“Hay que cuidarse”. Me han dicho mucho esta frase, últimamente. Imagino que es porque tengo tendencia a los excesos; porque a la primera de cambio me zampo un espidifén, o una dormidina, o la primera pastilla que encuentre en mi bien surtido botiquín; o simplemente porque ya estoy entrando en una edad (o dos) en la que “lo suyo” es dar prioridad a la salud, por encima de otras cuestiones. “Hay que cuidarse”.... Estoy de acuerdo. Pero me temo que lo que yo considero “cuidarme” dista bastante de lo que me quieren decir mis amig@s.
¿En qué consiste “cuidarse? Pues en disfrutar; en tratar de hacer de nuestra vida un lugar estimulante, divertido, placentero. En aprovechar nuestro tiempo en el mundo (o en este mundo, al menos) de la forma más completa y satisfactoria posible. Cada uno lo hace a su manera.... y a veces esto no se consigue siguiendo los consejos de la OMS. Al menos, a mí me ocurre. Porque yo disfruto fumando, y bebiendo cervezas – si es acompañado de gente querida, mejor-, y trasnochando (o madrugando, depende), y comiendo (o no comiendo, porque me superencanta verme delgadérrimo). ¿Es esto saludable? Pues para mi cuerpo serrano, no, mireuhté, no lo es; pero siento que, en muchos sentidos, hacer todas esas cosas tan denostadas es sinónimo de “cuidarme”. Dar cancha a los propios deseos, aunque alguna gente (quizá con razón) los tache de autodestructivos, me sienta tela de bien. No sé qué opinará mi organismo al respecto. De momento se está portando como un campeón: cuando empiece a quejarse, lo mismo cambio de idea y me convierto en un ortoréxico. Seguro que lo hago. Porque yo, como todo quisque, le tengo aprecio a mi organismo, y deseo que funcione como un reloj. Suizo, a poder ser, que son más precisos que los chinos. Y duran mucho más. Dónde va a parar.
No pretendo defender el hedonismo desaforado; pero tampoco me gusta esa especie de obsesión por conservar nuestro bienestar físico a costa de lo que sea. Porque vivir desgasta, oxida, mancha.... y te acaba matando. Esto último, además, ocurre indefectiblemente. Incluso si te metes en una burbuja aséptica y renuncias a exponerte a los peligros del mundo. A estas alturas (o bajuras) de mi existencia, estoy por beberme la vida a grandes sorbos. O a bebérmela a sorbos, simplemente. Aunque eso me acabe pasando ciertas facturas. Habrá que pagarlas. Cuando llegue ese puente, ya lo cruzaremos. Con buen talante, espero. Y que me quiten lo bailao.
Todas estas ideas las defiendo yo desde hace mucho tiempo; últimamente, sumergido en esta especie de crisis existencial con la que estoy lidiando, las tengo especialmente presentes. A ver: quien no me conozca va a pensar que ando metido en una espiral de sexo, drogas y rockandroll. Superparanada. Y tampoco me paso el día (como alguna gente que conozco) obcecado por llevar una “vida sana”: mirando en el google qué alimentos pueden provocarme un cáncer; o sometiéndome a tratamientos depurativos para prolongar unos segundos mi impredecible existencia. ¿Me preocupan la enfermedad y la muerte? Pues claro, no te jode. Me preocupan tanto que quiero vivir. VIVIR. Es que me encanta la vida, a ver qué le voy a hacer.
El enlace es una canción de “La casa azul” que, de forma tangencial, tiene que ver con todo esto que estoy diciendo hoy. Hay quien pillará la relación, y quien no la pillará, porque es muy sutil... o muy personal mía. El caso es que este disco de “La casa azul” (“La polinesia meridional”) habla de muchas emociones que estoy experimentando en los últimos meses; lo cual demuestra que soy un ser humano de lo más vulgar, y, por eso, de lo más sublime. Vamos, que aquí el que no corre, vuela.
No hay comentarios:
Publicar un comentario