuelto a recorrer el camino (o, mejor dicho, los Caminos, porque son diversos tanto cuantitativa como cualitativamente) en varias ocasiones, algunas veces solo y otras, acompañado. Cada Camino ha sido, como es lógico, muy diferente, y muy esclarecedor a distintos niveles. Pero todos comparten determinadas características. Hoy quiero destacar una de cualidades genéricas, quizá la que más me ha llamado la atención siempre, y me ha sido más útil: en cada ocasión, yo iba esperando algo del Camino. Tenía más o menos claro qué es lo que necesitaba, qué quería obtener de esa experiencia. Y siempre (SIEMPRE, desde la primera vez) el Camino me ha dado otras cosas. Distintas de las que yo esperaba, y quizá más necesarias para mí.

Este verano, tras varios años, he vuelto a hacer el Camino solo. Atreverme (uso este verbo con toda su carga emocional) no me resultó fácil, porque implicaba determinados riesgos y yo sabía que la decisión iba a costarme cara (así fue, después de todo. Me salió carísima). Y aun así, me atreví, porque mi necesidad pesaba más que el alto precio que iba a pagar por semejante atrevimiento. Ya ves tú, qué locura más grande: desear emprender un proyecto para mí mismo, con el único objetivo de alcanzar ciertos niveles de libertad (ejem) y de bienestar. Valiente plan. Pero ya estoy desviándome hacia rutas que no son el objeto de esta actualización.

Como siempre, buscaba en el Camino una serie de experiencias, un conjunto de reflexiones y emociones, respuestas a ciertas preguntas que ni yo mismo me atrevía a formular. Y, como siempre, el Camino me dio otras cosas: distintas, y, quizá, más necesarias para mí. Como de lo vivido también se aprende; tras tantos Caminos recorridos, en vez de resistirme y pelear por mis deseos preconcebidos decidí entregarme a lo que fuera descubriendo. Aceptar lo que me iba viniendo. Por algo sería; para algo me serviría; algo bueno podría sacar de ello. Y, claro, una vez más, acerté.

En el Camino de este año he aprendido nuevas lecciones, que puedo sumar a las que asimilé en peregrinajes pasados. Pienso que los efectos más directos de ese aprendizaje van a durar poco tiempo, porque a medio plazo de desdibujan y dejamos de aplicarlos a nuestro día a día. Aunque quizá no sea así: igual esas nuevas certezas se adhieren a mis neuronas, y, desde lo profundo, actúan a su manera y me orientan en mis caminos vitales. Ojalá, Dios lo quiera. Y Buda, también.

De lo aprendido en mi Camino de este año destaco que, cuando tengo cierto espacio, puedo descubrir a un Javi muy libre y muy feliz; que puedo sentirme muy solo en medio de una multitud; que tengo herramientas para combatir la soledad, y encontrarme con personas (y personajes) que merecen la pena; que muchas veces el ritmo que he aprendido a adoptar en la vida (apresurado, urgente, ansioso) no es el que más me beneficia, ni el que más satisfacciones me da; que me resulta fácil compartir, y compartirme; que algunos encuentros no ocurren por casualidad; y si son casuales, da igual, porque deben producirse, tienen siempre un sentido. Y, por encima de todo, he asumido que no tiene nada de malo aceptar la ayuda que me ofrecen. Porque cuando alguien te ayuda, es porque quiere, porque te quiere, y obtiene también una satisfacción en ese gesto.

Podría contar mil anécdotas de este Camino, que ha tenido como lema la frase “Me voy a cagar en tu puta madre” (repetida mil veces, con grandes risas y jaraneo). Pero me quedo con una, relacionada con lo que he dicho un poco más arriba de aceptar ayuda. En una de las etapas yo estaba fatal de los fatales, con una rodilla destrozada que apenas me permitía andar. Mis coleguitas del Camino iban a caminar 30 kilómetros, pero yo no podía, no me veía capaz, y pensé quedarme a mitad de la etapa. Cuando me vio dando más jojetás que el “Pozí” con una prótesis de cadera, Juliana me ayudó a encontrar un ritmo más saludable para mí; me animó a continuar caminando con el grupo; y Javi (otro Javi, encantador) se ofreció a llevarme la mochila. Me costó mucho aceptar ese gesto, aunque mi corazón quería seguir andando para llegar felizmente a Santiago con ese grupito tan heterogéneo y magnífico que ya habíamos formado. Ellos dos (Juliana y Javi), junto con Abel, Lidia, Óscar, Gema y Pilar, con su cariño y entusiasmo y energía, pusieron alas a mis pies para culminar la que a la postre fue una de las etapas más especiales de este Camino. Se lo agradezco enormemente. A tod@s ell@s.

Vale, ya; ya termino, que me he embalado y me queman las palabras en los dedos. Pero antes, por poner una bandera como hito de esta actualización, quiero mencionar muy brevemente los dos grandes eventos de mi Camino de Santiago 2019: el encuentro con Juliana (inesperado, revelador, indescriptiblemente bello)… ; y la inspiración de Mercedes Navarro, amiga del alma que ha caminado a mi lado y me ha llevado en volandas en cada uno de los pasos que he dado. Tanto durante el Camino, como después. Y no digo más, que me emociono.

Estoy que me salgo del teclado. Es que llevo mucho tiempo sin hablar.

miércoles, 11 de septiembre de 2019

REENCONTRARSE



Uno se va construyendo día a día, beso a beso, abrazo a abrazo. Golpe a golpe, también. Lo que yo soy - pienso ahora - es resultado de la suma de muchas influencias. En realidad, más que la suma, diría que es el producto, porque hay situaciones que multiplican exponencialmente los sentimientos, las ideas y las capacidades que ya estaban ahí, incipientes, en lo más profundo de mi carga genética. La educación que me ofrecieron en la infancia; los afectos y desafectos que ya viví; las consecuencias de las distintas encrucijadas a las que me enfrenté; las presencias y las ausencias; el influjo (lacerante – pocas veces – y enormemente enriquecedor – las más - ) de las personas que me han ido acompañando: todo eso soy yo, resumido y concentrado en un pequeño cuerpo, a veces muy frágil, a veces fortísimo. Así lo siento hoy, al menos: mi identidad (o mis identidades, que son, contradictoriamente, una y muchas) se han ido forjando con el correr de los años (45 serán, dentro de nada), hasta construir al Javi que conocéis y (afortunadamente, muchos) amáis. En determinado momento; a determinadas edades, uno sabe más o menos quién es: cuáles son sus valores; qué virtudes admira, y qué actitudes desprecia; con quién quiere juntarse, y con quién no. Subrayo lo de “más o menos”, porque la tarea del arquitecto no termina nunca (al menos, eso deseo yo), y siempre quedan arbotantes, gárgolas, ventanales y fornituras que sumar a la catedral (qué pomposo) de nuestro ser. Pero cierta base; la estructura fundamental; los pilares que nos definen y nos distinguen del resto de seres humanos que habitan este abarrotado mundo nuestro, ya están ahí. Y, si nos gustan, permanecen.

Aun ocurriendo todo eso así, como lo describo más arriba; sucede que en ocasiones, nos perdemos. Así me he sentido yo, durante bastante tiempo. Bueno, no; perdido no. Olvidado de mí mismo; agazapado; adormecido; entregado a causas y objetivos y deseos que no son los míos. Sé a ciencia cierta que hay más gente que se siente así, o que ha pasado por ese trance alguna vez en su vida. Nuevamente, resulto poco original. En mi caso, ese periodo ha durado algunos años, y ha sido progresivo: he ido desdibujándome, relagándome; encerrando mi yo más auténtico (con su carga de afectos, de sentimientos, de expresiones, de cualidades y de brillo) en un lugar oscuro por mor de…. Bueno, vamos a dejarlo ahí: “por circunstancias que no vienen al caso” (expresión ésta que uso yo mucho cuando quiero evitar hablar de determinados asuntos). Seguro que much@s de mis lector@s saben a lo que me refiero. ¿El motivo? Podría decir que lo he hecho por amor, pero mentiría. Ha sido por miedo. Puro y simple miedo, en su versión más progresiva y paralizante. A través del miedo se pueden obtener muchas cosas de mí, esto lo he dicho yo siempre, porque es así. Muchas. Muchísimas. Hasta mi cuasi-desaparición. No es un buen camino, en cualquier caso. Al menos, no es un camino que yo recorra felizmente. Me deja muchas lesiones.

De esta época oscura (sin dramatismos) no me apetece nada hablar. En cambio, sí quiero decir que tengo la firme voluntad de reencontrarme. Y reencontraros. Está siendo un trabajo un poco lento, porque el Javi de siempre (el que soy, el que conocéis, el que quiero ser) está sepultado bajo algunas capas de vertidos tóxicos que tienen efecto a medio – largo plazo. Vivir en Chernóbil ha sido solo responsabilidad mía, y salir de allí, también. En ello estoy, debo purificarme de tan altas dosis de radiación. Y esta vez quiero – necesito – hacerlo bien: sin escapar, sin huir, sin adormecerme. Sin sustituir una sustancia tóxica por otra. Me veo capaz, y capataz. Con la ayuda de toda esa gente que, milagrosamente, me ama, seguro que lo consigo.

En ese camino, trato de recuperar asuntos míos que tenía abandonados. Releo mis textos antiguos, recuerdo emociones pasadas… y retomo este blog. Escribir este texto de hoy (que quizá solo me importe a mí) significa, en algún sentido, volver a casa. A mi cybercasa. 

Espero que os alegre mi regreso.

miércoles, 26 de abril de 2017

EpiSToCRaciA


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Leí hace cierto tiempo en la prensa un artículo que hablaba de la epistocracia. Me llamó la atención, porque – con muchos matices- resumía varias ideas que llevo años macerando en mi pequeño (y limitado) cerebro. Según he visto bicheando por esa fuente de sabiduría universal que es San Google, lo de la epistocracia (que es, por otra parte, una idea muy antigua) se está poniendo de moda a cuenta de los últimos (y no por legítimos, menos espeluznantes) resultados electorales around the world. Los del Brexit, Donald Trump y tal y cual. Me sorprende bastante que los demócratas de pro (entre los que, como saben mis conocidos, no me cuento) se escandalicen de pronto de cómo funciona nuestro sistema político: ahora se tiran de las rastas y empiezan a cuestionar la fórmula de recuento de votos, las ponderaciones que se aplican en las elecciones, la ley D’Hondt y otras cuestiones por el estilo. Cuando ganaba Obama a muchos les parecía todo muy guay. Pues no, mirehusté, no era tan guay. Ni entonces, ni ahora. Y aunque esta frase queda muy fea, la voy a poner por escrito, a despecho de los bienpensantes: “todo esto ya lo venía diciendo yo”. Que la democracia (al menos, estas democracias occidentales) es un verdadero mojón; o un engañabobos; o una milonga. O todo eso junto al mismo tiempo.

Ya, ya sé que ahora viene eso de “la democracia es el menos malo de todos los sistemas posibles”. Esto dicho así, y repetido hasta la saciedad como un mantra idiotizante, sirve para justificar cualquier tipo de desmán político, social, moral o ideológico. Habría mucho que discutir al respecto, pero esta mañana gris de primavera no quiero yo meterme en semejante berenjenal. Sólo me apetece apuntar un par de ideítas (sandeces serán, para muchos; pero al disponer de dedos, teclado y conexión a internet, como tantos otros idiotas, pues las publico porque me da la realísima gana) en torno a eso de la “epistocracia”. Que es algo así como el despotismo ilustrado, pero con matices; o una especie de democracia releída, revisada y sometida a cierto sentido crítico. Es lo menos que se despacha, ¿no? Un poco de espíritu crítico para rebajar algunos grados tantísima autocomplacencia y onanismo de los neoprogres que en el mundo son. Ea, ya está, ya he lanzado dos o tres improperios: haciendo amiguitos, para variar. Que nadie se dé por aludido. O sí.

Grosso (muy grosso) modo, la epistocracia parte de la idea de que no todos debemos tener derecho al voto. Bueno, esto así dicho suena muy bestia, pero es por resumir. En realidad, subyace la certeza de que no todo el mundo vota desde el conocimiento y la responsabilidad. Y, claro, cuando el votante resulta ineducado, irresponsable o directamente necio… pues pasa lo que pasa. Que Jesús Gil (Dios lo tenga en su oronda Gloria) se convierte en alcalde de Marbella, por ejemplo. ¿Cómo se arregla esto? Pues admitiendo que las bondades del sufragio universal son una falacia. El hecho de que mi voto valga lo mismo que el de José Luis Sampedro, por citar a uno de mis ídolos más venerados, me da auténtica vergüenza. Por lo pequeño que me veo ante el espejo de semejante estatura espiritual y moral. Al mismo tiempo, que el rumbo de la sociedad lo dibujen (a través de las urnas) los hooligans que el otro día se pasaron cuatro pueblos (por decirlo de una forma suave) en la Plaza Mayor de Madrid… pues me da bastante miedo. Y explica muchas cosas. El que defienda que todos los votos valgan igual, que se atenga a las consecuencias y no se queje luego. Ahí lo llevas, por hacerte el guay.

Me resulta difícil desgranar aquí todos mis argumentos en contra de la democracia (o, por matizar, como dije más arriba, de esta democracia a la que tanto cariño le tienen algunos). Para empezar, hay que ser muy ingenuo para creer que, de verdad, las decisiones que efectivamente toman nuestros gobernantes emanan del pueblo. Es más: hay que ser muy ingenuo para creer que nuestros gobernantes son los que efectivamente toman las decisiones importantes en este mundo tan retorcido que nos ha tocado habitar. Pero bueno, por no entrar en más Honduras (capital, Tegucigalpa); y volviendo a la epistocracia, lo mínimo para que se despacha es garantizar que el votante sabe lo que está votando. No digo que se restrinja el derecho al voto a gente con estudios superiores, o a determinadas elites intelectuales, o a eruditos de uno u otro pelaje. Simplemente pienso que no estaría mal que, antes de que un ciudadano cualquiera deposite su papeletita en la urna (con las enormes consecuencias que, teóricamente, ese gesto conlleva); la sociedad cuente con algún tipo de garantía de que esa papeleta recoge la voluntad formada de quien la ha elegido entre otras muchas opciones. Ojo, que aquí lo importante es el adjetivo especificativo “FORMADA”. Vamos, que el fulano que vota sepa, por lo menos, qué leches está votando. ¡Qué menos que eso, digo yo! Un examencito previo para demostrar su conocimiento mínimo de los distintos programas electorales en liza podría resultar muy útil. Claro, que para eso los programas electorales tendrían que servir para algo más que para rellenar papeles a expuertas. Si es que al final el iluso soy yo. En fin…

Para terminar de tocar los cataplines, quiero subrayar que toda esta paja mental surge de otra idea más profunda, y, seguramente, aún más políticamente incorrecta. No, señores, no, no todos y todas somos iguales. Ni física, ni intelectual, ni emocional, ni moralmente. Negar esa realidad me parece un ejercicio de cinismo tremendo. Y aceptarla, en cambio, lo mismo nos ayudaba a construir una sociedad mejor (sea “mejor” lo que quiera que sea).

Todo esto, de pronto, me ha recordado una canción muy certera de “Avenue Q”, el musical cuya banda sonora llena de sonidos y mensajes mis paseos en los últimos meses. Hay que estar muy pendientes de la letra. 

Vaya telita de actualización. Caótica y farragosa a partes iguales. Será la falta de costumbre, digo yo. O que me meto en más líos que Leticia Sabater en Supervivientes. O en cualquier sitio, vaya.






lunes, 14 de noviembre de 2016

Elogio de lo friki (o algo así)



Ya que están tan de moda las series, me descuelgo con una actualización tipo spin-off. Vamos, que aprovecho un comentario deslizado en la actualización anterior para inspirarme y soltar varias payasadas de esas que tanto regocijan a mis selectos lectores. Son payasadas auténticas, de verdad de la buena, aunque, como podrá comprobar quien llegue al final del texto, emanan un tufillo surrealista que pa qué las prisas. Bueno, eso si termino escribiendo lo que tengo pensado, cosa que no tiene por qué ocurrir.

Pues eso: comenté, hablando de las Kardashians, que en mis primeros trabajos catódicos tuve la oportunidad de lidiar con una buena mancha de frikis. Aquí debo detenerme un poco, porque el concepto de lo friki merece ser mínimamente desarrollado. Partamos de la base de que así, como idea general, todo lo friki me apasiona. Y esa ya es en sí una actitud bastante friki, la verdad (mierda, ya empiezo a enredarme en madejas verbales).¿En qué consiste ser friki? Acudamos a ese Vademecum de la sabiduría universal que es la Wikipedia para resolver tan magna duda: 


“Friki (del inglés freaky, y este de freak, 'extraño', 'extravagante', 'estrafalario') o friqui es un término coloquial para referirse a una persona cuyas aficiones, comportamiento o vestuario son inusuales. Al conjunto de aficiones minoritarias propias de los frikis se denomina frikismo o cultura friki.”

Maravilloso, lo que yo decía: son – quizá debería decir “somos”- frikis los que (por algún motivo, en algún sentido) se salen de la mediocridad: aquellos que desarrollan gustos, aficiones o apariencias distintos de los del rebaño (o, al menos, de los del rebaño mayoritario, porque los frikis también construyen sus manadas, más o menos numerosas). En el corazón del friki se despierta una pasión tan fervorosa por algo que, pasando por encima de los convencionalismos, lo arrastra a comportarse de una forma que asombra, escandaliza o directamente repugna al universo mainstream. Así visto, lo terrible es pasar por esta vida sin ser, al menos, un poco friki. O eso es lo que pienso yo. Llamadme friki.

Al hilo de estas consideraciones (que tienen mucha tela que cortar, hoy no es el día), resulta fácil imaginar que a mí todo lo friki me despierta una enorme curiosidad, mezclada con un punto de ternura. Por eso llegué a cogerle cierto cariño a algunos de aquellos frikis de mis comienzos profesionales. Trabajaba yo por entonces en un programa de debate. Bueno, eso es lo que me dijeron al contratarme: que era un programa de debate. Luego descubrí que aquel engendro hediondo consistía básicamente en que unos invitados se mataran con los otros en modo "ansia viva". Si llegaban a las manos, eso que llevábamos ganado. Todo finísimo, elegantísimo y muy constructivo para el espectador. El decorado simulaba una especie de circo romano, y mi labor consistía en llenarlo de gladiadores. Cuanto más sinvergüenzas, despotricadores, maledicentes, deslenguados y faltos de respeto, mejor. No hace falta que lo diga: a mí aquello se me daba estupendamente y me horrorizaba a la par. Contradicciones de la vida misma.

No sé por qué (ni quiero pensarlo) mis jefes decidieron encomendarme a mí, en rigurosa exclusiva, el universo paranormal. Yo me pasaba el día colgado al teléfono, charlando con videntes, mesías de distinto pelaje, echadoras de cartas, profetas, estigmatizados, abducidas y otros especímenes de la aristocracia alienígeno-espirutual. Hablaba con ellos muy de tú a tú, como muy naturalmente, y les preguntaba por la última revelación que les había hecho San Judas Tadeo; por cómo se habían sentido al ser inseminadas por un extraterrestre; por la relación con sus amiguitos espectrales, y otras cuestiones cotidianas del mismo calibre. Cositas de andar por casa, lo típico del místico medio. Así dicho puede parecer extravagante, pero uno se acostumbra a todo, y yo ya no levantaba el teléfono por menos de unos buenos estigmas sangrantes. Luego las Kardashians se encargaban de llamar a semejante patulea, y de organizar su traslado hasta el plató, donde eran convenientemente despellejados por otros perlitas de similar calaña. Vamos, que no nos aburríamos ni un poquito. En absoluto.

Mientras escribo, se me vienen a la cabeza mil historias extravagantes, a cuál más disparatada. Pero como no aspiro a escribir la Biblia de lo friki, voy a hacer una modesta selección de mis personajes favoritos de aquella época, elegidos así, a vuelapluma. Juro por lo más sagrado que no exagero ni una pizca. Las Kardashians pueden atestiguarlo. Si queréis, os paso su teléfono y les tomáis declaración. Seguro que estarán encantadas.


La Sansona, en sus años gloriosos

- La Sansona del siglo XX. De nombre Virginia, esta bella (ejem) señora (ejem, ejem) se hizo famosa allá por los tiempos del NODO como “la mujer más fuerte de España”. Por lo visto arrastraba locomotoras de tren que daba gusto verla, y realizaba otras proezas igual de lindas. Pero cuando yo la conocí ya no se dedicaba a tan productivas tareas: según ella, se había convertido en un ser de luz, un alma blanca conectada con estrellas de cuyo nombre no puedo acordarme. Su guía espiritual era un difunto jefe indio, de eso sí que me acuerdo. Y debía darle muy buenos consejos económicos, porque pedía más que un tío sin brazos, la muy joía. Cobraba un pequeño estipendio por venir al programa, pero siempre especificaba que, si queríamos que hablara de su “etapa Sansona” (ella debía ver el tema muy interesante; nosotros, no) teníamos que pagarle un plusecito. También recuerdo que me amenazaba con pegarme si no le daba una camiseta de Canal Sur (camiseta de la que, por cierto, no disponía yo). Y que le tenía pánico a Manuela, ella sabrá por qué. A veces se traía a un fiel vasallo, otro gran intelectual de nombre artístico “el Tarzán”, un exboxeador que cobraba aparte y sentía por “la Sansona” auténtica veneración. Lo raro es que no se hayan presentado a las elecciones de EE.UU. Arrasarían fijo. 

- El señor del semen galáctico. De este buen hombre sólo recuerdo que iba acarreando un lindo bote de cristal (podría haber contenido originalmente espárragos o palmitos, vaya usted a saber) lleno de una sustancia pringosa y de color indefinible. Él aseguraba que era auténtico y genuino semen galáctico. Y ese era su único discurso, su incuestionable mérito, su impagable aportación a la Historia de la Humanidad. Ni más ni menos. Lo llevábamos al plató para que mostrara el bote y dijera tres o cuatro paridas sin sentido, porque no daba para más.

- La vidente marbellí. Marisa era rubia teñida, y se había operado en varias ocasiones. Ella iba de vidente auténtica, de las de poderes sobrenaturales deverdaddelabuena, como se encargó de subrayar cuando, en su primera intervención, y refiriéndose al resto de invitados, dijo: “que vaya por delante todo mi respeto por estas personas que hay hoy aquí, pero pido por favor que no me comparen con semejantes sinvergüenzas y estafadores”. Ella... ¡ella! Que conducía un Jaguar verde y lucía más joyas que Sara Montiel, todo gracias a su consulta de videncia y sanación. Eso sí: tenía una vena en el cuello que, cuando insultaba a gritos al resto de “contertulios”, se le hinchaba hasta adquirir el grosor de una morcilla de Burgos. Ahí os dejo esa imagen, para vuestro regocijo.


El Penumbra, ya convertido en celebrity


- El Penumbra. Muchos lo conoceréis, porque Jesús Quintero se encargó de proporcionarle fama mundial. El Penumbra, genio y figura, era mucho. Pero mucho, mucho. Reproduzco de memoria la conversación que tuvo con Manuela, cuando lo llamó para gestionar su traslado hasta el plató:

- MANUELA: Hola, soy Manuela, de Canal Sur. Te llamo para organizar tu participación en el programa. ¿Me dices tu nombre completo?

- PENUMBRA: El Penumbra.

- MANUELA: No, ya... sí.... Pero digo tu nombre real, cómo te llamas de verdad.

- PENUMBRA: El Penumbra. Me llamo el Penumbra 

- MANUELA: Vale, bueno. Da igual. ¿Dónde vives? Es para mandarte el taxi.

- PENUMBRA: Pues mira, vivo en un bloque de pisos, con ladrillos marrones, en una calle bastante grande...

- MANUELA: ¿Pero eso es en Sevilla?

- PENUMBRA: No, no.

- MANUELA: ¿Entonces, dónde?

- PENUMBRA: En la Macarena.  

- MANUELA: Ah... Maravilloso...

- PENUMBRA: Oye, ¿voy a cantar en el programa?

- MANUELA: Pues no sé. ¿Tú cantas?

- PENUMBRA: Yo no.

- MANUELA: Entonces, ¿qué haces?

- PENUMBRA: Ser el Penumbra...

Y así durante media hora. ¿Cómo consiguió Manuela enviar el taxi y traer a semejante maravilla de persona, con su túnica y todo, hasta el plató? Son misterios insondables de la producción que sólo ella conoce. Quizá lo cuente algún día, en sus memorias. La anécdota lo merece. 

- La políglota. Esta sólo vino al primer programa (la vilipendiaron tanto que no se atrevió a volver), asegurando que, aun siendo iletrada, adquiría el don de lenguas gracias a los poderes que le prestaba un Santo amigo suyo. Cuando digo “un Santo” me refiero a uno canonizado y todo, de los de altar, corona y velitas. San Francisco de Asís, creo que era, pero este extremo no lo puedo asegurar. Ella charlaba con el Santo tan ricamente, a voluntad, varias veces al día. El presentador le pidió que dijera algunas palabras en francés, y ella, tras concentrarse mucho y entrar en trance, pronunció algo así como “guachuruluru chispergoti fristenbunchen”. Los selectos insultos que le dedicó la vidente marbellí desde el otro lado de la grada aún resuenan en mis oídos como música angelical. Grandes mentes preclaras, inspiración para la juventud. Valiente caterva de gente chiflada. Así he acabado yo.

- La Virgen de la Bola de Luz. La historia de la Virgen de la Bola de Luz se hizo famosa (hay vídeos al respecto, podéis buscarlos en youtube) gracias a un programa que hizo Antena 3 (creo) en el que descubrieron la cutre-estafa mariana pergeñada por una señora de Pedrera. Pero antes yo llevé a la tele a una ex-devota de aquella fugaz advocación, que pretendía desvelar las mentiras y falsedades que había detrás de las apariciones de la Virgen. Por desgracia, perdió toda credibilidad cuando aseguró, en directo, que ella misma le daba de comer bocadillos de mortadela al niño Jesús que la Virgen sostenía. A mí me pareció una dieta poco adecuada para un infante, la verdad. Pero fuera de eso, todo de lo más normal.

Lástima que en esta foto no se aprecie el embarazo espiritual de Araceli


- Araceli, la embarazada espiritual. Esta daba mucho miedito. Venía de un pueblo de Granada, y aseguraba ser la reencarnación de una condesa del siglo XV. Mucha pinta de aristócrata no tenía, mi verdad digo (adjunto foto). Según ella, unos seres de luz la habían dejado embarazada sin contacto sexual ninguno. Para demostrarlo, le plantó la barriga (flácida, descomunal) a Manuela encima de la mesa de producción. Qué detalle tan de agradecer por su parte. Manuela, con toda la naturalidad del mundo, le preguntó: “¿de cuánto estás?”; y ella, apesadumbrada, le espetó: “qué más quisiera yo que saberlo”. Ignoro si habrá alumbrado ya a su retoño intergaláctico... pero sospecho que no, porque años más tarde salió en otros programas de la tele y seguía feliz y espiritualmente encinta. La belleza simpar de su ser y de su verbo nunca me han abandonado. Qué suerte (glups) haberla conocido. 

- Bonus- track: La Trini y Casimira. Menciono por último a estas dos grandes mujeres, que no ejercían el misticismo, pero podrían ser extraterrestres. Trini era un ama de casa que nos traía público – de saldo, dicho desde el respeto - a los programas (cobraba cierta cantidad de dinero a los seniles espectadores que colectaba en su barriada para ir a la tele); y a veces participaba en los debates, para elevar el nivel  de la charla con su fluido verbo e intelectual discurso. Ella lo llamaba “actuar”, en plan: “esta semana no actúo en el ‘pograma’ porque no me han puesto los dientes nuevos” (sic). Trini defendía siempre la postura de la mujer clásica, atada a la pata de la cama y encadenada al fregadero. Era una machista radical, y tan a gusto lo pregonaba a los cuatro vientos. Pa que las FEMEN le pusieran un monumento, mireuhté. Pero, como a todo a quien nos gane, cuando Trini no podía “actuar”, nos mandaba a Casimira, cuya filosofía de vida puede resumirse en una frase que se me ha quedado tatuada en las neuronas: “un hombre tiene que oler a hombre”. Ahí queda eso, junto con los versos de Góngora y Garcilaso. 


Creo que este larguísimo texto es suficientemente ilustrativo de cómo fueron aquellos inicios míos en el mundo de la tele; y pueden explicar algunas de mis taras actuales. Pero ésa – la de mis taras- es otra historia, y debe ser contada en otra ocasión.

sábado, 22 de octubre de 2016

Las Kardashians





La vida está llena de esquinas. Esta frase la utilizo mucho yo, en un alarde (ejem) de originalidad (ejem, ejem). Vale, ya sé que es un topicazo y un lugar común del copón bendito, pero expresa muy bien lo azaroso del destino humano (nótese la contradicción: “azaroso destino”. En fin...). En los últimos tiempos he vivido muchos encuentros, varios reencuentros, y también algunos desencuentros: dolorosos estos últimos, pa qué nos vamos a engañar. Los llevo mal, los desencuentros: tanto los que yo mismo promuevo como los buscados por otras personas (aunque en todos ellos tendré yo mi cuota de participación, supongo). En fin... (otra vez, con sus puntos suspensivos y todo): de ese asunto no quiero hablar hoy, y menos en está rentreé tan inesperada de mis cyberquisicosas. Démosle un golpe al timón, y busquemos brisas más favorables para seguir navegando. 

Por centrarme en lo feliz y en lo festivo, resulta que tras una de esas esquinas de la vida me aguardaba un reencuentro que, por diversas razones, me está dando grandes momentos de regocijo. Los ignotos caminos de la existencia me han devuelto la amistad cotidiana (la cotidiana, porque la amistad así, en general, nunca se fue) con dos mujeres bellas, auténticas, valientes y excelentes en el más amplio sentido de la palabra. Ellas tienen sus nombres reales, of course; pero últimamente me ha dado por llamarlas “las Kardashians”, plagiando la genial idea de un amiguito común. El apodo les viene que ni pintado, porque a glamourosas y dicharacheras no les gana nadie. Y sin inyecciones de cortisona, prótesis, liftings ni nada por el estilo, porque ellas no necesitan nada de eso. Superparanada, osea.

Con las Kardashians me pasó como con otras mujeres excelentes que he conocido: cuando coincidimos por primera vez, en mis turbulentos años de juventud (años en los que yo estaba descubriendo muchas emociones; años de experiencias pioneras, de crecimiento y de vértigo y de felicidad y de liberación y de miedo) ellas me regalaron, sorprendentemente, su amistad y su cariño. Digo “sorprendentemente” porque, una vez más (quizá como fruto de mis obstinados problemas de autoestima), sentí que estaban muy por encima, y muy delante de mí en muchos sentidos. Pero según parece ellas no lo veían así, y me invitaron a compartir con ellas experiencias profesionales y personales, la mayoría de ellas divertidísimas, que nos acercaron así como muy naturalmente. Había risa y complicidad; y hasta asistí a la boda de Manuela, que recibió, por cierto, el regalo nupcial más... estrambótico y peculiar que he hecho en mi vida: un juego de botella de licor y chupitos pintado por el menda con la técnica del falso vidriado. Un truñaco de récord olímpico, vamos. Mojonaco tragapolvo y comemierda simpar. Ahora, con el paso de los años, lo he vuelto a ver y me causa auténtico espanto. Debo decir a mi favor que estaba en esa época más pelao que Aramís Fuster antes de hacerse un Deluxe; y que empleé horas y horas en realizar semejante prodigio de la artesanía. A Manuela, que tiene un punto muy suyo, el regalo le gustó... o al menos eso es lo que ha mantenido todos estos años. De hecho, hasta hoy, la botella y los chupitos ocupan un espacio propio en su casa; y yo, afortunadamente, un pequeño lugar en su corazón. También en el de Mª José, “la Villa”, que siempre me pareció inteligentísima, divertida y buena gente.

Luego, con el devenir de nuestras respectivas existencias, las Kardashians y yo dejamos de coincidir tan a menudo, aunque nuestro cariño seguía vivo desde la distancia. A Mª José la veía de vez en cuando, por motivos profesionales, sobre todo. Con Manuela hablaba de tarde en tarde, y siempre me sacaba una sonrisa con la coña de su alma blanca y las anécdotas compartidas de nuestros años lidiando con frikis (pero frikis, frikis del mismísimo centro del Planeta Friki, que merecen su propia actualización). Sabía de ellas, me alegraba de sus triunfos y me conmovían sus tribulaciones. Había, como he dicho, un cariño sostenido desde la distancia. Hasta que, hace relativamente poco tiempo, tras una de las esquinas de mi vida, me las volví a encontrar.

Yo sabía que las quería y las admiraba. Lo que no sabía, desde luego, era lo importantes que iban a volver a ser en mi día a día, juntas y por separado. Porque, curiosamente, hemos vuelto a coincidir en el tiempo, en el espacio... y más allá: en un lugar del corazón habitado por quienes atraviesan momentos vitales muy parecidos (“etapas”, diría una que yo me sé). Supongo que alguna vez les he dicho lo balsámicos, medicinales y curativos que han sido (que siguen siendo) los ratitos que echo con ellas. Por si acaso, lo dejo escrito aquí, en este foro público, para conocimiento del mundo en general: las quiero, las admiro y las necesito mucho en Sevilla, en Estambul, en Ibiza o allá donde nos lleven las ofertas de vuelos por internet (espero que sea a muchos sitios muy lejanos). Su valentía, su coherencia y su sinceridad son una continua fuente de inspiración para mí. Y encima me hacen reír tela, las joías.

Así que gracias, Kardashians: por acompañarme, por contar conmigo, por escucharme y aceptar el papel de confidentes que a menudo os asigno; por quererme, por no juzgarme y por dejarme “ser yo mismo” (expresión que odio con toda mi alma, pero que aquí viene muy al caso). Os quiero tela.

NOTA: llevaba tiempo pensando en publicar esta actualización, y al final he tenido que escribirla a trompicones, de salta en salto. No sé si me ha quedado muy allá. Rehola, en cualquier caso. Seguimos vivos...



martes, 16 de junio de 2015

Entradas recicladas (y muy pertinentes)

Ligero de equipaje - Sólo lo idispensable: esa es la regla básica a la hora de preparar la mochila. Vale igual para el camino que para muchos aspectos de la vida. <BR> <BR>Cuando digo lo insidpensable, queiro decir lo I-N-D-I-S-P-E-N-S-A-B-L-E... Y eso significa muchas menos cosas de las que uno cree. Muchos decían que, a la hora de preparar la mochila, me había padaso de parco; durante el camino pude comprobar que, en realidad, llevada objetos de más: utensilios y prendas que, desde Sevilla, me parecían importantísimos... Pero, una vez en el camino, resultaban más una molestia (al fin y al cabo, hay que cargar con ellos a la espalda) que una ayuda. <BR> <BR>Al comprobar lo pesados e inútiles que resultan algunos cachivaches que parecían indispensables; he pensado que hay sentimientos, reconcores, amores, complejos, frustraciones, agobios y otra serie de lastres que ocupan mucho sitio en nuestra mochila emocional; pesan como auténtico plomo; y resultan absolutamente inútiles a la hora de disfrutar del camino. <BR> <BR>Por eso, en todos los sentidos, merece la pena escoger con cuidado lo que uno se echa a la espalda. Definitivamente, merece la pena caminar ligero de equipaje (y con una cervecita a mano; eso, que no falte) <BR> <BR>Beso! - Fotolog

Vale: esta entrada tiene trampa, porque se trata de textos que escribí hace ya varios años, a cuenta de mi primera experiencia en el Camino de Santiago. Las recupero hoy porque hablan de ideas a las que sigo dando vueltas últimamente. Se ve que mis obsesiones resultan la mar de recurrentes. Estas tres reflexiones vienen muy, muy al caso. Lecciones que un día aprendí y a veces olvido. Así que un repasito, precisamente ahora, me viene muy requetebien.

1. FUGACIDAD

Yo mismo decidí hacer el camino solo... Y esa fue una decisión bastante rara, teniendo en cuenta mi trayectoria vital, y determinados rasgos de mi carácter (dependencia social, podría llamarse el síntoma). Yo mismo pensé, en varias ocasiones, que no sería capaz de disfrutar de la soledad de la experiencia. Pero el cuerpo y la mente son tela de listos, y, de vez en cuando, te empujan a hacer lo que realmente necesitas. Sí: elegí hacer el camino solo... Y en mi vida he tomado pocas decisiones tan acertadas.

Cuando pasas tantas horas en soledad, te apetece llegar al albergue y charlar con otros peregrinos. Con unos compartes cena, y cerveza; con otros, intimas un poco más; y algunos llegan a convertirse en una especie de amigos, más o menos circunstanciales. (Seguro que pasa como en Gran Hermano: Allí todo se magnifica...) Pero en el camino cada uno lleva su ritmo, su ruta, su objetivo.... Y lo más probable es que tu colega de hoy no coincida contigo en etapas sucesivas.

A mí, los desencuentros siempre me han causado mucho vértigo: he empleado (sigo haciéndolo) toneladas de tiempo, dinero y energía para evitarlos. Pero los desencuentros, inevitablemente, ocurren. Cada uno camina a su ritmo; cada cual elige su ruta. Coincidir, en el mismo tiempo y en el mismo espacio, es una especie de milagro que merece la pena paladear a fondo. Pero puede que un día yo camine más rápido que tú; o que prefiera torcer a la derecha en un recodo; o que quiera descansar, mientras tú sigues caminando.

Todo es fugaz; todo tiene su sazón. El afán por aferrarse resulta un deporte poco útil (aunque yo mismo lo practico con frecuencia). Mientras caminaba, por alguna extraña razón, lo comprendí de una manera nueva, y la idea me pareció bien. Esa fue una sensación tremendamente liberadora.

2. DOLOR

Antes de salir, nunca había pensado que caminar, duele. Los primeros días de caminata fueron, en realidad, un paseo que emprendía despreocupadamente, a la ligera. Los excesos de entonces me pasaron factura más tarde. Esta relación causa - efecto funciona siempre así. Todos los excesos tienen su precio: en cada uno está valorar si merece la pena pagarlo.

El caso es que, a lo largo de mi viaje, descubrí partes de mis piernas de cuya existencia nunca antes había sido informado. Si hoy me molestaba el tobillo izquierdo; al día siguiente amanecía con un punzante dolor en la rodilla derecha. Cada uno de esos problemas se superponía al anterior, de acuerdo con una regla bastante sorprendente: en vez de sumarse, los dolores se eclipsan los unos a los otros. Cuando aparece uno nuevo, acapara tanto tu atención que los anteriores parecen de pronto vagos, difusos, casi insignificantes. Y lo mejor, lo más sorprendente, es que a pesar de las molestias nuevas y antiguas; con el dolor de rodillas, de tobillos o de alma; el camino sigue abierto ante tus ojos, invitándote a cubrir etapas y alcanzar objetivos. TIENES QUE SEGUIR CAMINANDO.

Yo siempre he tenido una actitud muy negativa hacia el dolor: en general, he intentado soslayarlo entregándome a mis vicios preferidos y a mis dependencias más recurrentes. A veces, en cambio, he sucumbido la tentación de abandonarme al desaliento, alimentando la angustia hasta niveles psicopáticos.

Mientras caminaba, entendí de alguna forma que el dolor es parte de nuestra experiencia; que ignorarlo resulta engañoso.... y recrearte en él te impide disfrutar de los placeres que el horizonte nos regala. En cambio, si aceptas el dolor; si comprendes que el sufrimiento es relativo; si, tirando de perspectiva, asumes que hubo penas anteriores, y que ninguna de ellas te impidió seguir caminando..Cuando te sobrepones, avanzas la otra pierna, levantas la mirada, y te sientes verdaderamente limpio, auténticamente capaz... Esa sensación es lo más parecido a la libertad que nunca he experimentado.

3. LIGERO DE EQUIPAJE

Sólo lo indispensable: esa es la regla básica a la hora de preparar la mochila. Vale igual para el camino que para muchos aspectos de la vida.

Cuando digo lo indispensable, quiero decir lo I-N-D-I-S-P-E-N-S-A-B-L-E... Y eso significa muchas menos cosas de las que uno cree. Muchos decían que, a la hora de preparar la mochila, me había pasado de parco; durante el camino pude comprobar que, en realidad, llevada objetos de más: utensilios y prendas que, desde Sevilla, me parecían importantísimos... Pero, una vez en el camino, resultaban más una molestia (al fin y al cabo, hay que cargar con ellos a la espalda) que una ayuda.

Al comprobar lo pesados e inútiles que resultan algunos cachivaches que parecían indispensables; he pensado que hay sentimientos, rencores, amores, complejos, frustraciones, agobios y otra serie de lastres que ocupan mucho sitio en nuestra mochila emocional; pesan como auténtico plomo; y resultan absolutamente inútiles a la hora de disfrutar del camino.

Por eso, en todos los sentidos, merece la pena escoger con cuidado lo que uno se echa a la espalda. Definitivamente, merece la pena caminar ligero de equipaje (y con una cervecita a mano; eso, que no falte)

martes, 9 de junio de 2015

De moralinas y coñohonraos

 

Hace no mucho tiempo, una amiga muy querida (sabia ella, en toda la dimensión de la palabra) me descubrió un par de conceptos a los que últimamente recurro con bastante frecuencia: “moralina” y “coñohonrao”. Definen muy precisamente determinadas actitudes ante la vida y el prójimo, y (desgraciadamente, debo decir) resultan la mar de aplicables; incluso autoaplicables, que es lo peor. Son ideas ambas muy íntimamente relacionadas: no hay coñohnrao sin moralina, aunque sí puede desarrollar moralina alguien que no vaya por la vida de “coñhonrao”. ¡Ay! Ya me estoy metiendo en laberintos lingüísticos. Será la falta de práctica en estas lides blogueras. Digo yo.

Como suelo hacer en estas circunstancias, he acudido al DRAE para buscar una definición académica de cuyo hilo ir tirando. Obviamente, “coñohonrao” no aparece entre los vocablos recogidos en el diccionario (tiempo al tiempo: se trata de una realidad tan extendida que el término acabará definido negro sobre blanco). “Moralina” sí que aparece, por supuesto: según las preclaras autoridades de la Lengua Española, es la “Moralidad inoportuna, superficial o falsa”. Pues sí, se acerca bastante a lo que mi amiga (y yo, por extensión) quiere referirse cuando utiliza la palabra. La moralina es ese juez que tod@s llevamos dentro (un@s con más ruido que otr@s); ese magistrado que, desde su estrado, blande su maza para condenar conductas y emociones y comportamientos y formas de vivir la vida propios y ajenos. Cuando se refiere a uno mismo, la moralina suele ser expresión de nuestras taras, nuestras limitaciones, nuestros miedos, complejos y prejuicios; y generalmente se manifiesta como ese gran enemigo de la felicidad que conocemos como “culpa”. Qué jueguito nos da en el día a día, la hijadelagranputa “culpa”. Nuestra moralina nos hace sentirnos culpables por hacer lo que queremos hacer; por ser como realmente somos; o por llevar la vida que auténticamente anhelamos vivir. Actúa censurando nuestros deseos y cercenando nuestras pulsiones, hasta el punto de que, en una pirueta de insalubridad emocional, nos impide ser consecuentes con las auténticas aspiraciones de nuestro cuerpo y nuestra alma; con eso que nuestro corazón nos está pidiendo a gritos. A mí me ha pasado con frecuencia, porque tengo una carga de moralina pa alicatar cuatro cuartos de baño. Me callo, me corto, evito, niego, amordazo, justifico, me pongo la venda, aprieto los dientes... y, en definitiva, me voy jodiendo vivo tan ricamente, porque me condeno a no ser auténticamente yo. ¿Para qué? Pues para que me quieran y me abracen y me acepten. O para que hagan todo eso con alguien que se parece a mí (pero que no soy yo). Y para sentirme un “hombre de bien”. Valiente capullada. Genera mucha soledad, curiosamente.

A veces (yo mismo lo he hecho; y quizá todavía lo hago, espero que cada vez con menos frecuencia) disfrazamos la moralina de generosidad o de bohomía. Nos decimos: “esto voy a hacerlo por amor”; o “esto evito hacerlo para no causarle un sufrimiento a alguien a quien quiero de verdad”. Y así vamos, sintiéndonos encima personas abnegadas que consagran su sacrificio a un Bien Mayor. Mojones y gordos. Mentiras hediondas de la peor calaña. No nos engañemos: lo que pasa es que nos da un cague atroz enfrentarnos con eso que nos enseñaron a identificar como nuestra “parte mala”. Y oiga, mirehusté, a lo mejor tampoco resulta tan negativa. A lo mejor lo malo es la puta moralina. Para nosotros y para los demás. Pero atravesar esa barrera; pasar más allá de la culpa y el miedo; y comportarse de manera auténtica (sea eso lo que sea)... joder, da mucho canguelo. Y tiene sus consecuencias, claro. A veces, nefastas. Generalmente menos graves de lo que nuestra imaginativa moralina nos invita a pensar. En realidad, por experiencia puedo afirmar (y afirmo) que ese ejercicio resulta a medio plazo muy liberador. Mucho. Muchísimo. Y ayuda a prevenir las úlceras de estómago. Eso también. Mucho más que el Omeoprazol. ¡Dónde va a parar!

La moralina (cada cual tiene la suya propia) podemos manejarla de diferentes formas. Supongo que, ya que eliminarla está sólo al alcance de grandes místicos y monjes budistas; lo más saludable debe ser identificarla, comprehenderla, y someterla a un trabajo de toreo fino para que nos limite lo menos posible, a la hora de convivir con nosotros mismos y también en la relación – tan fluctuante- que mantenemos con la gente de nuestro entorno. Claro que también podemos hacer de la moralina un estilo de vida. Abrazarnos a ella y... ¡ea, a condenar a diestro y siniestro! Como quien se ciñe un disfraz de carnaval, pero en versión hijodeputa. Muy al estilo Brie VandeCamp. Y es aquí, amiguitos y amiguitas, donde irrumpe el coñohonrao. O la coñohonrao, porque esta manera de ser, de comportarse y de sentir no distingue de géneros ni edades ni clases sociales.

Un coñohonrao es, en esencia, justamente eso: alguien que ha convertido la moralina en una forma de manejarse por el mundo. Los coñohonraos, a base de negar su trastienda (o precisamente para no enfrentarse a lo que hay almacenado en ella) se sienten directamente mejores personas. Y encima suelen presumir de ello. Así, a boca llena. “Yo jamás actuaría de esa forma”; “soy incapaz de aguantar semejante comportamiento”; “a mí no me las dan con queso”; “en tu lugar, lo habría mandado a la mierda hace siglos”; “¡cómo has podido hacer algo así!”, “¿yo? Vamos, vamos... en la vida”; “ni muerto”; “superparanada”; never in my life” y otros vómitos verbales. Entrañables, empáticos; de abrazarse a ell@s bajo las estrellas en cálidas noches estivales. Arcas secas.

Hay muchos tipos de coñohonraos, y todos comparten una esencia muy identificable, un tufillo a podredumbre emocional que a mí me resulta cada vez más reconocible. Está el coñohonrao abnegado, el rencoroso, el envidioso, el happyflower, el cenizo; también el inofensivo, que sólo se hace pupa a sí mismo y no provoca daños colaterales. En casi todos los casos se trata de hipócritas de libro, ejemplos prístinos de la doble moral; gente experta en ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el suyo. Bueno, no, me corrijo: ven la paja en el ojo ajeno PARA no ver la viga en el suyo. Porque la sinceridad de los demás amenaza demasiado peligrosamente el delicado castillo de humo con que camuflan sus propias miserias. Y un coñohonrao le tiene mucho apego a su máscara. La necesita para seguir alimentando su autoengaño. No vas a venir ahora tú a resquebrajarla. Te quié í ya.

Supongo que yo mismo, en determinadas circunstancias y ante determinadas personas, me he comportado como un coñohonrao. Vamos, no lo supongo: lo sé a ciencia cierta.Y, como ya he reconocido, tengo una lamentablemente pesada carga de moralina. Tanta, que me he cortado mucho al escribir este texto. Por la puta moralina de los cojones. Qué coraje. Qué le vamos a hacer.