lunes, 27 de enero de 2014

Cuidar


Hablaba el otro día de lo que significa, para mí, “cuidarme”. Hoy le quito el reflexivo al verbo, y pienso en lo que significa, para mí, "cuidar": ofrecer lo mejor de mí a gente querida que pasa por un trance difícil. Puedo llegar a sentirme muy feliz cuidando a otras personas, porque en esa acción se entretejen el egoísmo y la generosidad muy naturalmente. Y eso gusta. Y satisface. Y eleva.

Estoy acostumbrado a cuidar de otras personas desde mi más tierna infancia. Resulta que mi abuela materna vivía con nosotros. De hecho prácticamente nos crio a mi hermano y a mí, porque mi madre trabajaba mucho y tuvo que delegar (en parte) el trajín de lidiar con esos renacuajos que comían y crecían (poco, en mi caso) y daban alguna guerra (no mucha, la verdad, fuimos unos niños excepcionalmente buenos; quizá es que no fuimos niños, en puridad. Pero de eso ya hablé en otra actualización. Me centro, me centro). Mi abuela Rafaela nos cogió de la mano, y, a su cariñosa manera, hizo que nos convirtiéramos en los seres humanos que ahora somos. Ella es responsable de gran parte de nuestra (excelente) educación. Mi queridísima Marta, que es la tercera hermana (a muchos niveles), también participó de aquella comunidad peculiar que formaba mi pequeña familia. Ella también corrió alrededor de la mesa camilla para evitar los bofetones de mi abuela, que tenía cierta afición a los pellizcos y la mano abierta. La pobre, cómo la toreábamos y qué paciencia tenía con nosotros. Fue una gran mujer, con una capacidad para el amor fuera de serie. Y encima, alegre y cantarina y bailonga y culta. Vamos, un lujo total. La sigo echando de menos, a menudo.

En fin: mi abuela nos llevó en volandas durante los años de la niñez. Y luego ella se convirtió en niña a causa de la demencia senil. Sí: suena duro (y lo es) eso de asistir a la decadencia mental de una mujer que ha sido tu referente. Pero también tuvo su lado bonito, y tierno, y divertido. En realidad, diría que convivir con ella, cuando tenía la cabeza perdida, fue más bello que dramático. La demencia propició que mi abuela se instalara en un mundo de fantasía, a caballo entre un pasado convertido en presente y ciertos delirios de su desbocada imaginación. Y allí nos mudamos nosotros con ella, cuando se hizo evidente que intentar traerla a la “realidad” (sea eso lo que sea) sólo le provocaba sufrimiento. La engañábamos, la mareábamos y le gastábamos bromas; bailábamos con ella el pasodoble y le pedíamos que nos cantara unas coplillas muy cursis de su juventud como maestra: “Que truene, que retumbe, que haga sol/ que el trueno en el espacio se haga oír...”. Joder. Parece que la estoy oyendo, tan risueña y feliz, abrazándonos sin saber muy bien si éramos sus hijos, sus nietos o sus vecinos. Gente muy querida, en cualquier caso. Porque eso sí lo sabía: que nosotros éramos “su gente”. Los que la cuidábamos, los que la amábamos, los que la protegíamos. Lo supo incluso al final, cuando ya su identidad había quedado prácticamente desdibujada y Rafaela navegaba por el éter de una irrealidad total. Sí, lo repito: suena duro, pero también fue muy bonito. Un regalo, poder ofrecerle ese amor que ella había inoculado en nosotros. Su semilla dio frutos muy dulces. Aún los da, tantos años después. Qué cosas.

Más recientemente, como sabéis, la implacable dinámica generacional nos hizo cuidar de mi madre. Con ella todo fue muy diferente: por breve y por agónico. Y aun así, al menos yo, experimenté sensaciones parecidas a las que viví con mi abuela: la felicidad de acompañarla y protegerla en ese trance tan íntimo y trascendente de la enfermedad y la muerte. Darle de comer; lavarla; vestirla; gastarle bromas y compartir su proverbial buen humor; mirarla a los ojos, comprendiendo. Comprendiendo y aceptando. Qué suerte. Nunca podré darle gracias a la vida por permitirme participar en semejante experiencia.

Este fin de semana he tenido la ocasión de cuidar a alguien a quien quiero mucho, más de lo que yo pensaba. Los detalles no vienen al caso, porque afectan a personas que no quieren aparecer aquí. La situación, afortunadamente, no es tan peliaguda como las que conté más arriba, porque en este caso la historia terminará previsiblemente bien. Pero a lo que voy: que me he sentido muy feliz (sí, FELIZ) sabiendo que, con mis chascarrilos, mi empatía y mi cariño, he conseguido que esa persona se sienta un poquito mejor. Bastante mejor, en realidad. Así que este lunes me descubre agradecido; y emocionado. Al más puro estilo Lina Morgan.

FOTO: Rescatada del baúl de los recuerdos, el menda, Martita y mi hermano (de izquierda a derecha). Qué disfraz tan infame el mío, de verdad. No hay por dónde cogerlo. Esta imagen explica tantas cosas...

jueves, 23 de enero de 2014

Deep inside





      Como mi madre murió a causa de un cáncer digestivo (bueno, en realidad murió por la metástasis en el hígado, pero el origen de todo estaba en las tripas), los médicos nos recomendaron a mi hermano y a mí que nos vigilásemos la fontanería intestinal, por si los tumores. Eso significa que, de ahora en adelante, debemos someternos a esa prueba diagnóstica superchachiguay con nombre de mareante genovés: la colonoscopia. Tiene gracia que reciba ese apelativo, porque se trata de eso: de hurgarte con aparatejos allá donde no llega la luz del sol, para ver lo que hay “plus ultra”. Lo mismo que hizo Colón, pero con sobres evacuantes y sin carabelas de por medio.

      Pues ayer mismo, después de aplazar el temita dos veces (por diferentes motivos) me llegó el turno de experimentar qué se siente cuando unas completas desconocidas te piden que te desnudes y, muy sonrientes, se disponen a investigar esas zonas de tu cuerpo que jamás lucirán un bonito bronceado. A mí, enfrentarme a esa prueba no me causa mucho estrés: más me preocupan los análisis de sangre, por lo que puedan revelar de mis consabidos excesos. También es cierto que no tengo una personalidad aprensiva; y que los hospitales y sus trasiegos me dejan bastante indiferente, en el sentido de que no me impresionan mucho. A ver, soy más de tomar cervezas (llamadme raro); pero si hay que ir, se va. Y con alegría.

      Tras el desagradable ratito de la preparación y limpieza de bajos (os ahorro los detalles, no me va nada la escatología); me presenté en el Virgen del Rocío con mi tía Concha (siempre ella, ya dije en su día que es un ángel) y allá que me metieron en una sala alicatada con balsodines blancos, al más puro estilo “Saw”; y me pidieron que me desnudase y adoptara posición fetal sobre un lecho de sábanas verdes. Yo iba muy sonriente, muy entero, muy en mi sitio; pero no hacía más que repetir compulsivamente la palabra “sedación”, asegurando que soy muy poco tolerante al dolor y que, si no me metían un buen chute, podía liarse allí la de San Quintín. Ambas afirmaciones son falsas, claro: pero entre la perspectiva de una sodomía hospitalaria “a pelo”, y un viaje por el etéreo mundo de las drogas… Pues lo tengo claro, mireuhté. Drogas a gogó, las que hagan falta. Se ve que resulté convincente, porque la enfermera, quizá asustada por la escenita que ese pequeño chaval con cresta podía montar allí, me largó dos buenos jeringazos de no sé qué sustancia transparente (lástima no saberlo, no lo pregunté: se me pasan las mejores). A partir de ahí…. Bueno, me inflaron por la retaguardia hasta hacerme adquirir la categoría de globo de Pokemon, y llegaron con su camarita a lo más profundo de mi intimidad más íntima (me encantan estos eufemismos). Y yo estaba allí tumbado, en aquella postura ridícula, en esa situación tan indecorosa… y agustísimo de la vida; contento, risueño; casi, casi feliz.

     Me habría encantado que, en ese ratito, hubiesen ocurrido algunas anécdotas vergonzantes; esas cosas que me pasan a mí y que tanto juego me dan para actualizar este blog. No sé: liarme con las sábanas y caerme de la camilla; enredarme con los cables de los monitores hasta casi la asfixia; insultar a la enfermera, o tratar de darle un abrazo, o llamarla “cariño”; encontrarme con un jefe en la “sala de los pedos”…. Cualquier gilipollez por el estilo. Pero no, no pasó nada. Lo siento mucho. Me dijeron que tengo el intestino como un jaspe, y me largaron de allí. Feliz de la vida; bajo los efectos de la sedación; flotando en una nube estupefaciente de sustancias químicas maravillosas…

       No entiendo a la gente que pide expresamente parir con dolor; o a los que se niegan a que los anestesien o los droguen para enfrentarse a determinados sufrimientos hospitalarios. Es como si vas a sacarte una muela y le pides al dentista que te lo haga a lo vivo, con unas tenazas oxidadas o con martillo y cincel. La ciencia avanza, y esa evolución no siempre se pone a nuestro servicio. Pero cuando sí se pone; cuando todos estos siglos de investigación y conocimientos se materializan en una pequeña ampolla que te libra de un mal rato…. Señores, por favor: que me chuten lo que me tengan que chutar. Y menos mal que este tipo de sustancias no lo venden en los estancos, porque si no… ¡Ay, madrecita, por qué soy tan vicioso!

       Esta es, sin duda, la actualización más absurda que jamás he perpetrado. Y me quedo tan pancho, oye. Como si toda esta mierda le importase a alguien.

FOTO: Tras la susodicha prueba, haciendo teatro. En realidad estaba descojonado de la risa.

jueves, 16 de enero de 2014

Cuidarse



“Hay que cuidarse”. Me han dicho mucho esta frase, últimamente. Imagino que es porque tengo tendencia a los excesos; porque a la primera de cambio me zampo un espidifén, o una dormidina, o la primera pastilla que encuentre en mi bien surtido botiquín; o simplemente porque ya estoy entrando en una edad (o dos) en la que “lo suyo” es dar prioridad a la salud, por encima de otras cuestiones. “Hay que cuidarse”.... Estoy de acuerdo. Pero me temo que lo que yo considero “cuidarme” dista bastante de lo que me quieren decir mis amig@s. 

¿En qué consiste “cuidarse? Pues en disfrutar; en tratar de hacer de nuestra vida un lugar estimulante, divertido, placentero. En aprovechar nuestro tiempo en el mundo (o en este mundo, al menos) de la forma más completa y satisfactoria posible. Cada uno lo hace a su manera.... y a veces esto no se consigue siguiendo los consejos de la OMS. Al menos, a mí me ocurre. Porque yo disfruto fumando, y bebiendo cervezas – si es acompañado de gente querida, mejor-, y trasnochando (o madrugando, depende), y comiendo (o no comiendo, porque me superencanta verme delgadérrimo). ¿Es esto saludable? Pues para mi cuerpo serrano, no, mireuhté, no lo es; pero siento que, en muchos sentidos, hacer todas esas cosas tan denostadas es sinónimo de “cuidarme”. Dar cancha a los propios deseos, aunque alguna gente (quizá con razón) los tache de autodestructivos, me sienta tela de bien. No sé qué opinará mi organismo al respecto. De momento se está portando como un campeón: cuando empiece a quejarse, lo mismo cambio de idea y me convierto en un ortoréxico. Seguro que lo hago. Porque yo, como todo quisque, le tengo aprecio a mi organismo, y deseo que funcione como un reloj. Suizo, a poder ser, que son más precisos que los chinos. Y duran mucho más. Dónde va a parar.

No pretendo defender el hedonismo desaforado; pero tampoco me gusta esa especie de obsesión por conservar nuestro bienestar físico a costa de lo que sea. Porque vivir desgasta, oxida, mancha.... y te acaba matando. Esto último, además, ocurre indefectiblemente. Incluso si te metes en una burbuja aséptica y renuncias a exponerte a los peligros del mundo. A estas alturas (o bajuras) de mi existencia, estoy por beberme la vida a grandes sorbos. O a bebérmela a sorbos, simplemente. Aunque eso me acabe pasando ciertas facturas. Habrá que pagarlas. Cuando llegue ese puente, ya lo cruzaremos. Con buen talante, espero. Y que me quiten lo bailao.

Todas estas ideas las defiendo yo desde hace mucho tiempo; últimamente, sumergido en esta especie de crisis existencial con la que estoy lidiando, las tengo especialmente presentes. A ver: quien no me conozca va a pensar que ando metido en una espiral de sexo, drogas y rockandroll. Superparanada. Y tampoco me paso el día (como alguna gente que conozco) obcecado por llevar una “vida sana”: mirando en el google qué alimentos pueden provocarme un cáncer; o sometiéndome a tratamientos depurativos para prolongar unos segundos mi impredecible existencia. ¿Me preocupan la enfermedad y la muerte? Pues claro, no te jode. Me preocupan tanto que quiero vivir. VIVIR. Es que me encanta la vida, a ver qué le voy a hacer.

El enlace es una canción de “La casa azul” que, de forma tangencial, tiene que ver con todo esto que estoy diciendo hoy. Hay quien pillará la relación, y quien no la pillará, porque es muy sutil... o muy personal mía. El caso es que este disco de “La casa azul” (“La polinesia meridional”) habla de muchas emociones que estoy experimentando en los últimos meses; lo cual demuestra que soy un ser humano de lo más vulgar, y, por eso, de lo más sublime. Vamos, que aquí el que no corre, vuela.

miércoles, 8 de enero de 2014

2014


Se supone que, al pasar la página de un año que acaba, toca hacer balance: mirar hacia atrás y, con la breve perspectiva que nos da el lapso de las campanadas; mientras nos atragantamos (o no, porque yo no me atraganto nunca, se ve que tengo una enorme capacidad bucal... ejem, ejem...) con las uvas, sacar determinadas conclusiones acerca de esos doce meses que nos dicen adiós. Yo este año no he realizado ese ¿saludable? ejercicio. ¿Por qué? Porque no me ha dado la gana; porque si tengo que ponerme a pensar en todo lo que me ha ocurrido en el 2013 podría pasarme otros 365 días simplemente reflexionando. Y no, mireusté, no estoy yo para emplear mi valiosísimo tiempo en semejante acrobacia sentimental. Así que me tomé las uvas, simplemente; y me abracé a personas a las que quiero mucho; y brindé con champán y me puse a bailar, deslumbrado por el brillo de mi corbata de lentejuelas.

La única concesión a la nostalgia me la he permitido esta mañana, al echar un vistazo a mis deseos del año pasado. No he tenido que estrujarme las meninges, porque los expresé en esta misma cybercasa. Copio y pego lo que escribí entonces:

“Mi propósito para el 2013: darme más cancha; soltarme las riendas; no ser tan jodidamente autoexigente; y levantar el vuelo. Feliz 2013!”

Qué cínica es la vida: al final mis deseos se han cumplido, de una forma totalmente distinta a como yo imaginé. Eso me pasa por hablar y tentar al destino.

Y como el ser humano difícilmente aprende de las lecciones de su pasado, este año me atrevo de nuevo a formular un deseo; sólo uno, esta vez: quiero que, durante el 2014, no se me olvide que se puede vivir día a día: sin futuro, sin pasado; contemplando y sintiendo y disfrutando (o doliéndose) por el “aquí” y el “ahora”. Ya sé que esto es un topicazo; en el fondo nunca pensé que esta actitud fuera posible ni saludable. Pero ahora creo que sí, que sí que se puede. Y que hacerlo sienta muy bien. Por favor, Diosito, que no se me olvide. Y vosotros que lo veáis.

viernes, 20 de diciembre de 2013



Tiene tela: la anterior actualización de mi blog ha sido, con diferencia, la más leída de los últimos tiempos. Y la más comentada. Bueno, en realidad no, la actualización en sí no ha sido muy comentada; pero la foto sí. Por eso ha recibido este cyberescaparate tantas visitas, de pronto. Por la foto; porque usé como reclamo, a través de facebook, esa instantánea en la que salgo tan guapísimo. Y claro, llamad@s por ese señuelo irresistible, much@s habéis pinchado en el enlace, para ver qué se escondía detrás. Y entonces habéis llegado aquí, quizá por primera vez. Me alegro (de que hayáis llegado aquí, digo). Y que lo hayáis hecho por mor de una foto mía (aun siendo extemporánea, muy lejana en el tiempo; y a pesar de que demuestra que el paso de los años me ha perjudicado de manera evidente), pues también me da alegría. Y me hace pensar. ¿Habría tenido tantas visitas si hubiese puesto la foto de un árbol de Navidad, o de una pluma, o de los tomos de la Constitución española? No. Seguro que no. Lo sé porque en su día puse esas fotos, y no obtuve semejante éxito. Conclusión: la belleza nos atrapa, nos mueve y nos conmueve. Y despierta nuestro interés mucho más que cualquier otra sensación. Nótese mi forma de definir la belleza: una sensación. De eso; y a cuenta de todo esto que digo como breve (juas y requeterrejuás) introducción, quiero hablar hoy.

Es que yo soy muy sensible a la belleza. Muchísimo. Creo que es una de mis mayores cualidades. Veo la belleza, la reconozco, la descubro; y puedo llegar a estremecerme con ese abrazo eléctrico que lo bello me transmite. Cuando digo “lo bello” me refiero a una cualidad difícilmente definible que se materializa de muchas formas distintas: en un rostro proporcionado; en un paisaje deslumbrante; en una conversación divertida, o profunda; en el beso de un amigo; en un texto, o en una simple palabra bien traída, de esas que vienen muy a cuento y dicen mucho con muy poco; en la mirada cómplice de un compañero de trabajo; en la luz nítida y evocadora de esta mañana de invierno... Incluso en la enfermedad y la muerte. También ahí puede haber mucha belleza. Lo digo por experiencia.

He llegado a derramar lágrimas como pagodas por la sacudida emocional que la belleza me transmite. Lágrimas de felicidad, por supuesto. Y en ese momento me he sentido muy libre y muy afortunado y muy ligero.... y he llegado a pensar que iban a brotarme alas para despegarme un par de palmos de suelo, así, tan beatíficamente. Claro, esto no me ocurre todos los días, no sé si por suerte o por desgracia. Quizá está bien que así sea, porque si no me pasaría la vida llora que te llora y con los vellos de punta. Y eso no debe de ser bueno para la salud. Aun así, casi a diario me sobresalto por la contemplación... no, no por la contemplación: por la admiración que algo bello me produce, muchas veces donde menos me lo espero. A despecho de los agoreros y los derrotistas, vivimos rodeados de belleza. Está ahí, esperándonos, deseando que la descubramos y la contemplemos y la disfrutemos. O a lo mejor es que, en realidad, la belleza habita en el fondo de mis ojos negros, y sólo necesita una pequeña excusa para detonar y dejarme con las patitas colgando. Quizá también habita en el fondo de tus ojos, queridísim@ lector/a. Segurísimo que sí.

Pensando en esta actualización, he buscado en el diccionario el significado “oficial” de la palabra “belleza”, pensando que iba a parecerme insuficiente e incompleta. Y no, mira por dónde, no: la definición me encanta. Dice el DRAE que la belleza es la “Propiedad de las cosas que hace amarlas, infundiendo en nosotros deleite espiritual”.

Os amo porque sois bell@s; o quizá sois bell@s porque os amo. O las dos cosas a la vez.

FOTO: Una de esas bellezas enormes, de las que te hacen llorar. Cuando este paisaje nepalí apareció ante mis ojos, se me doblaron las piernas. Literalmente.

martes, 17 de diciembre de 2013

La verdad, toda la verdad... ¡y un cojón de pato!


Cuando mi madre se puso enferma, todos imaginamos que tenía cáncer. Bueno, lo imaginamos porque una ecografía que le hicieron así lo insinuaba. Lo que no podíamos saber en aquellos primeros momentos era la inminencia de su muerte; que le quedaban sólo cuatro semanas de vida. Ya ingresada en el Carlos Haya, los médicos (sapientísimos, encantadores, sensibles y respetuosos hasta límites extraordinarios) la sometieron a un interrogatorio bastante peculiar. Aparte de interesarse por sus molestias, le preguntaron hasta dónde quería saber. Así. Claramente. A bocajarro. Ella levantó la vista, y tras pensarlo unos segundos, repitió su discurso de toda la vida:

- “A ver... – dijo, con ese tono cálido, casi suplicante, que utilizaba en los momentos muy trascendentales – “Yo eso de ‘te quedan tres meses de vida’ no quiero que me lo digan”. 

Los médicos quitaron hierro a la cuestión, y siguieron con sus preguntas, algunas de ellas bastante absurdas. Para mí, que observaba la escena con el corazón apesadumbrado y una media sonrisa en los labios, todo lo que pasó allí resultó muy revelador. Mi madre se moría; y ella no quería saberlo. El problema era llevar adelante esa voluntad suya hasta el final. Es que mi madre era enfermera, y, claro, si no le daban quimio, ni la operaban, y la mandaban para su casa... pues... blanco y en botija.... ¿Qué hacíamos para respetar su deseo de no saber? ¿Cómo protegíamos su derecho a no enterarse de algo que iba haciéndose cada vez más evidente? Esas preguntas me atormentaron durante algunos días. No muchos, la verdad. Porque al final se impuso la ley de la supervivencia humana, que es más fuerte que todas las evidencias del mundo. Los médicos nos lo dijeron claro: “quien no quiere saber, acaba por no preguntar”. Y así ocurrió. Cómo pudo una mujer inteligente y culta; habituada a tratar con enfermos durante toda su vida; en pleno ejercicio de sus facultades mentales, sostener un autoengaño tan enorme es más fácil de comprender de lo que parece. Lo consiguió porque quiso; porque quería. Y los demás hicimos todo lo que estuvo en nuestra mano por respetar su voluntad. Qué menos. Era lo único que podíamos hacer por ella, aparte de quererla y cuidarla y mimarla y acompañarla en su despedida. Lo que ocurrió al final... Bueno, eso no viene al caso de esta actualización. Quizá lo cuente en otro momento, o quizá me lo guarde para mí. Ya lo pensaré otro día.

Esa decisión de mi madre me ha hecho reflexionar mucho acerca de lo que la idea de “verdad” implica; y de hasta qué punto ser absolutamente sincero es, como suelen vendernos, mejor que entregarse a ciertos embustes edulcorantes. Y al final he llegado a la conclusión de que cada uno es dueño de sus coherencias y también de sus incoherencias; de sus autenticidades y de sus autoengaños. Porque la capacidad para mentir; para mentirnos a nosotros mismos (entendida en este ámbito, al menos) es, que yo sepa, una cualidad genuinamente humana, que nos sirve para adaptarnos a este ecosistema a veces hostil que tenemos que habitar. No digo que esté bien vivir con una venda en los ojos, completamente ajenos a lo que nos rodea y a lo que, en el fondo de nuestro corazón, sabemos, de nosotros mismos y de los demás. Pero un poco de fantasía; unas gotas de imaginación; un mirar para otro lado, de vez en cuando, puede darle color a una realidad (exterior o interior) que no siempre es de color de rosa. Algun@s dirán que es más sano coger el toro por los cuernos; arrostrar las situaciones con aplomo y arrojo, y resolver los conflictos sincera y corajudamente. Llevan razón. Por supuesto. Pero tampoco se nos puede pedir que seamos héroes las veinticuatro horas del día. Digo yo.

Al final, en distintos momentos de nuestra vida; por diferentes motivos, todos nos autoengañamos. O al menos no nos decimos toda la verdad, para evitarnos dolores inmediatos y pensar que nuestra existencia es tolerablemente buena, feliz, completa, segura, coherente. Si eso resulta sano o insano, no importa. El caso es que tenemos derecho a hacerlo. Aunque en el fondo seamos conscientes de nuestras carencias. Yo mismo practico ese deporte, a veces con devastadoras consecuencias, otras más felizmente. Y me da mucho coraje cuando alguien viene, sin pedírselo yo, a poner las cosas en su sitio y hacerme ver realidades que me he esforzado en ignorar. Otra cosa es que yo lo pida: ahí sí, ahí valoro mucho que mis amig@s me hablen con toda la franqueza del mundo, y me ayuden a asumir los embustes que yo mismo he construido. Quizá lo que ocurre es que nadie mejor que yo conoce mis propias mentiras. Porque, en algún lugar de mi alma, la verdad está ahí, latente, ladrándome; poniendo sombras sobre la brillantina.

Todo esto lo digo porque a veces, en mi línea asertiva, me descubro a mí mismo poniendo determinados puntos sobre algunas íes a gente que no me ha pedido que lo haga. Puedo llegar a ser muy entrometido y muy cabrón, con mi capacidad de análisis y mi proverbial bocachancla (peligrosísima combinación). Si algún día, querid@ lector/a, te someto a semejante tortura, párame los pies. No me lo tomaré a mal. Superparanada. Eso sí: cuando me pidas mi opinión sincera, te diré lo que veo, lo que siento, lo que intuyo. A veces acierto, y otras muchas, no. Intentaré hacerlo, eso sí, con delicadeza, empatía.... y, sobre todo, con mucho cariño. Porque el amor llega a donde nuestra capacidad intelectual no es capaz de alcanzar. Y eso siempre funciona. En el 100% de los casos.

Ahora vas, y lo cascas. Ni yo mismo me entiendo muy bien, algunas veces. Si es que no se me puede dejar con un teclado delante...

FOTO: De jovencito. Cuando no pensaba en todas estas tonterías.




jueves, 12 de diciembre de 2013

Cómo hacer el capullo (y encima, en chándal)


El otro día me preguntó un amigo si existe algún ámbito en el que no demuestre destreza. Le respondí que el ámbito emocional, y hoy añado que también el deportivo. No me gusta el deporte. Lo digo abiertamente, aunque me riñan desde la OMS. Es que siempre he sido muy torpe para las actividades físicas. Bueno, no; un momento;  esto no es cierto. Lo matizo: siempre he sido muy torpe para las actividades físicas que me obligaban a practicar en la escuela. Para otras, no. Por ejemplo, se me dan fenomenal el baile y las acrobacias. Habría sido un gimnasta de primera. Pero claro, en mi cole eso no se llevaba. En clase de Educación física, o jugabas al fútbol, o al baloncesto, o corrías campo a través cual cabra descarriada, o hacías abdominales así a palo seco, sin epidural ni nada. Un asquito, vaya. Porque todo eso se me da superfataldelamuerte (osea). Y además me aburre. Así que yo era el típico marginado al que siempre elegían el último cuando se formaban los equipos. El gordito empollón, que no atinaba a darle a la pelota ni aunque la tuviera bajo los pies. Qué frustración más grande, qué soledades pasaba el pequeño Javi. Claro que yo en venganza me liaba a dar patadas a diestro y siniestro: amargado, sí, pero jodiendo. Así funciona siempre, ¿no? 

El caso es que al final acabé convenciéndome de que el deporte no es lo mío. También ocurre que me han pasado mil y una desgracias cuando he querido meterme de lleno en lo de “mens sana in corpore sano”. Los amiguit@s ya conocéis esas crónicas patéticas de mis incursiones en el olimpismo de andar por casa. Aun así, las voy a enumerar aquí: para vergüenza mía y cachondeo general. Hay que tener en cuenta que casi todo lo que voy a contar me ocurrió en un periodo de pocos meses. Vamos, que me no me dieron el pase VIP del ambulatorio porque eso todavía no se ha inventado. Aunque sospecho que en el 18 de Julio (hospital malagueño ya desaparecido) llegaron a poner una plaquita con mi nombre, quizá en la sala de suturas. Por buen cliente. Y risueño, en mi desgracia. Eso, siempre. Vamos allá:

- Primero me dio por correr por el Paseo Marítimo, antes de que lo del footing (sí, footing, qué pasa. Soy así de antiguo) se pusiera tan de moda. Quién me mandaría a mí ponerme a trotar, ni que fuera yo un jamaicano de esos de turgente musculatura abdominal y fornidas piernas de gacela. Superparanada. Resultado: al segundo día de trote cochinero disfruté de mi primer esguince. Dios me estaba enviando una señal. Pero yo, que quería adelgazar a toda costa, no le hice caso. Tremendo error, porque...

- Como no podía correr (por el esguince), decidí entregarme al salutífero deslizamiento por agua dulce. A nadar en la piscina de casa de mi madre, vamos. Esto se me tenía que dar bien por cojones: un deporte de nulo impacto, en el que yo estaba relativamente entrenado, porque de pequeño recibí clases e incluso llegué a ganar alguna medalla (de bronce, sí; y en el ámbito de mi urba, vale. Pero medalla al fin y al cabo). Nado muy bien, hasta a mariposa (sin coñitas, que os conozco). ¿Qué me podía pasar? Pues una otitis galopante. Eso me pasó. Pero de las de gritar de dolor y mecha con antibióticos metida hasta el tímpano. Qué malamente. Segunda visita al Hospital, ya empezaban a llamarme las enfermeras por mi nombre. Y yo, como un capullo...

- ... ya me encontraba mejor del esguince. No curado del todo, pero mejor. Así que enredé a mi amiga Cristina para jugar al tenis. El caso es que el tenis también se me da bien, y también recibí clases de raqueta en mi más tierna infancia. Pijo y ricachón que era uno. Además, quería ganarle a Cristina a toda costa. Mira que la quiero y la adoro y la idolatro, pero ella es muy hábil en todo y no hay nada que me pueda dar más placer que verla caer derrotada. Ya si la derroto yo... orgasmo asegurado. ¡Sí, sí, sí, amiguitos! Hice que mordiera la red... y conseguirlo me costó el segundo esguince del verano. Me lo hice al principio del partido, pero aguanté como un buen psicópata para ganarle a Cristina. ¿Que acabé nuevamente en el Hospital? Sí. Pero con el dulce sabor de la victoria inundándome el paladar. Así duele menos.


- Claro, a esas alturas aún estaba convaleciente de la otitis. La natación estaba descartada... pero nadie dijo nada de hacer acrobacias desde el bordillo a la piscina. Salto mortal atrás, altísimo, perfectamente ejecutado... con caída de cabeza sobre el mismo filo del bordillo. Cuando entré por las puertas de mi casa, entre la sangre, el agua y mi pelo largo, parecía las mismísima Carrie en sus peores momentos de posesión. En el Hospital me saludaron con dos besos, y me plantaron siete puntos en la cabeza, sin anestesia. Supongo que era por ahorrar, demasiado gasto estaba haciéndole ya a la Seguridad social.

- Y ya por último, rizando el rizo de la gilipollez, me apunté al gimnasio. Un solo día duré, porque se me cayó en la cabeza una pesa de veinte kilos. Tal y como estáis leyendo. Puede parecer ficción, pero no lo es. Una brecha de cinco puntos de sutura en la coronilla lo atestigua, aún hoy. El bochornazo que pasé cuando la puñetera pesa, tras rebotar en mi chorla, golpeó contra el suelo; y la cara alucinada del monitor (un armario empotrado con pánico a la sangre) al verme bañado de rojo en plan “La matanza de Texas” no tienen parangón. Pa darme de hostias hasta en el carné de identidad. Por gilipollas y por torpe; y tentar a la suerte una y otra vez.

De mis hazañas en la nieve mejor no hablo. Sólo diré que incluyen pérdida de conocimiento, extravío de esquíes, rotura de fijaciones y un cuasi infanticidio en grado de tentativa. Idealísimo todo.

Por lo anterior, entenderéis que he tirado la toalla. No hago deporte, por razones médicas y de dignidad personal. Pero últimamente he descubierto el pilates, y ahí sí: ahí me luzco muchísimo, y me relajo, y conecto con mi cuerpo, y me olvido por un rato de todas mis obsesiones, que son muchas y muy variadas. Claro que si veis que de pronto desaparezco foreverandever, es que me he matado practicando el “roll up”. ¿Os parece imposible? ¡Ay, almas de cántaro! No sabéis con quién estáis hablando.

FOTO: El menda tras la clase de pilates. Alguna mente insana puede pensar que el rollo éste que me he marcado es sólo una excusa para exhibirme en mallas y camiseta sin tirantes. Qué enfermos estáis, de verdad. Ni confirmo ni desmiento.