viernes, 14 de enero de 2022

CayEnDo en LaS RedEs

Venga, vale, lo reconozco: he tardado mucho en actualizar el blog. ¿Por qué? Pues por pereza, para empezar, que es un pecado capital bastante frecuente en mi día a día. Y también porque me daba un poco de vértigo sentarme de nuevo ante el teclado. En este tiempo he arrostrado muy diversas aventuras, en lo emocional, lo social, lo profesional y hasta en lo sexual. Muchas de ellas podrían ser motivo de chanza, carcajada, lagrimeo y/o reflexión. Hasta de un babuchazo en la coronilla, por capullo. Pero para mi reentré (galicismo perfectamente evitable, pero que a mí me superencanta) voy a abordar un asunto que me tiene consumidas las meninges desde hace ya bastantes meses. Quizá por eso no he escrito nada hasta hoy: necesito ordenar muchas ideas para ofrecer una perspectiva completa y razonable de esta realidad que hoy analizo. Seguramente no lo conseguiré (lo de “completa y razonable”); pero bueno: a petición de varios de mis fans (dos, en concreto), me pongo manos a la obra. O a lo que acabe siendo este texto, que, como es habitual, se sabe dónde empieza pero no dónde terminará. Que Dios nos coja confesados (y vacunados).

Voy a hablar de las redes sociales. Omnipresente universo en nuestro devenir cotidiano (al menos, en el de la mayoría de la gente), con más o menos presencia en la vida de cada cual. Quien más, quien menos, aquí todo quisque (esto es un homenaje a Rafa, no sé si lo leerá, pero va por tí!) le echa un vistazo al facebook, al instagram, al twitter, al tinder, al grinder, al tik-tok o a otros foros de similar pelaje. Forman parte de nuestra vida, consumen nuestro tiempo, nuestro interés, nuestra energía y hasta nuestra vista; y juegan un papel relevante (para unos más, para otros menos) en lo que sabemos de ese mundo que hay más allá de nuestro necesariamente limitado ecosistema vital. Hay mucho que decir al respecto, lo sé. O al menos yo tengo mucho que decir, desde lo particular hasta lo general. Seguro que el texto (que será necesariamente extenso, ya sabéis que no suelo lucirme en ese deporte tan saludable que es la sinopsis); seguro que el texto, digo, acabará siendo un batiburrillo incompleto de ideas hilvanadas. Iba a decir que lo siento… pero no, no lo siento. Así soy yo… o así estoy, con respecto a este asunto: abrumado, sobrepasado, sorprendido, escandalizado y afectado. Afectado porque me he visto inmerso (o, mejor dicho, me he sumergido) en una vorágine cybernética que no sé manejar del todo bien. Así es, lo reconozco. Diré a mi favor que a la hora de entrar en esa espiral he contado con cierta ayuda; y que hay gente (mucha; muchísima) aún más sustraída por el cybercuelgue que yo. Y esto me preocupa, la verdá. Bastante.

Empecemos por el principio: de mi pretérita relación con las redes sociales ya hablé yo en su día. De hecho hay una entrada en este blog al respecto (http://superbaleando.blogspot.com/2012/12/cyberamiguitos.html), no hace falta que la leáis. Tras revisarla, y con las perspectiva que dan los casi diez años que han transcurrido desde aquella reflexión (un poco naif la veo ahora), me temo que mi visión sobre el tema ha cambiado. Y no poco.

Decía entonces que en las redes tendemos a transmitir una imagen idealizada de nosotros mismos, mostrándonos no exactamente como somos, sino más bien como nos gustaría ser. Enseñándole al mundo nuestro perfil más favorecedor, matizado por ciertos filtros de impostura; añadiendo algo de purpurina a nuestra atribulada existencia para parecer un poquito los guays (nótese el uso del modificador “un poquito”, con su lacerante diminutivo, tan revelador de mis intenciones). Entonces las redes funcionaban así, supongo, y la cosa no tenía mucha más trascendencia. Pero todo evoluciona, y hoy el panorama me parece sustancialmente distinto, Voy a decir por qué, en mi (no tan) humilde opinión.

Para hacerlo, tomo prestadas las palabras de un psiquiatra tela de reputado. Vale, en realidad es el personaje de una serie de médicos, no recuerdo ahora cuál (son mi vicio, veo tantas que ya las confundo). En un emocionante capítulo, ese entrañable facultativo abordaba los problemas de una adolescente cuya estabilidad emocional se había visto altamente perjudicada por el uso (y el abuso) de las redes sociales. La pobre, de tanto postureo, ya no sabía ni quién era ella en realidad: ni se conocía ni se reconocía más allá del yonkismo instagramero en el que se había instalado. A cuenta de esa situación, este hombre sabio (o los guionistas, mejor dicho) nos regalaba la siguiente reflexión (recreo sus palabras, no me las sé de memoria… ¡Demasiada cerveza!… en fin…): “el problema de las redes sociales no está ya en que intentemos mostrarnos como nos gustaría ser a nosotros mismos; sino más bien como pensamos que los demás quieren que seamos, con la única intención de coleccionar seguidores y acumular muchos likes. O, lo que es lo mismo: de ser aceptados por un inmenso colectivo de gente desconocida a la que en realidad le importamos un mojón de kilo y cuarto. Y al hacerlo, vamos perdiendo nuestra esencia, nuestra identidad genuina, para convertirnos en un puñado de bits absolutamente carentes de personalidad y de criterio”. Qué mente tan preclara, qué forma de resumir alguno de los efectos nocivos del Instagram y sus congéneres. Premio Nobel para este hombre (o para los guionistas) a la voz de YA. O para mí, mejor dicho, que he recreado el discurso y le he añadido algunos gotitas de mi sutil ingenio. Si es que estoy perdiendo dinero, está cada día más claro.

Por motivos personales, he sido testigo de primera fila de esa dicotomía tan vertiginosa entre la realidad y la cyberficción en la que habitan algunas personas. Incluso yo mismo, como dije más arriba, he perpetrado actualizaciones que mostraban determinados aspectos de mi vida tan dulcificados, manoseados y tergiversados que ahora me parecen totalmente ajenos a mí. No, Javier, no; ajenos, no: es que has publicado fotos y textos directamente opuestos a la verdad de lo que estabas viviendo y sintiendo. ¿El motivo? Pues supongo que hay varios: ciertas dosis de narcisismo; unas gotas de autoengaño (aunque yo no soy mucho de eso: de autoengañarme, digo); y la voluntad de parecer superfeliz ante un público muy, muy concreto, entre el que yo mismo me contaba. En resumen, el ánimo de cubrir (erróneamente, por supuesto) determinadas carencias. En el camino, lógicamente, mis auténticas emociones se iban cyber-desdibujando, aunque a mi favor diré que yo nunca perdí la perspectiva de mi propia realidad. Igual es porque soy (en este caso, afortunadamente) demasiado viejo para dejarme seducir a tope por esos cantos de sirena. También ocurre que tengo una vida real bastante rica, en muchos sentidos, por lo que no necesito entregarme a las redes para sentirme aceptado, querido, admirado y acompañado. Suerte la mía, no cabe duda; algo bueno habré hecho, digo yo.

En fin: que a golpe de filtro, posturita, ángulo de cámara y textos pseudoprofundos; pienso que las redes, lejos de ayudarnos a conectar de forma sincera con los demás y con nosotros mismos, están jugando un papel opuesto y terriblemente perverso: se encargan de diluir nuestras aristas, de volatilizar nuestra esencia; y nos invitan a participar (en nuestra actitudes, nuestras apariencias y nuestras vivencias, sean estas reales o inventadas) de acuerdo con determinados clichés, con el objeto de ser aceptados y/o admirados por otros usuarios tan enajenados como nosotros mismos. Un ejercicio por otra parte inútil, ya que (esto lo he visto yo con mis propios ojos, y hasta lo he practicado alguna vez) la mayoría de los likes que emitimos o recibimos son fruto de un gesto automático: ni las fotos se observan con detalle, ni los textos (esto, mucho menos) se leen con atención alguna. Así, nos transformamos en otros para satisfacer a… a nadie, en realidad. Esto me resulta desoladoramente triste, sobre todo porque se trata de una dinámica muy exigente: al final, la persona siempre debe estar a la altura (o bajura) del personaje que proyecta a través de las redes, y esto (por imposible) siempre conduce a una enorme frustración. Y a una enorme soledad. Lo segundo me parece aún más lamentable que lo primero… y ya es decir.

Lo sabía: con esta actualización iba a batir mi propio récord de extensión… ¡y aún no he terminado! Tengo mucho más que vomitar a estos respectos, pero dejaré otros asuntos aparte para terminar haciendo referencia al archifamoso algoritmo. O algoristmos, porque ya no hay proveedor de contenidos que no lo utilice. ¡Ay, el agoritmo! Esa especie de Gran Hermano que todo lo ve, todo lo analiza y todo lo controla desde algún paraíso digital cuya localización desconocemos. El algoritmo… ¡qué gran invento! Gracias a él sólo nos cyber-relacionamos con nuestros correligionarios; y vemos, escuchamos y leemos todo aquello que encaja con nuestra propia forma de ver la vida y el mundo. Perdón… ¡perdón! ¿He dicho “propia”? No, no… Nada de “propio”, aquí todo debe ser colectivo; a poder ser, universal. El algoritmo, al filtrar los mensajes (de todo tipo) que recibimos; e incluso a las personas a las que cyberconocemos; funciona al mismo tiempo como un espejo deformante y como un censor: nos escamotea todo lo que pueda resultarnos molesto y ofrece a nuestros ojos una imagen de la realidad confortablemente afín a nuestras opiniones y deseos. Así, simultáneamente, nos va moldeando, puliendo, desgastando: nos extirpa el pensamiento crítico y hace que nos instalemos en la comodidad del que sabe que lleva la razón… ¡porque todo el mundo razonable y guay piensa igual que yo! Arcadas secas me da el algoritmo: no hay mayor instrumento para el narcisismo, la autocomplacencia y la masturbación social e intelectual. Y al que discrepe o se salga del target… que le pique un pollo. Así nos va. Aborregados pero hipnóticamente felices, nos dirigimos con docilidad a los fértiles prados de nuestro target de consumo. Y yo el primero, que conste. Puaj y repuaj.

Hasta yo mismo me he cansado de tantísima verborrea. Corto ya. Qué a gusto me he quedado.



viernes, 9 de julio de 2021

VAlenTíA

 


En los últimos meses he hablado mucho de mis miedos e inseguridades. En realidad es un asunto del que yo rajo bastante a menudo, de forma pública y notoria. Me muestro así de transparente, enseño mis fragilidades a la primera de cambio, igual a modo de peculiar terapia o para exorcizar esas ataduras psicológicas y emocionales que en ocasiones me limitan, me atenazan o me ahogan. Hay quien dice que ese ejercicio puede resultar tela de peligroso, porque, claro: si ventilo mis miserias tan alegremente, corro el riesgo de que algún desaprensivo las utilice para joderme la vida. Esto, obviamente, ha pasado algunas veces. Pero, para ser sincero y justo, son las menos. La inmensa mayoría de personas con las que me he cruzado en la vida; y que forman parte de mi ecosistema emocional; han abrazado esos lugares sombríos de mi alma; los han comprendido, aceptado y, en muchas ocasiones, hasta me han ayudado a llevarlos con cierta dignidad, que es (creo yo) lo más que podemos hacer con determinadas taras muy arraigadas en nuestras meninges. Así que pienso seguir así: caminando a pecho descubierto. Llamadme temerario. Igual sí que lo soy.

Pues eso: como cualquier hijo de vecino, tengo un buen puñado de miedos y complejos que me acompañan en esta especie de aventura que llamamos existencia. Algunos me gustaría sacudírmelos de un plumazo; y otros, en cambio, resultan herramientas tela de necesarias para evitarme situaciones que pueden provocarme daño. No, señores, no: no todos los miedos son malos. ¡Ni mucho menos! Por ejemplo: a mí me da mucho miedo conducir borracho (algo que hice en el pasado), y ese temor me parece de lo más saludable, ya que me evita la posibilidad de resultados catastróficos. En esta línea de pensamiento, hay otras cosas que me dan miedo (las drogas; determinado tipo de ambientes, personas y lugares; actitudes propias y ajenas) y, oigauhté, tan agusto. Quiero decir que la protección que esas inquietudes me generan la veo tela de productiva. Que sigan ahí, y por mucho tiempo. Lejos de atenazar mi libertad, me permiten llevar una existencia más pacífica y saludable. ¿Que me pierdo, por eso, vivir algunas experiencias y experimentar ciertas sensaciones? Pues vale. Hay tantas formas de disfrutar que si dejo algunas de lado tampoco me va a pasar nada. Ya está bien de tanto hedonismo, leches. Que lo del carpe diem y lo de “en esta vida hay que probarlo todo” queda muy de intrépida y moderna, pero cierta mesura también conviene (ya ves tú, lo digo yo, que soy tan mesurado como el fondo de armario de Paco Clavel. Ejem…).

Hay otros miedos, en cambio; que en vez de protegerme, hacen que no me aventure a desarrollar todo mi potencial como human being (el potencial que tengo, con todas mis limitaciones); o me incitan a tomar determinadas decisiones para instalarme en mi zona de confort (a veces tan poco confortable, la verdad). De esos sí que me gustaría librarme, aunque no sé si está en mi mano hacerlo. El miedo a la soledad; a no ser suficientemente excelente; al abandono; al cambio; al dolor (físico y emocional); a no recibir el amor que necesito; a salir de mis rutinas o renunciar a mis apegos; al fracaso, en cualquier ámbito; a no estar a la altura… En fin: taritas de lo más cotidiano, aliñadas con un buen chorreón de ansiedad. Por mor de ellas (de esas taras, digo) me veo muchas veces metido en berenjenales que ni quiero, ni merezco, ni me hacen feliz. Traicionándome a mí mismo y manipulando a los demás para convencerme/nos de que determinadas realidades no lo son tanto. Un mojón de kilo y medio, vaya. También por culpa (o, mejor, como consecuencia) de esos miedos, dejo de embarcarme en proyectos que me resultan embriagadoramente atractivos, lo cual es otro pedazo de mojón. Estamos trabajando en ello: a ver si con voluntad y disciplina consigo superar esas trabas mentales mías. O, por lo menos, hacer que no me fastidien mucho, que ya es bastante.

Por otra parte, también hay que decir que, a despecho de mis taras, he arrostrado a lo largo de mi biografía circunstancias que a priori me daban pánico, y, oye… he tirado pa´lante con bastante soltura. Me he enfrentado a la parálisis que mis miedos me provocan para llevar una vida más feliz, coherente y auténtica. Por eso, aunque a veces yo mismo me siento un poco (bastante) cobarde, hoy quiero desgranar algunas decisiones que demuestran que no; que de cobarde, nada. Como diría mi admiradísima Mariah Carey, “a hero lies in me”. O algo así. He sido (y aún soy) un tipo bastante valiente, y me lo voy a recordar, porque a veces se me olvida. Veamos:

- Fui muy valiente al aceptar mi homosexualidad (primero) y compartirla con el mundo (después). Esto parece un asunto menor, pero no lo es. Superparanada. Que se lo digan a aquel Javi adolescente, consumido por el terror al rechazo y la soledad que mi mente imaginaba como consecuencias seguras de mi salida del armario. Nada de eso pasó, afortunadamente. Pero los malos ratos que enfrentarme a todo aquello me provocó ya no me los quita nadie. Y aun así, tuve el coraje de aceptarme a mí mismo y compartir esa característica mía con los demás. Y aun lo tengo, porque vivo mi mariconez con toda naturalidad, sin enarbolar banderas ni ocultarme ante nadie. Ole por mí.

- Fue un acto de audacia venirme a Sevilla mientras mi abuela agonizaba en el hospital; y enfrentarme, en esas circunstancias, a mi primer trabajo en la tele. Y hacerlo además bien, oye. También me armé de valor para irme a Madrid a currar; y para volverme, rechazando atractivas ofertas laborales, al comprender que aquella ciudad no era para mí.

- Tuve mucho valor al montar una empresa de la nada, con el enorme riesgo económico y profesional que ello suponía; ¡y eso que ese tipo de aventuras ni se me pasaba por la imaginación! Fue muy corajudo crearla, defenderla, cuidarla y hacerla crecer. Y también fue valiente disolverla en su momento, con las enormes consecuencias emocionales que hacerlo me provocó.

- Me enfrenté a la enfermedad y muerte de mi madre con un arrojo que desconocía en mí. Y de este tema no quiero añadir nada más.

- Hay que tener mucho valor para apostar por ciertas relaciones sentimentales, y no hablo sólo de pareja (aunque aquí, más que valiente, igual he sido temerario); y también para ponerles fin, a pesar de todo el amor y la energía y el cuidado que quise poner en ellas (con mayor o menor fortuna).

Seguro que hay muchas más decisiones y comportamientos que demuestran las agallas que, si me lo propongo, puedo echarle a la vida. Pero me estoy quedando sin tiempo, y este texto es (una vez más) resulta ya excesivamente extenso. Sólo diré, para terminar, que hay que tener dos cojones bien puestos para escribir todo esto; para publicarlo, y compartirlo y airearlo a los cuatro vientos. Más aún en estos tiempos de postureo e impostura y supergayismo que nos ha tocado vivir. Y se acabó.


jueves, 10 de junio de 2021

CoMUniDad Gay

 


Leo mucho últimamente la construcción gramatical “comunidad gay”. En realidad, como es lógico, ya que estoy en este mundo y además soy maricón, se trata de un concepto que conozco desde long time ago (esto lo digo en inglés porque es un capricho que quiero darme… ¡queda tan de película Disney!). Podría haber escrito hoy acerca de otros muchos asuntos, más o menos personales. Pero no me apetece. Lo mismo es efecto de la vacuna, que me tiene la cabeza un poco como en esos días nublados y calurosos: osea, a las tres menos cuarto. Recondúcete, Javi, que te pierdes: lo de la comunidad gay. Vamos a tocar un poquito los cataplines, que en esa disciplina deportiva eres un crack.

Veamos: ¿a qué comunidades pertenezco yo? ¿En qué consiste ser parte de una comunidad? Pues al margen de lo que diga el diccionario (que en este caso, me la pela); para esta pequeña persona que aquí os escribe, ser miembro de una comunidad significa sentirse unido social, emocional, intelectual o laboralmente a determinado grupo de personas, más o menos amplio. Así, me siento unido a la comunidad de mis amigos (que son, en realidad, varias comunidades, ya que por fortuna mis amigos son numerosos, y muy variados); a la comunidad de mi empresa; o mejor dicho, de parte de ella, ya que somos más de mil trabajadores y sólo tengo contacto laboral y social con unos pocos; a la comunidad de mi familia, y ni siquiera a todos mis familiares puedo incluirlos en ese grupo, ya que con algunos de ellos no tengo ningún tipo de contacto. ¿Me siento miembro de otra comunidad? Pues diría que, ahora mismo, no. Ni siquiera a la comunidad de mi vecindario, ya que (así son las cosas en nuestros días), mi relación con los vecinos se limita a un cortés saludo cuando nos cruzamos, tras nuestras mascarillas, en el portal. Tampoco a la comunidad de “los andaluces”, porque somos ocho millones de criaturas, cada una de su padre y de su madre; y lo único que me une a ellas es el azar de haber nacido más abajo de Despeñaperros. Ya no digamos comunidades como “España” o “Europa”, que son fantasías creadas para aportar cierta cohesión social e invitarnos a trabajar en grupo por los intereses colectivos, o algo así (hay que leerse “Sapiens, de animales a dioses”, para entender bien este concepto. Os invito a hacerlo).

 Así visto, ¿pertenezco yo a la comunidad gay? Para saberlo, primero deberíamos definir qué significa ser maricón (lo digo de este modo porque la palabra “gay” me parece una auténtica cursilada; y el vocablo “homosexual”, incompleto desde su propia etimología). No voy a meterme yo en semejante berenjenal, porque no tengo ganas (estoy un poco abúlico esta mañana); y porque otras personas ya han fijado esa definición de manera muy precisa y aguda. Pero sí diré que no; no me siento parte de la “comunidad gay” (en caso de que esta exista más allá de determinados intereses económicos e ideológicos). ¿Por qué? Pues porque lo único que me une al resto de maricones del mundo es una cualidad compartida (la mariconez), que es una mínima parte de lo que yo soy como human being. Ni siquiera es la parte de mi personalidad que más me define. A la gran mayoría de los maricones del mundo ni siquiera los conozco; y con los que he tratado, me ha ocurrido como con el resto de las personas: algunos me caen bien; otros mal; a algunos los quiero, y a otros no; con algunos comparto valores, aficiones y opiniones, y otros están absolutamente en mis antípodas. Sin más. Tampoco me siento parte de la “comunidad de los hombres con cresta” ni de la de “personas bajitas”. Así de simple. Además, me da mucho coraje que, por el simple hecho de ser yo marica, se me presupongan determinadas actitudes, comportamientos e ideas. Qué coñazo tanto cliché, estereotipo y pensamiento único. Como mucho, podría admitir que pertenezco al colectivo (atención a esta palabra, “colectivo”, con implicaciones emocionales tan distintas de las de “comunidad”) de “personas homosexuales de occidente”, porque es cierto que hay determinadas cuestiones legales, sociales y administrativas que me afectan a mí de la misma forma que al resto de maricones por el simple hecho de serlo. Lo cual es bastante triste, en pleno siglo XXI. Pero vamos, que igual que me parecen indignantes las discriminaciones y agresiones homófoba, me resultan nauseabundas las que se producen por motivos racistas o machistas. Y toda la violencia en general. Faltaría más.

Sí que entiendo que, como individuos, todos necesitamos sentirnos parte de una comunidad. Esto es muy razonable, y quienes, para encontrar sus propias soluciones emocionales y sociales, decidan abanderar su pertenencia a la “comunidad gay”… pues están en todo su derecho. Si así se sienten mejor... ¡ole por ellos! Lo veo hasta saludable (siempre, claro, que para para ello no renuncien a su propia esencia como individuos; y pasen por determinados aros actitudinales, ideológicos, económicos, morales o políticos que en el fondo les son ajenos). Cada uno que busque su propio espacio, y su propia felicidad como mejor vea. No hay más. ¡Ni menos!

Ea, ya está. Seguro que ya he levantado más de una ampolla (sin chistes fáciles). No es mi intención, desde luego. Nunca he sido un provocador. Pero sí me gusta creer que tengo opiniones propias, y puedo expresarlas y compartirlas. Espero que tú, querido lector, opines de la misma forma.


miércoles, 12 de mayo de 2021

El pODeR dE La PAlaBrA



 Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus”

Qué, cómo sus habéis quedao. Comienzo la actualización de hoy con un cacho de latinajo, no porque pretenda quedar de pedante (que puedo serlo, y bastante), sino porque esta cita de “El nombre de la rosa” evoca a la perfección lo que quiero vomitar sobre el papel. Umberto Eco lo resumió muy bien, en una sola frase (bueno… después de esa frase vinieron tropecientas páginas, así que lo mismo el sinóptico es el menda). Me temo que yo pretendo desarrollarlo, con respecto de determinadas actualidades que laceran mis meninges y asaetean mis sueños (vale, es exageradamente dramático, ¿pero a que queda guay?). Estoy de bastante mala leche, lo advierto. Allá vamos.

Sin entrar en digresiones semióticas (que me superencantan, por otra parte, pero creo que es un vicio poco compartido), siempre he creído mucho en el poder de las palabras. Porque lo que vemos, lo que experimentamos, lo que sentimos, pensamos, soñamos o ideamos, sólo podemos expresarlo los seres humanos a través del lenguaje verbal. Cuantos más vocablos manejemos, más sutil y variada será nuestra realidad, en todos los sentidos, ya que lo que no puede ser nombrado, para nosotros, no existe. Un ejemplo: si sólo conozco la palabra “tristeza”, podré acudir únicamente a ella para definir un montón de emociones diferentes (melancolía, pena, angustia, depresión, nostalgia, abatimiento, derrota, consternación,...); así que me estoy perdiendo los sutiles pero trascendentes matices de esas emociones, que no puedo reconocer (porque no les puedo poner nombre), y no puedo experimentar, por mi desconocimiento de tanta variedad de sentimientos.

Si es la lengua la que define la realidad; o viceversa, es un asunto que no voy a abordar aquí. Lingüistas mucho más preparados que yo (de hecho, no soy lingüista, aunque manejo ese blando músculo bucal con sorprendente soltura) han debatido en torno a tan espinoso asunto sin llegar a conclusiones claras. Pero sí quiero reflexionar acerca de cómo nuestra realidad (intelectual, política, social y, por tanto, personal) se ha ido empobreciendo en los últimos años como consecuencia de la pérdida de significado de determinados vocablos. 

Por ir al grano: “libertad”, “democracia”, “igualdad”, “feminismo”, “solidaridad”, “socialismo”, “responsabilidad”, “fascismo”, “terrorismo”, “tolerancia”, “igualdad”. Son todos términos fundamentales para la convivencia y la construcción moral del individuo y las sociedades, pero han sido tan vejados, reinterpretados, pisoteados, manoseados, repetidos, manipulados y distorsionados que ya no significan nada… o, peor aún, pueden significar cualquier cosa. A diario los escuchamos o leemos, reiterados hasta la arcada por gente que dispone de un megáfono para llegar a las masas (cualquier idiota con dedos y un teléfono móvil tiene acceso a una plataforma pública). Ahora que lo pienso, para más inri (olé por mí, expresión arcaica y bella donde las haya!) todos estos vocablos tienen, además, una potentísima carga emocional: cuando se pronuncian (sea quien sea el que lo haga) van directos al hígado esquivando el cerebro, porque, como ya carecen de su identidad semántica original, no pueden ser procesados por el intelecto (que es justo lo que se pretende, que se “sientan” y no se “piensen”). Y así nos van conduciendo como borreguitos, a golpe de slogan: disparando a nuestros instintos más primarios con términos que, en origen, fueron pura abstracción, exclusivo intelecto. ¿Cuál es el efecto de tan planificada (porque estoy seguro de que todo esto responde a un plan, claro) argucia? Está claro: polarizarlo todo, eliminar cualquier tipo de sutileza intelectual y destruir el pensamiento crítico. Porque al grito de “libertad” (o de “fascismo”, o de “igualdad”), quien quiera puede hacer o decir lo que le dé la gana, y pensar lo que más le convenga (a él, o a quien lo convenció). Tan a gusto, oyes, porque para eso lo hace y dice y lo piensa en nombre de la “libertad”, que es lo más importante que existe. No hay más que hablar. Este acto tan vil (y al mismo tiemplo, simplón) de manipulación lo mismo lo perpetra un seguidor de Hitler que un budista con oficina en Times Square (los monjes de los monasterios tibetanos no están en semejantes atropellos, o al menos eso espero). Pero, ¿qué es la “libertad”? ¿En qué consiste? ¿Qué proyección individual y colectiva posee ese concepto? En estos tiempos, ninguna, porque YA NO ES UN CONCEPTO, sino simplemente un lema, una pantomima, una lluvia de lentejuelas. Lo que viene siendo un soberano mojón.

Todo esto, además, resulta enormemente amplificado por internet y las redes sociales. No sólo porque funcionan como enormes altavoces que se encargan de distribuir el mensaje (o, más bien, el “no mensaje”); sino porque, gracias a los famosos algoritmos y demás técnicas cibernéticas, resulta que en el plano virtual acabamos rodeados de personas (y entidades, y medios de comunicación) que comulgan a la perfección con nuestros gustos, inquietudes, formas de pensar y de actuar y de ver la vida. Y que conciben esas palabras vacías (como “libertad”) de la misma forma que nosotros. Son los que nos salen como sugerencias en facebook, instagram y demás foros virtuales. Ellos repiten, como un eco, esos mismos mantras que nosotros hemos asumido, reforzando nuestra sensación de estar en lo correcto. “Sí, es así, llevo razón. Yo sí que sé qué es la libertad y creo en ella. Además, la mayoría de la gente piensa como yo, porque todos mis contactos virtuales van en mi misma línea”. Ea, a solazarse, sumergidos en la extática ambrosía de la autocomplacencia y la mutua masturbación. ¡Yuju, somos los buenos, los bienpensantes, los guays del paraguay! Y todo el que discrepe…. ¡“fascista”, “comunista”, “libertario”, “intolerante”, “terrorista”, “machista”, “discriminador”, “violento”, “radical”!!!. Nada de pensamientos discordantes ni planteamientos que puedan hacer que se tambaleen nuestra certezas mojoneras. Así nos va.

Por terminar de un modo algo más optimista, diré que hay palabras que, por fortuna, mantienen intacta toda su esencia, al menos en mi cerebro y en mi corazón. “Amistad”, “empatía”, “amor”, “esperanza”, “alegría” y “cerveza” son algunas de ellas. Que no las cojan los políticos, Maremíademiarma. Porque si lo hacen, estaremos perdidos (¡y encima, sobrios! Miedito!!!).

FOTO: No tiene nada que ver con el texto. Es simplemente un reclamo. La carne siempre tira mucho.

NOTA: Traducción del latinajo inicial: «De la primigenia rosa solo nos queda el nombre, solo conservamos nombres desnudos». 

miércoles, 5 de mayo de 2021

NepAL


Esta mañana el facebook (que es así de traicionero) me ha recordado que hace 10 años andaba yo por tierras nepalíes. Ver la foto de la plaza de Patán, tan indescriptiblemente bella y conmovedora (al menos lo era, porque hace tiempo ya un terremoto la dejó hecha polvo. Pobres nepalíes, todo les viene encima); ver la foto, digo, me ha removido el alma hasta el punto de ponerme la carne de gallina. Sí, yo soy muy sentío para todo; pero es que, entre la nostalgia que experimento cuando pienso en viajar; y el huracán de sensaciones que el recuerdo de aquel periplo ha provocado en mis meninges, pues ya tengo la mañana echá, emocionalmente hablando. ¿Es eso necesariamente negativo? Pues no lo es, mireuhté. Tiene, como todo, su lado bueno y su lado malo. Y ambos los tengo que abrazar, según parece.

Como digo, uno de los efectos más desoladores que esta mierda de pandemia ha traído a mi existencia es la imposibilidad de realizar viajes. De realizarlos, de planearlos, y de saborearlos tras su consecución, porque las aventuras veraniegas (que son las más distantes y prolongadas que ejecuto… o ejecutaba, hasta el dichoso COVID) ocupan en realidad tres cuartas partes de mi año. Son un impulso que me mantiene ilusionado durante muchos meses, porque suelo viajar por mi cuenta (y riesgo), y me encanta organizar mis expediciones con detalle, paciencia y esmero. Empiezo a recabar información sobre posibles destinos en octubre; decido a dónde ir en diciembre; busco vuelos en enero; los compro en febrero y me dedico a planificar rutas, seleccionar alojamientos, mirar restaurantes, elegir actividades y empaparme de todo lo que ese lugar puede ofrecerme hasta la fecha de despegue, que suele producirse en julio o agosto. Desde hace años, gran parte de mis ilusiones y entusiasmo giran (giraban… ¡mierda!) en torno a esa actividad. Ahora que no puedo realizarla, me siento un poco huérfano de ilusiones. Bastante, en realidad.. Mojones gordos para mi persona. A ver si me inoculan ya la dichosa vacuna (aunque sea marca Bosque Verde) y me pongo otra vez a reventar el skyscanner. Que Buda me oiga.

He tenido la fortuna de conocer varias partes de este mundo tan diverso que habitamos, en periplos que me han regalado sensaciones y emociones y experiencias (éticas y estéticas) de muy diferente jaez. Mi corazón guarda el peculiar sabor de cada viaje, marcado siempre por mi situación emocional del momento; las personas que me acompañaron y aquellas a las que encontré; y la peculiar idiosincrasia (palabra esta que me fascina por su extrema cursilería) del destino elegido. Europa (gran parte de ella); Tailandia, Japón, Egipto, Nueva York, Malasia, Estambul, Indonesia, Vietnam, Camboya, Singapour… Lo que viví en eso destinos, para mi cuerpo se queda. Pero la visita a Nepal, necesariamente, tengo que ponerla aparte. Por diferentes razones… que, obviamente, pienso compartir con vosotros. Sus jodéis, no haber empezado a leer. Ya es sabido que yo no me guardo nada.

Para empezar, Nepal fue mi primera incursión en el continente asiático. Valiente forma de iniciarme, así, a lo bestia, en uno de los países más pobres y subdesarrollados del continente. Por otra parte, hay que decir que iba allí por un motivo que trasciende lo meramente turístico. Resulta que un vecino mío de Málaga engendró y se encarga de gestionar una pequeña ONG de apadrinamientos educacionales para niños y niñas (la precisión es muy necesaria, ya que la situación y perspectivas de unos y otras es muy, muy, muy diferente por aquellos lares) nepalíes. En realidad, su actividad está centrada en una región concreta, bastante remota y olvidada, junto a la frontera norte del país, ya en las estribaciones del Himalaya chino. La historia de Alfonso (que es el susodicho vecino) y su proyecto solidario es tela de emocionante, pero ya si eso os la cuento cara a cara, porque así escrita puede ocuparme diez o doce páginas, y no es plan. Por vuestra paciencia, y por la salud de mis dedos. El caso es que Alfonso me ofreció acompañarlo en su excursión anual al país, para echarle una mano en las tareas de organización y control de los mencionados apadrinamientos. Osea, que yo iba en modo medio turista, medio cooperante. Esto es importante comprenderlo, ya que explica muchas de las emociones que voy a compartir. ¡Coño, ya llevo un cacho de parrafada, y aún ni he empezado a contar el viaje! Abreviemos, pues. Que lo enjundioso, en realidad, tendrá que ser necesariamente breve. Porque no tengo pensado hacer aquí la crónica del viaje (la tengo publicada, en plan logístico, en un “Los viajeros”, osea, aquí: https://www.losviajeros.com/Blogs.php?b=5538), sino comentar cómo aquella experiencia cambió profundamente mi perspectiva acerca de determinadas realidades de nuestro mundo; y también de mí mismo.

Cuando llegué a Kathmandú sentí, casi literalmente, que la realidad me daba un hostiazo en toda la cara. Es una ciudad que me fascina y me resulta insoportable a partes iguales. Descubrí que la belleza no está reñida con la desolación; que la vida y la muerte pueden convivir de forma muy cotidiana, y eso es tan cruel como revelador. Entendí, de forma muy impactante, las sutiles (pero abismales) diferencias entre conceptos como “miseria, pobreza, carencia, necesidad, indigencia y desesperación” (desde aquí pueden parecernos sinónimos, pero no tienen nada que ver). Vi con mis espantados ojos hasta dónde puede llegar la ignominia del ser humano (supongo que hay límites aún más bestias, seguro; no quiero verlos, creo que mi corazón no los soportaría, llamadme nenaza); y cómo las personas podemos sobrevivir en circunstancias… en circunstancias indescriptibles. Y no tengo nada más que decir al respecto.


Luego, de la mano de Alfonso, abandonamos la capital y nos fuimos a la tierra de los Tamang (etnia de origen tibetano a quien va destinada la ayuda de nuestra ONG). Viven ellos en un valle remoto. Bueno, remoto: está a poco menos de 150 kilómetros de Kathmandú, pero allí las distancias se miden de forma distinta. Doce horitas tardamos en llegar hasta aquellos elevados páramos, en un autobús marca “Tata” atestado de personas (techo incluido), gallinas y sacos de arroz; atravesando una carretera (ellos la llaman “Highway”, hay que joderse) que ríase usted de… de…. no sé qué decir, no se me ocurre con qué compararla. A ojos de un españolito, podría definirse como un camino de cabras salpicado de peñascos por los desprendimientos de tierra, y asomado a precipicios (tan bellos como intimidantes) de varios cientos de metros. De un lado, el abismo; de otro, cumbres cercanas a los 7000. ¡Y la carretera, frecuentada por camiones, es de doble sentido! Si nos nos matamos fue porque Ganesh no quiso… y por la expresividad del revisor (ejem), que viajaba asomado a la puerta (ejem) del vehículo (ejem) y, cuando veía que ya el autobús iba a dar el topetazo gordo pendiente abajo, daba golpes y silbidos para avisar al conductor de que nuestra muerte estaba próxima. Tal cual, no exagero ni una mijita. Yo sólo le pedía a la Virgen del Carmen que a aquel chaval no se le secara la boca. Creo que nunca en mi vida he rezado más y con más pasión que en el momento en que se hizo de noche, y aún no habíamos llegado. ¿Llegado a dónde? Eso quisiera saber yo, porque al final aquel genio del volante nos dejó en una especie de bosque, a más de 3000 metros de altitud y en mitad de ninguna parte. Aun así, al bajarme de tan elegante y seguro autocar, jinqué la rodilla en la tierra y besé el suelo, al más puro estilo Wojtyla. Os lo juro por Beyoncé. Eso sí: contemplar, frente a mí, el pico del Lantang Lirung, ataviado con su túnica de nieves perpetuas bajo la fría luz de la luna llena…. Demasiado belleza para tan pequeño cuerpo.

A partir de ahí viví muchas experiencias junto a los habitantes de aquel universo, tan diferente del nuestro. No tengo tiempo ni lugar para narrarlas aquí, mejor con una cerveza (o varias) delante. Sólo diré que, amén de otras sensaciones para mí completamente nuevas, tuve que enfrentarme a una que aún reverbera en mi alma como el sonido (un poco amargo) de un cuenco tibetano. Ejercer mi labor de cooperante; fiscalizar que nuestra ayuda llegaba a quien debía llegar, y se destinaba a lo que tenía que destinarse, me desgastó tela emocionalmente, y me enfrentó a un Javi desconocido por mí, para lo bueno y para lo malo. Lloré mucho; muchísimo: de impotencia, de tristeza; y también de alegría y libertad. Embriagado por tanta belleza y tanta verdad y tanta dignidad dentro de la pobreza. Pero lo peor fue descubrir que, en determinados momentos, llegué a sentirme superior a aquella gente. Me sentí así porque, en cierto sentido, lo era: superior económicamente; superior porque mis recursos, mis capacidades, mis posibilidades y todas mis opciones vitales estaban a años luz de las de ellos. Podría decir que, en realidad, ellos eran superiores a mí, ya que sus umbrales de felicidad son mayores; y sus neurosis de gente rica, inexistentes. Pero si dijera eso, mentiría, porque allí ya les ha llegado la tele, y ahora pueden ver todo aquello que jamás van a tener. ¿Es mejor que lo que ya tienen? Pues en muchos sentidos no, la verdad. Pero ahora vas tú, con tu buena billetera en el bolsillo, tu coche, tu casa en propiedad, tus billetes de avión y tu seguro médico, y se lo explicas. Valiente mierda. Experimentar ese sentimiento de superioridad me dejó muchas cicatrices en el alma. Aún me duelen, de vez en cuando. 

Se me ha ido de las manos esta actualización, es un hecho. Y aun así, voy a cerrarla con un extracto de mi diario de aquel viaje. Al leerlo hoy se me han saltado las lágrimas. Hay muchas alusiones personales que no vais a comprender, pero igualmente lo planto aquí, simplemente porque me da la gana.

“Me quedo con los remotos valles de Rasuwa; las abismales laderas labradas de bancales; los abruptos cauces del Bote Kosi, el Gatlan y el Chilime Kola; los amaneceres milenarios, deslumbrantes, con los primeros rayos de sol abriéndose paso, a duras penas, por encima de la cumbre blanca del Langtang Lirung; los bosques de rododendros; los gritos de los niños, acudiendo en bandada para decirme”Namaste”y pedirme una foto; las miradas agradecidas de esta gente orgullosamente humilde, que desea para sus hijos un futuro mejor; la delicadeza con que Chersing me puso el traje tradicional de los Tamang; las noches en el Community Center; las risas con Alfonso; el abejorro, el hombre pájaro, el chico de los palitos, Torrebruno, Galindo y la increíble niña menguante; Nima y su heroica ambición por mejorar su vida y la de sus vecinos; la poderosa mirada de Milan; la ternura de Karma, y la risa de Kayla, tan limpias y contagiosas; la boda budista en Parvati Kunda; el dolor agudo de mis rodillas; Ram Ghale y su historia de ida y vuelta al monasterio budista; el omnipresente y delicioso Dal Bat; la indescriptible ruta en autobús local de Kathmandú hasta el collado, un viaje que, por sí solo, merecería un documental entero; la risueña alegría de Nabin, el profesor interino que sueña con viajar a Canadá; la emocionada frustración de Jana, voluntaria que vino de Australia para ayudar y se ha topado con la indolente realidad de la administración nepalí; el optimismo de su novio Darren, tan sincero y vitalista; las tardes en la cocina de Chauatara, y los desayunos a base de roti recién amasado; la inocente fragilidad de este pueblo, sumido en un letargo de siglos, paupérrimo y sublime, dulce y desolado, luminoso y acogedor. Así es el Nepal que me conmovió desde el primer día, y con el que, de alguna forma, tengo ya un vínculo que trasciende la emoción pasajera del turista ocasional.”


FOTO: Yo (después de haberme comido a mí mismo, estaba sensiblemente más gordo) ataviado con el traje tradicional de los Tamang. Lo que se esconde detrás de esta foto… es mucha tela.

martes, 20 de abril de 2021

AuDiENciA


Hace unas semanas me rencontré (muy, muy felizmente) con unas amigas de mi juventud. Nos quisimos mucho en nuestros años mozos, y nos seguimos queriendo mucho ahora, aunque la distancia geográfica y nuestras trayectorias vitales hayan hecho que no coincidamos durante lustros en el mismo tiempo y en el mismo espacio. Eso, en realidad, no es importante, porque al abrazarnos de nuevo sentí (seguro que ellas también) el calor de nuestro enorme afecto; y tras intercambiar cuatro palabras, era como si aún estuviéramos en el Instituto, planeando qué bares íbamos a asaltar el fin de semana (por ejemplo). Vale, el tiempo ha pasado y a mí me ha pisoteado la cara (a ellas no, siguen tan bellas y chispeantes como en los 90); pero nuestros corazones siguen vibrando en la misma sintonía. Ángeles, Irene y Alicia (Eva también, por supuesto, pero con ella sí he mantenido una relación más constante) me devolvieron, con su mirada, la imagen de un Javi jovial, aventurero, inteligente y poderoso. Sigo siendo todo eso, obviamente, aunque con menos pelo y más arrugas. Y más sabiduría, también, qué cojones. Que la madurez (ejem) implica cierto aprendizaje, intelectual y emocional, aunque a veces me sienta como un niño de 12 años. El tamaño lo tengo, desde luego.

En fin: no voy a a hablar hoy con detalle de lo que significan estas mujeres en mi vida, espero que no se enfaden. En realidad tampoco hace falta, ellas lo saben muy bien y saben también que deseo firmemente que este rencuentro sea el prólogo de muchas quedadas más (cierre perimetral mediante). Las traigo a colación porque fui muy feliz al verlas de nuevo; y porque una de ellas (Ángeles en concreto) me comentó que suele leer mi blog, y que le gusta mucho hacerlo porque al leerme era como si me estuviera escuchando. Francamente, me sorprendí; no por lo segundo (soy consciente de que escribo más o menos como hablo, es deformación profesional de mis tiempos de guionista), sino por lo primero. No esperaba que Ángeles; a la que no veía desde hace años y con la que mantenía un escueto contacto cibernético (no es ella mucho de publicar en redes); pudiera tener el más mínimo interés en estos textos que de vez en cuando compongo, comentando mis paranoias, anécdotas, pensamientos, emociones y otras gilipolleces varias. Como digo, me sorprendí y me sentí tela de halagado. Por su cariño y su atención y su interés. Es muy bonito, la verdá.

Días más tarde, un perfecto desconocido (con el que no tenía ningún tipo de relación, ni siquiera virtual) le dijo a mi novio que le gusta mucho el estilo de mi blog. Ahí ya sí que me quedé con las patas colgando. ¿Cómo coño había llegado ese muchacho hasta este cyberescaparate? Pues fácil: resulta que yo (que soy lerdo para el tema redes) había puesto el enlace en mi perfil de instagram (que por lo demás, es privado) y eso puede verlo todo quisque. Ea, ya está, cagada gorda. No por nada, sino porque pienso que este blog es mucho más íntimo que el IG y, si tengo capada esa red, pues igual debería restringir también esta especie de diario virtual (no tan diario, vale, es una forma de hablar). En realidad es algo en lo que no había caído, ya que dudo que ni lo uno ni lo otro (ni mi instagram, ni mi blog) provoquen el más mínimo interés en personas desconocidas (por mí). Pero mira tú por dónde, resulta que sí; que despiertan interés, incluso para gente que no sabía hace unos meses ni de mi existencia. Los motivos… pues son fáciles de suponer. Tengo un novio instagramer y algunos de sus seguidores quieren saber quién puñetas se ha llevado ese gato a su agua. Pero mira tú por dónde, resulta que, más allá de esa curiosidad telecinquera (muy comprensible, por otra parte), hay quien va y se lee estas peroratas, tan personalísimas y extensas. Y hasta le parecen bien. Qué cosas…

En su día (hace años, hay una entrada del blog que habla de eso) me preguntaba yo (y me contestaba, lo de mantener diálogos internos es una actividad que practico con fruición) por qué tengo un blog. Para qué lo escribo, y lo publico. Así lo expresé, muy sinópticamente:

“¿Para qué tengo un blog? Para exhibirme. Está claro. Para mostrar lo que pienso, lo que siento, o lo que imagino. Para conectarme con (parte de) el mundo; y quizá también para conectar conmigo mismo, a algunos niveles. También para recibir el aplauso, la admiración, el cariño de mis selectos y, según parece, no tan poco numerosos lectores. Porque me debo a mi público. Para que me queráis, vaya. Así que, venga: queredme. Leches.”

(¡Acabo de autocitarme! ¿Tendré que autopagarme derechos de autor? Lo consultaré con la almohada…)

A lo que vamos: en esta proyección pública mía, que algunos consideran exhibicionismo psicológico (porque lo es) hay ciertas dosis de vanidad. Supongo que esto me coloca en el mismo lugar que otros tipos de exhibicionista: quienes exhiben sus cuerpos, sus obras de arte, sus aventuras por el mundo, su vida social, sus habilidades físicas, sus extravagancias, sus manualidades o aquello en lo que creen que pueden destacar y despertar la admiración (o al menos, la atención) ajena. Puede ser. A todos nos gusta gustar; y cada uno tiene sus puntos fuertes. El mío (creo yo) es la capacidad de desnudarme emocionalmente, y transmitirlo de una forma bella o, al menos, personal y expresiva. También es que me interesa conectar con la gente a estos niveles, más que a otros. Imagino que eso despierta el interés de cierto perfil muy concreto de público… Aunque, como he dicho, a veces me sorprendo al descubrir entre mi audiencia a lectores totalmente inesperados. Y me agrada mucho, para qué mentir.

Debido al escaso feedback que mis actualizaciones reciben (muy pocos las comentan, y muy de tarde en tarde), me es muy difícil (más bien imposible) saber quién me lee. Y me encantaría saberlo, francamente. Así que si has llegado a estas bajuras de texto, por favor… ¡manifiéstate! Dime algo vía facebook, , guasap, instagram o en los comentarios de este mismísimo blog. Sería guay del paraguay.

NOTA: En la foto, junto al menda, las amigas que han dado pie a esta actualización. De izquierda a derecha: Ángeles, Irene, Alicia y Eva. Más maravillosas y ya, revientan.


martes, 6 de abril de 2021

CarmELa (sin más)

 


¡Las rubias no somos tontas!

La “R”

La “U”

la…

mmmmm…

¡Las rubias no somos tontas!


Pues no. Las rubias no son tontas. Al menos la rubia de la que voy a hablar hoy. He querido empezar así, en tono jocoso, para darle un poco de vaselina a este texto que ahora emprendo. Porque me temo que resultará bastante sentimental. Seguro.


Carmela llegó a mi vida de la mano de mi amigo Luis (que tantas cosas buenas me ha dado, y me sigue dando), en un momento crítico para mí. El más difícil (y también revelador) que he atravesado, en realidad. Andaba yo transitando caminos muy oscuros de mi alma; atormentado, frágil y tremendamente vulnerable. Más perdido que el barco del arroz: intentando asumir determinadas realidades y buscando mi norte en mitad de la tormenta. Tan desconcertado y dolido y asustado y excesivo que ni yo mismo sabía qué niveles de autodestrucción podía llegar a alcanzar. Un poemita, vamos. Coincidíamos por aquel tiempo Carmela y yo en un bar muy divertido cuyo nombre no recuerdo, porque ella era amiga del dueño y lo frecuentaba mucho. Como me suele ocurrir, no guardo la conciencia de cuándo la vi por primera vez, pero sí se mantiene viva en mi cerebro la sensación de que conectamos muy a primera vista, muy de piel con piel: de personas que son afines y comulgan fácil y ricamente. Así empezamos a vernos cada vez con más frecuencia, nos buscábamos y pasábamos tiempo juntos, en los bares o en su casa de la Alameda. Yo, que soy muy de largarlo todo por esta boquita y tengo la necesidad de compartir mis miserias con personas que me inspiran confianza, le abrí en canal mi corazón desolado; y ella, con su capacidad desmedida para la comprensión carente de juicio, me tomó de la mano y me regaló su amor infinito, todavía no sé muy bien por qué. Me prestó su hombro, su sentido común y su sonrisa, acompañándome en todo aquel laberinto emocional tan espinoso y excesivo; y me hizo creer en mi capacidad para encontrar ese nuevo rumbo que, en muchos sentidos, yo había perdido la esperanza de cobrar. No tengo vida para pagarle lo que hizo por mí en aquel tiempo, porque me dio justo lo que yo necesitaba: ni consejos, ni reproches, ni valoraciones, ni palmadas en la espalda. Sólo (nada menos que) la confianza en que yo solito saldría de mi personal atolladero. Supo ver en mí (y convencerme de que las tenía yo dentro) capacidades, valentías y talentos que yo no era capaz vislumbrar, de tan desarbolado que estaba. ¿Cómo lo hizo? Pues con una sabiduría que he conocido en poca gente. Y conozco a personas muy sabias, que conste.


Después de todo aquello, Carmela siguió apostando por mí, cuando otras personas dejaron de hacerlo. No lo digo en plan reproche a los que se apearon (circunstancialmente) de mi vida: es que tomé decisiones y adquirí compañías (ejem) difíciles de tragar… incluso para Carmela, por supuesto. Pero eso a ella le daba igual. A ver, igual… no le daba. Le jodía enormemente asistir a determinados espectáculos y contemplar determinadas vejaciones. Y precisamente por eso no me dejó abandonado a mi (mal elegida, pero elegida por mí, al fin y al cabo) suerte. Tragó sapos y culebras, lo sé perfectamente, y aun así seguía a mi lado, porque, por encima de todo, Carmela respeta mis decisiones, me lleven a donde me lleven. Eso no quiere decir que las aplauda: muy al contrario, a su forma chispeante de decir las cosas, me ayuda siempre a ser consciente de los líos en los que me estoy metiendo (algo que a mí no me cuesta mucho hacer, porque consciente soy tela y procuro no engañarme a mí mismo, aunque eso me joda). “Vale, cielo: sabemos los dos que la estás cagando bien cagada; pues nada, a cagarla. No pasa nada. Ya la descagarás. Y si no la descagas, pues no pasa nada tampoco. Hay que vivir la vida propia; acertar y equivocarte, aun sabiendo que lo estás haciendo”. Este es un discurso muy de Carmela. Lo dice con todo el peso de su corazón y de su privilegiado intelecto; desde la humildad y el poder que le conceden el ser una mujer tan auténtica, que se conoce tan bien a sí misma y ha llegado a aceptar sus grandezas (tan numerosas) y sus miserias (prácticamente insignificantes).


Aparte de un amor que no puedo (ni quiero) mesurar, siento hacia Carmela una admiración absoluta. La admiro por su inteligencia; por su bondad; por la belleza de su alma y, sobre todo, por su valentía. Porque hay que tener un par de ovarios muy bien puestos para recorrer el camino de autoconocimiento que ella enfrenta todos los días de su bendita vida. Y para, siendo ella tan íntegra y tan de verdad, lidiar con tantísmas moralinas y coñohonraos como nos rodean (para conocer estos conceptos, os dejo un link: http://superbaleando.blogspot.com/2015/06/de-moralinas-y-conohonraos.html). Iba a decir que la echo muchísimo de menos (porque es verdad: me encantaba que viviera en la calle de al lado, y poder abrazarla a diario); pero bueno: sé que su felicidad está ahora a kilómetros de distancia, y siempre nos queda el teléfono para ponernos al día, desahogarnos y decirnos lo mucho que nos queremos. Así que, guay.


Precisamente a esta hora Carmela está haciendo un viaje, no sé si es de ida o de vuelta. Espero que esta actualización se lo haga un poquito más liviano. El viaje, digo. Para todo lo demás, ya sabe que puede contar conmigo. FOREVER.