martes, 18 de junio de 2013

El Camino






Ya está. Ya lo he hecho. Tengo los billetes de avión. He pedido los días de libranza. He reservado (pagado, en realidad) el hotel para la primera noche. Y he conseguido la credencial. Vuelvo al Camino de Santiago.

La primera vez que se me ocurrió la idea de hacer el Camino corría el año 2007. Por aquella época andaba yo sumergido en una crisis; debía ser muy trascendental, pero hoy no soy capaz de poner en pie los motivos de aquella angustia tan tremenda que experimentaba. Quizá me sentía asfixiado por la rutina: esa habitación cómoda en la que suelo instalarme para sentirme seguro; pero que al final siempre me acaba provocando una intensa sensación de claustrofobia. El caso es que estaba fatal de los fatales y mi cuerpo me pidió un paréntesis; una oportunidad para tomar distancia y ver mis quisicosas desde otra perspectiva. A punto estuve de largarme a Nepal, yo solito. ¿Por qué no lo hice? Bueno.... Los motivos no vienen al caso (aunque ahora pienso que eran equivocados. Pero como fui después y la experiencia resultó desgarradora, pues ya no importa). Total: que tras consultarlo con algunas personas muy esenciales me decidí a colgarme la mochila y tomar rumbo a Galicia. Yo solo. Así por las buenas. Casi nadie daba un duro por mí. Yo mismo pensaba que claudicaría antes de llegar a Santiago. No confiaba en mi fortaleza. Para nada. Pero aun así mi corazón sintió la necesidad urgente de tomarse un respiro. Qué listo es el cuerpo, algunas veces. Deberíamos escucharlo más.

Aquel primer Camino me marcó en diferentes sentidos: sí, finalmente lo completé, no sin pasar trabajos y fatigas y dolores, tanto físicos como emocionales. He intentado explicar muchas veces por qué me resultó tan balsámico, tan revelador, tan íntimo y tan emocionante; por qué lo viví con semejante intensidad y por qué me hinché de llorar de pura felicidad. Y, aunque ya sabéis que a mí en retórica no me gana nadie.... me confieso incapaz de transmitir el enorme caudal de sensaciones que me asaltó durante aquellos memorables seis días de caminata. Quizá ocurre que “el Camino” siempre se ha visto como un trasunto de “La vida”; y por eso es fácil catapultarse desde la parte hasta el todo; y entender, a través de esa experiencia concreta, otras cuestiones más amplias, más genéricas, más trascendentales.

La soledad; la fugacidad; el dolor; los apegos y desapegos (materiales, sentimentales, sociales, emocionales); los encuentros y desencuentros; la belleza; la solidaridad; todo eso ocurre en el CAMINO; todo eso ES el Camino. Lo comprendí de una forma muy espontánea, muy progresiva, muy de cada día un poquito de conciencia más. Y hacerlo me resultó absolutamente liberador.

Ahora estoy otra vez en plena crisis; y vuelvo a sentir(esta vez de forma más acuciante) la necesidad de alejarme... o mejor aún, de acercarme. De acercarme a lo esencial; de conectar con mi estómago, y con mi pecho, y con mi corazón; para mirar frente a frente esos nudos que se me han atado en el alma y encontrar la forma de ir deshaciéndolos. Lo mismo pasa como en ocasiones anteriores: quizá descubra que todo ese lastre no es más que humo; quizá regrese a Sevilla libre de rencores y de miedos; sientiéndome limpio y libre y reconciliado con mi vida; y todo pueda hallar su cauce otra vez. O quizá no. Ya os contaré.

1 comentario:

  1. Precioso texto...Ojalá que sí que llegues reconfortado y un poquito, al menos, reconciliado con la vida. Espero que el camino te fortalezca y te apoyes en nosotros para seguir caminando (te quiero, guapo -la palicita, ya sabes-)

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