viernes, 14 de febrero de 2014

Mudanza de ideas


“Estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros”. Se supone que esta frase, atribuida al genial Groucho Marx, resume la quintaesencia de la volubilidad. Vamos, lo peor de lo peor. En teoría, lo correcto es mantener unos principios sólidos, indiscutidos, inamovibles, que nos guíen en nuestra existencia (y en nuestra relación que el mundo) hasta que expulsemos el último aliento. Así “los otros” nos llegarán a considerar (y nosotros mismos nos veremos así también) personas coherentes, íntegras y cabales. Esto es lo que nos han enseñado, lo que se nos ha inoculado: que esas “luces guía” deben brillar foreverandever en nosotros mismos, como verdades absolutas en las que cimentar nuestras convicciones, ideas y comportamientos. Lo bueno y lo malo; lo correcto y lo incorrecto; lo justo y lo injusto; lo que se debe hacer y lo que no. Caca, culo, pedo, pis. Bah. A todo eso digo yo que un mojón; pero de los gordos. Por muchas razones.

Sí, amiguitos: yo suscribo felizmente la frase de Groucho Marx, pero ligeramente modificada, y me digo a mí mismo “estos son mis principios; si no me gustan, los cambio por otros”. ¿Por qué? Pues porque acepto de partida que todo lo que yo pienso; absolutamente todo, incluso esos valores que me tatuaron a fuego en el alma, desde la infancia, como axiomas vitales; todo eso en lo que firmemente creo, puede ser objeto de crítica y revisión. Y de sustitución, en su caso. ¿El resultado? Pues que a día de hoy pienso de forma muy distinta de como pensaba hace un par de años. Y en eso ha tenido que ver gente muy concreta: personas que, con sus ideas y su discurso, me han convencido (la mayoría de las veces sin ánimo proselitista) de que mi visión del mundo era equivocada. Me he convencido yo, en realidad, cotejando sus ideas con las mías, y comprobando que su perspectiva me parece más acertada. Cuando se produce esa iluminación; en ese momento en que, escuchando a alguien, me digo a mí mismo: “Oye, Javi, pues esta mujer lleva razón; su planteamiento parece más razonable, más certero, más saludable que el tuyo”; bueno, es un instante la mar de vertiginoso, siento una especie de revelación y noto cómo, en mi cabeza y en mi corazón, se abren nuevos horizontes. Me expando, doy una voltereta intelectual, crezco; algunas veces felizmente, y otras con dolor. Porque desprenderse de esos mantras que uno lleva muchos años repitiendo puede causar ciertos estropicios emocionales. Bienvenidos sean. La evolución, es lo que tiene.

Todo esto lo digo porque hace poco, charlando con un amigo, salieron estos asuntos a relucir. Y entonces me acordé de varias mujeres que, con su enorme inteligencia y perspicacia y espíritu crítico, han dado un golpe a mi timón y nuevo aire a mis velas en distintos momentos de mi biografía. Sí, curiosamente sólo se me vienen a las mientes personas del género femenino singular (si no fueran singulares, serían colectivas, claro; y no es el caso. Ya empiezo a divagar). Tampoco resulta eso extraño: siempre he vivido rodeado de mujeres, muchas de ellas ejemplares e inspiradoras a niveles exquisitos. Y escuchándolas; compartiendo sus personalísimos universos y genuinas ideas, he desarrollado mi propia manera de pensar: estas ocurrencias que a veces digo y a veces vomito, a despecho de algunas sensibilidades. Ya ves tú, qué cosa tan inadecuada en estos tiempos de corrección política que estamos sufriendo, desarrollar un ideario propio. En fin...

Cito aquí a algunas de esas mujeres que han esculpido mi forma de mirar eso tan inasible que llamamos “la realidad”. Seguro que faltan muchas; que no se ofendan, plís: ya sabéis la mala cabeza que tengo. De la infancia, aparte de mi madre y mi abuela, están Marta y Georgina; más tarde llegaría Begoña (que se quedaría muerta si leyera esta referencia, ya que tarifamos hace muchos años y hoy no tenemos ningún tipo de contacto; pero que fue importantísima durante los atribulados años de mi adolescencia); Cristina, Marina, Yoli; Carmen Rueda, una mujer excepcional, inteligentísima, tolerante y empática como he conocido pocas, que me abrió los ojos a muchas realidades; Gloria, mi madre postiza, cuya mirada, libre de todo esnobismo, me sigue iluminando a muchos niveles; Mercedes, sabia y sentimental y divertida y... magnífica; mi tía Concha, de la que ya hablé en otra actualización; Carmen (de estas hay varias), Cristina, Raquel(es), Macarena, Lucía, Cinta, Patri, Chiqui, Mar, Eva (un par de ellas), Marisa, Juana...

Qué suerte he tenido, qué suerte tengo: el Javi de hoy tiene mucho de todas ellas; espero que ellas también piensen que tienen algo de mí; de lo mejor de mí. Que no es poca cosa, porque cuando me lo propongo, puedo llegar a ser magnífico. La verdad.

lunes, 10 de febrero de 2014

Del onanismo y la autocomplacencia


No suelo ver cine español. Decir esto así, tan abiertamente y tan a las claras, puede ser una temeridad. Parece que, por haber nacido más abajo de los Pirineos, tenemos la obligación, el compromiso, de consumir productos patrios, también en lo audiovisual; nos gusten o no. Pues qué queréis que os diga, llamadme cabrón: yo consumo lo que me gusta, lo que me motiva, lo que me apetece, venga de donde venga. Además, pienso que ese discurso de proteger lo nacional está pelín desfasado, en este mundo que ha difuminado sus fronteras, en el que todo está financiado y dirigido por un capital que no entiende de colores, ni de himnos, ni de bailes regionales. Que no, vamos, que no: que el discurso ése de “defiende lo nuestro” no va para nada conmigo. Porque, además, “lo nuestro” muchas veces no es “lo mío”; ni siquiera “lo del vecino”. Superparanada. Así que evito perder el tiempo mirando los códigos de barras para saber si una naranja se ha cultivado en Valencia o en Tombuctú. Me da exactamente igual: con que me resulte apetecible y esté bien de precio, basta. Y eso también lo aplico a los productos audiovisuales.

No suelo ver cine español porque, así en general, no me atraen las películas de la “marca España”. Descarto directamente todo lo que tiene que ver con la Guerra Civil y la postguerra: qué saturación, qué pesadez, qué cosa tan triste y tan jartible. Es un contexto que me despierta cero interés, cuestiones ideológicas y manipulaciones varias aparte. Partiendo de esta premisa, el stock de películas españolas que me pueden llegar a interesar se reduce mucho; muchísimo. Elimina también las comedias tontorronas; los pseudoplagios pretenciosos de cine americano; las pajas mentales de unos y otras.... y ya me quedan poquitas opciones para disfrutar del celuloide con acento cañí. Encima, la última vez que, en un alarde de temeridad, me senté ante la pantalla grande para ver una peli española, escogí “Los amantes pasajeros”: es decir, uno de los mayores truños jamás vomitados en la Historia del Séptimo Arte; vacua, idiota, ordinaria e insultante hasta niveles sublimes. Para compensar, diré que “Lo imposible” me conmovió muchísimo (claro, que esa tiene de española lo que yo de monja de clausura); y que Álex de la Iglesia, por ejemplo, me parece un tipo simpático y de gran talento. Ya imagino que  mis prejuicios (sí, lo reconozco, soy prejuicioso) hacia el cine patrio hacen que me pierda pelis interesantísimas y preciosísimas y brillantísimas y súperconmovedoras. Qué se le va a hacer: hasta que se me olvide lo de la última de Almodóvar, tendré que pagar ese precio. Es lo que tiene el estrés postraumático. 

Es que además, para echar más leña al fuego de mi pasotismo hacia el cine español, van los de la Academia y se despachan con la ¿Gala? de los Goya de anoche. No tenía pensado verla: porque estoy tan desvinculado de ese microuniverso que no me entero de la misa la media (ni he visto las pelis, ni conozco a la mayoría de los actores, ni nada de nada); y encima el presentador era Manel Fuentes, un tipo mediocre y malajoso donde los haya, cuyo inexplicable éxito daría para una temporada completa de “Expediente X”. Pues a pesar de todo, como soy un morboso del carajo y al final me puede la curiosidad, puse TVE y me tragué el evento de principio a fin. Sí, amiguitos, sí: hipnotizado por ese espectáculo tan cutrérrimo y falto de glamour, soporífero hasta el paroxismo, autocomplaciente, carente de gracia y de emoción y de... de todo. Fuentes, con look de comercial de aspiradoras y una cara de ijtierco desubicado que pa qué las prisas, demostró que no sirve ni para leer el cúe con naturalidad. Sus chistes me parecieron más bien una broma pesada. Vamos, que la Cospedal en el Congreso tiene más gracia que él. Lo de los vídeos esos para presentar a las candidatas a mejor película rozó... no, no rozó, entró hasta el fondo en el terreno de lo patético: hay vídeos de boda más divertidos y ocurrentes y mejor montados; el numerito musical (por llamarlo de alguna manera) que se marcaron en mitad de la gala no es apto ni para la fiesta de fin de curso de un parvulario; las gracietas de la panda de “Muchachada Nui”.... bueno, una gilipollez de salir en el Récord Guiness; y ya no hablemos de los discursitos absolutamente insoportables de casi todos los ganadores: cursis, relamisos, pesados, onanistas, pretenciosos... Muy gore todo. Sólo salvo a David Trueba, que sin ser santo de mi devoción estuvo bastante correcto; y.... y.... y poco más. Vamos, nada más. Se ve que el público catódico tiene aficiones menos sadomasoquistas que yo, porque la ¿gala? ha obtenido el dato de audiencia más bajo del último lustro. Normal: todo lo que ocurrió allí era tan endogámico que sólo podía interesar a los familiares de los homenajeados... y no más allá del primer grado de consanguineidad. Menos lloriqueo; menos pedigüeñismo; menos mendigueo, y más brillantez, es lo que hace falta. Porque se supone que lo de anoche tiene sentido si consigue llevar a más espectadores a las salas de cine para ver pelis elaboradas aquí. Misión fallida, me temo. K.O. técnico. Kaput. Muerte por aburrimiento. En fin...

Los yanquis serán unos horteras inelegantes y todo lo que vosotros queráis, pero ellos SÍ saben montar un espectáculo. Hasta para los puyazos políticos se lo montan mejor, porque miden más: lanzan un par de mensajes certeros, a la yugular, con mesura y contundencia; y luego se dedican a la frivolité y el sensibleo, que es lo que tienen que hacer. Y les sale de lujo, oiga.

Ea: ya me he despachado a gusto otra vez. Como siempre, despertando la simpatía y el cariño de mis lectores más políticamente correctos. Así soy: cybertocapelotas en estado puro. Que ustedes lo pasen bien.

miércoles, 5 de febrero de 2014

La niña de la trenza de espiga



Según parece, hay más gente que lee este blog de lo que yo creía. Lo sé porque, de vez en cuando, me lo dicen: "Lo que me río con tu blog"; o "Se me saltaron las lágrimas con tu última actualización". En general, me sorprenden (y alegran mucho) esos comentarios; porque, como aquí nadie dice ni mú, siempre tengo la impresión de estar predicando en el desierto. Así que, cuando alguien me demuestra lo contrario, pues... qué queréis que os diga, se me despierta un no se qué de orgullo en el estómago. Resulta bonito que personas queridas (o desconocidas) empleen parte de su tiempo en empaparse de mis quisicosas, tan personales, tan íntimas, tan surrealistas a veces. 

El otro día coincidí precisamente con alguien que me dijo eso: que suele leer mi blog. Y después, así a pelo, muy en su estilo, me echó un broncazo que pa qué las prisas: está indignadísima porque, tras muchos años de amistad, no le he dedicado ni una sola cyberlínea. Pues nada, nada, ahí va una actualización dedicada exclusivamente a ti. Bueno, ya veremos, lo mismo tengo que meter a más gente en este recuadro de hoy. Seguro que otr@s aparecen, aunque sea de soslayo. Me lo estoy viendo venir.

Pues la susodicha lectora se llama Lelete. En realidad su nombre verdadero es Beatriz Leonor (qué regio, ¿verdad? Podría llevar corona, la muchacha; pero no la lleva. Porque no quiere, supongo); pero todos la llamamos Lelete. La conozco desde que nací... o, mejor dicho, desde que nació ella, porque es un poco (MUY POCO) más joven que yo. Lo siento, esto tengo que decirlo así, porque las verdades son verdades aquí y en Pequín: Lelete forma parte de “Las Mayitas”; que no son, como el apelativo podría sugerir, un grupo de flamenco-pop, sino una familia la mar de apañá que compartió conmigo los años de la infancia, de la juventud... y los que han venido después (no sé cómo definirlos, lo de “madurez” nos queda un poquito grande, me temo). “Las Mayitas” odiaban que las llamáramos así; y en venganza, pretendieron que a mi hermano y a mí nos conocieran como “los Javielitos” (sic, con “ele”; mira que eran cabronas). Por fortuna, y pese a su insistencia, nunca lo consiguieron. Se siente. No siempre se puede ganar.

Podría contar muchas...¡muchas cosas! Acerca de esas hermanas y de su madre y de su abuela y de nuestras aventuras y desventuras en el Cerrado de Calderón. Pero como ha sido Lelete la instigadora de este texto, voy a centrarme en ella; que fue, además, uno de mis primeros amores platónicos; quizá el más temprano. Yo no me acuerdo de eso, claro, pero una foto que nos muestra bailando agarraos, en no sé qué evento de nuestra infancia, así lo corrobora. Lo que sí sé seguro es que la amaba (y la amo) por muchas razones; y que he compartido con ella momentos importantes de mi vida, ahora que me detengo a pensarlo. Decir “Lelete” es decir risas compartidas, complicidad, fiesta. Porque Lelete es una fiesta. Siempre lo fue, al menos para mí. Qué curioso: mira que somos distintos, en muchos sentidos; y nos entendemos perfectamente, de una manera muy limpia y muy natural y muy de querernos mucho. Me encanta cuando charlamos en el idioma jurásico; y cuando me cuenta las locuras de su adolescencia; y cuando, como dos gilipollas, nos reímos a carcajadas sin saber muy bien de qué. También me gusta sentir su abrazo en los momentos difíciles, y ver, en esos ojos tan chispeantes y vivarachos, que hace suyo mi dolor y se conmueve conmigo. Entonces el carácter suyo, tan vitalista, funciona como un bálsamo que me reconforta mucho. Me mira, me abraza; me sumerge en su infinita alegría y, por un instante, hace que me sienta feliz. Qué más se puede pedir.

Lelete siempre fue un poco cabra loca: aventurera, atrevida, deslenguada, impetuosa. Sigue siéndolo, porque todo eso forma parte de su esencia más esencial. Pero con los años ha demostrado una madurez tremenda, y se ha construido una vida la mar de tranquila y la mar de ordenada. Sólo hay que ver a su hijo, tan estupendo, para darse cuenta de cómo Lelete sabe funcionar, más allá de la frivolidad que suele presidir nuestros encuentros. Hay mucho fondo detrás de esa risa desbordante; yo, que la conozco de siempre, lo veo. Y me parece admirable.

De todas las situaciones (hilarantes, emocionantes, cotidianas, divertidas y hasta trágicas) que he compartido con Lelete, me quedo con una que ella seguramente no recordará. Era verano, y nos fuimos con su moto hasta la calle Rodeo, para fumar a escondidas nuestros primeros cigarros. Yo sí me acuerdo de aquella tarde, con sabor a alquitrán en la boca y Málaga, encendida de naranja al atardecer, a nuestros pies. El mar, el humo, la amistad; aquella transgresión, tan inocente. Nosotros... creyendo, todavía, que la vida era eterna. En realidad, sí: la vida es eterna, porque la sensación de plenitud se repite siempre que veo a Lelete. Y con eso, quizá, baste.

Ea, Lelete, ya tienes tu actualización. Al final no he hablado del resto de “Las Mayitas”; ni concretamente de Georgina (que es, con permiso de las demás, mi auténtica y genuina mismidad, y merece una actualización aparte. La tendrá). Tampoco he dicho nada de la trenza de espiga, que está en el título de este texto. Da igual. Eso mejor que lo cuente Lelete, en vivo y en directo. Tiene mucha más gracia que yo.
 

lunes, 27 de enero de 2014

Cuidar


Hablaba el otro día de lo que significa, para mí, “cuidarme”. Hoy le quito el reflexivo al verbo, y pienso en lo que significa, para mí, "cuidar": ofrecer lo mejor de mí a gente querida que pasa por un trance difícil. Puedo llegar a sentirme muy feliz cuidando a otras personas, porque en esa acción se entretejen el egoísmo y la generosidad muy naturalmente. Y eso gusta. Y satisface. Y eleva.

Estoy acostumbrado a cuidar de otras personas desde mi más tierna infancia. Resulta que mi abuela materna vivía con nosotros. De hecho prácticamente nos crio a mi hermano y a mí, porque mi madre trabajaba mucho y tuvo que delegar (en parte) el trajín de lidiar con esos renacuajos que comían y crecían (poco, en mi caso) y daban alguna guerra (no mucha, la verdad, fuimos unos niños excepcionalmente buenos; quizá es que no fuimos niños, en puridad. Pero de eso ya hablé en otra actualización. Me centro, me centro). Mi abuela Rafaela nos cogió de la mano, y, a su cariñosa manera, hizo que nos convirtiéramos en los seres humanos que ahora somos. Ella es responsable de gran parte de nuestra (excelente) educación. Mi queridísima Marta, que es la tercera hermana (a muchos niveles), también participó de aquella comunidad peculiar que formaba mi pequeña familia. Ella también corrió alrededor de la mesa camilla para evitar los bofetones de mi abuela, que tenía cierta afición a los pellizcos y la mano abierta. La pobre, cómo la toreábamos y qué paciencia tenía con nosotros. Fue una gran mujer, con una capacidad para el amor fuera de serie. Y encima, alegre y cantarina y bailonga y culta. Vamos, un lujo total. La sigo echando de menos, a menudo.

En fin: mi abuela nos llevó en volandas durante los años de la niñez. Y luego ella se convirtió en niña a causa de la demencia senil. Sí: suena duro (y lo es) eso de asistir a la decadencia mental de una mujer que ha sido tu referente. Pero también tuvo su lado bonito, y tierno, y divertido. En realidad, diría que convivir con ella, cuando tenía la cabeza perdida, fue más bello que dramático. La demencia propició que mi abuela se instalara en un mundo de fantasía, a caballo entre un pasado convertido en presente y ciertos delirios de su desbocada imaginación. Y allí nos mudamos nosotros con ella, cuando se hizo evidente que intentar traerla a la “realidad” (sea eso lo que sea) sólo le provocaba sufrimiento. La engañábamos, la mareábamos y le gastábamos bromas; bailábamos con ella el pasodoble y le pedíamos que nos cantara unas coplillas muy cursis de su juventud como maestra: “Que truene, que retumbe, que haga sol/ que el trueno en el espacio se haga oír...”. Joder. Parece que la estoy oyendo, tan risueña y feliz, abrazándonos sin saber muy bien si éramos sus hijos, sus nietos o sus vecinos. Gente muy querida, en cualquier caso. Porque eso sí lo sabía: que nosotros éramos “su gente”. Los que la cuidábamos, los que la amábamos, los que la protegíamos. Lo supo incluso al final, cuando ya su identidad había quedado prácticamente desdibujada y Rafaela navegaba por el éter de una irrealidad total. Sí, lo repito: suena duro, pero también fue muy bonito. Un regalo, poder ofrecerle ese amor que ella había inoculado en nosotros. Su semilla dio frutos muy dulces. Aún los da, tantos años después. Qué cosas.

Más recientemente, como sabéis, la implacable dinámica generacional nos hizo cuidar de mi madre. Con ella todo fue muy diferente: por breve y por agónico. Y aun así, al menos yo, experimenté sensaciones parecidas a las que viví con mi abuela: la felicidad de acompañarla y protegerla en ese trance tan íntimo y trascendente de la enfermedad y la muerte. Darle de comer; lavarla; vestirla; gastarle bromas y compartir su proverbial buen humor; mirarla a los ojos, comprendiendo. Comprendiendo y aceptando. Qué suerte. Nunca podré darle gracias a la vida por permitirme participar en semejante experiencia.

Este fin de semana he tenido la ocasión de cuidar a alguien a quien quiero mucho, más de lo que yo pensaba. Los detalles no vienen al caso, porque afectan a personas que no quieren aparecer aquí. La situación, afortunadamente, no es tan peliaguda como las que conté más arriba, porque en este caso la historia terminará previsiblemente bien. Pero a lo que voy: que me he sentido muy feliz (sí, FELIZ) sabiendo que, con mis chascarrilos, mi empatía y mi cariño, he conseguido que esa persona se sienta un poquito mejor. Bastante mejor, en realidad. Así que este lunes me descubre agradecido; y emocionado. Al más puro estilo Lina Morgan.

FOTO: Rescatada del baúl de los recuerdos, el menda, Martita y mi hermano (de izquierda a derecha). Qué disfraz tan infame el mío, de verdad. No hay por dónde cogerlo. Esta imagen explica tantas cosas...

jueves, 23 de enero de 2014

Deep inside





      Como mi madre murió a causa de un cáncer digestivo (bueno, en realidad murió por la metástasis en el hígado, pero el origen de todo estaba en las tripas), los médicos nos recomendaron a mi hermano y a mí que nos vigilásemos la fontanería intestinal, por si los tumores. Eso significa que, de ahora en adelante, debemos someternos a esa prueba diagnóstica superchachiguay con nombre de mareante genovés: la colonoscopia. Tiene gracia que reciba ese apelativo, porque se trata de eso: de hurgarte con aparatejos allá donde no llega la luz del sol, para ver lo que hay “plus ultra”. Lo mismo que hizo Colón, pero con sobres evacuantes y sin carabelas de por medio.

      Pues ayer mismo, después de aplazar el temita dos veces (por diferentes motivos) me llegó el turno de experimentar qué se siente cuando unas completas desconocidas te piden que te desnudes y, muy sonrientes, se disponen a investigar esas zonas de tu cuerpo que jamás lucirán un bonito bronceado. A mí, enfrentarme a esa prueba no me causa mucho estrés: más me preocupan los análisis de sangre, por lo que puedan revelar de mis consabidos excesos. También es cierto que no tengo una personalidad aprensiva; y que los hospitales y sus trasiegos me dejan bastante indiferente, en el sentido de que no me impresionan mucho. A ver, soy más de tomar cervezas (llamadme raro); pero si hay que ir, se va. Y con alegría.

      Tras el desagradable ratito de la preparación y limpieza de bajos (os ahorro los detalles, no me va nada la escatología); me presenté en el Virgen del Rocío con mi tía Concha (siempre ella, ya dije en su día que es un ángel) y allá que me metieron en una sala alicatada con balsodines blancos, al más puro estilo “Saw”; y me pidieron que me desnudase y adoptara posición fetal sobre un lecho de sábanas verdes. Yo iba muy sonriente, muy entero, muy en mi sitio; pero no hacía más que repetir compulsivamente la palabra “sedación”, asegurando que soy muy poco tolerante al dolor y que, si no me metían un buen chute, podía liarse allí la de San Quintín. Ambas afirmaciones son falsas, claro: pero entre la perspectiva de una sodomía hospitalaria “a pelo”, y un viaje por el etéreo mundo de las drogas… Pues lo tengo claro, mireuhté. Drogas a gogó, las que hagan falta. Se ve que resulté convincente, porque la enfermera, quizá asustada por la escenita que ese pequeño chaval con cresta podía montar allí, me largó dos buenos jeringazos de no sé qué sustancia transparente (lástima no saberlo, no lo pregunté: se me pasan las mejores). A partir de ahí…. Bueno, me inflaron por la retaguardia hasta hacerme adquirir la categoría de globo de Pokemon, y llegaron con su camarita a lo más profundo de mi intimidad más íntima (me encantan estos eufemismos). Y yo estaba allí tumbado, en aquella postura ridícula, en esa situación tan indecorosa… y agustísimo de la vida; contento, risueño; casi, casi feliz.

     Me habría encantado que, en ese ratito, hubiesen ocurrido algunas anécdotas vergonzantes; esas cosas que me pasan a mí y que tanto juego me dan para actualizar este blog. No sé: liarme con las sábanas y caerme de la camilla; enredarme con los cables de los monitores hasta casi la asfixia; insultar a la enfermera, o tratar de darle un abrazo, o llamarla “cariño”; encontrarme con un jefe en la “sala de los pedos”…. Cualquier gilipollez por el estilo. Pero no, no pasó nada. Lo siento mucho. Me dijeron que tengo el intestino como un jaspe, y me largaron de allí. Feliz de la vida; bajo los efectos de la sedación; flotando en una nube estupefaciente de sustancias químicas maravillosas…

       No entiendo a la gente que pide expresamente parir con dolor; o a los que se niegan a que los anestesien o los droguen para enfrentarse a determinados sufrimientos hospitalarios. Es como si vas a sacarte una muela y le pides al dentista que te lo haga a lo vivo, con unas tenazas oxidadas o con martillo y cincel. La ciencia avanza, y esa evolución no siempre se pone a nuestro servicio. Pero cuando sí se pone; cuando todos estos siglos de investigación y conocimientos se materializan en una pequeña ampolla que te libra de un mal rato…. Señores, por favor: que me chuten lo que me tengan que chutar. Y menos mal que este tipo de sustancias no lo venden en los estancos, porque si no… ¡Ay, madrecita, por qué soy tan vicioso!

       Esta es, sin duda, la actualización más absurda que jamás he perpetrado. Y me quedo tan pancho, oye. Como si toda esta mierda le importase a alguien.

FOTO: Tras la susodicha prueba, haciendo teatro. En realidad estaba descojonado de la risa.

jueves, 16 de enero de 2014

Cuidarse



“Hay que cuidarse”. Me han dicho mucho esta frase, últimamente. Imagino que es porque tengo tendencia a los excesos; porque a la primera de cambio me zampo un espidifén, o una dormidina, o la primera pastilla que encuentre en mi bien surtido botiquín; o simplemente porque ya estoy entrando en una edad (o dos) en la que “lo suyo” es dar prioridad a la salud, por encima de otras cuestiones. “Hay que cuidarse”.... Estoy de acuerdo. Pero me temo que lo que yo considero “cuidarme” dista bastante de lo que me quieren decir mis amig@s. 

¿En qué consiste “cuidarse? Pues en disfrutar; en tratar de hacer de nuestra vida un lugar estimulante, divertido, placentero. En aprovechar nuestro tiempo en el mundo (o en este mundo, al menos) de la forma más completa y satisfactoria posible. Cada uno lo hace a su manera.... y a veces esto no se consigue siguiendo los consejos de la OMS. Al menos, a mí me ocurre. Porque yo disfruto fumando, y bebiendo cervezas – si es acompañado de gente querida, mejor-, y trasnochando (o madrugando, depende), y comiendo (o no comiendo, porque me superencanta verme delgadérrimo). ¿Es esto saludable? Pues para mi cuerpo serrano, no, mireuhté, no lo es; pero siento que, en muchos sentidos, hacer todas esas cosas tan denostadas es sinónimo de “cuidarme”. Dar cancha a los propios deseos, aunque alguna gente (quizá con razón) los tache de autodestructivos, me sienta tela de bien. No sé qué opinará mi organismo al respecto. De momento se está portando como un campeón: cuando empiece a quejarse, lo mismo cambio de idea y me convierto en un ortoréxico. Seguro que lo hago. Porque yo, como todo quisque, le tengo aprecio a mi organismo, y deseo que funcione como un reloj. Suizo, a poder ser, que son más precisos que los chinos. Y duran mucho más. Dónde va a parar.

No pretendo defender el hedonismo desaforado; pero tampoco me gusta esa especie de obsesión por conservar nuestro bienestar físico a costa de lo que sea. Porque vivir desgasta, oxida, mancha.... y te acaba matando. Esto último, además, ocurre indefectiblemente. Incluso si te metes en una burbuja aséptica y renuncias a exponerte a los peligros del mundo. A estas alturas (o bajuras) de mi existencia, estoy por beberme la vida a grandes sorbos. O a bebérmela a sorbos, simplemente. Aunque eso me acabe pasando ciertas facturas. Habrá que pagarlas. Cuando llegue ese puente, ya lo cruzaremos. Con buen talante, espero. Y que me quiten lo bailao.

Todas estas ideas las defiendo yo desde hace mucho tiempo; últimamente, sumergido en esta especie de crisis existencial con la que estoy lidiando, las tengo especialmente presentes. A ver: quien no me conozca va a pensar que ando metido en una espiral de sexo, drogas y rockandroll. Superparanada. Y tampoco me paso el día (como alguna gente que conozco) obcecado por llevar una “vida sana”: mirando en el google qué alimentos pueden provocarme un cáncer; o sometiéndome a tratamientos depurativos para prolongar unos segundos mi impredecible existencia. ¿Me preocupan la enfermedad y la muerte? Pues claro, no te jode. Me preocupan tanto que quiero vivir. VIVIR. Es que me encanta la vida, a ver qué le voy a hacer.

El enlace es una canción de “La casa azul” que, de forma tangencial, tiene que ver con todo esto que estoy diciendo hoy. Hay quien pillará la relación, y quien no la pillará, porque es muy sutil... o muy personal mía. El caso es que este disco de “La casa azul” (“La polinesia meridional”) habla de muchas emociones que estoy experimentando en los últimos meses; lo cual demuestra que soy un ser humano de lo más vulgar, y, por eso, de lo más sublime. Vamos, que aquí el que no corre, vuela.

miércoles, 8 de enero de 2014

2014


Se supone que, al pasar la página de un año que acaba, toca hacer balance: mirar hacia atrás y, con la breve perspectiva que nos da el lapso de las campanadas; mientras nos atragantamos (o no, porque yo no me atraganto nunca, se ve que tengo una enorme capacidad bucal... ejem, ejem...) con las uvas, sacar determinadas conclusiones acerca de esos doce meses que nos dicen adiós. Yo este año no he realizado ese ¿saludable? ejercicio. ¿Por qué? Porque no me ha dado la gana; porque si tengo que ponerme a pensar en todo lo que me ha ocurrido en el 2013 podría pasarme otros 365 días simplemente reflexionando. Y no, mireusté, no estoy yo para emplear mi valiosísimo tiempo en semejante acrobacia sentimental. Así que me tomé las uvas, simplemente; y me abracé a personas a las que quiero mucho; y brindé con champán y me puse a bailar, deslumbrado por el brillo de mi corbata de lentejuelas.

La única concesión a la nostalgia me la he permitido esta mañana, al echar un vistazo a mis deseos del año pasado. No he tenido que estrujarme las meninges, porque los expresé en esta misma cybercasa. Copio y pego lo que escribí entonces:

“Mi propósito para el 2013: darme más cancha; soltarme las riendas; no ser tan jodidamente autoexigente; y levantar el vuelo. Feliz 2013!”

Qué cínica es la vida: al final mis deseos se han cumplido, de una forma totalmente distinta a como yo imaginé. Eso me pasa por hablar y tentar al destino.

Y como el ser humano difícilmente aprende de las lecciones de su pasado, este año me atrevo de nuevo a formular un deseo; sólo uno, esta vez: quiero que, durante el 2014, no se me olvide que se puede vivir día a día: sin futuro, sin pasado; contemplando y sintiendo y disfrutando (o doliéndose) por el “aquí” y el “ahora”. Ya sé que esto es un topicazo; en el fondo nunca pensé que esta actitud fuera posible ni saludable. Pero ahora creo que sí, que sí que se puede. Y que hacerlo sienta muy bien. Por favor, Diosito, que no se me olvide. Y vosotros que lo veáis.