jueves, 12 de septiembre de 2019

Caminar




Cuando uno decide emprender el Camino de Santiago solo, es por algún motivo. Esta frase introductoria, que puede parecer una perogrullada (porque lo es: todo lo que hacemos, lo hacemos por algún motivo) no la digo por decir. El Camino, ya lo he comentado en anteriores actualizaciones, funciona muy fácilmente como metáfora de la vida. En el sentido más prosaico, y también en el más profundo. Ambos (tanto la vida, como el Camino) son procesos personales con implicaciones físicas, emocionales, intelectuales, espirituales y sociales. Por eso no resulta raro encontrar a peregrinos que caminan hacia Santiago para comulgar consigo mismos; o para encontrar respuestas a determinadas preguntas vitales, en general muy acuciantes; o para escapar de determinadas situaciones de asfixia, angustia o desconcierto existencial.

Como sabéis, hace ya varios años yo sentí esa necesidad de hacer el Camino solo. Mis motivaciones de entonces casi no las recuerdo: supongo que serían de lo más cotidianas, porque al final la mayoría de los seres humanos compartimos emociones similares, en algún momento de nuestra existencia. Desde aquella primera vez (especialmente reveladora, hay algunos textos alusivos en esta misma cybercasa) he vuelto a recorrer el camino (o, mejor dicho, los Caminos, porque son diversos tanto cuantitativa como cualitativamente) en varias ocasiones, algunas veces solo y otras, acompañado. Cada Camino ha sido, como es lógico, muy diferente, y muy esclarecedor a distintos niveles. Pero todos comparten determinadas características. Hoy quiero destacar una de cualidades genéricas, quizá la que más me ha llamado la atención siempre, y me ha sido más útil: en cada ocasión, yo iba esperando algo del Camino. Tenía más o menos claro qué es lo que necesitaba, qué quería obtener de esa experiencia. Y siempre (SIEMPRE, desde la primera vez) el Camino me ha dado otras cosas. Distintas de las que yo esperaba, y quizá más necesarias para mí.

Este verano, tras varios años, he vuelto a hacer el Camino solo. Atreverme (uso este verbo con toda su carga emocional) no me resultó fácil, porque implicaba determinados riesgos y yo sabía que la decisión iba a costarme cara (así fue, después de todo. Me salió carísima). Y aun así, me atreví, porque mi necesidad pesaba más que el alto precio que iba a pagar por semejante atrevimiento. Ya ves tú, qué locura más grande: desear emprender un proyecto para mí mismo, con el único objetivo de alcanzar ciertos niveles de libertad (ejem) y de bienestar. Valiente plan. Pero ya estoy desviándome hacia rutas que no son el objeto de esta actualización.

Como siempre, buscaba en el Camino una serie de experiencias, un conjunto de reflexiones y emociones, respuestas a ciertas preguntas que ni yo mismo me atrevía a formular. Y, como siempre, el Camino me dio otras cosas: distintas, y, quizá, más necesarias para mí. Como de lo vivido también se aprende; tras tantos Caminos recorridos, en vez de resistirme y pelear por mis deseos preconcebidos decidí entregarme a lo que fuera descubriendo. Aceptar lo que me iba viniendo. Por algo sería; para algo me serviría; algo bueno podría sacar de ello. Y, claro, una vez más, acerté.

En el Camino de este año he aprendido nuevas lecciones, que puedo sumar a las que asimilé en peregrinajes pasados. Pienso que los efectos más directos de ese aprendizaje van a durar poco tiempo, porque a medio plazo de desdibujan y dejamos de aplicarlos a nuestro día a día. Aunque quizá no sea así: igual esas nuevas certezas se adhieren a mis neuronas, y, desde lo profundo, actúan a su manera y me orientan en mis caminos vitales. Ojalá, Dios lo quiera. Y Buda, también.

De lo aprendido en mi Camino de este año destaco que, cuando tengo cierto espacio, puedo descubrir a un Javi muy libre y muy feliz; que puedo sentirme muy solo en medio de una multitud; que tengo herramientas para combatir la soledad, y encontrarme con personas (y personajes) que merecen la pena; que muchas veces el ritmo que he aprendido a adoptar en la vida (apresurado, urgente, ansioso) no es el que más me beneficia, ni el que más satisfacciones me da; que me resulta fácil compartir, y compartirme; que algunos encuentros no ocurren por casualidad; y si son casuales, da igual, porque deben producirse, tienen siempre un sentido. Y, por encima de todo, he asumido que no tiene nada de malo aceptar la ayuda que me ofrecen. Porque cuando alguien te ayuda, es porque quiere, porque te quiere, y obtiene también una satisfacción en ese gesto.

Podría contar mil anécdotas de este Camino, que ha tenido como lema la frase “Me voy a cagar en tu puta madre” (repetida mil veces, con grandes risas y jaraneo). Pero me quedo con una, relacionada con lo que he dicho un poco más arriba de aceptar ayuda. En una de las etapas yo estaba fatal de los fatales, con una rodilla destrozada que apenas me permitía andar. Mis coleguitas del Camino iban a caminar 30 kilómetros, pero yo no podía, no me veía capaz, y pensé quedarme a mitad de la etapa. Cuando me vio dando más jojetás que el “Pozí” con una prótesis de cadera, Juliana me ayudó a encontrar un ritmo más saludable para mí; me animó a continuar caminando con el grupo; y Javi (otro Javi, encantador) se ofreció a llevarme la mochila. Me costó mucho aceptar ese gesto, aunque mi corazón quería seguir andando para llegar felizmente a Santiago con ese grupito tan heterogéneo y magnífico que ya habíamos formado. Ellos dos (Juliana y Javi), junto con Abel, Lidia, Óscar, Gema y Pilar, con su cariño y entusiasmo y energía, pusieron alas a mis pies para culminar la que a la postre fue una de las etapas más especiales de este Camino. Se lo agradezco enormemente. A tod@s ell@s.

Vale, ya; ya termino, que me he embalado y me queman las palabras en los dedos. Pero antes, por poner una bandera como hito de esta actualización, quiero mencionar muy brevemente los dos grandes eventos de mi Camino de Santiago 2019: el encuentro con Juliana (inesperado, revelador, indescriptiblemente bello)… ; y la inspiración de Mercedes Navarro, amiga del alma que ha caminado a mi lado y me ha llevado en volandas en cada uno de los pasos que he dado. Tanto durante el Camino, como después. Y no digo más, que me emociono.

Estoy que me salgo del teclado. Es que llevo mucho tiempo sin hablar.

6 comentarios:

  1. Me quedo con tres cosas:
    1. Quizás el precio no es tan caro...lo valoraremos más adelante
    2. Dejarte ayudar te hace grande, a ti, persona AYUDADORA. Las ayudadoras, también necesitan/mos que nos ayuden, y es bonito.
    3. Si llevas tiempo sin hablar, habla ...

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. A todo te digo que llevas razón. Como es habitual, por otra parte

      Eliminar
  2. Me engancho a lo que dice GESFERA y voy un poco más allá: tirao de precio te ha salido el atrevimiento, cashoperro, todo ha sido ganancia me atrevería yo a decir. Y veremos cosas buenas en el futuro y te veremos sano y tranquilo. Hala, a seguir caminando en esa dirección se ha dicho!

    ResponderEliminar
  3. Me engancho a lo que dice GESFERA y voy un poco más allá: tirao de precio te ha salido el atrevimiento, cashoperro, todo ha sido ganancia me atrevería yo a decir. Y veremos cosas buenas en el futuro y te veremos sano y tranquilo. Hala, a seguir caminando en esa dirección se ha dicho!

    ResponderEliminar
  4. Javi!!! Eres un tío agradecido, simpatico, profundo, que sabe escuchar y que sabe decir cosas que te hacen reflexionar, (una que me dijiste "la decisión ya está tomada, hay quien la lleva a cabo y quién no, pero ya está tomada" )pero sobre todo eres un tío DIVERTIDIIIISIMO y con mucho arte, como decís los del sur.
    Amigo mío, te llevaría la mochila una y mil veces y estoy agradecido de que me dejases hacerlo.
    Espero volver a verte y tomar una cervecita... o dos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Ayu! Vilamea... Acepto esa cerveza. o esas dos. Que no quede en un propósito. Besos mil.

      Eliminar