jueves, 23 de enero de 2014

Deep inside





      Como mi madre murió a causa de un cáncer digestivo (bueno, en realidad murió por la metástasis en el hígado, pero el origen de todo estaba en las tripas), los médicos nos recomendaron a mi hermano y a mí que nos vigilásemos la fontanería intestinal, por si los tumores. Eso significa que, de ahora en adelante, debemos someternos a esa prueba diagnóstica superchachiguay con nombre de mareante genovés: la colonoscopia. Tiene gracia que reciba ese apelativo, porque se trata de eso: de hurgarte con aparatejos allá donde no llega la luz del sol, para ver lo que hay “plus ultra”. Lo mismo que hizo Colón, pero con sobres evacuantes y sin carabelas de por medio.

      Pues ayer mismo, después de aplazar el temita dos veces (por diferentes motivos) me llegó el turno de experimentar qué se siente cuando unas completas desconocidas te piden que te desnudes y, muy sonrientes, se disponen a investigar esas zonas de tu cuerpo que jamás lucirán un bonito bronceado. A mí, enfrentarme a esa prueba no me causa mucho estrés: más me preocupan los análisis de sangre, por lo que puedan revelar de mis consabidos excesos. También es cierto que no tengo una personalidad aprensiva; y que los hospitales y sus trasiegos me dejan bastante indiferente, en el sentido de que no me impresionan mucho. A ver, soy más de tomar cervezas (llamadme raro); pero si hay que ir, se va. Y con alegría.

      Tras el desagradable ratito de la preparación y limpieza de bajos (os ahorro los detalles, no me va nada la escatología); me presenté en el Virgen del Rocío con mi tía Concha (siempre ella, ya dije en su día que es un ángel) y allá que me metieron en una sala alicatada con balsodines blancos, al más puro estilo “Saw”; y me pidieron que me desnudase y adoptara posición fetal sobre un lecho de sábanas verdes. Yo iba muy sonriente, muy entero, muy en mi sitio; pero no hacía más que repetir compulsivamente la palabra “sedación”, asegurando que soy muy poco tolerante al dolor y que, si no me metían un buen chute, podía liarse allí la de San Quintín. Ambas afirmaciones son falsas, claro: pero entre la perspectiva de una sodomía hospitalaria “a pelo”, y un viaje por el etéreo mundo de las drogas… Pues lo tengo claro, mireuhté. Drogas a gogó, las que hagan falta. Se ve que resulté convincente, porque la enfermera, quizá asustada por la escenita que ese pequeño chaval con cresta podía montar allí, me largó dos buenos jeringazos de no sé qué sustancia transparente (lástima no saberlo, no lo pregunté: se me pasan las mejores). A partir de ahí…. Bueno, me inflaron por la retaguardia hasta hacerme adquirir la categoría de globo de Pokemon, y llegaron con su camarita a lo más profundo de mi intimidad más íntima (me encantan estos eufemismos). Y yo estaba allí tumbado, en aquella postura ridícula, en esa situación tan indecorosa… y agustísimo de la vida; contento, risueño; casi, casi feliz.

     Me habría encantado que, en ese ratito, hubiesen ocurrido algunas anécdotas vergonzantes; esas cosas que me pasan a mí y que tanto juego me dan para actualizar este blog. No sé: liarme con las sábanas y caerme de la camilla; enredarme con los cables de los monitores hasta casi la asfixia; insultar a la enfermera, o tratar de darle un abrazo, o llamarla “cariño”; encontrarme con un jefe en la “sala de los pedos”…. Cualquier gilipollez por el estilo. Pero no, no pasó nada. Lo siento mucho. Me dijeron que tengo el intestino como un jaspe, y me largaron de allí. Feliz de la vida; bajo los efectos de la sedación; flotando en una nube estupefaciente de sustancias químicas maravillosas…

       No entiendo a la gente que pide expresamente parir con dolor; o a los que se niegan a que los anestesien o los droguen para enfrentarse a determinados sufrimientos hospitalarios. Es como si vas a sacarte una muela y le pides al dentista que te lo haga a lo vivo, con unas tenazas oxidadas o con martillo y cincel. La ciencia avanza, y esa evolución no siempre se pone a nuestro servicio. Pero cuando sí se pone; cuando todos estos siglos de investigación y conocimientos se materializan en una pequeña ampolla que te libra de un mal rato…. Señores, por favor: que me chuten lo que me tengan que chutar. Y menos mal que este tipo de sustancias no lo venden en los estancos, porque si no… ¡Ay, madrecita, por qué soy tan vicioso!

       Esta es, sin duda, la actualización más absurda que jamás he perpetrado. Y me quedo tan pancho, oye. Como si toda esta mierda le importase a alguien.

FOTO: Tras la susodicha prueba, haciendo teatro. En realidad estaba descojonado de la risa.

1 comentario:

  1. Importar, importar, no me importa mucho el tema... ahora, que me he descojonado un rato..!
    Siempre tan grande, Javi!
    lofya

    ResponderEliminar