Se supone que, al pasar la página de un año que acaba, toca hacer balance: mirar hacia atrás y, con la breve perspectiva que nos da el lapso de las campanadas; mientras nos atragantamos (o no, porque yo no me atraganto nunca, se ve que tengo una enorme capacidad bucal... ejem, ejem...) con las uvas, sacar determinadas conclusiones acerca de esos doce meses que nos dicen adiós. Yo este año no he realizado ese ¿saludable? ejercicio. ¿Por qué? Porque no me ha dado la gana; porque si tengo que ponerme a pensar en todo lo que me ha ocurrido en el 2013 podría pasarme otros 365 días simplemente reflexionando. Y no, mireusté, no estoy yo para emplear mi valiosísimo tiempo en semejante acrobacia sentimental. Así que me tomé las uvas, simplemente; y me abracé a personas a las que quiero mucho; y brindé con champán y me puse a bailar, deslumbrado por el brillo de mi corbata de lentejuelas.
La única concesión a la nostalgia me la he permitido esta mañana, al echar un vistazo a mis deseos del año pasado. No he tenido que estrujarme las meninges, porque los expresé en esta misma cybercasa. Copio y pego lo que escribí entonces:
“Mi propósito para el 2013: darme más cancha; soltarme las riendas; no ser tan jodidamente autoexigente; y levantar el vuelo. Feliz 2013!”
Qué cínica es la vida: al final mis deseos se han cumplido, de una forma totalmente distinta a como yo imaginé. Eso me pasa por hablar y tentar al destino.
Y como el ser humano difícilmente aprende de las lecciones de su pasado, este año me atrevo de nuevo a formular un deseo; sólo uno, esta vez: quiero que, durante el 2014, no se me olvide que se puede vivir día a día: sin futuro, sin pasado; contemplando y sintiendo y disfrutando (o doliéndose) por el “aquí” y el “ahora”. Ya sé que esto es un topicazo; en el fondo nunca pensé que esta actitud fuera posible ni saludable. Pero ahora creo que sí, que sí que se puede. Y que hacerlo sienta muy bien. Por favor, Diosito, que no se me olvide. Y vosotros que lo veáis.
“Mi propósito para el 2013: darme más cancha; soltarme las riendas; no ser tan jodidamente autoexigente; y levantar el vuelo. Feliz 2013!”
Qué cínica es la vida: al final mis deseos se han cumplido, de una forma totalmente distinta a como yo imaginé. Eso me pasa por hablar y tentar al destino.
Y como el ser humano difícilmente aprende de las lecciones de su pasado, este año me atrevo de nuevo a formular un deseo; sólo uno, esta vez: quiero que, durante el 2014, no se me olvide que se puede vivir día a día: sin futuro, sin pasado; contemplando y sintiendo y disfrutando (o doliéndose) por el “aquí” y el “ahora”. Ya sé que esto es un topicazo; en el fondo nunca pensé que esta actitud fuera posible ni saludable. Pero ahora creo que sí, que sí que se puede. Y que hacerlo sienta muy bien. Por favor, Diosito, que no se me olvide. Y vosotros que lo veáis.

No hay comentarios:
Publicar un comentario