Cuando uno decide emprender el
Camino de Santiago solo, es por algún motivo. Esta frase
introductoria, que puede parecer una perogrullada (porque lo es: todo
lo que hacemos, lo hacemos por algún motivo) no la digo por decir.
El Camino, ya lo he comentado en anteriores actualizaciones, funciona
muy fácilmente como metáfora de la vida. En el sentido más
prosaico, y también en el más profundo. Ambos (tanto la vida, como
el Camino) son procesos personales con implicaciones físicas,
emocionales, intelectuales, espirituales y sociales. Por eso no
resulta raro encontrar a peregrinos que caminan hacia Santiago para
comulgar consigo mismos; o para encontrar respuestas a determinadas
preguntas vitales, en general muy acuciantes; o para escapar de
determinadas situaciones de asfixia, angustia o desconcierto
existencial.
Como sabéis, hace ya
varios años yo sentí esa necesidad de hacer el Camino solo. Mis
motivaciones de entonces casi no las recuerdo: supongo que serían de
lo más cotidianas, porque al final la mayoría de los seres humanos
compartimos emociones similares, en algún momento de nuestra
existencia. Desde aquella primera vez (especialmente reveladora, hay
algunos textos alusivos en esta misma cybercasa) he vuelto a recorrer
el camino (o, mejor dicho, los Caminos, porque son diversos tanto
cuantitativa como cualitativamente) en varias ocasiones, algunas
veces solo y otras, acompañado. Cada Camino ha sido, como es lógico,
muy diferente, y muy esclarecedor a distintos niveles. Pero todos
comparten determinadas características. Hoy quiero destacar una de
cualidades genéricas, quizá la que más me ha llamado la atención
siempre, y me ha sido más útil: en cada ocasión, yo iba esperando
algo del Camino. Tenía más o menos claro qué es lo que necesitaba,
qué quería obtener de esa experiencia. Y siempre (SIEMPRE, desde la
primera vez) el Camino me ha dado otras cosas. Distintas de las que
yo esperaba, y quizá más necesarias para mí.
Este verano, tras varios
años, he vuelto a hacer el Camino solo. Atreverme (uso este verbo
con toda su carga emocional) no me resultó fácil, porque implicaba
determinados riesgos y yo sabía que la decisión iba a costarme cara
(así fue, después de todo. Me salió carísima). Y aun así, me
atreví, porque mi necesidad pesaba más que el alto precio que iba a
pagar por semejante atrevimiento. Ya ves tú, qué locura más
grande: desear emprender un proyecto para mí mismo, con el único
objetivo de alcanzar ciertos niveles de libertad (ejem) y de
bienestar. Valiente plan. Pero ya estoy desviándome hacia rutas que
no son el objeto de esta actualización.
Como siempre, buscaba en el
Camino una serie de experiencias, un conjunto de reflexiones y
emociones, respuestas a ciertas preguntas que ni yo mismo me atrevía
a formular. Y, como siempre, el Camino me dio otras cosas: distintas,
y, quizá, más necesarias para mí. Como de lo vivido también se
aprende; tras tantos Caminos recorridos, en vez de resistirme y
pelear por mis deseos preconcebidos decidí entregarme a lo que fuera
descubriendo. Aceptar lo que me iba viniendo. Por algo sería; para
algo me serviría; algo bueno podría sacar de ello. Y, claro, una
vez más, acerté.
En el Camino de este año
he aprendido nuevas lecciones, que puedo sumar a las que asimilé en
peregrinajes pasados. Pienso que los efectos más directos de ese
aprendizaje van a durar poco tiempo, porque a medio plazo de
desdibujan y dejamos de aplicarlos a nuestro día a día. Aunque
quizá no sea así: igual esas nuevas certezas se adhieren a mis
neuronas, y, desde lo profundo, actúan a su manera y me orientan en
mis caminos vitales. Ojalá, Dios lo quiera. Y Buda, también.
De lo aprendido en mi
Camino de este año destaco que, cuando tengo cierto espacio, puedo
descubrir a un Javi muy libre y muy feliz; que puedo sentirme muy
solo en medio de una multitud; que tengo herramientas para combatir
la soledad, y encontrarme con personas (y personajes) que merecen la
pena; que muchas veces el ritmo que he aprendido a adoptar en la vida
(apresurado, urgente, ansioso) no es el que más me beneficia, ni el
que más satisfacciones me da; que me resulta fácil compartir, y
compartirme; que algunos encuentros no ocurren por casualidad; y si
son casuales, da igual, porque deben producirse, tienen siempre un
sentido. Y, por encima de todo, he asumido que no tiene nada de malo
aceptar la ayuda que me ofrecen. Porque cuando alguien te ayuda, es
porque quiere, porque te quiere, y obtiene también una satisfacción
en ese gesto.
Podría contar mil
anécdotas de este Camino, que ha tenido como lema la frase “Me voy
a cagar en tu puta madre” (repetida mil veces, con grandes risas y
jaraneo). Pero me quedo con una, relacionada con lo que he dicho un
poco más arriba de aceptar ayuda. En una de las etapas yo estaba
fatal de los fatales, con una rodilla destrozada que apenas me
permitía andar. Mis coleguitas del Camino iban a caminar 30
kilómetros, pero yo no podía, no me veía capaz, y pensé quedarme
a mitad de la etapa. Cuando me vio dando más jojetás que el “Pozí”
con una prótesis de cadera, Juliana me ayudó a encontrar un ritmo
más saludable para mí; me animó a continuar caminando con el
grupo; y Javi (otro Javi, encantador) se ofreció a llevarme la
mochila. Me costó mucho aceptar ese gesto, aunque mi corazón quería
seguir andando para llegar felizmente a Santiago con ese grupito tan
heterogéneo y magnífico que ya habíamos formado. Ellos dos
(Juliana y Javi), junto con Abel, Lidia, Óscar, Gema y Pilar, con su
cariño y entusiasmo y energía, pusieron alas a mis pies para
culminar la que a la postre fue una de las etapas más especiales de
este Camino. Se lo agradezco enormemente. A tod@s
ell@s.
Vale, ya; ya termino, que
me he embalado y me queman las palabras en los dedos. Pero antes, por
poner una bandera como hito de esta actualización, quiero mencionar
muy brevemente los dos grandes eventos de mi Camino de Santiago 2019:
el encuentro con Juliana (inesperado, revelador, indescriptiblemente
bello)… ; y la inspiración de Mercedes Navarro, amiga del alma que
ha caminado a mi lado y me ha llevado en volandas en cada uno de los
pasos que he dado. Tanto durante el Camino, como después. Y no digo
más, que me emociono.
Estoy que me salgo del
teclado. Es que llevo mucho tiempo sin hablar.

Me quedo con tres cosas:
ResponderEliminar1. Quizás el precio no es tan caro...lo valoraremos más adelante
2. Dejarte ayudar te hace grande, a ti, persona AYUDADORA. Las ayudadoras, también necesitan/mos que nos ayuden, y es bonito.
3. Si llevas tiempo sin hablar, habla ...
A todo te digo que llevas razón. Como es habitual, por otra parte
EliminarMe engancho a lo que dice GESFERA y voy un poco más allá: tirao de precio te ha salido el atrevimiento, cashoperro, todo ha sido ganancia me atrevería yo a decir. Y veremos cosas buenas en el futuro y te veremos sano y tranquilo. Hala, a seguir caminando en esa dirección se ha dicho!
ResponderEliminarMe engancho a lo que dice GESFERA y voy un poco más allá: tirao de precio te ha salido el atrevimiento, cashoperro, todo ha sido ganancia me atrevería yo a decir. Y veremos cosas buenas en el futuro y te veremos sano y tranquilo. Hala, a seguir caminando en esa dirección se ha dicho!
ResponderEliminarJavi!!! Eres un tío agradecido, simpatico, profundo, que sabe escuchar y que sabe decir cosas que te hacen reflexionar, (una que me dijiste "la decisión ya está tomada, hay quien la lleva a cabo y quién no, pero ya está tomada" )pero sobre todo eres un tío DIVERTIDIIIISIMO y con mucho arte, como decís los del sur.
ResponderEliminarAmigo mío, te llevaría la mochila una y mil veces y estoy agradecido de que me dejases hacerlo.
Espero volver a verte y tomar una cervecita... o dos
Ayu! Vilamea... Acepto esa cerveza. o esas dos. Que no quede en un propósito. Besos mil.
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