martes, 8 de octubre de 2019

Mismidad




Este fin de semana pasado me he quedado en Sevilla, después de mucho tiempo sin hacerlo. Me daba cierto temor la situación, porque soy así de gilipollas. Al final, rompí mi disciplina ascética de este último mes, y pasé unos días estupendos. Excesivos, de acuerdo, pero muy felices también. En eso han influido mucho personas que están en mi día a día (que me acompañan en el “devenir de mi vida” cotidiana y muy creativamente); otras a las que me encontré por casualidad; alguna de nueva – y me temo que fugaz – incorporación… Y Sabina.

Sabina es la hermana de mi hermana Geor. Osea, que somos hermanos. Estaba en Sevilla por motivos personales y – menos mal que lo hizo, porque si no, la mato con mis propias manos- me llamó para quedar. Verla, y sentirla cerca, y abrazarla, y llorar con ella – con varias cervezas encima, vale, lo reconozco- ha sido…. Indescriptible. Este sábado pasado queda ya para siempre en mi corazón, como uno de esos breves paraísos a los que regresar cuando el frío apriete. Y en este sentido no tengo nada más que añadir.

Charlando con Sabina le confesé que tengo una espinita clavada desde hace ya mucho tiempo; una actualización pendiente, quizá de las más importantes y trascendentales para mí de las que nunca pertrecharé. Ella me animó a que la publicara, y escuchó mis motivos : ¿por qué no lo he hecho hasta ahora? Pues muy sencillo: porque yo, que tengo verborrea para alicatar cuatro cuartos de baño, no sé bien cómo meterle mano a este texto. No sé cómo empezar, ni cómo acabar. Me resulta todo demasiado importante, y demasiado grande para mi pequeño corazón, tan atribulado. Sabina me dijo que daba igual: que publicara exactamente eso: “no puedo escribir nada, porque no sé por dónde empezar, ni en qué lugar terminar”. Yo le he estado dando vueltas al asunto, y a pesar del pánico que (hoy más que otras veces) me produce el folio en blanco, voy a intentar decir algo más. Porque no hacerlo sería tela de injusto, y yo no me lo podría perdonar. A pesar de que ya, a estas alturas, he tenido que secarme varias veces las lágrimas.

Geor y yo nos llamamos mutuamente “Mismi”. Es un apócope de “mismidad”. Este palabro tiene mucho sentido para ambos, porque expresa nuestra conexión emocional e intelectual. Y nuestros valores compartidos. Y nuestro amor, que es a prueba de tormentas, de ausencias, de silencios y de ciclones explosivos. Si Marta es la roca, Geor es el puerto, y también el faro. No sé si eso es muy saludable para ella, porque a menudo le toca jugar el papel de referencia, y eso, oigauhté, agota. Pero Geor es así: te regala su sonrisa inconmovible por muy fuerte que azote el vendaval (el suyo, o el ajeno. Es que el de determinada gente ella lo vive como propio; y, claro, eso duele). Y su sonrisa, su serenidad (aparente) y su carencia de prejuicios ilumina mis noches oscuras y me señalan el camino. Ella ES el camino, en realidad. La admiro y la necesito como el respirar. Algunos día, mas aún.

Que Geor me conoce en muchos sentidos mejor que yo mismo es una obviedad que no merece más desarrollo. Ella me obligaba a socializar cuando, en mi adolescencia, yo me sentía muy pequeñito; me acompañó en mis años de descubrimiento, durante esa atribulada juventud a la que tanta mención hago en este blog. Bueno, qué tontería: Geor me acompaña siempre, sobrio o borracho, risueño o desesperado. Está ahí incluso cuando desaparezco y ya ni yo mismo sé quién soy. Me mira, y entonces yo ya me acuerdo: sí, ése soy yo, el que camina de su mano hasta donde el horizonte nos lleve. Que sea a paisajes muy bellos… o a donde tenga que llevarnos. Eso no lo podemos controlar (aunque a ambos nos joda mucho, porque a controladores no nos ganan ni los de Aena). En cualquier caso, cogido de su mano, me lanzo al vacío, si hace falta. Porque no hay mejor destino que su caricia, y su abrazo. Y ya está.

Por si alguna vez yo me despisto (esto me ocurre a menuda) quiero que Geor sepa que siempre (SIEMPRE) puede contar conmigo. No hasta cien, ni hasta mil; sino que PUEDE CONTAR CONMIGO. Es lo que tiene ser familia.

Y mira, ya está. Ya no escribo más, porque voy a deshidratarme de tanto lagrimón. Me dejo muchas (muuuuchas) cosas atrás. Lo sé. Pero cerraré esta actualización con un poema que Geor una vez me regaló, y tengo enmarcado en mi casa. El texto no es de ella… pero la apostilla final sí. Y resume perfectamente… yo qué sé. Lo resume perfectamente todo. La pongo en negrita (su apostilla).

Si yo te comentase que la vida es mentira,
háblame del amor o de tu cuerpo,
de la noche contigo.
Y recuérdame luego
los días que son días porque alguien me ama
o acaso
porque tú me prefieres.”

¿Cómo no preferirte a ti?

Eso digo yo, Mismi. ¿Cómo no preferirte a ti? Ay…

NOTA: Podría haber puerto una foto de Geor sola, pero he elegido esta en la que estamos l@s tres herman@s. Fue un día muy feliz. Seguro que a ella le encanta.



jueves, 26 de septiembre de 2019

TO BE LOVED




Venía esta mañana escuchando esta canción de Michael Bublé, que se llama “To be loved”, y… Vale, mentira gorda. No venía escuchándola esta mañana, pero me viene muy bien sacarla a colación para introducir esta entrada que me apetece publicar. ¿Por qué tengo que ser tan jodidamente sincero? Pues por mis moralinas. Y porque estoy como una puta cabra. Ains… Empiezo de nuevo.

Me encanta la canción “To be loved”, de mi idolatrado y nunca suficientemente elogiado Michael Bublé. Para los que no seáis políglotas como mi amiga Manuela (a la que, de todos los idiomas del mundo, solo se le resisten algunos dialectos del tailandés, por el tema del “deje” de sus hablantes, que a ella le chirría un poco), “To be loved” significa “ser amado”. Bublé glosa en la canción todos los beneficios de recibir amor; y exalta esa ambición (la de ser objeto del amor ajeno) como la más enriquecedora y legítima de todas las ambiciones humanas, por encima de la riqueza, el poder y la fama. La canción es bellísima, tanto en el fondo como en la forma. Y me sirve para explayarme aquí con algunas reflexiones acerca del asunto. Porque para mí, como para Michael Bublé, ser amado siempre ha sido una gran prioridad vital. El motor que mueve mis acciones y mis omisiones; mis palabras y mis silencios. Ser amado… o, mejor dicho, ser BIEN amado. Por precisar. Y ahora voy, y lo desarrollo.

Como no pretendo ser (aún más) pretencioso, voy a evitar a mis sufridos lectores disertar sobre lo que el amor es o deja de ser. Filósofos, creadores, pensadores y mentes preclaras a lo largo de la Historia han intentado definir tan escurridizo concepto, con mayor o menor fortuna. Así que, nuevamente, acudo al Diccionario de la Real Academia por ver si encuentro una definición que más o menos encaje con lo que yo pienso que el amor (el BUEN amor) es. Y, miratúpordónde, nuevamente los académicos me facilitan el trabajo de síntesis (que, como sabéis, no está entre mis fuertes a la hora de expresarme), y me regalan esta bella (y bastante completa) definición, que ocupa (sorprendentemente) el segundo lugar entre las acepciones del vocablo: “Sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear”. Ahí queda eso, tan a gusto se han quedado, oyes. Como habrán podido observar mis más perspicaces lectores, he destacado algunas palabras de la definición. Es por establecer un breve sistema de pistas que me guíe en lo que viene ahora, que – me temo- será una disertación relativamente extensa. E igual no tiene n ada que ver con esas palabras que he destacado. Así soy yo, excesivo y un poco caótico en lo verbal (y en otras cosas, también, como en el uso de los paréntesis. Qué le vamos a hacer).

Como he dicho, para mí ser amado resulta muy, muy importante. Quizá es mi máxima aspiración en la vida. Afortunadamente (esto ya lo sabía, pero en las últimas semanas me estoy dando cuenta de forma realmente abrumadora); y sin pretender hacerme el guay, resulta que sí, que soy muy bien amado por bastante gente. Notarlo; percibirlo y valorarlo me alivia muchos dolores y me resarce de diversas frustraciones. Las magníficas (porque encima lo son, magnifiquérrimas) personas que me bienaman se han convertido en el más importante activo de mi patrimonio. Parafraseando a Gollum, son “mi tesooooroooo”. Es altamente probable que tú, que ahora estás leyendo esta extensa y barroca parrafada, pertenezcas a ese grupo al que tengo tanto que agradecer. Los que me bienamáis, de cerca o en la distancia, al hacerlo, me completáis, me alegráis; me dais energía y me invitáis a crear. Y a crearme y recrearme. Sois mi bálsamo, mi hogar, mi refugio; mi bote salvavidas y mi espacio de libertad. Me dais mil motivos para celebrar que estoy vivo (y empezando a colear, de nuevo). Y también sois, para mí (esto es muy importante, porque aunque a veces lo disimule muy bien yo tengo un buen baúl de complejos e inseguridades alojado dentro del pecho); sois, digo, un espejo que me devuelve la imagen de un Javi corregido y mejorado. O quizá de ese Javi que a veces se me olvida que soy. Mirándome a mí mismo a través de vuestros ojos, me siento más poderoso, más brillante, más capaz y mejor persona. Y a veces, incluso me veo también más buenorro. Esto último me reconforta mucho, aunque suene a frivolidad (porque lo es, una solemne frivolidad. Qué le vamos a hacer). La emoción que me asalta cuando me devolvéis esa imagen mía tamizada y enriquecida por vuestro buenamor hacia mí…. Bueno, eso no hay éxtasis ni LSD ni setas alucinógenas que puedan igualarlo. Y sin efectos secundarios, ni resaca ninguna. Deberíais estar financiados por la Seguridad Social.

Podría hablar también aquí de lo que significa mal-amar. Pero no voy a hacerlo. Porque el concepto mal-amar me parece, en sí mismo, paradójico. El amor nunca puede ser malo. Y si el presunto amor que te ofrecen (o que ofreces tú) provoca dolor, o lesiones, o toxicidad… entonces a esa emoción (o lo que sea) hay que ponerle otro nombre, más acorde con sus efectos y consecuencias. Uso y abuso, por ejemplo. Cuidado, no quiero ir yo de coñohonrao (véase una actualización muy anterior, para entender el concepto): yo también he mal-amado; o, mejor dicho, usado y abusado de otras personas, la mayoría de las veces sin intención. Se me ocurren varios ejemplos, supongo que me tendrán un gran (y merecido) rencor. Subrayo mi firme voluntad de apartarme de esos senderos. No quiero estar ahí, ni como objeto ni como sujeto. Espero mantanarme lo suficientemente lúcido y ético como para conseguirlo. Si veis que me adentro en esos siniestros bosques, avisadme, por favor. A veces se me va la pinza y puedo tropezar perfectamente varias veces en las mismas piedras (o parecidas). Caca, caca. Apartad de mí semejante cáliz.

Lo suyo sería cerrar esta actualización con una referencia a cada una de las personas que me bienaman. No voy a hacerlo, porque – afortunadamente- la lista es extensa y seguro que me dejaría a alguien atrás. Pero igual un día de estos retomo mis “actualizaciones-homenaje”. Tengo varias pendientes, y algunas son muy urgentes. Otra tareíta que sumar a mi lista de asuntos que resolver.

Ea, ya me he despachado a gusto. Chimpún.


lunes, 16 de septiembre de 2019

45



Podría contaros muchas historias relacionadas con este año que, para mi biografía, hoy se cierra. Pero prefiero pensar en el año que, en mi devenir vital, hoy se inaugura. Y por eso tomo prestadas las palabras de Jorge Drexler, que escribió esta maravillosa canción. Estará (nuevamente) en el repertorio de mi concierto de este año. Porque, aunque no es muy de mi estilo; y no me permite un gran lucimiento vocal, habla de sensaciones y emociones que experimento muy vívidamente en este momento de mi vida. 

Ya estoy en la mitad de esta carretera
Tantas encrucijadas quedan detrás
Ya está en el aire girando mi moneda
Y que sea lo que sea
Todos los altibajos de la marea
Todos los sarampiones que ya pasé
Yo llevo tu sonrisa como bandera
Y que sea lo que sea
Lo que tenga que ser, que sea
Y lo que no por algo será
No creo en la eternidad de las peleas
Ni en las recetas de la felicidad
Cuando pasen recibo mis primaveras
Y la suerte este echada a descansar
Yo miraré tu foto en mi billetera
Y que sea lo que sea
Y el que quiera creer que crea
Y el que no, su razón tendrá
Yo suelto mi canción en la ventolera
Y que la escuche quien la quiera escuchar
Ya esta en el aire girando mi moneda
Y que sea lo que sea

Tengo la suerte de llevar muchas sonrisas como bandera; y de tener la billetera rebosante de fotos de gente buena. Definitivamente, a mis recién estrenados 45, soy un tipo tela de afortunado.



jueves, 12 de septiembre de 2019

Caminar




Cuando uno decide emprender el Camino de Santiago solo, es por algún motivo. Esta frase introductoria, que puede parecer una perogrullada (porque lo es: todo lo que hacemos, lo hacemos por algún motivo) no la digo por decir. El Camino, ya lo he comentado en anteriores actualizaciones, funciona muy fácilmente como metáfora de la vida. En el sentido más prosaico, y también en el más profundo. Ambos (tanto la vida, como el Camino) son procesos personales con implicaciones físicas, emocionales, intelectuales, espirituales y sociales. Por eso no resulta raro encontrar a peregrinos que caminan hacia Santiago para comulgar consigo mismos; o para encontrar respuestas a determinadas preguntas vitales, en general muy acuciantes; o para escapar de determinadas situaciones de asfixia, angustia o desconcierto existencial.

Como sabéis, hace ya varios años yo sentí esa necesidad de hacer el Camino solo. Mis motivaciones de entonces casi no las recuerdo: supongo que serían de lo más cotidianas, porque al final la mayoría de los seres humanos compartimos emociones similares, en algún momento de nuestra existencia. Desde aquella primera vez (especialmente reveladora, hay algunos textos alusivos en esta misma cybercasa) he vuelto a recorrer el camino (o, mejor dicho, los Caminos, porque son diversos tanto cuantitativa como cualitativamente) en varias ocasiones, algunas veces solo y otras, acompañado. Cada Camino ha sido, como es lógico, muy diferente, y muy esclarecedor a distintos niveles. Pero todos comparten determinadas características. Hoy quiero destacar una de cualidades genéricas, quizá la que más me ha llamado la atención siempre, y me ha sido más útil: en cada ocasión, yo iba esperando algo del Camino. Tenía más o menos claro qué es lo que necesitaba, qué quería obtener de esa experiencia. Y siempre (SIEMPRE, desde la primera vez) el Camino me ha dado otras cosas. Distintas de las que yo esperaba, y quizá más necesarias para mí.

Este verano, tras varios años, he vuelto a hacer el Camino solo. Atreverme (uso este verbo con toda su carga emocional) no me resultó fácil, porque implicaba determinados riesgos y yo sabía que la decisión iba a costarme cara (así fue, después de todo. Me salió carísima). Y aun así, me atreví, porque mi necesidad pesaba más que el alto precio que iba a pagar por semejante atrevimiento. Ya ves tú, qué locura más grande: desear emprender un proyecto para mí mismo, con el único objetivo de alcanzar ciertos niveles de libertad (ejem) y de bienestar. Valiente plan. Pero ya estoy desviándome hacia rutas que no son el objeto de esta actualización.

Como siempre, buscaba en el Camino una serie de experiencias, un conjunto de reflexiones y emociones, respuestas a ciertas preguntas que ni yo mismo me atrevía a formular. Y, como siempre, el Camino me dio otras cosas: distintas, y, quizá, más necesarias para mí. Como de lo vivido también se aprende; tras tantos Caminos recorridos, en vez de resistirme y pelear por mis deseos preconcebidos decidí entregarme a lo que fuera descubriendo. Aceptar lo que me iba viniendo. Por algo sería; para algo me serviría; algo bueno podría sacar de ello. Y, claro, una vez más, acerté.

En el Camino de este año he aprendido nuevas lecciones, que puedo sumar a las que asimilé en peregrinajes pasados. Pienso que los efectos más directos de ese aprendizaje van a durar poco tiempo, porque a medio plazo de desdibujan y dejamos de aplicarlos a nuestro día a día. Aunque quizá no sea así: igual esas nuevas certezas se adhieren a mis neuronas, y, desde lo profundo, actúan a su manera y me orientan en mis caminos vitales. Ojalá, Dios lo quiera. Y Buda, también.

De lo aprendido en mi Camino de este año destaco que, cuando tengo cierto espacio, puedo descubrir a un Javi muy libre y muy feliz; que puedo sentirme muy solo en medio de una multitud; que tengo herramientas para combatir la soledad, y encontrarme con personas (y personajes) que merecen la pena; que muchas veces el ritmo que he aprendido a adoptar en la vida (apresurado, urgente, ansioso) no es el que más me beneficia, ni el que más satisfacciones me da; que me resulta fácil compartir, y compartirme; que algunos encuentros no ocurren por casualidad; y si son casuales, da igual, porque deben producirse, tienen siempre un sentido. Y, por encima de todo, he asumido que no tiene nada de malo aceptar la ayuda que me ofrecen. Porque cuando alguien te ayuda, es porque quiere, porque te quiere, y obtiene también una satisfacción en ese gesto.

Podría contar mil anécdotas de este Camino, que ha tenido como lema la frase “Me voy a cagar en tu puta madre” (repetida mil veces, con grandes risas y jaraneo). Pero me quedo con una, relacionada con lo que he dicho un poco más arriba de aceptar ayuda. En una de las etapas yo estaba fatal de los fatales, con una rodilla destrozada que apenas me permitía andar. Mis coleguitas del Camino iban a caminar 30 kilómetros, pero yo no podía, no me veía capaz, y pensé quedarme a mitad de la etapa. Cuando me vio dando más jojetás que el “Pozí” con una prótesis de cadera, Juliana me ayudó a encontrar un ritmo más saludable para mí; me animó a continuar caminando con el grupo; y Javi (otro Javi, encantador) se ofreció a llevarme la mochila. Me costó mucho aceptar ese gesto, aunque mi corazón quería seguir andando para llegar felizmente a Santiago con ese grupito tan heterogéneo y magnífico que ya habíamos formado. Ellos dos (Juliana y Javi), junto con Abel, Lidia, Óscar, Gema y Pilar, con su cariño y entusiasmo y energía, pusieron alas a mis pies para culminar la que a la postre fue una de las etapas más especiales de este Camino. Se lo agradezco enormemente. A tod@s ell@s.

Vale, ya; ya termino, que me he embalado y me queman las palabras en los dedos. Pero antes, por poner una bandera como hito de esta actualización, quiero mencionar muy brevemente los dos grandes eventos de mi Camino de Santiago 2019: el encuentro con Juliana (inesperado, revelador, indescriptiblemente bello)… ; y la inspiración de Mercedes Navarro, amiga del alma que ha caminado a mi lado y me ha llevado en volandas en cada uno de los pasos que he dado. Tanto durante el Camino, como después. Y no digo más, que me emociono.

Estoy que me salgo del teclado. Es que llevo mucho tiempo sin hablar.

miércoles, 11 de septiembre de 2019

REENCONTRARSE



Uno se va construyendo día a día, beso a beso, abrazo a abrazo. Golpe a golpe, también. Lo que yo soy - pienso ahora - es resultado de la suma de muchas influencias. En realidad, más que la suma, diría que es el producto, porque hay situaciones que multiplican exponencialmente los sentimientos, las ideas y las capacidades que ya estaban ahí, incipientes, en lo más profundo de mi carga genética. La educación que me ofrecieron en la infancia; los afectos y desafectos que ya viví; las consecuencias de las distintas encrucijadas a las que me enfrenté; las presencias y las ausencias; el influjo (lacerante – pocas veces – y enormemente enriquecedor – las más - ) de las personas que me han ido acompañando: todo eso soy yo, resumido y concentrado en un pequeño cuerpo, a veces muy frágil, a veces fortísimo. Así lo siento hoy, al menos: mi identidad (o mis identidades, que son, contradictoriamente, una y muchas) se han ido forjando con el correr de los años (45 serán, dentro de nada), hasta construir al Javi que conocéis y (afortunadamente, muchos) amáis. En determinado momento; a determinadas edades, uno sabe más o menos quién es: cuáles son sus valores; qué virtudes admira, y qué actitudes desprecia; con quién quiere juntarse, y con quién no. Subrayo lo de “más o menos”, porque la tarea del arquitecto no termina nunca (al menos, eso deseo yo), y siempre quedan arbotantes, gárgolas, ventanales y fornituras que sumar a la catedral (qué pomposo) de nuestro ser. Pero cierta base; la estructura fundamental; los pilares que nos definen y nos distinguen del resto de seres humanos que habitan este abarrotado mundo nuestro, ya están ahí. Y, si nos gustan, permanecen.

Aun ocurriendo todo eso así, como lo describo más arriba; sucede que en ocasiones, nos perdemos. Así me he sentido yo, durante bastante tiempo. Bueno, no; perdido no. Olvidado de mí mismo; agazapado; adormecido; entregado a causas y objetivos y deseos que no son los míos. Sé a ciencia cierta que hay más gente que se siente así, o que ha pasado por ese trance alguna vez en su vida. Nuevamente, resulto poco original. En mi caso, ese periodo ha durado algunos años, y ha sido progresivo: he ido desdibujándome, relagándome; encerrando mi yo más auténtico (con su carga de afectos, de sentimientos, de expresiones, de cualidades y de brillo) en un lugar oscuro por mor de…. Bueno, vamos a dejarlo ahí: “por circunstancias que no vienen al caso” (expresión ésta que uso yo mucho cuando quiero evitar hablar de determinados asuntos). Seguro que much@s de mis lector@s saben a lo que me refiero. ¿El motivo? Podría decir que lo he hecho por amor, pero mentiría. Ha sido por miedo. Puro y simple miedo, en su versión más progresiva y paralizante. A través del miedo se pueden obtener muchas cosas de mí, esto lo he dicho yo siempre, porque es así. Muchas. Muchísimas. Hasta mi cuasi-desaparición. No es un buen camino, en cualquier caso. Al menos, no es un camino que yo recorra felizmente. Me deja muchas lesiones.

De esta época oscura (sin dramatismos) no me apetece nada hablar. En cambio, sí quiero decir que tengo la firme voluntad de reencontrarme. Y reencontraros. Está siendo un trabajo un poco lento, porque el Javi de siempre (el que soy, el que conocéis, el que quiero ser) está sepultado bajo algunas capas de vertidos tóxicos que tienen efecto a medio – largo plazo. Vivir en Chernóbil ha sido solo responsabilidad mía, y salir de allí, también. En ello estoy, debo purificarme de tan altas dosis de radiación. Y esta vez quiero – necesito – hacerlo bien: sin escapar, sin huir, sin adormecerme. Sin sustituir una sustancia tóxica por otra. Me veo capaz, y capataz. Con la ayuda de toda esa gente que, milagrosamente, me ama, seguro que lo consigo.

En ese camino, trato de recuperar asuntos míos que tenía abandonados. Releo mis textos antiguos, recuerdo emociones pasadas… y retomo este blog. Escribir este texto de hoy (que quizá solo me importe a mí) significa, en algún sentido, volver a casa. A mi cybercasa. 

Espero que os alegre mi regreso.

miércoles, 26 de abril de 2017

EpiSToCRaciA


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Leí hace cierto tiempo en la prensa un artículo que hablaba de la epistocracia. Me llamó la atención, porque – con muchos matices- resumía varias ideas que llevo años macerando en mi pequeño (y limitado) cerebro. Según he visto bicheando por esa fuente de sabiduría universal que es San Google, lo de la epistocracia (que es, por otra parte, una idea muy antigua) se está poniendo de moda a cuenta de los últimos (y no por legítimos, menos espeluznantes) resultados electorales around the world. Los del Brexit, Donald Trump y tal y cual. Me sorprende bastante que los demócratas de pro (entre los que, como saben mis conocidos, no me cuento) se escandalicen de pronto de cómo funciona nuestro sistema político: ahora se tiran de las rastas y empiezan a cuestionar la fórmula de recuento de votos, las ponderaciones que se aplican en las elecciones, la ley D’Hondt y otras cuestiones por el estilo. Cuando ganaba Obama a muchos les parecía todo muy guay. Pues no, mirehusté, no era tan guay. Ni entonces, ni ahora. Y aunque esta frase queda muy fea, la voy a poner por escrito, a despecho de los bienpensantes: “todo esto ya lo venía diciendo yo”. Que la democracia (al menos, estas democracias occidentales) es un verdadero mojón; o un engañabobos; o una milonga. O todo eso junto al mismo tiempo.

Ya, ya sé que ahora viene eso de “la democracia es el menos malo de todos los sistemas posibles”. Esto dicho así, y repetido hasta la saciedad como un mantra idiotizante, sirve para justificar cualquier tipo de desmán político, social, moral o ideológico. Habría mucho que discutir al respecto, pero esta mañana gris de primavera no quiero yo meterme en semejante berenjenal. Sólo me apetece apuntar un par de ideítas (sandeces serán, para muchos; pero al disponer de dedos, teclado y conexión a internet, como tantos otros idiotas, pues las publico porque me da la realísima gana) en torno a eso de la “epistocracia”. Que es algo así como el despotismo ilustrado, pero con matices; o una especie de democracia releída, revisada y sometida a cierto sentido crítico. Es lo menos que se despacha, ¿no? Un poco de espíritu crítico para rebajar algunos grados tantísima autocomplacencia y onanismo de los neoprogres que en el mundo son. Ea, ya está, ya he lanzado dos o tres improperios: haciendo amiguitos, para variar. Que nadie se dé por aludido. O sí.

Grosso (muy grosso) modo, la epistocracia parte de la idea de que no todos debemos tener derecho al voto. Bueno, esto así dicho suena muy bestia, pero es por resumir. En realidad, subyace la certeza de que no todo el mundo vota desde el conocimiento y la responsabilidad. Y, claro, cuando el votante resulta ineducado, irresponsable o directamente necio… pues pasa lo que pasa. Que Jesús Gil (Dios lo tenga en su oronda Gloria) se convierte en alcalde de Marbella, por ejemplo. ¿Cómo se arregla esto? Pues admitiendo que las bondades del sufragio universal son una falacia. El hecho de que mi voto valga lo mismo que el de José Luis Sampedro, por citar a uno de mis ídolos más venerados, me da auténtica vergüenza. Por lo pequeño que me veo ante el espejo de semejante estatura espiritual y moral. Al mismo tiempo, que el rumbo de la sociedad lo dibujen (a través de las urnas) los hooligans que el otro día se pasaron cuatro pueblos (por decirlo de una forma suave) en la Plaza Mayor de Madrid… pues me da bastante miedo. Y explica muchas cosas. El que defienda que todos los votos valgan igual, que se atenga a las consecuencias y no se queje luego. Ahí lo llevas, por hacerte el guay.

Me resulta difícil desgranar aquí todos mis argumentos en contra de la democracia (o, por matizar, como dije más arriba, de esta democracia a la que tanto cariño le tienen algunos). Para empezar, hay que ser muy ingenuo para creer que, de verdad, las decisiones que efectivamente toman nuestros gobernantes emanan del pueblo. Es más: hay que ser muy ingenuo para creer que nuestros gobernantes son los que efectivamente toman las decisiones importantes en este mundo tan retorcido que nos ha tocado habitar. Pero bueno, por no entrar en más Honduras (capital, Tegucigalpa); y volviendo a la epistocracia, lo mínimo para que se despacha es garantizar que el votante sabe lo que está votando. No digo que se restrinja el derecho al voto a gente con estudios superiores, o a determinadas elites intelectuales, o a eruditos de uno u otro pelaje. Simplemente pienso que no estaría mal que, antes de que un ciudadano cualquiera deposite su papeletita en la urna (con las enormes consecuencias que, teóricamente, ese gesto conlleva); la sociedad cuente con algún tipo de garantía de que esa papeleta recoge la voluntad formada de quien la ha elegido entre otras muchas opciones. Ojo, que aquí lo importante es el adjetivo especificativo “FORMADA”. Vamos, que el fulano que vota sepa, por lo menos, qué leches está votando. ¡Qué menos que eso, digo yo! Un examencito previo para demostrar su conocimiento mínimo de los distintos programas electorales en liza podría resultar muy útil. Claro, que para eso los programas electorales tendrían que servir para algo más que para rellenar papeles a expuertas. Si es que al final el iluso soy yo. En fin…

Para terminar de tocar los cataplines, quiero subrayar que toda esta paja mental surge de otra idea más profunda, y, seguramente, aún más políticamente incorrecta. No, señores, no, no todos y todas somos iguales. Ni física, ni intelectual, ni emocional, ni moralmente. Negar esa realidad me parece un ejercicio de cinismo tremendo. Y aceptarla, en cambio, lo mismo nos ayudaba a construir una sociedad mejor (sea “mejor” lo que quiera que sea).

Todo esto, de pronto, me ha recordado una canción muy certera de “Avenue Q”, el musical cuya banda sonora llena de sonidos y mensajes mis paseos en los últimos meses. Hay que estar muy pendientes de la letra. 

Vaya telita de actualización. Caótica y farragosa a partes iguales. Será la falta de costumbre, digo yo. O que me meto en más líos que Leticia Sabater en Supervivientes. O en cualquier sitio, vaya.






lunes, 14 de noviembre de 2016

Elogio de lo friki (o algo así)



Ya que están tan de moda las series, me descuelgo con una actualización tipo spin-off. Vamos, que aprovecho un comentario deslizado en la actualización anterior para inspirarme y soltar varias payasadas de esas que tanto regocijan a mis selectos lectores. Son payasadas auténticas, de verdad de la buena, aunque, como podrá comprobar quien llegue al final del texto, emanan un tufillo surrealista que pa qué las prisas. Bueno, eso si termino escribiendo lo que tengo pensado, cosa que no tiene por qué ocurrir.

Pues eso: comenté, hablando de las Kardashians, que en mis primeros trabajos catódicos tuve la oportunidad de lidiar con una buena mancha de frikis. Aquí debo detenerme un poco, porque el concepto de lo friki merece ser mínimamente desarrollado. Partamos de la base de que así, como idea general, todo lo friki me apasiona. Y esa ya es en sí una actitud bastante friki, la verdad (mierda, ya empiezo a enredarme en madejas verbales).¿En qué consiste ser friki? Acudamos a ese Vademecum de la sabiduría universal que es la Wikipedia para resolver tan magna duda: 


“Friki (del inglés freaky, y este de freak, 'extraño', 'extravagante', 'estrafalario') o friqui es un término coloquial para referirse a una persona cuyas aficiones, comportamiento o vestuario son inusuales. Al conjunto de aficiones minoritarias propias de los frikis se denomina frikismo o cultura friki.”

Maravilloso, lo que yo decía: son – quizá debería decir “somos”- frikis los que (por algún motivo, en algún sentido) se salen de la mediocridad: aquellos que desarrollan gustos, aficiones o apariencias distintos de los del rebaño (o, al menos, de los del rebaño mayoritario, porque los frikis también construyen sus manadas, más o menos numerosas). En el corazón del friki se despierta una pasión tan fervorosa por algo que, pasando por encima de los convencionalismos, lo arrastra a comportarse de una forma que asombra, escandaliza o directamente repugna al universo mainstream. Así visto, lo terrible es pasar por esta vida sin ser, al menos, un poco friki. O eso es lo que pienso yo. Llamadme friki.

Al hilo de estas consideraciones (que tienen mucha tela que cortar, hoy no es el día), resulta fácil imaginar que a mí todo lo friki me despierta una enorme curiosidad, mezclada con un punto de ternura. Por eso llegué a cogerle cierto cariño a algunos de aquellos frikis de mis comienzos profesionales. Trabajaba yo por entonces en un programa de debate. Bueno, eso es lo que me dijeron al contratarme: que era un programa de debate. Luego descubrí que aquel engendro hediondo consistía básicamente en que unos invitados se mataran con los otros en modo "ansia viva". Si llegaban a las manos, eso que llevábamos ganado. Todo finísimo, elegantísimo y muy constructivo para el espectador. El decorado simulaba una especie de circo romano, y mi labor consistía en llenarlo de gladiadores. Cuanto más sinvergüenzas, despotricadores, maledicentes, deslenguados y faltos de respeto, mejor. No hace falta que lo diga: a mí aquello se me daba estupendamente y me horrorizaba a la par. Contradicciones de la vida misma.

No sé por qué (ni quiero pensarlo) mis jefes decidieron encomendarme a mí, en rigurosa exclusiva, el universo paranormal. Yo me pasaba el día colgado al teléfono, charlando con videntes, mesías de distinto pelaje, echadoras de cartas, profetas, estigmatizados, abducidas y otros especímenes de la aristocracia alienígeno-espirutual. Hablaba con ellos muy de tú a tú, como muy naturalmente, y les preguntaba por la última revelación que les había hecho San Judas Tadeo; por cómo se habían sentido al ser inseminadas por un extraterrestre; por la relación con sus amiguitos espectrales, y otras cuestiones cotidianas del mismo calibre. Cositas de andar por casa, lo típico del místico medio. Así dicho puede parecer extravagante, pero uno se acostumbra a todo, y yo ya no levantaba el teléfono por menos de unos buenos estigmas sangrantes. Luego las Kardashians se encargaban de llamar a semejante patulea, y de organizar su traslado hasta el plató, donde eran convenientemente despellejados por otros perlitas de similar calaña. Vamos, que no nos aburríamos ni un poquito. En absoluto.

Mientras escribo, se me vienen a la cabeza mil historias extravagantes, a cuál más disparatada. Pero como no aspiro a escribir la Biblia de lo friki, voy a hacer una modesta selección de mis personajes favoritos de aquella época, elegidos así, a vuelapluma. Juro por lo más sagrado que no exagero ni una pizca. Las Kardashians pueden atestiguarlo. Si queréis, os paso su teléfono y les tomáis declaración. Seguro que estarán encantadas.


La Sansona, en sus años gloriosos

- La Sansona del siglo XX. De nombre Virginia, esta bella (ejem) señora (ejem, ejem) se hizo famosa allá por los tiempos del NODO como “la mujer más fuerte de España”. Por lo visto arrastraba locomotoras de tren que daba gusto verla, y realizaba otras proezas igual de lindas. Pero cuando yo la conocí ya no se dedicaba a tan productivas tareas: según ella, se había convertido en un ser de luz, un alma blanca conectada con estrellas de cuyo nombre no puedo acordarme. Su guía espiritual era un difunto jefe indio, de eso sí que me acuerdo. Y debía darle muy buenos consejos económicos, porque pedía más que un tío sin brazos, la muy joía. Cobraba un pequeño estipendio por venir al programa, pero siempre especificaba que, si queríamos que hablara de su “etapa Sansona” (ella debía ver el tema muy interesante; nosotros, no) teníamos que pagarle un plusecito. También recuerdo que me amenazaba con pegarme si no le daba una camiseta de Canal Sur (camiseta de la que, por cierto, no disponía yo). Y que le tenía pánico a Manuela, ella sabrá por qué. A veces se traía a un fiel vasallo, otro gran intelectual de nombre artístico “el Tarzán”, un exboxeador que cobraba aparte y sentía por “la Sansona” auténtica veneración. Lo raro es que no se hayan presentado a las elecciones de EE.UU. Arrasarían fijo. 

- El señor del semen galáctico. De este buen hombre sólo recuerdo que iba acarreando un lindo bote de cristal (podría haber contenido originalmente espárragos o palmitos, vaya usted a saber) lleno de una sustancia pringosa y de color indefinible. Él aseguraba que era auténtico y genuino semen galáctico. Y ese era su único discurso, su incuestionable mérito, su impagable aportación a la Historia de la Humanidad. Ni más ni menos. Lo llevábamos al plató para que mostrara el bote y dijera tres o cuatro paridas sin sentido, porque no daba para más.

- La vidente marbellí. Marisa era rubia teñida, y se había operado en varias ocasiones. Ella iba de vidente auténtica, de las de poderes sobrenaturales deverdaddelabuena, como se encargó de subrayar cuando, en su primera intervención, y refiriéndose al resto de invitados, dijo: “que vaya por delante todo mi respeto por estas personas que hay hoy aquí, pero pido por favor que no me comparen con semejantes sinvergüenzas y estafadores”. Ella... ¡ella! Que conducía un Jaguar verde y lucía más joyas que Sara Montiel, todo gracias a su consulta de videncia y sanación. Eso sí: tenía una vena en el cuello que, cuando insultaba a gritos al resto de “contertulios”, se le hinchaba hasta adquirir el grosor de una morcilla de Burgos. Ahí os dejo esa imagen, para vuestro regocijo.


El Penumbra, ya convertido en celebrity


- El Penumbra. Muchos lo conoceréis, porque Jesús Quintero se encargó de proporcionarle fama mundial. El Penumbra, genio y figura, era mucho. Pero mucho, mucho. Reproduzco de memoria la conversación que tuvo con Manuela, cuando lo llamó para gestionar su traslado hasta el plató:

- MANUELA: Hola, soy Manuela, de Canal Sur. Te llamo para organizar tu participación en el programa. ¿Me dices tu nombre completo?

- PENUMBRA: El Penumbra.

- MANUELA: No, ya... sí.... Pero digo tu nombre real, cómo te llamas de verdad.

- PENUMBRA: El Penumbra. Me llamo el Penumbra 

- MANUELA: Vale, bueno. Da igual. ¿Dónde vives? Es para mandarte el taxi.

- PENUMBRA: Pues mira, vivo en un bloque de pisos, con ladrillos marrones, en una calle bastante grande...

- MANUELA: ¿Pero eso es en Sevilla?

- PENUMBRA: No, no.

- MANUELA: ¿Entonces, dónde?

- PENUMBRA: En la Macarena.  

- MANUELA: Ah... Maravilloso...

- PENUMBRA: Oye, ¿voy a cantar en el programa?

- MANUELA: Pues no sé. ¿Tú cantas?

- PENUMBRA: Yo no.

- MANUELA: Entonces, ¿qué haces?

- PENUMBRA: Ser el Penumbra...

Y así durante media hora. ¿Cómo consiguió Manuela enviar el taxi y traer a semejante maravilla de persona, con su túnica y todo, hasta el plató? Son misterios insondables de la producción que sólo ella conoce. Quizá lo cuente algún día, en sus memorias. La anécdota lo merece. 

- La políglota. Esta sólo vino al primer programa (la vilipendiaron tanto que no se atrevió a volver), asegurando que, aun siendo iletrada, adquiría el don de lenguas gracias a los poderes que le prestaba un Santo amigo suyo. Cuando digo “un Santo” me refiero a uno canonizado y todo, de los de altar, corona y velitas. San Francisco de Asís, creo que era, pero este extremo no lo puedo asegurar. Ella charlaba con el Santo tan ricamente, a voluntad, varias veces al día. El presentador le pidió que dijera algunas palabras en francés, y ella, tras concentrarse mucho y entrar en trance, pronunció algo así como “guachuruluru chispergoti fristenbunchen”. Los selectos insultos que le dedicó la vidente marbellí desde el otro lado de la grada aún resuenan en mis oídos como música angelical. Grandes mentes preclaras, inspiración para la juventud. Valiente caterva de gente chiflada. Así he acabado yo.

- La Virgen de la Bola de Luz. La historia de la Virgen de la Bola de Luz se hizo famosa (hay vídeos al respecto, podéis buscarlos en youtube) gracias a un programa que hizo Antena 3 (creo) en el que descubrieron la cutre-estafa mariana pergeñada por una señora de Pedrera. Pero antes yo llevé a la tele a una ex-devota de aquella fugaz advocación, que pretendía desvelar las mentiras y falsedades que había detrás de las apariciones de la Virgen. Por desgracia, perdió toda credibilidad cuando aseguró, en directo, que ella misma le daba de comer bocadillos de mortadela al niño Jesús que la Virgen sostenía. A mí me pareció una dieta poco adecuada para un infante, la verdad. Pero fuera de eso, todo de lo más normal.

Lástima que en esta foto no se aprecie el embarazo espiritual de Araceli


- Araceli, la embarazada espiritual. Esta daba mucho miedito. Venía de un pueblo de Granada, y aseguraba ser la reencarnación de una condesa del siglo XV. Mucha pinta de aristócrata no tenía, mi verdad digo (adjunto foto). Según ella, unos seres de luz la habían dejado embarazada sin contacto sexual ninguno. Para demostrarlo, le plantó la barriga (flácida, descomunal) a Manuela encima de la mesa de producción. Qué detalle tan de agradecer por su parte. Manuela, con toda la naturalidad del mundo, le preguntó: “¿de cuánto estás?”; y ella, apesadumbrada, le espetó: “qué más quisiera yo que saberlo”. Ignoro si habrá alumbrado ya a su retoño intergaláctico... pero sospecho que no, porque años más tarde salió en otros programas de la tele y seguía feliz y espiritualmente encinta. La belleza simpar de su ser y de su verbo nunca me han abandonado. Qué suerte (glups) haberla conocido. 

- Bonus- track: La Trini y Casimira. Menciono por último a estas dos grandes mujeres, que no ejercían el misticismo, pero podrían ser extraterrestres. Trini era un ama de casa que nos traía público – de saldo, dicho desde el respeto - a los programas (cobraba cierta cantidad de dinero a los seniles espectadores que colectaba en su barriada para ir a la tele); y a veces participaba en los debates, para elevar el nivel  de la charla con su fluido verbo e intelectual discurso. Ella lo llamaba “actuar”, en plan: “esta semana no actúo en el ‘pograma’ porque no me han puesto los dientes nuevos” (sic). Trini defendía siempre la postura de la mujer clásica, atada a la pata de la cama y encadenada al fregadero. Era una machista radical, y tan a gusto lo pregonaba a los cuatro vientos. Pa que las FEMEN le pusieran un monumento, mireuhté. Pero, como a todo a quien nos gane, cuando Trini no podía “actuar”, nos mandaba a Casimira, cuya filosofía de vida puede resumirse en una frase que se me ha quedado tatuada en las neuronas: “un hombre tiene que oler a hombre”. Ahí queda eso, junto con los versos de Góngora y Garcilaso. 


Creo que este larguísimo texto es suficientemente ilustrativo de cómo fueron aquellos inicios míos en el mundo de la tele; y pueden explicar algunas de mis taras actuales. Pero ésa – la de mis taras- es otra historia, y debe ser contada en otra ocasión.